BERNARDO BERTOLUCCI: EL POETA DE LA IMAGEN

Escrito por Gilberto Calderón Romo on Mar 2nd, 2009 y archivado en Biofilmografias. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

LA COSECHA ESTÉRIL

México, D. F. Febrero de 2009. En 1962, el italiano Bernardo Bertolucci (Parma, 1940- ) comenzó su fulgurante carrera como director de cine. Ese año dirigió “La Cosecha Estéril” que vista a la distancia, se antoja como una tesis para obtener un grado académico: La cinta es dulce e ingenua, un buen ejercicio en el manejo de personajes que circulan alrededor de la muerte de una mujer en un parque romano. Parece una tarea experimental en la que se perciben los tanteos y la inseguridad del realizador, pero también su afán de búsqueda y expresión. Una obra cuidada minuciosamente y construida con paciencia, que al contemplar el trabajo posterior del artista, puede valorarse con justicia, como un buen antecedente.

Bertolucci es hijo del poeta Atilio Bertolucci y él mismo lo ha sido, pero mayormente lo es en cuanto a su labor cinematográfica, al grado que bien miradas, casi todas sus cintas merecerían haber obtenido una o varias estatuillas de Hollywood.

Es un temperamento de fina sensibilidad, de una facilidad para construir películas de gran formato en las que cuenta historias maridando el relato con el concierto de hermosas imágenes a ritmo de sinfonía.

Una revisión incompleta de sus trabajos nos permite un acercamiento a uno de los artistas más importantes del cine de nuestra era.

Algunas de sus obras cumbres son relatos lineales en las que la cámara se limita a seguir de cerca episodios y personajes, rodeados usualmente de lujos deslumbrantes. Las imágenes se valen de eso en “El Último Emperador” (1987 que ganó 9 Óscares) o “El Pequeño Buda” (1993) a las que el entorno asiático aporta sus paisajes, arquitectura, historia y tradiciones, tan exóticos y poco familiares para los públicos occidentales.

Pasemos revista a algunas de sus realizaciones:

EL CONFORMISTA

Jean-Louis Trintignant (1930- ) protagonizó “El Conformista” (1970) en donde se muestra un preBertolucci, o un Bertolucci que continúa en proceso de aprendizaje. El director puso en juego elementos que no volverá a utilizar y reprime, tal vez porque apenas está empezando su carrera, sus principales delirios que serán su marca personal. Basada en una novela de Alberto Moravia, la cinta, ubicada en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando Italia era dirigida por el caudillo fascista Benito Mussolini, plasma la biografía de Marcello, un tipo que piensa que de niño mató a un chofer que lo asediaba sexualmente, y que de adulto ingresa al servicio de la policía secreta de la dictadura. Se casa además, con Giulia (Stefania Sandrelli, 1946- ) una burguesita romana y trivial, más tonta que un sofá.

No hay el regusto por los grandes espacios y escenarios, el paisajismo que se hará patente en otros filmes del futuro, ni la búsqueda de elementos sicoanalíticos que ayuden a comprender la conducta del espía. También están ausentes las historias cruzadas que BB ensayará mucho después, pero sí hay y esto no es poco mérito, un cuidado por relatar los hechos siguiendo muy de cerca las actitudes de Marcello. Se nos presenta a un hombre mediocre utilizando el tono monocorde que recorre el filme. No hay estridencias, ni saltos, todo se mantiene en la medianía, salvo por una toma desde el Palais de Chaillot con la torre Eiffel al fondo y, sobre todo, un largo plano secuencia en el que las dos actrices principales danzan un tango de gran plasticidad en el salón de baile y luego, se inicia una especie de conga alrededor del establecimiento, que se convierte en un caracol humano que termina por aprisionar al lento Marcello. Es este el mejor momento del film en el que Bertolucci no puede contener sus efluvios de poeta de la imagen.

Marcello recibe una pistola y el encargo de asesinar al Doctor Quadri, su antiguo maestro de filosofía que se ha exiliado en París. Es seducido por la esposa de éste (Dominique Sanda 1948- ) y al final, le falta valor para cumplir el encargo, o para impedirlo cuando la muerte de ambos se consuma ante sus ojos.

Trintignant, siempre bien planchado y con su sombrero borsalino, tiene una actuación estupenda plena de pequeños matices y silencios; logra persuadirnos de su cobardía y de su adaptación a la grisura ambiente, tolerando a su lado, a su mujer, superficial, frívola y vacía, hasta que a la caída de Mussolini sale a la calle y denuncia a dos que como él, fueron fascistas, uno de ellos ciego. Los gritos callejeros del manumiso, ante una manifestación de republicanos que pasa cantando el himno comunista Avanti Popolo, son una liberación, por fin el hombre autosometido se rebela y lava sus culpas en algo que pudiera ser una expiación de sus pecados anteriores, o un simple acto de oportunismo y traición.

Juzgada a la distancia, la película es todavía un campo experimental en el que BB está buscando nuevas formas de expresión, trabajando con los materiales –los actores- a su alcance, en lo que irá consolidando su maestría para manipular las herramientas cinematográficas que lo llevarán a construir murales.

NOVECENTO

“Novecento” (1976) anticipa la tendencia narrativa natural, constreñida a registrar cómo se percibe la evolución de Italia durante la primera mitad del siglo XX en un ámbito rural. Es la historia de dos niños nacidos el mismo día en los albores de esa centuria, uno de familia adinerada y otro pobre, la cual va siendo contada sin avaricia de tiempo ni recursos. El trabajo dura más de cuatro horas de exhibición, que transcurren con facilidad y delicia para el espectador. El cinéfilo actual, puede descubrir a un fresco y adolescente Gerard Depardieu (1948- ), pleno de vitalidad, sin las arrugas ni la grasa del monstruo cinematográfico de ahora.

LA LUNA

“La Luna” (1979) es un interesante ensayo de BB. Aquí abandona su inclinación a los grandes paisajes para lanzarse de lleno a una exploración intimista de la relación entre una madre y un hijo, valido de los conceptos aportados por Sigmund Freud para comprender la conducta humana. Por principio, establezcamos que la cinta pudo haberse titulado con cualquier otro nombre: “El Sol”, “El Zapato” o “El Carro”, ya que ninguno, ni el original, tiene que ver con la película. Dicho lo anterior, entremos en materia.

Catrina Silveni (Jill Clayburgh, 1944) es una cantante de ópera norteamericana, que acaba de quedar viuda y decide hacer una gira artística por Italia, país en el que vivió previamente. Para cumplir sus compromisos, tiene que llevarse consigo a su hijo adolescente Joe Silveni. (Matthew Barry, 1962) A poco, se da cuenta que el chamaco es adicto a inyectarse heroína y eso le descompone la vida. Ella decide dejar su carrera para dedicarse al cuidado de su vástago y en estos afanes, cae en una relación incestuosa con el joven. Las escenas de sexo están construidas con delicadeza y pese a su audacia, cuando están a punto de incurrir en la pornografía, se salvan por la maestría artística del director que consigue otra vez, niveles de poesía al manejar al límite de la vulgaridad, situaciones de alta sensibilidad.

Bertolucci da rienda suelta a su afición por la ópera y en especial, a su amor por la obra de Guisseppe Verdi (1813-1901) y para ello, reproduce fragmentos de los trabajos del italiano en la voz de María Callas o Plácido Domingo, que se utilizan como playback en las representaciones incluidas en la trama.

El encuentro del chamaco con su verdadero padre, lo cura de sus adicciones y las cosas quedan como para que se produzca un happy end, pero BB lo deja a la imaginación del auditorio que asiste al fin de la cinta, a la representación de una ópera nada menos que en Caracalla, magnifico escenario de la Roma imperial.

EL CIELO PROTECTOR

“El Cielo Protector” (1990), es la más deficitaria de las películas de Bertolucci que aquí reseñamos. La falla más evidente es que el preciosismo de la fotografía y el interés etnológico por describir usos y costumbres de las tribus del desierto del Sahara, se imponen sobre el interés y la tensión dramática de la cinta. Quizá por el calor extremo o por el afán de exaltar estos dos valores, BB abandonó los estándares de una buena conducción fílmica. Las actuaciones de los dos principales actores John Malcovich (1953- ) y Debra Winger (1955- ) en los papeles de Porter y Kit Moresby, son solventes y sobresaliente la del primero, rica en matices, y la fotografía estupenda, tanto por lo que se refiere al despliegue de long shots como al cuidado del detalle en los close ups.

En cuanto al argumento, basado en una novela de Paul Bowles que también hace el papel de narrador, desconcierta la falta de núcleo y propósito y se reduce a seguir una serie de episodios cuyo fin se nos escapa. Un matrimonio neoyorklino (Port y Kit) emprenden un viaje sin propósito, al África sahariana y son acompañados por el joven millonario George Tunner (Campbell Scott, 1961- ) cuya única ocupación es intentar seducir a la dama, lo cual ella acepta complacida. Porter consigue deshacerse de él y apenas lo logra, en uno de esos campamentos sobre el desierto, cae postrado por un ataque de tifoidea que a la postre le produce la muerte. Durante la enfermedad, Kit que había sido una esposa aburrida y a punto del adulterio, se convierte en una compañera dedicada y en una enfermera fiel discípula de Florencia Nigthingale. Viuda ya, Kit es raptada por un beduino de la edad de arena, que la suma a su harén y la deja prisionera. El consulado norteamericano la libera y ella rehúsa reencontrarse con su amigo Tunner.

Tal como es contada, la historia no tiene ni pies ni cabeza ni da elementos de credibilidad, es artificiosa y sucumbe ante la proliferación de camellos y tipos enropados que caminan como posando para tarjetas postales, una de las cuales es sin duda, esta película.

BELLEZA ROBADA

“Belleza Robada” (1996) narra una temporada de verano en una villa campestre de Italia, en la que se reúnen personajes variopintos y a la que llega la joven norteamericana Lucy Harmon (Liv Tyler, 1977- ) una vez que su madre se ha suicidado. El retrato de los visitantes es preciso y correcto y a todos se les permite mostrar sus delirios y agudezas, mientras Lucy encuentra el amor a la vez que intenta resolver el enigma de la identidad de su verdadero padre. Todo está subordinado a la debilidad de Bertolucci por hacer que la cámara se enamore de la frutal belleza de la jovencita Tyler, que es una y ora vez acariciada por el lente para beneficio del público masculino de buen gusto.

Liv Tyler se exhibe, en sus primeros pasos en el cine, como una diva que muestra su rostro como una pintura de los maestros del Renacimiento. Bertolucci parece más pintor que cineasta y no escatimó metros de celuloide para explorar todos los ángulos de la faz de la Madonna. Difícilmente se le podría sorprender otra vez, en un arrebato como éste.

EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

En todas estas cintas, BB ha sido un director pulcro, formal y correcto, pero se mostró audaz, irreverente y provocativo con “El Último Tango en París” (1972). El director ya está para estos tiempos, en pleno dominio de sus instrumentos: sabe articular una historia y narrarla mezclando apropiadamente los ingredientes; el ritmo, la imagen, los escenarios parisinos, dando el toque exacto a la interpretación de los actores y abriendo el cauce para que surja en ellos, la espontaneidad que todo trabajo de creación requiere.
Marlon Brando (1924-1984) en plena madurez, es Paul, un norteamericano viudo y enigmático cuya esposa se acaba de matar siendo propietaria de un hotel de paso. En él vive un inquilino que le retribuye con cuerpo el hospedaje, bajo la mirada tolerante e informada del esposo. En busca de un departamento, conoce a Jeanne (Maria Schneider, 1953) una chica destanteada a punto de casarse, la viola y desarrolla con ella una relación sexual desinhibida que ella no alcanza a asumir en el papel- ni en la vida real de la actriz como después se supo.

Una de las escenas más famosas y polémicas ocurre cuando el maduro Paul le pide a Jeanne que le unte mantequilla y le introduzca los dedos en el ano. Ella desconcertada, obedece. Esta secuencia –por más que aparece en la novela original- sobresaltó a las buenas conciencias de la época y dio pie a la leyenda de que cuando se exhibió el filme en España, se agotó la provisión de mantequilla en los supermercados.

Maria Schneider hija del tormentoso, alcohólico y drogadicto actor Daniel Gélin (1921-2002) y la modelo Marie Christine Schneider, resultó severamente afectada ya que dicho episodio no venía en el guión y se sintió engañada tanto por Marlon como por Bertolucci a quien nunca perdonó. Como consecuencia de ello, dejó de filmar un tiempo, fue recluida en una clínica mental y tuvo secuelas de bisexualidad. En sus trabajos posteriores, exigió que no hubiera escenas de desnudo, objetivo que logró.

La cinta extremó la publicidad del director y de sus dos personajes principales y para aquél, el escándalo significó además, una popularidad que fue un apreciable apoyo, logístico y de mercado para sus productos posteriores, aunque nunca persistió en esa línea de morbosas filmaciones.

LOS SOÑADORES

“Los Soñadores” (2003) resume la experiencia fílmica del director que se acrisola en una realización totalmente inusitada. BB entrecruza historias ensamblando las aventuras de un trío de jóvenes –dos franceses, Isabelle y Theo (Eva Green, 1980- ) y Louis Garrel, 1983- ) y el norteamericano Matthew (Michael Pitt, 1981- ), en la intimidad del hogar de los primeros, con el París que arde en la agitación del movimiento estudiantil de mayo de 1968. Al final, los dos caminos se unen en una síntesis inesperada y bella.

La tentación permanente del realizador vuelve a repetirse en el logro de imágenes y situaciones de profundo contenido poético. Aquí muestra su amor por su dorada juventud que transcurrió precisamente en la década de los 60 del siglo pasado, una época plena de inquietudes y sueños preñados de futuro en la que la nueva generación pensó que era posible cambiar al mundo y se empeñó en ello.

Sobresale el homenaje que Bertolucci hace a Henri Langlois (1914-1977), el fundador de la Cinemateca Francesa, expulsado del cargo en febrero de 1968 por el Ministro de Cultura André Malraux, quien ante las protestas populares lo reinstaló más tarde.
Matthew fue a convivir con sus nuevos amigos galos en un amplio y antiguo departamento parisino. En el sitio, su ingenuidad quedó sorprendida por el trato íntimo y casi incestuoso entre los hermanos. La explicación resulta inusitada y profunda: Ellos duermen en la misma cama y desnudos no por perversión sexual, sino simplemente porque se rehúsan a crecer. Mientras estas confusiones tienen lugar en la vida cotidiana, afuera sus contemporáneos arrancan adoquines y los lanzan a la policía junto con las bombas molotov. La recreación de estos combates callejeros llega al preciosismo, al igual que la manera en que la crispación externa se mezcla con los enredos interiores que están a punto de derivar en un episodio de tragedia.

Finalmente, las confusiones fraternales van a resolverse diluyéndose en la protesta social dejando patente la hipótesis de que al fin y al cabo, las grandes convulsiones políticas de las masas se nutren con los ingredientes de las pequeñas biografías individuales. Esta película es una de las más bellas de la historia del cine y después de ella, Bertolucci se ha mantenido en silencio, en espera quizá, de asestarnos otra explosión de arte

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