Rita Hayworth: la bomba atómica femenina

Escrito por Manuel Villegas López on oct 26th, 2008 y archivado en Crítica Perdurable. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Actriz. Verdadero nombre Margarita Carmen Cansino. Nació el 17 de octubre de 1918, en Nueva York, Estados Unidos. Rita Hayworth es el prototipo de la star, un producto mde in Hollywood para el consumo de la fantasía amorosa del mundo entero. Esa industria que fabrica ídolos y arquetipos, pocas veces ha realizado una demostración semejante y ha tenido un éxito más significativo. Hija de españoles, que forman una troupee de cantantes y bailarines de cierta categoría, actúa como tal, desde muy niña, en Estados Unidos y otros países americanos especialmente en México. Quizá hubiera sido una bailarina de renombre, en círculos limitados a casinos y salas de fiesta. Pero en 1935 entra al cine, con su verdadero nombre, interpretando papeles secundarios en una serie de películas de poca importancia. La productora Columbia ve en su belleza la posibilidad de crear una nueva vampiresa, capaz de continuar la ya casi extinguida historia de ese mito femenino en la pantalla. Confiada al especialista de moda Maggie Mascel, este transforma a la mujer de tipo hispánico y moreno en la mujer de lujo, de cabellos rojos, injertada en esa tradicional belleza que tanto atrae a los públicos norteamericanos, porque viene a representar el gran triunfo de la mujer.

Obtiene renombre como bailarina, al susutituir a Ginger Rogers como pareja de Fred Astaire en algunas bellas comedias musicales. Pero su gran consagración y su primera definición humana es en el papel de Doña Sol, el personaje de Blasco Ibañez en “Sangre y Arena”, realizada por Rouben Mamoulian en 1941. Esa escena en que la aristócrata torea al torero, como una conquista y en cierto modo un humillación erótica, permanece como un excelente acierto, una cúspide de la película, y el momento en que Rita Hayworth se erige como diosa de la mitología cinematográfica. En “Seis Destinos” (Tales of Manhattan), 1942, de Julien Duvivier, el primer episodio, con Charles Boyer, uno de los mejores, perfila netamente su figura. Pero sobre todo, es “Gilda”, de Charles Vidor, en 1946, la películña que la lleva a la cumbre de de su renombre y de la idolatría de los grandes públicos. El film es una historia mediocre en un mundo de millonarios y traficantes, ambiente turbio en todos los órdenes. El marido de esta mujer no tiene un carácter masculino demasiado definido, y el amante, una buena interpretación de Glenn Ford, abofetea bárbaramente a la mujer magnífica y seductora . En este clima, Rita Hayworth canta “Put the blame of mamie”, escultural y esbelta en su brillante traje negro, mientras se quita, lenta y sabaiamente, sus largos guantes, con más atracción erótica que si se despojase de toda su ropa. Quizás esos metros de película sean la cumbre de la carrera de Rita Hayworth. Es el año en que los Estados Unidos realizan su primera gran experiencia atómica sobre el atolón de Bikini, y la bomba nuclear que arrojan lleva el nombre y la efigie de “Gilda”. Una expedición alpina a la cordillera de los Andes deposita una copia de la película en la cumbre de la más alta montaña conquistada, como testimonio y muestra de lo que es la mujer actual por antonomasia. Se registran en un disco, por medio de esttetoscopio, los latidos del corazón de la “estrella” para que siga vivo por toda la eternidad, etc.

Entonces, el personaje que representa en la pantalla desciende sobre su propia persona y su vida privada, sustituyendo a la de aquella oscura bailarina de music-hall y cabaret. Divorciada de Edward C. Judson (1936-1942) se casa con Orson Welles en 1943, del que tiene una hija, Rebeca, y del que se separa en 1948, porque “es imposible vivir siempre con un genio”. De este matrimonio, ya separada, queda su obra “La Dama de Shanghai”, 1947, en la que Welles la lleva a su mundo barroco, hermético, extraño, para convertirla en uno de sus mágicos monstruos humanos. La escena de amor del acuarium, y prinmcipalmente, el asesinato de la mujer en la cámara de los espejos de un parque de atracciones, tienen la crueldad y el sadismo obsesivo del realizador, que eleva aquí la figura de Rita Hayworth sobre toda atracción erótica. El máximo ensueño de la mujer de lujo se hace realidad en la vida de Rita Hayworth: su matrimonio con Ali Khan, hijo y heredero del Aga Khan, ewl fabuloso monarca orientral al que sus súbditos entregan como ofrenda su peso en oro. La vieja historia de la cupletista española Anita Delgado y el maharajá de Kapurtala se repite ahora, pero llevad por el colosal huracán de la propaganda moderna hasta los últimos rincones de la tierra; del matrimonio tiene una hija, la princesa Yazmina. Pero termina en divorcio, y Rita Hayworth declara que no se puede estar casada con uno de los hombres más ricos del mundo, porque ella no tiene bastante dinero para pagar los gastos de aquél. El sensacionalismo actual recoge, con toda amplitud y fruición, los detalles de esta gran aventura amorosa de la “bombra atómica” femenina.

A partir de aquí, la vida de la estrella y de la mujer se oscurecen siimultáneamente, porque en realidad son una sola existencia. Sus amores continúan: se casa con el cantante Dick haymes (1953-1955), luego con el productor James Hill, después con el ex marido de Bette Davis, Gary Merrill… Su más destacada actuación, en esta última época, es “Mesas Separadas” (Separate tables), 1958, de Delvert Mann, al lado de la gran actriz Deborah Kerr y el excelente actor David Niven. Rita Hayworth se ha transformado en una discreta actriz.

No es ya la vampiresa, al modo de Greta Garbo, la mujer de alma secreta, en lo que radica su atracción quizá más que sobre su belleza; no es Marlene Dietrich, la mujer con una existencia tras de sí, que la torna misteriosa y atrayente; no es Brigitte Helm, la vampiresa ideológica del cinema alemán, encarnación de conceptos abstractos, como el bien y el mal en “Metrópolis”, la venganza femenina en “La Atlántida”, o la ley del atavismo en “Mandrágora”… Rita Hayworth es la belleza suntuosa, sensual, encarnación del sex-appeal, la mujer cuya fuerza de atracción y destrucción radica en su belleza, por sí misma; la mujer como objeto erótico. Detrás apenas hay otra cosa sino lo que es, pero lo que es tiene la inacabable e indomeñable atracción del alto y refinado erotismo. En esta dirección, la figura de Rita Hayworth abre el camino a una nueva concepción de la mujer y el erotismo en la pantalla, cuya posterior representación serán Marilyn Monroe o Brigitte Bardot.

Texto recopilado en el libro “Los Grandes Nombres del Cine” de Manuel Villegas López, de Editorial Planeta, Tomo II, publicado en 1973

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