
México, D. F. Marzo de 2009. El cubano Humberto Solás (1941-.2008) recientemente fallecido, tuvo el privilegio de dirigir “Lucía” (1968) la película paradigmática de la revolución cubana de 1959. Es un trabajo monumental dividido en tres partes que corresponden cada una de ellas, a etapas históricas de la nación caribeña. En la primera, Raquel Revuelta (1925-2004) da vida a la Lucía de 1895, una solterona que es víctima de un delator al servicio del gobierno español que consigue arrancarle secretos importantes, durante la guerra de independencia de Cuba. El segundo episodio, interpretado por la entonces bellísima Eslinda Núñez (Villa Clara, 1943) y Flora Lauten (La Habana, 1942) relata las correrías de dos jóvenes conspiradores –y sus parejas- que caen abatidos por esbirros de la dictadura de Gerardo Machado (El Asno con Garras, 1925-1933) y en el tercero, Lucía es interpretada por Adela Legrá (Caimanera, 1939), una joven guajira que en su lejano territorio campesino comienza a recibir a principios de los años 60, las ventajas laborales y educativas que la Revolución sirvió en su primera era, y por ello es objeto de la represión de su celoso marido Tomás (Adolfo Llauradó, 1940-2001), que pretende que la chica se siga comportando como antes en su papel de ser ignorante y sometido al macho.
La cinta es ajena a las necesidades panfletarias del gobierno y a la exaltación demagógica de la Revolución, y se mantiene en los hilos dramáticos y en el terreno plástico, que la convierten en una obra de arte de múltiples valores que, por añadidura, corresponde a una original convulsión social latinoamericana.
Los revolucionarios mexicanos se dolían que la literatura surgida de su movimiento armado, hubiera sido más crítica que apologética. No podía ser de otro modo, tanto porque la Revolución se desarrolló en medio de violentas convulsiones que sembraron de sangre y muerte el territorio nacional, como porque en su consolidación, el Estado suprimió libertades y desplazó a las élites intelectuales que desde el principio, se afiliaron a la oposición de clase media urbana.
Escritores como Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán y Rubén Rubín, dramatizaron los rasgos más dolorosos del cambio y si bien los muralistas (Diego Rivera, David Alfaro Sequeiros y José Clemente Orozco) recibieron los muros gubernamentales para plasmar su obra, militaron casi invariablemente en la oposición de izquierda avecindada en las cercanías del Partido Comunista Mexicano.
Mientras el cine comercial mexicano se enquistó en promover a la Revolución como espectáculo, que embelleció el paisajismo de Gabriel Figueroa y que quedó plasmada en la agresiva gestualidad de Emilio “El Indio” Fernández, Pedro Armendáriz, Carlos López Moctezuma e Ignacio López Tarso, en el machismo de María Félix o la sumisión indígena de Dolores del Río, eludió prudencialmente las insinuaciones de orden político, por más que exaltó sin problemas, a las figuras militarmente perdedoras de Francisco Villa y Emiliano Zapata.
En una vertiente un tanto marginal, surgieron obras de verdadera importancia tales como “Qué Viva México” (1932) de Sergei M. Eisenstein (Riga, 1898 Moscú, 1948), “Memorias de un Mexicano” (1950) de Salvador Toscano (1872-1947), ambas documentales y la estruendosa y silenciada “La Sombra del Caudillo” (1960) de Julio Bracho (1909-1978), ninguna de ellas de corte oficialista.
En Cuba, el cine tuvo un despliegue creativo que contrastó con la situación anterior. Antes de 1959 no hubo prácticamente una industria cinematográfica vernácula, por el sencillo hecho de que sus numerosas salas eran surtidas con productos de Hollywood y México. Era prácticamente imposible competir con los actores gringos consagrados o con figuras de la talla de Pedro Infante, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Cantinflas o Tin -Tán.
Solamente en La Habana, una ciudad infinitamente más pequeña que el Distrito Federal, se dice que había más cines (152), que en la capital azteca.
Al mismo tiempo que el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica) filmaba cintas de propaganda e intención didáctica del relieve de “Historias de la Revolución” (1960), “Soy Cuba” (1964), “El Hombre de Maisinicú” (1973) y “El Brigadista” (1977), hubo realizadores que aprovecharon la circunstancia para hacer cine de gran formato, que habían abrevado en los cineclubs previos a la Revolución y que estaban enterados de lo que había ocurrido en Italia y Francia (El Neorrealismo Italiano y la Nouvelle Vague francesa) en los años 50s y 60s.
“Lucía”, que tiene una duración de 160 minutos, fue trabajada en blanco y negro y la ausencia de color subraya los perfiles dramáticos de las historias. La constante es el tono épico; la tripulación completa del filme, siente que está haciendo un cine fundacional que responda al ímpetu revolucionario que en ese tiempo todavía alentaba en la Isla.
La necesidad de ajustarse a una presentación cronológica, obligó a que la cinta transcurriera de la tragedia que es casi melodrama del cuento inicial, hacia el tono de comedia del último, en el que la sátira es utilizada para criticar los atavismos del pasado que personifica de manera soberbia el entonces joven Llauradó.
La Revuelta en el momento de la filmación era ya una sólida actriz dramática, mientras que Eslinda Núñez era una frágil joven casi debutante, que con verdaderos trabajos pudo dar registros intensos y se atuvo a esa belleza suya que entonces hacía recordar a la de Jacqueline Kennedy. En tanto, Adela Legrá que ya había hecho con Solás el mediometraje “Manuela” (1966) fue un hallazgo, una guajira que interpretó ágilmente su papel echando a andar su gracia natural, su juventud y la suculencia de sus carnes morenas. Tanto con la Nuñez como con la Legrá, el director tuvo que provocarse verdaderos estallidos de ira a fin de que las dos por terror, entraran en el trance requerido para las escenas de mayor coraje. El afiche de “Lucía” con el rostro de la Legrá cubierto por una pañoleta y un sombrero campesino, es reconocido en todo el mundo y bien podría servir para identificar al cine cubano de todos los tiempos.
Incidentalmente, la película cubre dos territorios de Cuba, las ciudades de Trinidad y Cienfuegos en el centro del país y Gibara en el Oriente, dejando de lado la capital, tal vez porque se pensaba que la verdad de la Revolución estaba en el campo y el tono inicial del movimiento fue profundamente ruralista, algo que con el tiempo se fue olvidando para voltear los ojos hacia el exterior y centrar los episodios políticos y sociales en La Habana.
La fotografía y la música son excepcionales, y algunas secuencias revelan un espíritu sinfónico del manejo de las imágenes y los espacios en consonancia con la belleza de las locaciones.
Humberto Solás logró en esta obra – según se ha dicho- y casi sin hacerlo ostensible, una manifiesto feminista, cuando el feminismo todavía no era una bandera militante- de profundo sentido humano, lo cual es un rasgo anticipatorio, un presagio de lo que vendría después pero que en su caso, se queda en los terrenos de una proclama estética, lógica, plena, no imantada con reclamos partidistas que se vulgarizarían en años posteriores.
Humberto Solás reconocía que “Lucía” fue su mejor película –la segunda más significativa del cine cubano- y señalaba que sería muy complejo filmar un cuarto relato porque, una vez que había desaparecido el campo socialista en 1989, la sociedad se había quedado sin referentes en los cuales anclar la historia, ya que los individuos andaban ocupados cada uno, en resolver su propia existencia.
Al fallecer en 2008, Solás aparte de una abundante filmografía, había echado a andar el Festival Internacional del Cine Pobre en Gibara, en la provincia de Holguín, un evento que se ha seguido realizando y que está llamado a ser una semilla fundadora en el panorama fílmico del Tercer Mundo.
Es posible que para los públicos jóvenes actuales, la visión de “Lucía” constituya un shock, tanto por el alma pura de la cinta en sí, como por su poderío épico, la autenticidad con la que está hecha, sus atributos estéticos y la certidumbre de que la industria puede, si se lo propone, entrar a lo profundo de los dramas humanos que ocurren en medio de las convulsiones sociales, factores todos ellos, que están ausentes en la vida cotidiana de las nuevas generaciones.
Afirmaba Solás que cuando hicieron el filme, jamás pensaron en la trascendencia que tendría después, tanto en Cuba como en el extranjero –donde recibió varios premios- y se quedó corto. Quien sabe qué ocurra cuando sea vista dentro de cincuenta años, época quizá en que la tecnología suplirá quizá, la intervención del factor humano en la fabricación de productos audiovisuales.
Será entonces, cuando películas como ésta, seguirán batiendo los tambores de su fuerza, con la intensidad de su verdad.
“Lucía” está al alcance de quien quiera, en el catálogo de Zafra Video, una empresa mexicana dedicada a la preservación de nuestros valores fílmicos y en España en la FNAC.
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