México, D. F. Marzo de 2009. Me llama la atención la velocidad con la que cambia uno de opinión. Al comentar la primera parte de la duología que Soderbergh le dedicó a Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967) me mostré decepcionado, en contraste con el buen sabor de boca que me produjo la segunda, que ahora paso a comentar.
Al principio de la cinta debieron de haber puesto una advertencia que dijera: “Todo parecido con personas o sucesos reales es intencional, porque realmente existieron u ocurrieron”, ya que se trata de un documental con formato de ficción
Para hacerlo, Steven Soderbergh tuvo el valor de meterse con un tema tan polémico y poco conclusivo como éste, luego de una larga cinematografía que contiene obras tan insulsas como la saga de “Ocean´s Eleven”, junto a la magistral “Sex, Lies and Viedotape”, y las estimables “Traffic” y “Erin Brocovich”.
Como hemos visto, “Che” consta de dos partes, la primera narra la biografía del argentino hasta un día después del triunfo de la revolución cubana el 2 de enero de 1959, y la segunda con el título de “Guerrilla”, arranca con el discurso de Fidel Castro en Octubre de 1965, en el que dio a conocer la carta de despedida del argentino, hasta la muerte de éste en octubre de 1967 en Bolivia.
La cinta se brinca olímpicamente 6 años cruciales en la vida del Che, pero se acepta en la medida en que no es estrictamente una biografía, sino un repaso de hazañas subversivas.
Cuando se habló de la posibilidad de que las dos películas pudieran ser exhibidas en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana en diciembre del año pasado, Alfredo Guevara, el zar del cine cubano estableció que si esos filmes criticaban a Fidel Castro no serían presentados. Don Alfredo desquitó la chamba de cancerbero cinematográfico y, finalmente, los dos pasaron en una sola tanda de más de cuatro horas en una sala de la capital antillana, porque para nada se meten con la personalidad del caudillo y además, el país no estaba como para pagar por derechos de exhibición fuera de las fechas del evento, así es que los cinéfilos que tuvieron la suerte de verlas, se las fumaron en una sola sentada.
Soderbergh se adentró en un campo minado por varias razones: el personaje de Guevara de la Serna es harto controvertido y su personalidad no ha quedado totalmente clarificada por la historiografía mundial. Por otro lado, es muy difícil para una persona con formación sajona, penetrar en los complejos pliegues de la cultura y la sensibilidad latinoamericana, como para contar la historia con honestidad y credibilidad lo cual consiguió y, finalmente, tiene que resistir los embates de campos ideológicos divididos desde la raíz.
Ya habíamos dicho que la primera parte era una cinta descafeinada que eludía los temas más espinosos de la personalidad del héroe, circunstancia que se comprueba en la segunda, pero ahora podemos entrar en otras valoraciones, con mayor serenidad.
Abordemos el tema ponderando características de la obra junto con algunas cuestiones que fuera del script le atañen directamente. La narración es estupenda, cuidadosamente manejada con oportunos subrayados de la música y estableciendo pautas de suspenso. La guerrilla es abordada en su intimidad permitiendo que afloren los argumentos de una y otra parte y dejando claras las circunstancias en que ésta se desarrolló en el sureste boliviano, sin el concurso de la población indígena y campesina.
Lo curioso es que el devenir de nuestros países, a veces lo cuentan mejor los extranjeros que están ajenos a las banderías políticas internas. Por ello, suelen ser más equilibrados, como sucede en este caso al abordar tanto la omisión del Partido Comunista Boliviano representado por su dirigente Mario Monje, en apoyar la guerrilla como la participación de los rangers norteamericanos y la CIA en el combate a la invasión. No escapa en el guión a la crítica, Tania la Guerrillera (Haydée Tamara Bunke Bíder, B. Aires, 1937- 1967) que desobedece las instrucciones del Che y coloca en grave riesgo al movimiento.
Hay una determinación del cineasta por ceñirse lo más cercanamente posible al “Diario del Che en Bolivia” –en el que se basa el argumento- al fincar el libro cinematográfico en el día a día del texto guevariano y en los créditos se señala que se consultó a John Lee Anderson, biógrafo norteamericano del guerrillero (“Che Guevara: Una Vida Revolucionaria”, 1997).
La historia se reduce al repaso casi documental de un movimiento guerrillero como pudo haber sido cualquier otro. Hay un empeño en la objetividad que es plausible, junto con los aciertos del lenguaje cinematográfico para seguir los acontecimientos con una sencillez plena de logros artísticos y expresivos.
El premio más relevante para Soderbergh es reconocer que si la película hubiera sido realizada por cineastas cubanos o miamenses, de ninguna manera su habría podido obtener un resultado tan confiable y sobresaliente.
La actuación de Benicio del Toro es afortunada, pero se demerita cuando se le contrasta con la entrevista que le hizo en el Canal 41 de Miami, la cubana Marlen González, en la que se muestra temeroso y se rinde ante el acoso de la dama que lo embroma precisamente, sobre aspectos oscuros del Che que la película no aborda. (v. Benicio del Toro se queda sin Respuestas en el portal Youtube).
En sus dos partes, la obra de Soderbergh vale en cuanto es un esfuerzo bien logrado por documentar dos movimientos guerrilleros, el de Cuba y el de Bolivia y en tanto tales, se le disculpa que eluda temas que siguen pendientes de aclarar con precisión en la biografía del argentino. Aquí quedan por examinar su papel como Comandante enviado a la región central de Cuba en los meses postreros del movimiento armado (1958), su estancia en La Cabaña y los fusilamientos que ahí tuvieron lugar (1959), en la izquierdización de la revolución cubana (1959-1962), como funcionario público –Director del Banco Nacional de Cuba (Noviembre 26, 1959) y Ministro de Industrias (Febrero 23, 1961) – como ideólogo de la Revolución (“El Socialismo y el Hombre en Cuba”, Marzo 1965), como extranjero preterido en los cargos públicos en el Partido Comunista y sus antecesores, su idealismo y su fracaso guerrillero en el Congo (1965), sus reproches a la Unión Soviética (Discurso de Argel, 24 de febrero de 1965) sus desacuerdos con Fidel (1965-1967) y, finalmente, su aislamiento y abandono estratégico en Bolivia (1967).
Aquí introduzco algunas digresiones que quedan fuera del filme. En pequeño dato se presta a discusión: En la secuencia en que se encuentran Regis Debray y Fidel Castro en una recepción diplomática, aquél le pregunta que por qué el Che decidió irse a combatir a Ñancahuazú, una zona desértica y despoblada. Castro le responde que debido a que el Che necesitaba pasar seis meses sin ser detectado por el enemigo y además, porque estaba cerca de Argentina. Otras respuestas no incluidas en el guión radican en que Monje y el Partido Comunista Boliviano no querían que se acercara a la zona minera que ellos controlaban, tanto por temor a que la represión de la dictadura de René Barrientos cayera sobre sus filas, como por el hecho de que la Unión Soviética –de la que dependía el PCB- reprobaba los movimientos guerrilleros, en lo que, arguyen algunos, coincidía Fidel Castro en ese momento. El contacto castrista en La Paz, fue misteriosamente retirado en aquellos tiempos con lo que el Che se quedó aislado frente al ejército boliviano y sus asesores de la CIA. Cuestiones como éstas están esperando respuesta de parte de los historiadores.
Otro tema que se mantiene oculto para la historiografía es la supuesta molestia de Guevara con Fidel, ya que éste dio a conocer por medio de la TV, su carta de renuncia a la Revolución y a la ciudadanía cubana (Octubre de 1965), cuando aquel estaba comprometido en el Congo y a punto de salir de ese atolladero. La publicidad del documento le impedía moralmente volver a la isla. Se asiló por tanto luego del fracaso congolés, en la embajada cubana en Tanzania y después en una casa de seguridad en Praga, pero a la postre, Fidel lo convenció de regresar clandestinamente a Cuba y le armó un campamento de entrenamiento en Pinar del Río para que pudiera preparar la aventura boliviana.
En cuanto a los eventuales discrepancias entre Fidel y Guevara, es pertinente decir que para atajar esas molestas especulaciones, el régimen hizo hablar a Aleida Guevara, hija del mártir, en la ceremonia en la que se depositaron los restos de los combatientes en Bolivia en el Mausoleo construido para ello en Santa Clara (Octubre de 1997). La heredera colmó de elogios a Fidel, lo cual fue la respuesta más contundente a los que sostienen (Como Jorge Castañeda Gutmann “La Vida en Rojo”, 1997) que hubo diferencias entre los dos altos dirigentes.
De regreso a la película, cabe señalar el tino de encomendar el papel de Tania a Franka Potente, una actriz guapa y solvente, aunque en esta ocasión el director no le confirió un mayor relieve, que bien lo merecía el personaje original que se desempeñó en Bolivia como una pequeña pero importante Mata Hari, y la buena actuación de Demián Bichir en las breves apariciones de Fidel Castro.
El Che disfrazado de Ramón Benítez Fernández es convincente. Las locaciones son adecuadas y logran persuadirnos de que están en el altiplano y las montañas bolivianas.
Se queda uno con ganas de ver las intrigas y discusiones en la cúpula militar y gubernamental que rodeaba al presidente, el general René Barrientos, pero se agradece la sutil presentación entre los aprehensores del Che, del agente de la CIA cubanoamericano Félix Ismael Rodríguez Mendigutia, y la discusión que entre ambos ocurre.
Con este par de cintas tan bien logradas, Soderbergh lo que está logrando es sacudir el avispero de las disputas históricas e ideológicas del subcontinente y en tanto no se va a llegar a conclusión alguna, para utilizar otro dicho popular, diremos que lo que consigue es dejarnos a los latinoamericanos con la víbora chillando.