Benjamín Button, historia de un reloj ciego

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel on ene 28th, 2009 y archivado en Fantástico. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Brad Pitt es una figura extraña, de hecho sigue teniendo la presencia enigmática de Joe Black, personaje que le llevó directamente a este Benjamín Button de Francis Scott Fitzgerald.

Como casi toda la obra del narrador estadunidense, “El extraño caso de Benjamín Button” es un retrato profundo de la época de ascenso de los Estados Unidos en la historia moderna, de las consecuencias de romper su singular provincianismo y saltar al mundo para adueñarse de todo, pero esencialmente es una visión de lo que todo esto hace al alma sencilla de un pueblo educado en la austeridad y modestia del protestantismo luterano. Un dolorido padre ciego cuyo hijo no regresa de la Primera Guerra Mundial, crea un reloj que da la hora al revés, el reloj y el hijo del fabricante de botones del pueblo ven la luz al mismo tiempo y recorren un camino parecido.

Ante todo la película rompe necesariamente el recurso del tiempo de Fitzgerald; mientras él nos sitúa en el nacimiento de la modernidad estadunidense a partir de la Guerra Civil y hasta la llegada de los locos veinte, que habrían de madurar a fuerza el sentido propio de la historia entre los americanos, David Fincher nos lleva de la Primera Guerra Mundial a la caída de Nueva Orleáns por el huracán Catrina, de uno a otro estremecimiento histórico más allá de la voluntad individualista, y con ello recarga el significado original de Fitzgerald actualizando sus argumentos, pero desde un tono muy diferente.

En lengua española el relato “Viaje a la semilla”, de Alejo Carpentier, nos ofrece un paralelo del viaje hacia el horror que representaría ir hacia la infancia y la nada después de recorrer inversamente el camino de la senectud hacia una vejez infantil, aunque en el cine Fincher logra instantes de poesía profunda con ello, pero de todas formas este director hace un homenaje a Fitzgerald como retratista de su país y de su época.

No es en vano que el relato se sitúa en el último bastión sureño de los Estados Unidos, Nueva Orleáns, la ciudad más cosmopolita de Norteamérica al comenzar el siglo XX y también la cuna de la manifestación cultural estadunidense por excelencia: el Jazz, forma artística tan querida para el escritor yanqui (quien por cierto puso este ingrato nombre a la música de los afro americanos de finales del siglo XIX): es el cosmopolitismo ochocentista en plena decadencia, el clímax de la sensibilidad europea sembrada en América, y Fincher nos lo recuerda a través del sound-track seleccionado por Alexandre Desplat, que el director selecciona justamente con las tonadas que reflejan claramente el color y espíritu de cada época involucrada en su trama como reconstruyendo el siglo XX a través de su sonido.

Valga ubicar en el tiempo y el estilo al retrato original (un descomunal cuento en nueve partes) señalando que es una ficción que coincide con la aparición y el interés creciente por la ciencia-ficción y el futurismo, quizá por ello el tono marcadamente sardónico del cuento de Fitzgerald y la extraordinaria coincidencia con el estilo de los contemporáneos y seguidores de Hugo Gernsback, que pretendían hacer verosímil lo imposible, pero siempre con un sentido del humor difícil y hasta oscuro, como el cuento de Francis Scott, pero este autor busca convencernos tan solo porque busca una precisa significado histórico y social.

Bejamín Button es un reflejo de la cultura que nace de lo más acabado y viejo de occidente, que de los moldes más antiguos va fraguando una existencia que reconstruye todo el viejo trayecto de la civilización hacia nuevos encuentros con todo lo que ya estaba hecho y ahora, renovado, parece otra cosa pero solo es una extensión inacabada del humanismo libertario, curiosamente la película (como el propio Scott Fitzgerald) elude totalmente cualquier retrato o referencia política y social, tan solo vemos a través de Benjamín –Pitt la conquista de la libertad, el cómo se despoja poco a poco inevitablemente abandona lo viejo para ganar en vigor, en eficacia.

Así como la involución de su cuerpo otorga cada vez más dones a Button, su espíritu, o su alma, viajan hacia un inevitable vacío donde el amor es una permanencia absurda porque desde su inicio va hacia la separación con Daisy (Cate Blanchet), mientras ella crece y el va a la juventud solo tienen la fugaz coincidencia en el tiempo: después de laSegunda Guerra Mundial coincidirán en tiempo y belleza, pero mientras ella alcanza el cinismo de una moral avanzada Benjamín atisba la decadencia que empuja al conservadurismo y atisba ya la separación ineludible.

Lo terrible es comparar el tono de la película con el del relato, porque aquella permanece en el filo de lo trágico, quizá en función de que su intérprete no daba el giro jocoso que solicitaban las líneas de Fitzgerald, quizá porque el papel de Benjamín estuviera más de acuerdo con un intérprete como Jim Careyen instantes tan sublimes como en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, y a cambio Brad PItt, más allá de la excelsitud con su personaje de Aquiles para la “Troya” de Petersen y del duelo de actuaciones con Bruce Willis en “12 monos”, solo hace comedias donde la burla no es sobre si mismo, pero el tono crepuscular que otorga la dirección de Fincher salva la intensión del literato, aunque pierda la jocosa sátira del ser americano en lo familiar, social y de prejuicio personal entre los estadunidenses.

Enlazada toda la narración a partir de la agonía de Daisy la película constituye el doloroso presente de la paradoja del reloj del ciego, cuando la sociedad en que vive Benjamín ha llegado al apogeo el reloj del pueblo ha de ser cambiado y Daisy adivinará en los ojos del nene Benjamín el reconocimiento y el adiós, la receptora e la historia, Caroline (Julia Ormond), su hija, entenderá cada vez mejor el mundo que hereda y menos el amor absurdo que la trajo al mundo. Los espectadores quedaremos con la imagen de Benjamín ya en esplendor físico: un joven con la experiencia de un anciano que llegará a un alzheimer absurdo alcanzando el regreso a una adolescencia desconcertante de nuevo y una infancia llena de habilidades inexplicables.

Y uno se pregunta cómo visualiza Button su triste participación en la guerra, convertido en héroe incongruente que busca la paz en medio de una sociedad cada vez más beligerante, en un hombre en seguimiento de un recogimiento propio al cansancio de la edad justo cuando su cuero es cada vez más apto y vigoroso; pero también qué clase de idea del mundo le quedará a Carolina cuando sabe que la ausencia de su padre no era inevitable, que pudo haber sido el compañero de juegos su infancia o el niño a cuidar durante sus años de adolescente (como en efecto suceded en el relato de Fitzgerald).

Asunto aparte son los efectos especiales que esta vez no son defectos (no distraen la trama ni acaparan la atención), realizados por la compañía mexicana Ollin Estudios enfrentaron un reto singular? ¿Cómo hacer verosímil el nacimiento de “un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos y del mentón le caía una larga barba color humo…”?¿Cómo hacer creíble que una mujer diera a luz un ser cuyo largo rebasaba el tamaño de la cuna sin que esto implicara haber despanzurrado a la madre desde el interior? Para los guionistas Roth y Swicord el recurso adecuado fue centrar en la muerte de la madre el drama de la presentación del hijo, crear la tragedia a partir del abandono por el padre, así pues los Ollin optaron por una miniatura de anciano que conmoverá el corazón de la negra Queenie (Teraji P. Henson).

A través del maquillaje de Peter Abrahamson Pitt aprovecha su inexpresividad innata para favorecer una fantasía que cambia la sardónica burla de Fitzgerald hacia el orden familiar y afectivo de los estadunidenses ochocentistas muy en el estilo de la ciencia-ficción clásica, para aborda el pesimismo nihilista del camino neoliberal, pero como una burla empañada de ternura hacia el sentido trágico de la pérdida total en pleno esplendor, como parecen ver a los Estados Unidos actuales Roth,Swicord y Fincher, que abordaron toda la trama con un enorme sentido de piedad hacia el personaje de Button sin mostrar sentimientos parecidos por sus heredera Caroline y la generación actual que vio la caída de Nueva Orleáns como nosotros vemos ahora ahogarse el ciego reloj entre las aguas mezcladas del Misisipi y el Golfo de México.

FILMOGRAFÍA:

¿Conoces A Joe Black?. (Meet Joe Black). D. Martin Brest. Con: Brad Pitt, Anthony Hopkins, Claire Forliani. Guión: Ron Osborn y Jeff Reno. EUA. 1998.

Benjamín Button. (The curious case of Benjamin Button) D. David Fincher.Con: Brad Pitt, Cate Blanchet, Teraji P. Henson, Juia Ormond, Jason Flemyng. Guión: Eric Roth y Robin Swicord basados en el relato de F. Scout Fitzgerald. EUA. 2008.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. (Eternal sunshine of the spotless mind). D. Michel Gondry. Con: Jim Carey, Kate Winsley, Elijaj Word. Guión: Charlie Kauffman y M. Gondry. EUA. 2004.

Troya. (Troy). D. Wolfgang Petersen. Con: Brad Pitt, Eric Bana, Peter O’Toole, Diane Kruger. Guión: David Benioff, basado en el poema de homero. EUA/GB/ESPÑ 2004.

12 monos.(Twelve monkeys). D. Terry Gilliam. Con: Bruce Willis, Madeleine Stowe, Brad PItt. Guión: David Webb Peoples, basado en el guión de La Jettè, de Chris Marker. EUA/GB. 1995.

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5 comentarios en “Benjamín Button, historia de un reloj ciego”

  1. Vendetta dice:

    La vida según Quino

    … Pienso que la forma en que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero para salir de eso de una vez.

    Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí.

    Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación.

    Luego fiestas, parrandas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estés listo para entrar a la secundaria…

    Después pasas a la primaria y eres un niñ@ que se la pasa jugando sin responsabiliddes de ningún tipo…

    Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo…

    ¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!

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  2. FEDERICO GARCIA dice:

    Puntual y correcto recuento, que nos lleva a mirar cómo el reloj del ciego acompaña los años del senil que vive acompasadamente una decadencia externa que lo va haciendo cada vez más fuerte y más joven. El tiempo roto, entonces, más que ciego, es el que recupera la anécdota fitzgeraldiana y permite peligrosamente, ahora lo sabemos) la ruptura anímica y moral en una metáfora en que el tiempo al revés es devorado por las aguas que, en realidad devoraron el olvido y la dejadez, ya no en los locos veinte, sino en el demencial siglo veintiuno. Fitzgerald aparte, aunque si parece haberse recuperado el espíritu (gracias, señor Espinosa), esto es Hollywood, haciéndonos verosímil, como muchas veces, acaso con menos recursos materiales y tecnológicos. Sea agradecido.

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  3. FEDERICO GARCIA dice:

    Puntualización ociosa: es Blanchett.
    En cuanto a las razones y casualidades que juntaron a Fincher y Pitt, acaso habría que mencionar también a Seven y El Club de la Pelea como parte de la filmografía.
    Se me ocurre que cinematográfica (y espiritual) mente hablando, hubiera sido más acertado limitarse al espacio temporal de la historia original (la guerra civil y la primera posguerra), pero igual y Hollywood no hubiera dado su brazo financiero a torcer. Hubo que retomar la II Guerra y llegar al desastre material de la no guerra (aparente): Nueva Orleans y, ya muy lejos, Guantánamo.

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  4. Ignacio dice:

    Saludos,
    a mí también me entusiasmó la película. Por mi interés en la historia, le he prestado una especial atención a la lectura sociocultural de la película. Copio y pego aquí una reflexión que ya realicé en otras webs:

    Desde el principio, sigue una línea marcadamente barroca, con un gusto por lo abigarrado, por la explosión ininterrumpida de sentimientos en imágenes y palabras, pero lo hace con la delicadeza suficiente para mantener el interés en lo que cuenta. Aparte de ser una peli melancólica, evocativa, lírica, llena de personajes entrañables, me gustaría mucho destacar su impresionante reflexión histórica, algo que yo no podía eludir, teniendo en cuenta que la historia de América Latina y América del norte son dos de mis debilidades.

    Ya sabíamos de Fincher el interés que tiene en mostrar el rumbo de los Estados Unidos en los últimos tiempos. Radiografió con mucho acierto la cultura del terror en Seven y La habitación del pánico; y en Zodiac, haciendo algo similar, situaba a los personajes ante la necesidad de encontrar una verdad propia en tiempos de zozobra, de enfrentarse al miedo en una época donde prevalece la paranoia, todo ello contado mediante una absorbente trama de reconstrucción periodística. Ésta Benjamin Button escoge la manera de enfrentarse a la historia desde lo particular (el término sería intrahistoria), siguiendo los pasos de Scott Fitzgerald, Unamuno o Alejo Carpentier. La película huye en todo momento de acontecimientos políticos y sociales remarcados, exceptuando la omnipresente Segunda Guerra Mundial, pero teniendo un conocimiento básico de la historia cultural del país, no es muy difícil llegar a la conclusión de que estamos ante una parábola o alegoría sobre el auge y la muerte de Estados Unidos. La historia se abre en el Nueva Orleans de principios del siglo XX: una ciudad en plena decadencia de valores (es interesante ver cómo Medianoche en el jardín del bien y del mal muestra la consumación de este declive), que había tenido su auge como metrópolis durante las últimas décadas del XIX, pero cuyos rasgos “europeizantes” (muy bien detallados por la peli) empiezan a vivir una crisis; y que es, a su vez, la madre del jazz, una de las primeras creaciones culturales poscoloniales genuinamente norteamericanas. Al final, cerramos con la muerte de Nueva Orleans -en un país que no sólo ya no depende culturalmente de Europa, sino que ha exportado al resto del mundo sus propias creaciones culturales- pero a su vez, en una era de escepticismo político, social y económico. Si el ciego visionario había decidido construir un reloj que narraba, de alguna manera, la resurrección de un país, que durante el siglo XX llegaría a su clímax, la sustitución por el reloj digital que, ésta vez, funciona correctamente, marca el inicio de unos nuevos tiempos, representados por esa “niña perdida”, la hija, que deberá mirar al pasado (en forma de diario de un hombre fuera del tiempo) para entender y enfrentarse al metafórico huracán que se avecina.

    La peli, como hemos visto, huye totalmente de cualquier gran referencia a la historia (o incluso a sus mecanismos): todo lo hace mediante pequeños detalles: como los abundantes diálogos acerca del pasado de los personajes o de sus ancestros; hombres como el indio obsesionado con sus raíces americanas o el propio empresario blanco sureño Thomas Button; o incluso referencias musicales (constantes durante la película) y pequeños retazos de historia social: la liberación individual de los protagonistas durante los años sesenta, en los que las ideas de la “nueva juventud americana” se extendieron como la pólvora desde Berkeley al resto del país. Es precisamente, tras ésta fugaz coincidencia entre Button y Daisy, cuando todo se pierde entre ellos: de alguna forma, ella acepta lo que para él resulta imposible (otra vez simbolismos), formar una familia, sentar la cabeza, llevar la vida conservadora, antes rechazada por ambos. Benjamin vuelve a alejarse del tiempo que le ha tocado vivir, del que tiene una comprensión más madura que el resto de seres que habitan la película. Y desde entonces, los setenta, ochenta y noventa y la consolidación, entre tanto, de los Estados Unidos como potencia total. La muerte de Benjamin Button quizás no sea sino la muerte prematura de ese propio país (marcada en la peli no por el manido 11-S, sino por el huracán Katrina), cuyo siglo XX nació amoldado a valores europeos que ya desaparecían, y que se muere, sin memoria de su pasado y con temor al presente, en plena incertidumbre (Recordemos lo que dice Daisy al hablar de su hija: una niña “perdida”).
    La peli es un canto, aparte del rollo histórico, al “carpe diem”, pero también a unos valores morales de un individualismo americano que no es aquel que hoy en día todos asociamos con el materialismo, sino esa idea que A. Camus recoge en su cita “Ser libre es poder ser mejor”. Un individualismo, al fin, humanista (genial cómo en una frase de Button se condensa la mayor crítica desde el punto de vista humano que se puede hacer a la guerra) y libertario, más próximo a las ideas de Thomas Jefferson que a las que han mantenido sus líderes políticos del XX. Un canto a una refundación moral, que será también la creación de una nueva historia para un país que se pierde entre brumas.

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  5. Francisco Bautista Pérez dice:

    El curioso caso de Benjamín Button es una película que esperaba con gran interés desde que tuve la oportunidad de toparme con el escenario donde se filmaba, en noviembre de 2006. Primero, cuando caminaba por la Interestatal 10 y vi llegar a Nueva Orleáns un trailer que transportaba cuatro autos antiguos y al tercer día ( lunes 20) se acondicionaba para la filmación un tramo de la calle Dauphine, entre Ursulines y Barracks, donde predominan los balcones de hierro forjado y los jardines colgantes que han dado fama al French Quarter. ¿Hollywood here?, pregunté a un ejecutivo de la compañía fílmadora. Yes mister, respondió con premura. ¿Whuat film? —The curius case of Benjamin Button.
    Ahora que finalmente la veo y entre sus ingredientes encuentro ciencia ficción, historia de Norte América, conflictos del corazón y la eterna tentación de desafiar al tiempo, me doy por satisfecho por la larga espera. Ya veremos que más se les ocurre a los cerebros de Los Angeles.

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