México, D. F., Abril de 2009. Llamó la atención la marginación de Daniel Giménez Cacho (Madrid, 1961) de la terna de mejor actor en la entrega de los Arieles celebrada el 31 de marzo, galardón que finalmente obtuvo Mario Zaragoza (Guadalajara, 1960) por su desempeño en “Desierto Adentro” (2008). La discordia en cuanto a este premio, encuentra explicación en razones extracinematográficas que nada tiene que ver con la calidad del trabajo de los dos actores.
Parte de la desazón del público provino de la amplia difusión de “Arráncame la Vida” (Roberto Sneider, 2008) protagonizada por Giménez Cacho, frente a la casi desconocida “Desierto Adentro” que acaba de salir a circuitos comerciales luego de un largo deambular por festivales. En ello cabe también otra explicación: La versión fílmica de “Arráncame…” es una historia de amor fácilmente asimilable por el público sencillo, mientras que “Desierto…” es una cinta compleja que aborda un fenómeno de fanatismo rural prácticamente ignorado por los referentes culturales y cotidianos del actual público mexicano. “Desierto Adentro” es con mucho, una película con un rico contenido temático, con valores dramáticos indiscutibles, resueltos con una factura impecable y que aglutina una serie de actores convincentes que se van sucediendo uno tras de otro, en la saga de la familia atenazada por el fanatismo y los fantasmas ideológicos del padre.
Daniel Giménez, al dar a conocer al ganador de la categoría de mejor actor, leyó una carta abierta colectiva en la que se pide una reestructuración de la Academia. Los resultados de los premios le dan absolutamente la razón. No me explico que hayan premiado como mejor dirección y mejor película, un churro, fruto del trabajo artesanal de Fernando Eimbcke (Distrito Federal, 1970) como “Lake Tahoe” (2008) ni que haya figurado en la terna Diego Luna (Distrito Federal, 1979) por su papel en la vacilada titulada “Rudo y Cursi” (2008). ¿Amiguismo? ¿Intereses comerciales? Mucho tendría que explicar el presidente de ese organismo Pedro Armendáriz Jr., (Distrito Federal, 1940) por convertir la fiesta de los premios al cine nacional, en un carnaval de favoritismos, de burla hacia el público y a los integrantes de la industria.
Pese al respaldo de los asistentes al Auditorio Nacional a Giménez Cacho, “Desierto Adentro” y la labor de Mario Zaragoza, tienen méritos sobrados para haber obtenido el premio y para haberse llevado otros más, de no haber mediado el pantano de misterios que rodeó las decisiones en torno a mejor dirección y mejor película. La cinta aborda un trasunto rulfiano. El argumento arranca de esos territorios sombríos del campo mexicano, especialmente de las zonas desérticas tan dadas a la imaginación y a las creencias ultraterrenales, y se da en el espacio histórico de la guerra cristera que abatió al centro del país entre 1926 y 1929.
Con brevedad y acierto, Rodrigó Plá (Uruguay ¿), el director, nos muestra la violencia irracional de ese conflicto y nos traslada la atmósfera de pánico e intolerancia que avasalló a los campesinos del Bajío, los altos de Jalisco y el centro occidente del país. Todos los personajes y las situaciones son auténticos y verosímiles, tanto el cura que a punto de morir se niega a perdonar, como los militares saqueadores de templos, prestos para fusilar y aplicar la Ley Fuga a los adversarios.
Pero si el ambiente recuerda los escenarios recogidos por Juan Rulfo (1917-1986), el relato en sí tiene resonancias de Dostoiewski (1821-1881) por las proporciones trágicas en las que se desenvuelve la vida de la familia, gobernada por fuerzas superiores y desconocidas en un anhelo implacable por contener la ira de Dios que según Elías, el padre, se abate sobre ellos en busca de venganza.
Durante la segunda mitad del siglo pasado, la historia era algo cotidiano para los mexicanos, tanto porque eran recientes muchos de los acontecimientos de violencia que sufrió el país y existían docenas de sobrevivientes, como por el hecho de que los principales partidos políticos utilizaban el relato del pretérito para legitimarse en el presente. Hoy, todo eso se ha acabado. Los partidos viven en el aquí y ahora y los medios de comunicación promueven el frenesí de surtirnos de historietas inanes y vendernos productos, entre ellos cine y música, por lo que toda referencia a lo antiguo ha cesado y las nuevas generaciones desconocen cuáles son sus antecedentes.
Me intriga el hecho de saber qué pueden sentir y opinar los jóvenes de hoy al enfrentarse a un film como “Desierto Adentro” que aborda con realismo, fenómenos de pensamiento mágico y cómo éste puede dirigir la vida de los ignorantes poseídos y de sus descendientes. Quizá, elementos de estos nuevos auditorios se pregunten dónde surgió una historia tan extraordinaria, en qué país pueden darse situaciones tan inverosímiles. Tal vez les cueste comprender que episodios como esos tuvieron lugar en su propio país y a lo mejor, no es improbable que todavía subsistan seres con la catadura ideológica del personaje Elías en plena época de la globalización.
A Mario Zaragoza le ayuda su rostro y su bigote de bandido mexicano, para encarnar personajes que antes se le encomendaban a Ignacio López Tarso (1925- ), sólo que éste lucía hierático y acartonado y Zaragoza se muestra ágil y liviano, menos melodramático que su ancestro en las lides actorales.
La película es estupenda, pero su guión nos parece distante al entorno de boy.
“Desierto Adentro” es una incongruencia histórica que recoge un asunto que pertenece a los arcanos de la cultura rural, que fue sistemáticamente desmontada por el neoliberalismo de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Es verdad que aun cuando los campesinos son menos que antes, siguen existiendo y que la mayoría continúan siendo católicos, pero se podría aventurar la hipótesis de que el fanatismo de hace cien años ha disminuido. Ciertamente, continúan las procesiones multitudinarias a los principales sitios religiosos y los actos externos de devoción, pero cabría suponer que lo que se mantiene es el rito, las manifestaciones del culto, porque la creencia ciega es posible que sea asunto de minorías muy atrasadas desde el punto de vista cultural.
No hace mucho, el Partido Demócrata Social o algo así, dejó de existir al no ser suficiente su base cristera para mantenerlo en el circo electoral y el expresidente Vicente Fox Quesada (1942-), máximo exponente de esa expresión retardataria, se mostró siempre más partidario de la corrupción y de la frivolidad, que de sus convicciones religiosas. Él mismo, testimonia que la recia devoción cristiana del centro de la República, ha ido mutando con el paso de los años.
Por otra parte, es difícil insistir en un cine histórico cuando la realidad de ahora nos proporciona la tentación de recurrir a tantas historias que nos son vecinas, las que surgen del narcotráfico, el narcomenudeo, la corrupción policíaca, la liberación del sexo en los medios masivos y en la vida cotidiana, incluso en los mismos estamentos clericales, la degradación política, la fiesta y el destrampe.
Nos rodea un mundo de tópicos –hedonista y violento- muy rico y variado y en esta Aldea Global – Marcusse dixit- lo extranjero nos es cada vez más propio; nos son tan cotidianas las figuras de otras partes, que lo nuestro, sobre todo si ya pasó hace algunas décadas, nos viene resultando más desconocido y remoto, aunque es precisamente de esas fuentes, de donde provenimos.
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Lástima que el cine no haga historia ni pretenda ser más que una expresión o, cuando mucho, medio de comunicación; afortunadamente las preocupaciones de los qaue hacen cine no se quedan en lamentar el pasado, sino en denunciar el presente, los supervivientes de un mundo que nos sustenta y hacemos de lado por la comodidad de vivir en la globalización enajenante de imitar a las metrópolis (que por sí solas están en decadencia, si nó pregúntenle a Obama), lástima que no se haga un cine que sea monedita de oro, pero el crítico debe encontrar valores, no negar la posibilidad de que el lector-espectador los encuentre.
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