Tengo tanto que decir con respecto al reciente estreno de “Wachtmen”, que la verdad tuve que cortar en dos partes mi rollo, para no correr el peligro de generar un monstruo que resultara totalmente ilegible. Así, en esta primera parte voy a dar los tips esenciales para que todos podamos estar en el mismo canal y no pongan cara de what? Cuando me lean discutir sobre los corajes de Alan Moore y si la adaptación de Night Owl quedó más cerca de “Batman” que de “Blue Beetle” (¿ya ven? Ya pusieron cara de what?, mejor les cuento).
Y del primero que hay que hablar es de Alan Moore, el brujo barbudo, el santón del cómic en Estados Unidos y Gran Bretaña y sin lugar a dudas uno de los nombres propios de la historia de la gráfica secuencial. Pongámoslo así para que no se me pierdan los cinéfilos, Alan Moore es a la gráfica secuencial, al noveno arte, lo que Stanley Kubrick es para el cine. Midan su propia impresión sobre Kubrick, la importancia y calidad de su trabajo y encontrarán el valor equivalente de la obra de Moore en los cómics, con énfasis (como de costumbre) en el cómic de superhéroes.
Moore pertenece a la ola que encabezó la invasión británica del cómic de superhéroes en los años 80 y que permanece fuerte hoy en día. Y que marcó el período de revitalización y experimentación con el cómic de superhéroes que se había quedado algo estancado en la “silver age”. Junto con Neil Gaiman (escritor de “Stardust” y “Coraline”) y Frank Miller (el de “Sin City”) trajeron una bocanada de aire fresco al mundo repetitivo que se vivía en la historieta de superhéroes. Y precisamente la obra con que Moore marcó su mayor hito (hasta el momento) en este mundo, fue “Watchmen”, con la (extraordinaria) gráfica de Dave Gibbons.
Antes de entrar en detalles sobre la novela gráfica, un poco de trivia sobre el génesis de la misma. Resulta que Moore tiene esta idea loca y tremebunda de contar una historia de superhéroes en el mundo “real”, con todos sus efectos, buenos y malos (bueno, más malos que buenos) en el mundo y le pide a DC, la gran compañía de cómics, que le permita trabajar con los personajes de Charlton, una compañía menor de superhéroes que DC había comprado y con cuyos personajes no había hecho nada. A DC le agrada le idea, pero sabe que el proceso por el cual hará pasar Moore a sus personajes no va a dejar gran cosa de ellos, arruinándolos como futura fuente de mercadotecnia, por lo que deja a Moore utilizar los arquetipos, pero con nombres y personalidades distintas a las originales. Así, el Capitán Atom, Blue Beetle, Thunderbolt, Peacemaker, The Question y Nightshade se convierten en Dr. Manhattan, Night Owl, Ozymandias, Comedian, Rorscharch y Silk Spectre, respectivamente. Parece ser que al final todos salieron ganando con este trato, DC mantuvo vivos a los personajes de Charlton (a los que introduciría a su “universo” en la “Crisis en las Tierras Infinitas”) permaneciendo altamente comercializables (El tercer Blue Beetle está apareciendo en caricaturas junto a Batman en U.S.A.) y Moore y Gibbons obtuvieron personajes que pudieron hacer y deshacer a su antojo. Y eso hicieron.
En la novela gráfica Moore utiliza casi cada recurso narrativo que conoce (y conoce muchos) y se da gusto con los personajes, dotándolos de una tremenda profundidad, en especial al Comedian, a Rorscharch y a Ozymandias. Si bien a cada personaje le toca un buen momento en la novela, cuya extensión permite a los creadores detenerse aquí y allá para revisar a detalle un momento en sus historias, éstos tres terminan llevándose el relato. Si algo distingue a Moore como guionista es que nunca se limita a los personajes, siempre presta una singular y delicada atención al ambiente, se toma muchísimas molestias para mostrarnos que al final del día los superhéroes no pueden existir fuera de su contexto histórico y construye ese escenario con precisión de miniaturista medieval. Nada de lo que vemos en las gráficas de Gibbons es gratuito, cada vitrina de tienda es reveladora, cada auto que pasa trae un mensaje, una pieza del rompecabezas que Moore va rellenando poco a poco, hasta el tremendo giro del final. Moore realmente piensa en todas las piezas al construir, esto es, no solamente la presencia de superhéroes en el mundo real tendría obvias consecuencias políticas (Estados Unidos gana en Vietnam, Nixon se reelige hasta cinco veces) sino también algunas más menudas, pero interesantísimas (los superhéroes hacen que el mundo avance más rápido en tecnología, ahora todos los autos son eléctricos) y otras que francamente uno no esperaba (con superhéroes en el mundo real, nadie lee cómics de superhéroes, ahora todos leen de piratas). Una de los mejores detalles, me parece, es que en este mundo, en lugar de los omnipresentes McDonalds, la comida rápida de elección es la hindú, y la franquicia que está en todos lados es Gunga-Dinner (y Don Gus les puede decir de donde salió el nombre, una muestra de cómo Alan Moore está en todo).
Y en este mundo propio, Moore y Gibbons plantean una temática que en el momento en que hicieron el trabajo era de una terrible actualidad, la posibilidad de una guerra nuclear. Quizás este es el mayor problema que le veo a la adaptación (que no el único) y es que es muy difícil recuperar esa sensación de paranoia y derrotismo que había cuando se sentía que en cualquier segundo iban a estar volando bombas para todos lados. El mundo del día de hoy (afortunadamente) con todo y la guerra contra el terror y tonterías como esa, la posibilidad del holocausto nuclear se ve muy lejana, por lo que a lo mejor cuesta entender el razonamiento y la urgencia detrás de muchas decisiones de los personajes. Agregándole a eso que el rasgo distintivo de estos superhéroes son sus grandes fallas, no hay ninguno que sea mentalmente saludable, todos tienen problemas y éstos acarrean peligro y dolor para la humanidad en donde se están desarrollando, vaya, para ponerlo más claro, los personajes de Moore son claramente super, pero resulta mucho más complicado considerarlos como héroes. De hecho en muchos casos son totalmente lo opuesto.
Dicho esto, queden todos alertados, no lleven a ver “Watchmen” a sus hijos, no es película infantil, de hecho no es ni siquiera juvenil. No es “Iron Man”, no es “Hulk”, vaya, ni siquiera es “Dark Knight”, de hecho, “Watchmen” es el papá de “Dark Knight”, la versión sin censura en donde no se puede decir que ganen los malos, porque nunca acaba de quedar claro quienes son los malos y quienes son los buenos. No vayan a verla si tienen en la mente la idea de que los cómics y los superhéroes son cosa de niños, no la vean con Christopher Reeves o (peor aún) Adam West en la cabeza, porque se van a llevar un chasco. “Watchmen” inaguró (contra el deseo de sus autores) la época del “grim & gritty” (sombríos y determinados) y la glorificación del anti-héroe. No se trataba de eso, al contrario, Moore fue el primero en decir que sus personajes no estaban para ser aplaudidos, no eran los buenos, eran simplemente unos tipos, con defectos como cualquiera, puestos en situaciones límite y con opciones mucho mayores de las de los seres humanos “normales”.
De momento me quedo hasta aquí, esperando haber picado su curiosidad lo suficiente como para que se interesen en la película (y en el cómic por supuesto) en la cinefobia que viene les cuento cómo resultó la cinta en comparación con el original.