Pacto de sangre: Double indemnity de Billy Wilder

Escrito por Gustavo Arturo de Alba on Nov 27th, 2008 y archivado en Policíaco. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

“Basta una gota de miedo y el amor degenera en odio”.
James M. Cain

“Si no podemos jurar que todo el mundo está corrompido es porque no conocemos a todo el mundo”.
Billy Wilder

Fue a principios de los años sesenta en que puede decirse mi afición por el cine tuvo un salto cualitativo, en la medida de no solamente procurar ver “todas” las películas que llegaban a las carteleras de los cines de Aguascalientes, mi ciudad natal, sino de iniciar mi colección de libros en relación al séptimo arte, tropezándome con un ejemplar de “Panorama del Cine Negro” de Raymonde Borde y Etienne Chaumeton, publicado por Ediciones Losange, de Buenos Aires en 1958, donde daba cuenta de un sinfín de películas, a las cuales solamente tildaba de meramente policiacas, realizadas entre 1940 y 1953 y descubrir que eran del género “film noir”..

Ese tipo de films ya eran de mis favoritos, razón por la que me intereso la compra del libro en cuestión, el cual se convirtió en mi primera guía para ir conociendo más del género y cumplir con la “asignatura pendiente” de ver, por lo menos, las películas citadas, a lo largo del texto así como en el Índice Cronológico de las Grandes Series, con sus principales títulos y en el Índice Genérico de las Películas.

Todavía tengo en mi poder ese ejemplar, mostrando las huellas de su uso constante, así como el testimonio del “palomeo”, en los mencionados índices, de la fecha de la visión de esos filmes y, curiosamente, durante muchos años “Pacto de Sangre” (Double indemnity) titulado en España como “Perdición”, se me había escapado, “conociéndolo” sólo por referencias en libros y pláticas con otros amigos aficionados, hasta poder verlo en televisión, a mediados de los años noventa, del siglo pasado. Ahora es fácil conocerla; ya sea a través del canal de TCM classic, donde la pasan doblada al español o conseguir el DVD, en donde también viene el final desechado por el director Billy Wilder y el cual se creía perdido, para poder disfrutar de este clásico con gran influencia en muchos cineastas y guionistas que han abordado el género con posteridad a 1944, año en que se estrenó “Pacto de Sangre”.

Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en "Pacto de sangre"

R. Borde y E. Chaumeton en el citado libro nos dicen lo siguiente: “Billy Wilder fue libretista antes de dedicare a la dirección. Efectivamente, “Pacto de sangre”, adaptada por Wilder y Raymond Chandler en 1944, de una novela de James Cain, es valiosa por su gran seguridad de exposición y por su final que no por ser moral es menos lógico. Como “Laura”, es una película de psicología criminal que participa de la serie negra por la intervención de un personaje típico. En “Laura”, éste era un asesino aristocrático devorado por la neurosis. Aquí es una mujer codiciosa, excitante, ávida de goces pero indudablemente frígida. El mito de la asesina rubia acababa de nacer”.

“Es inolvidable la primera imagen de Barbara Stanwyck mientras la cámara sube desde el tobillo hasta su rostro. Morirá como vivió en la pasión y la sangre. Quiso matar a su amante, Fred MacMurray, pero el proyectil sólo rozó la espalda. Murray se acerca a ella, le quita el revólver, la ase con dulzura y le pega un tiro en el corazón mientras murmura: ‘Adiós, nena’. Para entonces ya se nos había informado que ella había hecho desaparecer a la primera mujer de su marido y que además se acostaba con el novio de su hijastra”.

Posteriormente, más o menos en 1972, el crítico de cine Francisco Sánchez, que lo mismo “devora” películas o libros, en una de las acostumbradas tertulias sabatinas en la librería de viejo “Libros Escogidos”, propiedad del buen amigo Polo Duarte, sacó a relucir su amplio conocimiento en la obra de James M. Cain, al toparnos con una edición de “El Cartero Siempre Llama Dos Veces”, cuya versión fílmica, con Lana Turner ya conocía, al igual que el libro, pero, hizo gran hincapié, Pancho, en “Pacto de sangre”, logrando encontrar, entre los anaqueles de la librería, un ejemplar de “Pacto de Sangre”, que adquirí y leí con fruición esa historia cuya sinopsis, en al edición de 1980 de Brugera la establecen así: “Cuando el agente de seguros de poca monta Walter Huff conoce a la seductora Phyllis Nirdlinger, esposa de uno de sus acaudalados clientes, tan solo necesita unos minutos para descubrir que lo que ella quiere es deshacerse de su marido, y no muchos más para decidir que le ayudará hacerlo. Walter sabe que los seguros que cubren accidentes pagan doble indemnización en los casos de percances ferroviarios, por lo que el pacto de sangre al que llega con Phyllis consistirá en tratar de hacer subir a Nirdlinger a un tren sin despertar las sospecha de la policía, la compañía de seguros, la guapa hija de la victima y su misterioso novio, ni las de propio Nirdlinger”.

James M. Cain saltó a la fama en 1934 al publicar su novela “El Cartero Siempre Llama Dos Veces”, en donde ya encontramos su constante temática en que combinando, sexo, violencia y ambición, una bella y atractiva mujer convence a su amante de eliminar a su esposo para poder vivir juntos su pasión amorosa.

Su historia corta “Double Indemnity” apareció por primera ocasión, en forma de serial en ocho partes, en la revista “Liberty magazine” en 1936. En forma de libro se editó, junto con otras dos novelas cortas en 1943, que eran “The Embezzler”, publicada también como serial en “Liberty Magazine” en 1940 y “Career in C Major”, que había aparecido en American, en 1938. El volumen en cuestión se titulaba “Three of a Kind”. “Double Indemnity” se ha reeditado en varias ocasiones y las que conozco en español, sólo tienen esta historia, prescindiendo de las otras dos.

Según unas versiones parece que Billy Wilder conoció o leyó “Double Indemnity” en la edición de “Three of a Kind”, por recomendación del productor Joe Sistrom, quién la había leído en la revista “Liberty” y era un fanático de las llamadas novelas “negras” o “black mask”, aunque también se asegura que el agente de Cain, el novelista, de nombre Swanson había llevado un ejemplar a la Paramount, tal y como se estilaba en la época, para promover su posible compra y que al ver Wilder a una secretaria “picada” leyendo el libro, se lo arrebató y se lo llevó a su casa para leerlo, lo cual hizo esa misma noche, para al día siguiente pedirle a Sistrom que el estudio comprara esa historia, ya que quería llevarla al cine. Sea de una manera u otra, Wilder se apropió del proyecto, aunque con reticencias del estudio Paramount, pues se sabía que por lo sombrío del tema se tendrían problemas con los encargados de aplicar el Código Hays o sea la rígida censura de la época.

En la realización del guión Billy Wilder no contó en esa ocasión con su casi inseparable camarada Charles Brackett, un poco porque después de varios años de trabajar juntos, querían ver si cada quién por su lado lograba algo y otro tanto debido a reticencias de Brackett con lo sórdido de la historia, así que Wilder contó con Raymond Chandler como co-guionista y, a pesar de muchas dificultades para entenderse con el novelista, por causa del método de trabajo del director, a la postre lograron un excelente guión, que dio lugar a una de las más memorables joyas del “cine negro”: Wilder resumió las diferencias con Chandler en su libro “Nadie es perfecto” así: “Las verdaderas dificultades en el trabajo se debían a que Chandler no tenía intuición para la pantalla. Es más fácil escribir un guión en común con dramaturgos que con narradores. Un dramaturgo, en contraposición con un narrador, sabe que una obra de teatro, una película, es como un juego de ajedrez, donde cualquier movimiento condiciona y determina el siguiente. Un movimiento puede ser tan bonito como se quiera, pero si no hace avanzar la historia no sirve para nada. Una escena que puede sacarse de una película sin que pierda su sentido, es una escena incorrecta. Escribir una película es lo mismo que jugar al ajedrez, escribir una novela es lo mismo que hacer solitarios”.

Fred MacMurray y edward G. Robinson en "Pacto de Sangre"

Por su parte Chandler, en una carta que le mandó a Cain el 20 de marzo de 1944, no se queja amargamente sobre su relación con Wilder, aunque públicamente lo hiciera un tanto por pose, para estar en contra de los métodos de Hollywood. Chandler le escribe a su colega novelista: “A todo aquel que ha visto ‘Pacto de Sangre’, le ha gustado (por lo menos a todos los que han hablado conmigo). La opinión más extendida es que se ha convertido en una película muy bonita y que esta vez aparece en la pantalla una historia emocionalmente cerrada, que refleja exactamente la intención con la que fue escrita. No creo que ninguno de los cambios que hemos introducido vaya en contra de su concepción básica. De hecho debería haberlas introducido usted mismo. No dudo que algunas se habrían podido hacer mejor, pero tenían que hacerse. La unidad emocional se explica, y no en último término, que en los tres chicos que trabajaron en el asunto en ningún momento estuvieron en desacuerdo en lo que querían conseguir, sino sólo en conseguirlo”.

Billy Wilder no solamente tuvo que superar el obstáculo de que el estudio aceptara realizar una historia de crímenes, en que los autores eran los protagonistas principales de la historia, lo cual no era usual en la época, siendo una de las aportaciones, precisamente, de “Pacto de Sangre”, al igual que entenderse con Raymond Chandler, sino que también estaba el problema de conseguir dos grandes estrellas que aceptaran los roles de los asesinos, pues como señala Tom Word en su libro “¿Quién Diantres Eres, Billy Wilder?”: “Otra entidad que contempló el film con desconfianza fue la Oficina Hays. Esa oficina era el perro guardián del código cinematográfico, y se negó a dar su visto bueno al guión. Quebrantaba demasiado las normas. La línea argumental ignoraba también dos de las reglas más importantes de un drama. Mostraba a los amantes abrazándose al comienzo del film en vez de al final. Además toda la historia quedaba revelada en la frase inicial de MacMurray: ‘He matado a un hombre’. Los puristas del estudio intentaron convencer a Billy de que aquello eliminaba cualquier posibilidad de efectos de sorpresa. Pero Wilder se negó a escuchar la voz de la razón. Intuía que el suspense ininterrumpido mantendría al público constantemente tenso. ‘Si los criminales quedan identificados de entrada’, explicó, por entonces, ‘y nosotros nos identificamos ante ellos, podemos concentrarnos en aquello que sigue, en sus esfuerzos por escapar a la red que les va envolviendo, cerrándose cada vez más sobre ellos’. Resultó que tenía razón”.

Billy Wilder le envió el guión a Barbara Stanwyck que estaba en la edad de la protagonista (36 años), pero la cual había destacado en su carrera como dama joven en melodramas en los años treinta y en comedias, pero no había realizado aún papeles de mujer fría, egoísta, desalmada, ambiciosa, calculadora, capaz de llegar al crimen, con tal de ver saciada su ansia de fortuna y triunfo. Así, en un principio se negaba a hacer el papel de Phyllis Dietrichson, la mujer que planea el asesinato de su esposo para cobrar su seguro de vida o de muerte, como irónicamente lo califica el agente al proponerle que se haga con la cláusula de doble indemnización, pues temía que le fuera a perjudicar en su carrera, al no aceptarla el público en un rol de tan malvado personaje. Había hecho algunos roles de díscola o tercera en discordia en los amores del galán, en el libro “Nadie es perfecto” se nos dice como parte de sus recuerdos: “Cuando Wilder le mandó el guión y después de haberlo leído, se había quedado atónita. Nunca había representado a una ‘out-and-out-killer’. Caracteres enrevesados sí, pero nunca una asesina ‘de los pies a la cabeza’. Por eso se había sentido ligeramente horrorizada, y cuando llegó al despacho de Wilder, le dijo.”

“-Me gusta el libro, me gusta usted, pero después de haber representado todos estos años a heroínas, me da miedo interpretar de pronto a una asesina de sangre fría”.

“Y Billy Wilder la miró y le preguntó:”

“-¿Es usted un ratón o una actriz?”

“Barbara Stanwyck contestó:”

“-¡Supongo que soy una actriz!”

“Y él dijo:”

“-¡Entonces haga el papel!”

“-Yo interpreté el papel y le estuve muy agradecida”.

Y claro que tuvo que estarle agradecida siempre. Si un papel la puso camino a la inmortalidad cinematográfica y a la calidad de icono: fue el de Phyllis Dietrichson. Su intervención en “Pacto de Sangre”, marca el antes y el después de su carrera, al consolidarse como una actriz madura, la cual pudo mantenerse en el cine y en la televisión en papeles protagónicos hasta cuatro años antes de su muerte, acaecida el 20 de enero de 1990, a los 82 años de edad.

Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en "Pacto de sangre"

Y si bien no tuvo que buscar mucho para encontrar a su protagonista femenina, en cuanto al masculino las cosas no fueron tan sencillas, tal y como lo relata el propio director en el libro “Nadie es perfecto”: “Resultaba difícil encontrar un actor que quisiera interpretar ese carácter supuestamente repulsivo. Muchos actores temían no poder representar nunca más a un hombre joven y simpático al que el público adorara, y al que se entregan todos los corazones, después de haber interpretado aquel papel: aquel papel los marcaría para siempre, los ‘contaminaría’.”

“-Recuerdo que Alan Ladd, que en aquella época había interpretado a muchos protagonistas en dudosos enredos criminales, rechazó el papel. Y después de él, lo hicieron también Spencer Tracy, James Cagney, Frederic March. Gregory Peck. Me dediqué a ofrecer el guión, como un vendedor ambulante, de puerta en puerta, y recuerdo cómo lo ofrecí a George Raft. Raft, que en aquella época y debido a su relación real con la Mafia y a su amistad con ‘Bugsy’ Siegel, tenía mucho cuidado en no interpretar en las películas ningún personaje demasiado dudoso, no leía la historia, así que le conté la historia. Después de que durante un buen rato le estuviera describiendo los preparativos del asesinato, me interrumpió tranquilamente:”

“-¿Y en que momento de la historia saca la placa? Cuéntame en seguida la escena en donde se levanta la solapa para mostrar la placa”.

“-No hay ninguna placa- le dije”.

“-¿No hay ninguna escena en que el agente de seguros se levante la solapa para mostrar la placa de policía escondida, que lo acredite como agente de la investigación criminal?- Pregunto Raft. Se levantó bruscamente y me dejó solo con mi criminal protagonista”.

“En aquella época no tenía buen instinto en lo que se refiere a rechazar papeles. Aparte del papel en ‘Pacto de Sangre’, había rechazado también interpretar el papel del detective privado Sam Spade en la versión cinematográfica de ‘El halcón maltés’ de Hammet, dirigida por John Huston. También este personaje le pareció demasiado dudoso. Y le cedió ese explosivo papel a Humphrey Bogart. Así como dejó el papel de Walter Neff en ‘Pacto de sangre’ a Fred MacMurray. Éste aceptó el papel, pero después de largos titubeos”.

“La interpretación de MacMurray –continua Wilder- permitió al espectador la identificación con el protagonista, porque demostraba que, a causa de su pasión por la mujer, se convierte en su instrumento”.

“Naturalmente, debido a las condiciones de la censura de entonces, no podía presentar directamente el asesinato en el coche. Pero también resultaba mucho más inquietante y efectivo mostrarlo solo de un modo indirecto: por medio de un leve estremecimiento de Barbara Stanwyck, que hace saber al espectador que su marido, sentado junto a ella y que no aparece en la imagen, es estrangulado desde atrás. El coche se mete en una oscura callecita lateral. Ella, tocando la bocina, le da la señal a Fred MacMurray, que está escondido en el asiento trasero. De este modo tan conciso explica la película el hecho”.

“Pacto de Sangre’ termina cuando Fred MacMurray, herido de un disparo, le ruega a su fraternal amigo que le de un margen de ventaja para huir. Quiere ir a México. ‘A México –pregunta Robinson-. Ni siquiera podrás llegar al ascensor”.

“MacMurray se derrumba y está demasiado débil, incluso para poder encender un cigarrillo. Hasta el momento, ha sido siempre él quien le ha dado fuego para su piro a Robinson, que constantemente se palpa los bolsillos buscando las cerillas. Ahora es Robinson quien, en un último favor de amigo, le da fuego. Fred MacMurray consuela al amigo: había descubierto el delito, pero no había podido explicarlo del todo. Lo había tenido demasiado cerca, al otro lado de su escritorio”.

“-Todavía más cerca –dice Robinson”.

“-Yo también te aprecio –dice MacMurray mientras se oyen las sirenas de la policía”.

Ya sea que uno primero haya leído mucho respecto a “Pacto de sangre” y su final o lo haya visto primero en una sala cinematográfica si fue de los espectadores, por así decirlo, de primera generación antes de que se convirtiera en un clásico, se trata de uno de los grandes finales de la historia del cine, tal y como podría afirmarlo el amigo cinéfilo Fernando Gou, quién tiene su lista de los diez mejores finales de la historia del cine. Aunque estuvo a punto de ser un prefinal, ya que Billy Wilder había escrito y filmado otro en que el personaje de MacMurray era condenado a la silla eléctrica, el cual fue rescatado para incluirlo en el DVD de homenaje a la película y, efectivamente Wilder tuvo razón en eliminarlo, ya que en lugar de aportar algo para un final de impacto, obra como un anticlímax y una reiteración de que el “crimen no paga”, tan del gusto de la censura de la época. Cabe señalar que ni el final que se quedó de manera definitiva en la película, ni el filmado y eliminado, son el que ofrece la excelente novela de James M. Cain “Double indemnity”, el cual me abstendré de relatarles, con la intención de provocarlos a la lectura de la novela.

Martha Belluscio en su muy recomendable ensayo “Las fatales ¡Bang! ¡Bang!” nos apunta o mejor dicho nos aclara sobre la importancia del personaje interpretado por Barbara Stanwyck al señalar: “Si en la iconografía del fatalismo de la novela negra, Phyllis representó el máximo exponente, también se lleva los laureles en el cine: pilar de tres triángulos: Marido-esposa-amante, amante-amigo-amante, amante, hijastra-amante”.

“Cain la describió –agrega Martha- habitando en una mansión de estilo español diferencial de un capitalista del petróleo: techos con arañas de cristal, cortinados de pesados brocados rojo sangre, mullidas alfombras amortiguadoras de vitalidad. Por el contrario Wilder pintó la casa de color amarillento. Tiró polvo de plata sobre cuadros y adornos para mostrar la dejadez, la declinación, ‘un ambiente polvoriento y un matrimonio-prisión del que la mujer quiere huir a través del asesinato’.”

La Phyllis de Barbara Stanwyck se convertirá en un arquetipo y referente obligado de todas aquellas mujeres, las cuales por medios perversos buscan dar por terminada una relación de pareja, ya sea por simple hastío, aunque casi siempre hay el estímulo de conseguir un poco de dinero, en la súbita desaparición de la pareja, buscando para ello a un hombre que atrapan en sus redes de seducción y voluptuosidad, con toda la misoginia que caracteriza al genero machista por excelencia que es el “film noir”.
Pero no podemos dejar este repaso sobre ese gran clásico que es “Pacto de sangre” y la soberbia presencia de Barbara Stanwyck sin recapitular con la confesión de amor de Guillermo Cabrera Infante en su texto”Bad Babs” que forma parte los textos incluídos en el libro “Diablesas y diosas (14 perversas para 14 autores)”: “Como dice el bolero ‘la vida todo me enseño / ésa es mi universidad’, pero donde el bolero dice vida yo puedo decir cine. Yo no sabía nada del amor en el cine hasta que todo, de pronto, me lo enseño Barbara Stanwyck, virgen vertiginosa. El vértigo no es sólo el tiempo que ha pasado o el tiempo del cine, sino el espacio de la pantalla. Ella, con una enorme peluca rubia, que le hacía a la vez menos cuello y más baja, dispuesta a tejer, tejiendo ya, su red de mentiras de amor y engaño con que captura al macho, que era yo, que fui yo, que soy yo en el cine, dentro de la pantalla, viviendo su sevicia todavía. Salía ella del piso alto de la casa californiana en que vivía la fiera adúltera para encontrar a su incauta presa abajo. Se oía su reclamo (nasal, inolvidable, toda ella hecha de engaño y sexo a la vez, la voz) y enseguida comenzaba a bajar la escalera lateral. Sólo se veía entonces su pierna perfecta (su mejor parte) que llevaba un guillo al tobillo izquierdo, esclava que me ató para siempre a esa pierna (y a la otra en sombras) y a la mujer a que pertenecía toda esa parafernalia para el amor y para el sexo violento. Era yo el bolero”.

“El título de la película es ‘Double Indemnity’, que a veces se llama ‘Perdición’ y otras ‘Pacto de sangre’. Prefiero por supuesto ese original de doble indemnización que es un contrato mortal. Al final, ambos amantes, Barbara Stanwyck trae envuelta en un pañuelo de seda una pistola, que coloca debajo del sillón donde se sienta. Se prepara para matar a su amante después que juntos han cometido adulterio y un asesinato por dinero no por amor. Ella enciende su cigarrillo a la espera que es mas bien un acecho. La luna delata la llegada del amante, el macho de la mantis atea, y ella advierte, ‘Aquí, Walter’, indicando su posición estratégica. Walter, que se llama para mi Walter Ego, viene hacia la mantis, la amante, Phyllis, Barbara, Bad Babs lo ve ir a la ventana donde él cree cancelar la luna. Ella, en la penumbra malva, malvada, recobra (doble cobra) su revólver y dispara. Walter Ego no está más que herido y viene ahora hacia ella. ‘Lo siento, nena’, dice él, ‘pero no voy a ser tu reo’. La abraza él y ella dice sola, sólo, ‘Apriétame’. Hay otro disparo y otro y los ojos de ella se llenan de lágrimas mientras tiembla en sus brazos. Dice Walter, ‘Goodbye, baby’, y casi dice Babs. La luna vuelve para brillar, para siempre, en la esclava de la mujer muerta”.

Como dato final cabe señalar que en la novela la mujer es Phyllis Nirdlinger y que el apellido Dietrichson, como la peluca rubia se le ocurrieron a Billy Wilder como una especie de parodia u homenaje a Marlene Dietrich, una de las grandes seductoras de la pantalla en los años treinta y que también llevará a la perdición a cuanto hombre buscaba sus caricias, a partir de la mítica “El Ángel Azul”.

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