Torero: mano a mano

Escrito por Guillermo Cabrera Infante on Oct 31st, 2008 y archivado en Taurino. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Caín
hace justa justicia
a manuel barbacaho,
feliz productor
de sueños y pesadillas

Torero” (Producciones Barbachano Ponce) es la obra maestra de los films de toros: El cine ha soportado casi toda la mala literatura (“Sangre y Arena”, por ejemplo) engendrada por la fiesta brava y ha eludido la poca literatura buena (por ejemplo, “Muerte en la Tarde”) de unos cuantos conocedores que fueron además buenos escritores. Ahora, México lo reivindica. Pero una obra maestra es más interesante por su génesis que por ella en sí, por lo que sería bueno recordar cómo surgió la idea de hacer “Torero” y cómo este film en embrión se convirtió en una crisálida enlatada, hasta completar su metamorfosis en una cinta perfecta.

Manuel Barbachano es un fanático de los toros. En una entrevista con el cronista declaraba Barbachano: “Tengo tres pasiones, el teatro, la música y los toros”. Su noticiario mexicano toma todas las semanas las corridas. Hace unos dos años se filmó la corrida con que Luis Procura regresaba al ruedo. Procura había estado retirado después de una gravísima cogida y ahora intentaba recobrar su puesto de ídolo de los taurófilos mexicanos. Alternaba con un torero portugués, Alonzo, y con otro héroe de México, el diestro Carlos Arruza. Arruza y Alonzo tuvieron tardes brillantes, pero a Procura le tocó un mal toro de Tecatetén y dio una demostración tan mala, que tuvo que ser multado en cinco mil pesos por “La autoridad”. Con el ruedo lleno de almohadillas y el aire cargado de insultos con el ruedo lleno de almohadillas y el aire cargado de insultos, Procuna pidió el favor de regalar un toro. A la arena salió un toro alto, negro, bravo y que a la primera embestida contra los burladeros, saltó la barrera y se co1ó en el callejón. Era “Polvorito”, un toro señalado por la inmortalidad: sería famoso, Procuna tendió el capote y esperó la acometida. “Polvorito” cargó y el torero ejecutó unos faroles casi perfectos. En la suerte de varas, “Polvorito” mató a uno de los caballos y derribó al otro picador Cuando empezó la faena con la muleta, y “polvorito” y Procuna se habían ganado al público que los miraba fascinado por aquel juego de la muerte. Al final con una estocada limpia y segura, Procuna coronó la tarde (ya le habían tocado tres dianas) con orejas y rabo. Mientras el toro moría lentamente su muerte solitaria, Procuna era llevado en hombros hasta su casa, había regresado, toreando y triunfando. Ahora podía empezar “TORERO”.

Cuando en el “Tele-Variedades” vieron aquella toma inusitada, en que el toro caía al suelo muerto, vencido, mientras su vencedor era levantado y convertido en una estatua viviente: el símbolo del triunfo del hombre sobre la bestia y la muerte, comprendieron que tenían una ostra irritada en las manos: la perla comenzaba a formarse. (La idea se encontró con su pareja cuando unos escritores americanos y un director de los proscriptos de Hollywood por el Comité de Actividades Antiamericanas, le confiaron a Barbachano una idea similar. Barbachano les compró lo que ellos habían escrito y les consultó una o dos veces). Barbachano se fue a ver a procura y lo convenció para que actuase en un film que sería una crónica de su vida. En principio Procuna aceptó la idea de que se tomase su biografía para el cine, pero rechazaba la proposición de aparecer representándose a sí mismo. “No podía ser yo mismo”, decía. Además estoy muy viejo”. Barbachano modificó los primitivos planes y le comunicó que toda la parte de su juventud sería cubierta por otro actor y el resto sería armado con noticiarios. Procura tenía una pequeña filmoteca de sus corridas más importantes y tanto “Tele-Variedades” como otros noticiarios mexicanos guardaban en sus archivos abundante material de toros y especialmente de Procura, uno de los toreros más queridos de México.

Carlos Velo, director técnico de la Tele-Variedades, aceptó encargarse de la filmación y entre él y Barbachano eligieron las vistas de noticiarios que irían a ensamblarse en el film. El proceso fue desarrollado con un cuidado preciso. El fotógrafo del film es el fotógrafo que toma las vistas de los toros cada domingo en la tarde, el mismo que había captado la faena de “Polvorito”. La fotografía acentuó su calidad de estofa documental y el film ganó una atmósfera de autenticidad decisiva. Procura, con un atractivo personal indudable y un cierto parecido con Montgomery Clift (a veces en la mirada confusa y temerosa, en la indecisión que produce el miedo cuando choca con la voluntad vigilante, era el exacto facsímil indio del actor americano), más la exacta noción de que se mueve como el pez en el agua, da a su actuación el tinte fijo de la veracidad. Si a veces (en la narración por ejemplo) hay una nota falsa no es su culpa: Procura fue doblado. Las razones las explicaba Barbachano al cronista; “No es que no diera la talla en su voz, sino que era poco agradable, chillona. Procura que es un hombre muy hombre, tiene una voz que podía ser ridícula, afeminada al oído del espectador”. Pero con todas sus desventajas, el film va como vaya Procuna. Lo que da cierta razón al aforismo neorrealista: “El mejor actor para interpretar a un limpiabotas es un limpiabotas”. El mejor Procura es Luis Procuna.

Barbachano sabe tanto como Hemingway. “Torero” se parece a “Muerte en la Tarde” y no por casualidad. Hemingway sabía que los toros no dan para una novela. De ahí que aparte de “Muerte en la Tarde” (que es un libro sui géneris) no haya escrito más que uno o dos relatos cortos sobre toros y un relato largo. Uno de los relatos cortos, La capital del mundo, que es una de sus historias más logradas tiene que ver más la intoxicación con los toros que con la corrida de toros.

La narración larga, “El invencible”, tiene un tema parecido a Torero: la lucha del miedo frente al animal y la necesidad de conquistar a las dos bestias, pero es una historia pesimista. Por su parte, “Sangre y Arena”, prototipo de las novelas de toros, anegaba el escaso material documental con una lluvia de lágrimas. Era poco más o menos lo que habían hecho todas las películas de toros hasta “Torero”. Barbachano supo llenar la historia con la misma clase de verdad con que se llenan los periódicos de la afición: con la hora de la verdad del torero frente al toro. Aunque su tema es casi el mismo de “Toros Bravos” (“El torero tiene dos enemigos: el toro y el miedo”), aquí no había melodrama, sino drama, y no pobre parodia seria, sino documento desnudo. “Torero” sería una película sui géneris.

“Torero”, que es un mano a mano del torero y el miedo, comienza con el diestro Luis Procura camino de la plaza, preocupado con su regreso, hecho más por amor propio que por amor al dinero. Ante él pasa su vida como una película y empieza la película. Procura es llevado a los toros por las mismas necesidades que nuestros muchachos negros llegan al boxeo: él es indio y su horizonte económico casi acaba en la nariz: los toros significan la redención social. De aficionado, pasa a peón y luego a novillero: después torea en plazas de pueblo y en novilladas en “El Toreo”. Finalmente, la alternativa con Luis Castro “El Soldado”. El triunfo. El dinero. El amor. El cometa deslumbrante del toreo moderno que pasa raudo y deja ciegos a los demás toreros: Manolete llega a México. Aquel hombre flaco, largo de cara eternamente pesarosa que se mueve ante los toros con la desgarbada elegancia de una mantis religiosa, es El monstruo. Después de él, como después de Belmonte, el toreo es anticlímax y profesión peligrosa. La estrella de Procura comienza a decaer. Un día, toreando mano a mano con Luis Briones, se aterra con una cogida a Briones y las manos le tiemblan ante el estoque. Comienza una serie de de pequeños miedos y después de la muerte de Manolete, el gran miedo, el miedo insuperable. Vienen las cogidas: en un brazo, en el sobaco, en el jarrete, en el muslo, una tras otra, hasta que llega la peor: pegada a la arteria femoral, casi de muerte. Procuna se encierra en su convalecencia y se niega a torear. Los toros son hermosos desde la barrera. Sin embargo, la afición y los periodistas taurinos no le dejan tranquilo. Finalmente, decide regresar. Esa tarde es la tarde del fracaso mayor y del mayor triunfo. Los fanáticos mexicanos no recuerdan faenas más opuestas. Aunque la faena triunfal la recuerdan como la más grande que haya realizado un torero mexicano. Los fanáticos españoles sí saben de esto: recuerdan al Gallo. La cinta termina con un Procuna vencedor del miedo y a la vez vencido por el miedo. Su último pensamiento es: “Pero…¿y el próximo domingo?.

El primer encuentro del cronista con “Torero” fue en una estación de televisión mexicana. Entrevistaban a Barbachano y a un novillero que esa tarde (era domingo por la noche) había hecho una faena impresionante. El cronista había pensado ir, pero decidió ver “Otelo”. No que el cine fuera más apasionante que los toros, el cine con Shakespeare y todo. Era que había leído que la primera vez que se va a los toros ha que ir a una corrida de ley o no ir, y aquello era una novillada. Lo lamenta hoy. “Torero” le ha convencido no sólo del talento de sus realizadores y de la personalidad de su actor, sino de los toros, con todas sus cosas feas, es un arte y no un espectáculo salvaje, y que contra la opinión de que es bárbaro, le parece todo lo opuesto: sofisticado, creador y de una belleza desesperada y única. Ese es el mérito mayor de “Torero”. Algunos sin duda, se preguntarán: “¿Es ése un mérito? Habrá que responderles: Ya lo sabrán cuando vean “Torero”.

(G. Caín es el seudónimo utilizado por el escritor Guillermo Cabrera Infante cuando publicaba en La Habana, Cuba en las revistas “Revolución” y “Carteles” sus críticas de cine, en los años cincuenta. La nota sobre “Torero” apareció publicada el 27 de abril de 1958 y esta incluida en la recopilación de textos y críticas cinematográficas que forman el libro “Un Oficio Del Siglo Veinte” de G. Caín (Guillermo Cabrera Infante) de donde se ha tomado para esta sección de “Crítica Perdurable”.

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