I
“A Quemarropa” (film norteamericano del director inglés John Boorman, basado en la novela “The hunter” de Richard Stara, fotografiado en Metrocolor por Philip H. Lathrop, titulado en inglés “Point Blank”) es una de las obras maestras del nuevo cine negro. Realizado por un director novel, que sólo había hecho unos corto metrajes educativos para la BBC de Londres, “A quemarropa” es un film que se impone al espectador en un mismo movimiento de violación y fascinación, apresándolo en un implacable ritmo de pesadilla.
Al parecer los primeros de esta operación fueron ejecutados sobre un típico, quizá demasiado típico argumento de serie negra, para embrollar las pistas, convertir la historia en un rompecabezas, alterar los puntos de referencia y mantener al espectador en un constante estado de desconcierto. Porque aquí el espectador se sentirá de principio a finn, y a lo largo de una trama plagada de elipses y de bruscos cortes, en una perpetua extrañeza, como alguien que despertara drogado y tuviera que recorrer un mundo normal que ya no lo es para él. Lociones y perfumes de un tocador femenino caen al suelo y allí se mezclan, ondulan, forman una alucinación cromática, una abstracta concreción visual del delirio que parece simbolizar a todo el film. Un personaje pasa del amor carnal, del ávido abrazo con una mujer, a la confrontación con una pistola y luego con su propia muerte, que es una caída desde un rascacielos hasta el asfalto de la calle, donde yacerá desnudo bajo un automóvil bruscamente frenado. Luces de colores, fragmentos escurridizos de un espectáculo sicodélico, llueven sobre el rostro brutal y hierático de un hombre que es una especie de zombi de la venganza, mientras una música sofísticamente salvaje atruena el oído superecxitado por los aullidos del cantante negro (¿Brenton Wood?) Misteriosas citas ocurren en un vasto, laberíntico presidio abandonado, rodeado de un mar impracticable, isla sólo accesible mediante helicópteros que descienden en la noche como insectos monstruosos (una obsoleta prisión de Alcatraz que recuerda intensamente las alucinantes cárceles de Piranese). Un hombre sufre y gana una golpiza frente a una pantalla donde grises rostros ampliados fijan gestos de asombro o de espanto. Y mientras los pasos percuten, isócronos, urgidos, recorriendo un largo pasillo, las imágenes asaltan la memoria, breves, fulgurantes, obsesivas, como ramalazos de un pasado que reclama imperiosamente ser resuelto. Todo concurre a crear un clima de angustia, crispado y heladamente febril: un mecanismo inexorable, en el que la corriente de imágenes nos arrastrará sin dejarnos margen para pensar el por qué de todo esto.
II
Un hombre engañado por su amigo, engañado por su mujer, fugitivo a nado (y herido en el vientre), de la isla de Alcatraz, persigue a sus estafadores a través de San Francisco cuyos modernos, lujosos inmuebles, guardan a los socios y jerarcas de una poderosa asociación criminal. Encuentra a su mujer, pero ésta emite el inconexo monólogo de la drogadicta y poco después muere fulminada por una dosis excesiva. Encuentra a su examigo, que no sólo le hirió sino además le quitó la mujer y el dinero, y el otro cae desnudo y se estrella en la calle. Encuentra a cada uno de los cómplices en esta maquinación infernal, desde los comparsas a los actores principales, y a ninguno de ellos terminará de ajustarles las cuentas. Al final abandonará la empresa, el dinero que pudo recuperar, el último punto de su venganza, como si todo debiera resolverse en el sinsentido o en la cruel lucidez de un alba pálida sobre el panorama distante de la ciudad.
¿Quién no ha visto y no recuerda esto? ¿Cuántas veces el cine norteamericano nos ha presentado esta historia de persecución, de venganza, de engaños y estruendo y furia? Sí, es el universo inconfundible del cine negro, con sus intrigas subterráneas, sus ambientes intoxicante sus ominosos, sus diálogos de significado a medias, sus explosiones de violencia, su crueldad exasperada, sus personajes ambiguos o eternamente desconocidos. Es este mismo universo que habíamos hallado en “El halcón maltés”, en “Al borde del abismo”, en “Casta de malditos”, en “Sombras del mal”: un universo que es de otra sociedad dentro de la sociedad, especie de tumor canceroso que amenaza con ocupar todo el organismo, de enfermar al mundo entero. Sólo que aquí la amenaza se ha cumplido, el organismo es ya sólo tumor y la pesadilla se ha extendido, la sociedad “normal”, “sana”, ha dejado de tener existencia en la pantalla (a menos que se tome por ejemplos de esa sociedad “sana” a esos anodinos ciudadanos que van al presidio de Alcatraz en gira de turismo, o a esos policías que intervienen sólo para no resolver nada), Aquel famoso “malestar específico” del cine negro, que en “Los despiadados” de Don Siegel era ya puro reflejo formal, que en los films de espionaje a lo James Bond es puro juego, renace ahora con una virulencia insospechada, convertida en otra cosa que podríamos llamar angustia especifica si no estuviera templado por el humor, por una sonrisa “cool” que es aparentemente la aportación de un cineasta inglés a un género tan consustancialmente norteamericano.
Porque, pese a su clima ominoso, a su siempre renovada violencia, a todo lo que va encaminado a provocar en el espectador una suspensión de la facultad crítica, a violar la conciencia espectadora, “A quemarropa” se permite el humor como una forma última de la lucidez, como un lujoso estertror de la inteligencia crítica. Humor negro, desde luego, como un eco de aquel Padre Ubú, masacrador glotón, coprófago, estúpido y egocéntrico (¿o habría que decir “ventricéntrico”?) que profería como una consigna aquello de “Mataré a todo el mundo y luego me marcharé”. Aquí el impulso criminal no actúa como un destino, sino como un hecho mecánico, como un absurdo que ha ido adquiriendo su propia lógica a fuerza de repetirse. (Si un hombre cae de un séptimo piso a la calle, ¿qué es? Un accidente. ¿Y si cae de nuevo? Una coincidencia. ¿Y si cae una tercera vez? Bueno, entonces empieza a ser una mala costumbre…) El humor emana precisamente de ese mecanismo, de ese encadenamiento predeterminado de los criminales, así como de factores de orden aparencial, como son el miedo ridículo de cada víctima, el culto a la eficacia y a la regla del juego en la asociación criminal, el gesto hierático de un Lee Marvin que se mueve en su pesadilla despierta como un búster Keaton del mundo criminal, incapaz de detener o alterar la mecánica de causas y efectos que él mismo a contribuido a poner en marcha.
III

Angie Dickinson en "A quemarropa"
Sin embargo, no es el humor “cool”, ya presente en la serie negra desde sus comienzos (como lo prueba “El halcón maltés”, realizado en 1940), ni el clima onírico, también habitual en el género(como lo prueba “Al borde del abismo”), ni cierto barroquismo del argumento y la forma (como lo prueban “La dama de Shanghai” y “Sombras del mal”) y ni siquiera la embriagadora mezcla de erotismo y violencia (que existe en todos los films mencionados y que parece ser lo medular en este tipo de cine), lo que da al film de Boorman su calidad renovadora. Desde luego, Boorman ha renovado el género a partir de un respeto casi maniático por la tradición de éste, tanto en la forma como en el contenido.
La innovación que a mi juicio trae “A quemarropa” reside en una voluntaria tendencia a presentar ese universo enfermo como un universo total e independiente, y no marginal o paralelo como sucedía en los films anteriores. Lo que sucede en este film está sucediendo en otro mundo, como si esos personajes y esos decorados fueron personajes y decorados marcianos. La astucia genial de Boorman, su hallazgo poético, ha sido reclamar nuestra extrañeza no para ese otro mundo, sino para las esporádicas manifestaciones del nuestro que intercala en su film, de modo que lo verdaderamente extraño en él son esas pacíficas viejitas norteamericanas que van en plan de turistas a Alcatraz, una prisión convertida ya en decorado fantástico, o esa secretaria de la asociación criminal que todavía actúa como una secretaria común, o esos mirones que se apretujan en torno al cadáver del gangster caído, o esos policías que todavía son guardianes (muy ineficaces, por cierto) de una ciudad que ignora a otra ciudad, la de seres como Lee Marvin y sus congéneres. Los “seres de todos los días” son aquí los extranjeros, porque Boorman nos obliga a seguir a sus malhechores y en cierto modo a ver las cosas como ellos, auque no a compartir sus sentimientos, ya que aquí no hay sentimientos sino instintos y voluntades en estado casi puro. Como personajes de una especie de Olimpo satánico, los gangsters de “A quemarropa” viven en el mundo “normal” sin convivir con él, lo atraviesan desdeñosamente como si ese mundo fuera un espejismo, una fugaz ilusión. Acaso el personaje de Angie Dickinson comparte algo de la realidad normal y común, como lo muestra en alguna de sus reacciones (por ejemplo, la crisis de nervios frente a un Marvin inmutable, como de piedra), y por eso ella también aparece como una extranjera entre los gangsters y para el espectador que se ha habituado al otro universo que el film propone. Pero, aunque en ella queda todavía algo de condición humana, es evidente que estamos ya ante una mutante. Son sus reacciones humanas las que nos causan extrañeza.
Hay en el film una solución de continuidad muy indicativa de lo que va a ser todo su desarrollo. Vemos a Marvin, con un balazo en el vientre intentando dejar Alcatraz a nado para llegar al lejano San Francisco; luego, corte; ahora Marvin, bien vivo. Afeitado, con un elegante traje azul, se halla a bordo del yate turístico, tramando con un misterioso personaje prácticamente salido de la nada (el que interpreta Keenan Wynn) el plan de su venganza. En el universo de “A quemarropa” las cosas suceden así.
IV

Angie Dickinson y Lee Marvin en "A quemarropa"
Hay, además, elementos formales que indican la novedad de “A quemarropa”, por lo menos dentro del género. Se advierte desde el primer momento una bien asimilada influencia del cine francés moderno. Se piensa en Resnais cuando aparecen esos súbitos “flash backs”, esos lampos de memoria, algunos de ellos de un carácter lírico tan poderosos como e4sa lenta inmersión de Marvin y Sharon en una verde, enorme, cóncava ola playera, o de tal fuerza de impacto como el retorno visual de ciertos actos violentísimos, obsesivos. Se piensa también en Godard (con cuyo “Alphaville” tiene este film innumerables puntos de contacto), sobre todo por las elipses audaces, el ritmo entrecortado de la acción, las salidas de tono. Y como algo absolutamente nuevo en el género, esta el erotismo franco y directo, agresivo, y sin embargo no menos inquietante y eficaz que aquel erotismo larvado o insinuante o sugerido de los films negros clásicos.
Queda por señalar, la evidente belleza del film, servido por una fotografía a colores extraordinaria, de un expresionismo a veces sutil y a veces vociferante, en el que encuadres e iluminación ejercen también violencia, imponen al espectador un acomodo a ese otro universo del que tanto he hablado. La dirección de actores es espléndida: hierática o crispada, justa en su desmesura, mantiene sin pausa una temperatura febril en la que hasta los momentos de inmovilidad son lo contrario del reposo. Sobrio e imponente, Lee Marvin se adueña de la pantalla, de nuestra mirada, con una fuerza de presencia que lo convierte ya, desde ahora, en un nuevo mito del cine. El “solo” de interpretación que ejecuta en la casa vacía, tras la muerte de su mujer, bastaría para hacerle merecedor de un Oscar. Angie Dickinson, en un personaje ambiguo, nunca del todo conocido, irradia un erotismo turbio, que en la inquietante escena de su entrega a un hombre que le repugna logra trasmitir un sentimiento doble de malestar y deseo. Y todos los demás actores, tan “exagerados” que podrían ser meras caricaturas, completan como presencias perturbadoras este universo asfixiado en el que la perturbación es la regla.
En los momentos en que el cine negro parecía definitivament6e liquidado, exhausto a fuerza de repetición, o momificado en la mera prolongación de fórmulas, o viciado en su alianza con otros géneros (el de espías, por ejemplo), el británico Boorman viene a darle un nuevo aliento, una nueva forma de poesía, una razón de ser deslumbrante.
“A quemarropa” es una obra maestra del cine negro, del cine norteamericano, del cine a secas. (Eso espero).
Nota del Editor.
El crítico José de la Colina público este espléndido texto sobre “A quemarropa”, clásico del cine negro de los sesenta, el cual ha devenido en un film de culto, en el suplemento cultural de El Heraldo de México en su número 139 del domingo 7 de julio de 1968. “A quemarropa” esta programada para ser proyectad en el canal de TCM Classic Hollywood el próximo viernes 18 de noviembre, a partir de las 20.15 hrs. (tiempo de México), desafortunadamente doblada al español. Pero circula copia de la misma en su formato original, Metrocolor, en el mercado del DVD, donde es posible apreciar con mayor fidelidad las virtudes de este film clásico.