CINEFOBIA: DEL NOVENO AL SÉPTIMO
HELLBOY II: O POR QUÉ NO PUEDO SONREIR SIN TI.
La escena es la siguiente: Anung Un Rama, hijo del mismísimo señor de las tinieblas, quien porta la corona del armagedón sobre la frente y el brazo derecho de la perdición, la llave que abrirá la puerta para que entren los Ordhu Jahad, los dioses antiguos y señalen la destrucción del mundo y la extinción de la raza humana, está sentado en una sala, junto a un hombre pez, tomando Tecate y cantando a coro una canción de Barry Manilow “I can´t smile without you”.
Se puede argumentar a partir de esto, que la película en donde ocurre algo así puede ser brillante o terrible. En lo particular, yo me inclino por la primera, pero reconozco que a alguien que no esté familiarizado con el trabajo de Mignola, el creador de Hellboy, puede tener la segunda impresión. El seguimiento de Mike Mignola como creador es lo que se suele llamar “un gusto adquirido”, al menos para los que llegamos a conocerlo a partir de los cómics más “mainstream” de las dos grandes compañías. La primera vez que leí a “Hellboy”, me costó trabajo y francamente no me gustó, el dibujo me pareció muy pesado, confuso y esquemático (en mi descargo, tendré que decir que en esos tiempos estaba leyendo a Busiek y Pérez en “Los Avengers”, así que si fue un cambio muy drástico) y la narración apresurada e incluso algo caótica.
Algunos años después, con mayor tranquilidad y mayor conocimiento de esto que se llama la gráfica secuencial, retomé a Mignola y entendí el porqué de su éxito en el mercado de los independientes y el porqué de la afición tan extendida a su personaje de Hellboy. Y es que Hellboy es todo eso que ya les escribí allá arriba, o al menos eso se supone que debería ser, pero en el camino se interpusieron una barra de chocolate y unos hot cakes y lo ganamos para el lado de los humanos (es completamente cierto, y hay evidencia para probarlo). Este es uno de los grandes atractivos de Hellboy, todo su entorno es serio, misterioso, lúgubre y amenazante; en cada esquina saltan monstruos, demonios, vampiros y espíritus que buscan su destrucción y la de los seres humanos; el propio Hellboy por su historia y su propia presencia física debería ser así, temible y sombrío, pero se niega. El resto de su mundo se muere de seriedad, pero el simplemente enciende un habano y saca su pistola (diría Pedro Infante, “más grande que un cañón”).
Los otros grandes atractivos de este cómic son el exhaustivo y riquísimo rescate que hace Mignola de tradiciones y folklore mundial para integrar a su personaje en ellas; lo mismo vampiros rumanos, que duendes irlandeses, que espíritus japoneses o esos grandes monstruos sin forma de H.P. Lovecraft. Mito, historia y fantasía se traslapan y se dan de golpes con resultados formidables. Y el otro es el propio dibujo y composición gráfica de Mignola, que dan perfecta cuenta de lo inhumano e imposible del mundo que relata.
Supongo que es también por esto mismo que en las películas, quizás a iniciativa de Del Toro, o quizás por el gusto del propio Mignola, las sombras ceden un poco más y permiten que entre en acción uno de los pocos sentimientos que poco afloran en el cómic: el amor. De hecho esta segunda parte en lugar del ejército dorado debió haberse llamado Hellboy y el amor. Curiosamente, no tengo nada en contra de esto y sí mucho a favor, me parece un acierto de quien se le haya ocurrido la idea, le da un ancla mucho mayor al “rojo” en el mundo de los humanos, que, como se puede ver en la cinta y como ocurre en el cómic, siempre se está tambaleando sobre su pertenencia a cualquiera de los dos bandos. La película le permite hacer esa decisión de manera permanente, le da, como dice el Ángel de la Muerte “algo por qué vivir”.
Pero más allá de la historia de Hellboy y Liz, que a mi me encantó, la película es digna de verse solamente por el estupendo trabajo de maquillaje, la escena del mercado troll vale la pena el boleto, así como la escena con el Ángel de la Muerte, aquí se nota como se entienden y se regodean en sus gustos afines Del Toro y Mignola, que se habían visto discretos en la primer película, en esta se vuelan la barda y dejan que su imaginación se desborde con creaciones visuales memorables. A todo esto se le debe añadir una historia trágica, con antagonistas tan temibles como comprensibles y empáticos, logran hacer que dudes sobre si realmente los tipos buenos lo son en verdad, de hecho, a través de Abe Sapien llegamos a quererlos y entendemos más lo que dice el príncipe Nuada “el mundo será más pobre si morimos”. Y como si esto no fuera poco, tenemos la inclusión del genial Johann Kraus, el hombre ectoplásmico perfectamente bien hecho y genialmente caracterizado, aunque en un papel ligeramente distinto al que tiene en los cómics, su presencia siempre es grata.
En síntesis, “Hellboy II” es una historia de monstruos que se enamoran, de reinos que se rehúsan a morir, de verdades que se niegan a ocultarse y de esperanza que surge de la tragedia. Y claro, inverosímilmente, de Barry Manilow:
Hellboy: (leyendo en el CD) ¿”No puedo sonreír sin ti”?
Abe Sapien: (apenado) Ya sé…
Hellboy: (sentándose) ¡Sip, voy a necesitar otra cerveza!
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La verdad me an gustado mucho las peliculas de hellboy y de hellboy II en particular esa escena donde sale la cancion de Barry Manilow me parecio romantico el hecho de que el hijo del mismisimo señor de las tinieblas como lo es hellboy y un hombre pez que no puede ni sonreir ni llorar como lo es abe sapien estubieran en esa posicion por una mujer y una princesa.
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