Decía Francois Truffaut que toda película de guerra es fascinante, aunque seamos enemigos de la guerra, porque su imagen nos atrapa irremisiblemente; para algunos resulta especialmente cierto cuando se trata de aviación, la que en su historia debe a la guerra sus mejores avances y el reforzamiento de la sensación de libertad que otorga el vuelo en aparatos individuales como los cazas de combate, y entre éstos aparatos uno de los más fascinantes fue el Fokker Dr. 1, Triplano de Manfred von Richtofen, cuya historia como piloto aborda la cinta “El Barón Rojo”, de Nicolai Mullerschon.
Ningún piloto de combate obtuvo más victorias que este noble alemán (de la parte polaca del territorio germano) en “pelea de perros” (el combate de aparatos en pleno vuelo), salvo quizá su primo Wolfram, en la Segunda Guerra Mundial, quien también fue un dolor de cabeza para los pilotos aliados. Sin embargo la cinta de Mullerschon se ocupa del verdadero significado de aquellos triunfos en combate para una guerra sin sentido.
Desde luego todo comienza en la infancia, en el sueño de todo niño por adoptar la libertad de los pájaros y dominar el aire, pero toda buena película de guerra comienza con un combate y esta no es loa excepción, apenas ha apuntado el sueño infantil y Mullerschon nos presenta a los escuadrones de biplanos Fokker en pelea de perros con los Spad ingleses, y es una secuencia de antología.
Pero el trazo biográfico de Manfred enseña que jamás abandonó el sueño de niño, ni tampoco la infancia, de hecho las hazañas como piloto obedecieron a un principio de diversión y deportivo: ganar puntos en un inmenso tablero de juegos, el cielo, y con el mismo candor de una competencia deportiva que no contempla la muerte como parte de la victoria, sino como un avatar a veces ineludible (en una escena de pericia increíble los biplanos alemanes vuelan sobre un funeral para dejar caer tan solo la corona funeraria de homenaje al “piloto rival, no enemigo” en el campo británico) Manfred y sus compañeros juegan a mantener el espíritu caballeresco de los antiguos guerreros teutones, su educación elitista los conmina a prolongar los valores ancestrales de la civilidad occidental, es la demanda del Kaiser Guillermo II (Ladislav Frei), una forma de ejercer auténtica en la creencia de que la vida y la muerte de las tropas tan solo está en función del Todo hegeliano, del Estado.
Y es que la de Manfred es una época de totalidades, del apogeo de imperios y logros tecnológicos, la era de la razón plenamente reflejada en el dominio del mundo al que solo se oponen otros hombres, otras patrias; es el tablero del mapamundi donde los viejos estadistas trazan sus necesidades de expansión y juegan con sus piezas (cañones, soldados, tanques, aviones) a convertir el tablero en la cuadrçicula ideal, porque la concepción central es que “el todo explica a sus parte4s” y esas partes solo significan algo si se hacen concientes, pero una pieza en el tablero no tiene existencia propia, o si la tiene, como descubrirá Manfred al perder a sus amigos y al ver los muertos en la trinchera.
El triunfo del as aéreo depende de su ficha principal, el avión, pero éste aparato ocupa el sitio del corcel de caballero y como tal deberá ser enjaezado distintivamente para destacar a su jinete, es así como aparece el “circo aéreo de von Richtofen”, los aparatos decorados vistosamente para identificar inequívocamente al triunfador en el combate.
Al ser derribado caballerosamente por el canadiense Roy Brown (Joseph Fiennes) Manfred entra en relación con la enfermera Kate Otersdorf (Lena Headley), y a través de ella, de su contacto con el dolor y el sufrimeitno de los heridos, se transforma el tablero de su juego personal al descubrir que las piezas tienen vida propia, que finalmente él es una de ellas; será el descubrimiento del amor lo que le lleva a la conciencia y finaliza su infancia juguetona para convertirla en una obsesiva adolescencia en que brota la rebelión ante la autoridad, pero también la claridad para volver a mirar el mundo de otra manera menos hegeliana (mirada que encontraremos en su libro El piloto rojo, inspirado, según la película, por la enfermera), aunque sin perder de vista la necesidad caballeresca, descubre su propia responsabilidad y capacidad emocional hacia los otros, pero sobre todo la existencia de una realidad que le rebasa como individuo y como parte de una clase privilegiada.
Porque detrás de todo está la denuncia del sinsentido de la guerra y el agotamiento de una forma de ver el mundo inspirada puramente en un idealismo cada vez más alejado al crecimiento del mundo, una idea que caracteriza el escalamiento al poder para conservar los privilegios de clase en una sociedad masiva donde la individualidad pierde significado en la multitud y separa radicalmente a la minoría privilegiada del resto; así Manfred (Mathias Scweighofer) comienza a perder su identidad nobiliaria y confronta al mismo Kaiser y a sus generales que pretenden (y logran) convertirlo en una estrella del espectáculo de la matanza.
Quizá el colmo de la decepción por la conciencia en Manfred lo sitúe el director en la creación de su avión más famoso: el Fokker Dr.1, triplano, que lo inmortalizará como piloto, y que el propio fabricante dice al piloto que el secreto de su calidad es haber robado en diseño de un motor británico, el Bristol, lo que por primera vez se hace público. Para los aficionados que quieran más sobre el triplano, les recomiendo pedir a su proveedor de modalismo el ejemplar de la colección Knights of the Sky Series, con detalles increíbles hasta en los mandos interiores de la cabina (Escala 1/48, of curse).
La muerte de Manfred permanece como un misterio, su derribo final se atribuye a Ray Brown tanto como a Eddie Richenbacher, el piloto estadunidense, pero lo cierto es que su cadáver, alejado del aparato destruido, apareció con una bala en el corazón. Mullerschon no especula, solo nos entrega el entierro con la correspondiente corona fúnebre británica, pero este último gesto galante no remite a cintas como “La gran Ilusión”, de Renoir, donde se hizo ya antes apología de la caballerosidad de pilotos, lo mismo que en “Alas” (Primer oscar de la historia), pero quedan en el tintero las versiones contradictorias sobre el significado de los pilotos en la verdad de la primera guerra, como vemos en “El crepúsculo de las águilas” o en “El carnaval de las águilas”.
FILMOGRAFÍA:
Barón Rojo, el. (Der rote baron, o Sein Grosser siege war thre liebe). D. Nicolai Mullerschon. Con: Mathias Schweihofer, Joseph Fiennes, Lena Headley. Guión: N. Mullerschofen. ALEM/GB. 2008.
Carnaval de las águilas, El. (The greath Waldo Pepper). D. George Roy Hill.Con: Robert Redforsd, Bo Svenson, Susan sarandon. Guión: William Goldman y G. R. Hill. EUA. 1975.
Crepúsculo de las águilas, El. (The blue max). D. John Guillermin. Con: George Peppard, Ursula Andrés, James Mason. Guión: Ben Barzam, basado en la novela de Jack Hunter. EUA. 1966.
Gran Ilusión, La. (La grtande illusion). D. Jean Renoir. Con: Jean Gabin, ERich von Stroheim, Pierre Fresnay. Guión: Charles Spaak y J. Rendir. FRAN 1937.
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Lo ùnico que quiero, es elevar una plegaria al todopderoso, para que le conceda a este hombre de la primera guerra mundial, la dicha que se experimenta al vivir una infancia autèntica, ingenua, sencilla y plena.
Me ha conmovido desde siempre la historia del “Baròn Rojo”. El altìsimo lo colme.
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