
Algo en las relaciones personales del siglo XXI debe ser estudiado con nuevos enfoques, se han transformado en una competencia de poder donde el único mediador es el amor, pero este sentimiento se ha vuelto más indefinible o inestable, aparece como un recurso momentáneo cuya permanencia es impredecible independientemente del placer sexual o la procreación, aunque entre los nuevos cultos de los jóvenes aparezca como fruto de un romanticismo sombrío o gótico, un buen ejemplo de ello está en la cinta “Crepúsculo”, de Catherine Hardwicke
Por sí mismo el fenómeno de asociación en “tribus” de creyentes hace de la sociología de la adolescencia un fenómeno nuevo y complicado. En nombre de la búsqueda de identidad los nuevos adolescentes se reúnen alrededor de formas de la música, pero esta convocatoria asume formas y parafernalia complicadas que se parecen a las cofradías religiosas, solo que las religiones a que se refiere el parecido son, todas, heréticas o excéntricas, como la adoración a los vampiros.
Para el cine estos personajes son un lugar común desde los inicios de su historia, la genealogía de los vampiros abarca docenas de películas a partir del “Nosferatu” de Max Schrenk y el Conde “Drácula” de Berla Lugosi, hasta la repetición del personaje por Gary Oldman para Francis Ford Coppola y después esta extraña tribu de fascinadores chupasangre, todos andróginos, debidos al ingenio de escritoras actuales y desde Tom Cruise, Brad Pitt y Antonio Banderas hasta el Edgard Cullen (Robert Pattinson) de “Crepúsculo” son de nueva tribu.
A partir del inicio de su tratamiento gótico-literario con el Dr. Polidori y Sheridan Le Fanù estos personajes están ligados indisolublemente al mito de íncubos y súcubos nocturnos, a la aparición del deseo sexual y definitivamente a un erotismo oscuro y extremo, muy relacionado con el orgasmo fatal.
Por lo que toca a Crepúsculo la dirección de Caterine Harwicke y el libreto de Melissa Rosenberg da a la novela Stephanie Meyer un tratamiento que se aproxima a la acción juvenil del siglo XXI por experimentar cualquier cosa hasta el extremo, solapa deseos ocultos de satisfacción sensorial e intelectual que no les ofrece la vida estática y automatizada en la de la Internet a los adolescentes.
Este es el panorama en que se desarrolla lentamente la seducción de Isabelle Swan (Kristen Stewart) y el más joven de la familia Cullen, Edgard, una seducción adolescente muy alejada ya de aquellas relaciones escandalosas de Natalie Word con Warren Beatty o Steve McQueen en “Esplendor en la hierba” y “Desliz de una noche”; aquí no hay comunidad que condene el sexo, tal parece que ahora hasta los padres saben la existencia de la vida sexual temprana y disimulan tener interés en ella, tal parece que el liberalismo actual prohíbe violar su secreto, pero sintomática de la indiferencia real y pasiva de este liberalismo de mercado que nombra a esta actitud respeto a la individualidad.
Al parecer las tres damas conocen muy de cerca el mundo tribal, o bien la guionista se ajustó a los moldes de Wolfen o Inframundo, porque dan seguimiento a dos líneas de acción sin las cuales la crepuscular historia de amor adolescente no tendría sentido, no sería una referencia brutal a nuevas formas de Romeo y Julieta, esta es la rivalidad entre licántropos y vampiros, que constituye una de las propuestas de renovación legendaria iniciada por la Universal con “El hijo de Drácula”, donde Lon Chaney Jr., inspirado en el domino y adoración del Bela Lugosi fílmico por “los hijos de la noche” establece el vínculo que ahora exacerban Stephen Sommers y Len Wiseman en nuevas cintas.
El ángulo explotable de mejor perspectiva parece ser la identificación de los licántropos con los “nativos americanos”(Ya iniciada por Wolfen con Edgard James Olmos), que de alguna manera es cercana a nosotros a través del mito de Anual, tan maltratado por el cine mexicano, y por constituir una posibilidad de recuperación por la naturaleza ante lo artificial.
Aunque esto resulta pura especulación, la guionista (o la novela) centraron su tema central de tal forma que nos remite a las ligas de estas mujeres con la cultura judaica: el problema territorial de lo familiar; porque finalmente el conflicto de pareja está siendo guiado hacia confirmar a la familia como el núcleo deseable para toda relación, aunque ahora se trate de una familia “diferente” como la de los Cullen (endogámica, hay que señalar) y que además la estructura de su acción apunta hacia una continuación que será en el cine o convirtiendo a Bella (Isa) en otra Buffy, esta vez romántica.
Crepúsculo. (Twilight). D. Catherine Hardwicke. Con: Robert Pattinson, Kristen Stewart, Billy Burke. Guión: Melissa Rosenberg, basada en la novela de Stephanie Meyer. EUA. 2008.
Van Helsing. D. Stephen Sommers. Con: Hugh Jackman, Kate Beckinsale, Richard Rosburgh. Guión: S. Sommers. EUACHEC. 2004.
Inframundo.(Underworld). D. Len Wiseman. Con: Kate Beckinsdale, Scott Spedmann, Michael Sheen. Guión:L. Wiseman y Ken Grevioux. EUA/GB/HUNG/ALEM. 2003.
Wolfen. D. Michael Wadelight. Con: Albert Finney, Diane Venora, Edward James Olmos, Gregory Hines. Guión: David Eyre y Whitley Strieber. EUA.1981.
Esplendor en la hierba. (Splendor iun the grass). D. Elia Kazán. Cn: NAthañie Wood, Warren Beatty, Pat Hingle. Guión: William Inge. EUA. 1961.
Desliz de una noche. (Love with the proper stranger). D. Robert Mulligan. Con: Nathalie Wood, Steve McQueen, Edie