Tuve muchas, pero muchas reticencias para finalmente dejarme ver esta película. Todas ellas basadas en la fácil identificación que se puede hacer entre el susodicho “Wall-E” y “Johnny 5”, de la siempre bien recordada “Corto Circuito”. “Corto Circuito” fue con facilidad una de las películas favoritas de mi infancia, así que como que no me agradaba la idea de que se estuvieran “fusilando” a mi héroe mecánico. Pero en realidad ya tendría que saber a estas fechas que tengo que confiar en la gente de Pixar, que son realmente el nuevo Disney, es decir, la enorme creatividad, buen gusto, humor, inteligencia y destreza técnica que hizo que destacara Disney en el siglo XX, ahora parece estar toda (o casi toda) en Pixar.
“Wall-E” se puede leer de muchas maneras, para mí, las más notables serían las siguientes: primero, la película como derroche de maestría en el uso de los modelos y la animación por computadora. Segunda, un comentario interesante, aunque ya no tan novedoso, sobre todo a la luz de la crisis económica por la que atravesamos, del poder de las corporaciones y de la apatía y borreguez de los seres humanos que nos dejamos conducir por ellas. Y tercera, y desde mi punto de vista, la que los realizadores tenían más ganas de contar, es una historia de amor, el clásico “chico conoce chica” o, en este caso: “robot conoce robot(a)”.
De la primera situación, hay poco que se pueda agregar, la gente de Pixar cada vez se refina más y esta película les dio manga ancha para que se regodearan en uno de los fuertes de la animación computarizada, la creación de escenarios. Los diseñadores crean una imagen del futuro de la tierra terrorífica sin necesidad de estridencias, esto es, aquí la distopia no se observa por el exceso de gente, vehículos y anuncios que de repente podemos ver arriba y abajo en cintas que van de “Blade Runner” a “Speed Racer”, pasando por “El Quinto Elemento” y “Minority Report”. También eluden el uso de la oscuridad para señalar que el futuro es “malo”, como también han hecho muchas cintas de ficción futurista (“Matriz”, por señalar solo una), el futuro que vemos en “Wall-E” es dolorosamente brillante y solitario y, sin embargo, no es necesariamente amargo. Gracias al pequeño robot triturador y compactador de basura y a su inusual, pero finalmente lógica mascota, una cucaracha.
En lo personal, creo que la parte de la película que más me gustó es precisamente la primera, en donde asistimos a la rutina cotidiana de un trabajador honrado, llevando a cabo su labor aunque todos los demás alrededor suyo se hayan dado por vencidos. Y esto lo lleva a su recompensa, cuando finalmente llega la oportunidad de dejar la soledad, en la sonda EVE, Wall-E no lo piensa dos veces y se enamora de pe a pa. El resto de la película transcurre como una excusa para que se den las situaciones necesarias para que Eve se enamore de Wall-E y para que logren finalmente regresar a la tierra. Me gustó mucho el romance entre los dos robots, me agradó que la humanización no fuera total, que siguieran siendo máquinas y me gustó la forma en cómo se dan cuenta de lo importante que es el otro para ellos.
La parte del comentario sobre la sociedad de consumo y el confort, hay poco que se pueda agregar a lo que se ve en la pantalla, que resulta bastante claro. Una sociedad acostumbrada a vivir a través de la pantalla y el sillón, incapaz de percibir a quienes tienen alrededor, hasta que llega Wall-E a sacudirlos, literalmente. También hay que anotar las buenas puntadas al poner de robot “villano” a un pariente cercano de HAL, el de “2001”, así como el homenaje a ésta película con “Así hablaba Zaratustra”.
Un detalle que también me agradó bastante, la importancia del nombre, la importancia de presentarse y tratar al otro a través de su nombre. A partir de que Wall-E y Eve se presentan, el primero pasa el resto de la película conociendo a la gente y presentándose, lo cual le permite rescatar relaciones humanas, en donde había relaciones mecánicas (como con el sufrido M-O) tanto con humanos, como con robots. Para una película en donde no abundan los diálogos, el refuerzo constante de la importancia de los nombres es un interesante reclamo en contra de la sociedad homogeneizada y cuadriculada que se vive en el Axioma, una especie de negación voluntaria del anonimato.