El multicitado crítico Andrew Sarris al introducirnos en la obra del director Fritz Lang, en su libro “El Cine Norteamericano”, nos señala: “El cine de Lang es el cine de la pesadilla, de la fábula y de la disertación filosófica. Las debilidades evidentes de Lang son las consecuencias de sus virtudes. Siempre ha carecido de las áridas complicaciones que directores de menor monta despliegan tan ventajosamente. Los argumentos de Langa se vuelven al final, amargos o sentimentales, en forma inexplicable. Sus personajes nunca se desenvuelven con precisión sicológica y su mundo carece de los detalles de verosimilitud que son tan importantes para los críticos realistas”.
Si bien lo anterior es una generalización para aproximarnos al gran cineasta alemán, que ha causa del nazismo abandonó su natal Alemania, para refugiarse en los Estados Unidos, donde a lo largo de cerca de veinticinco años, realizó una serie de filmes tan o más importantes que los que produjo en los años veinte y treinta en Alemania, sirve, el comentario de Sarris, para ubicarnos adecuadamente en la apreciación de esta estupenda muestra de “film noir” (cine negro) que es “La Mujer del Cuadro” (The woman in the window, 1944) que hemos tenido oportunidad de apreciar gracias a la “cineteca anárquica” de la televisión, a través de “Cinecanal Classic” que la ha estado proyectando, en diferentes días, desde el pasado mes de septiembre y cuyas próximas exhibiciones serán este domingo 12 a partir de las 9.15 hrs. (tiempo de México), miércoles 22 a las 21.50 hrs., lunes 27 a las 17.15 hrs.

Edward G. Robinson
“La Mujer del Cuadro” y “Mala Mujer” (Scarlet Street, 1945) que comparten el mismo trío de protagonistas integrado por Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Druyea y similar preocupación por explorar diferentes ángulos o facetas que pueden llevar, a un hombre común y ordinario, a cometer un asesinato, eran dos obras del cineasta que tenían harto “conocidas” por lecturas, pero que en rigor eran “asignaturas pendientes”, las cuales he podido disfrutar de ellas por la televisión. La segunda pasa con cierta frecuencia en los canales de “Cinema Platino”, aunque siempre en horarios de “veladores”, en la madrugada y aunque no esta tan logrado como “La Mujer del Cuadro”, se disfruta su visión.
“La Mujer del Cuadro” inicia con el profesor y psiquiatra Richard Wanley (Edward G. Robinson) dando una conferencia en una universidad de Nueva Cork, con el título “Algunos aspectos psicológicos del homicidio” . Wanley insiste a sus alumnos, en el sentido de que la tajante prohibición bíblica de “No Matarás”, debe de matizarse, pues se pueden encontrar atenuantes o explicaciones a los diferente impulsos que llevan a una persona a matar o agredir a otra, de allí que la propia ley establezca diversos niveles de responsabilidad o absolución como podría ser el caso de la llamada “en defensa propia”. La toma muestra a Wanley en primer plano y atrás de él hay un pizarrón en el cual es fácil distinguir el nombre de Sigmund Freíd, para enfatizar o darnos una primera pista de por donde va a ir el filme, en cuanto a sus basas para entender a Wanley.

Joan Bennett
Hay un corte para ver a Wanley despidiendo, en la estación del tren, a su esposa y sus dos hijos que saldrán de vacaciones, con lo cual sabemos que quedará sólo en su casa, por lo que va a su club a cenar con sus amigos, el fiscal Frank Lalor (Raymond Massey) y el médico Michale Barkastane (Edmund Breon), antes de entrar al club se detienen en la vecina galería de arte, a contemplar el cuadro de una bella mujer, motivando en cada uno de ellos diversos comentarios y grados de fascinación, dejándole en claro la idea a Wanley, que podría aprovechar la ausencia de su esposa, para buscar a una chica como esa, para disfrutar su “soltería”.
Ya en la cena se retoma el tema de los estudios de Wanley con relación a los motivos de los criminales y la posibilidad del crimen perfecto, a lo cual replica el fiscal que no lo hay y que siempre el culpable comete algún error, que permite a la policía su captura. Después de despedirse los amigos Wanley se queda en el club a hojear un libro y disfrutar de un brandy. Al abandonar el club vuelve a ir al escaparate de la galería a admirar el cuadro, cuando ve reflejada en el vidrio la figura de una mujer, precisamente la mujer del cuadro, Alice Reed (Joan Bennett), la cual le dice que gusta de ir a ver la pintura, para descubrir si realmente es ella. Wanley se muestra aturdido y algo indeciso ante la materialización de la mujer que le ha motivado una extraña fascinación. Deciden ir a tomar unas copas a un bar cercano y después la acompaña a su departamento. Cuando se disponen a tomar una última copa, irrumpe violentamente en el domicilio el amante de la chica, que arremete contra Wanley, el cual al repeler la agresión le mata.

Fritz Lang, Joan Bennett y el productor Walter Wangner
A partir de allí las cosas se van enredando para Wanley, quién es conciente de que será difícil probar la muerte accidental o la legitima defensa decide deshacerse del cadáver, que resulta ser el del importante hombre de negocios Mazard, por lo que el propio Fiscal Lalor se encarga de la investigaciones y aparece Heidt (Dan Druyea) un guardaespaldas de Mazard, con Alice, para chantajearla con la amenaza de denunciarla a la policía y Wanley le ayuda a la chica a pagar el chantaje, al tiempo que dada su cercanía con el fiscal, le ha permitido estar cerca de la investigación y percatarse de los errores que cometió cuando se deshizo del cuerpo, debatiéndose en la angustia de que en cualquier momento será descubierto…
La atmósfera asfixiante que va creando paso a paso Fritz Lang, quién contó con un excelente guión de Nunnalley Johnson a partir “Once Off Guard” de J. H. Wallis, va llevando de manera natural al desenlace de pesadilla de “La Mujer del Cuadro”, en donde la identificación alcanzada con el personaje de Wanley, por parte del espectador, lleva a ansiar que no sea descubierto, pues después de todo, uno a ha sido “testigo” de lo circunstancial de su crimen, ya que ni lo buscó ni lo deseo. La película funciona a la perfección manteniendo en constante tensión al espectador, una vez que se ha desencadenado todo el tinglado con la muerte de Mazard.
Luis R. Aller en su ensayo “Fritz Lang: la sombra de los gigantes”, publicado en la revista Dirigido 103, nos comenta: “La Mujer del Cuadro es una de las obras más justamente apreciadas de su autor. Lo primero que llama la atención de ella es el perfecto ensamblaje de todas las piezas, como si de un artilugio de relojería se tratara (por cierto es una película plagada de relojes). Parece increíble que con un solo movimiento de cámara o el desplazamiento de un actor se puedan mostrar o sugerir tantas cosas de forma impecable, en estrecha relación con las que acabamos de ver o vamos a observare inmediata o posteriormente, en especial la maestría con que se relaciona continua y diferentemente a los personajes de una secuencia según sus distintos estados anímicos (conversaciones a tres del profesor Wanley con sus amigos del club, escenas entre Alice y el chantajista…). Pero sobre todo ‘La Mujer del Cuadro’ es una sobria ceremonia onírica impregnada de hechizo y sensualidad (a la que no son ajenos los continuos y pausados movimientos de cámara y la gestualidad, muchas veces lánguida de los actores), sobre la fascinación del crimen y sus raíces sexuales, trabajada en grandes bloques escénicos en los que Lang agota al máximo todas las posibles vías de introspección y saca gran partido de los excelentes secundarios, que producen una inquietud digna de las más felices aportaciones de Hitchock. No merece casi la pena hablar de la resolución languiana de convertir todo en un sueño. Como siempre, son los que se quedan en la superficie intentando encuadrar el film en sus intereses, sean del tipo que sean, los que siguen reprochando esto. El que la película tenga ese giro final no sólo no es un error tendente a tranquilizar y disipar el misterio, sino que es inevitable según la profunda estructuración de la obra, todo en el film está encaminado a esto (y no conviene olvidar que Lang sugirió a Pommer en sus comienzos aplicar un prólogo y un epílogo a ‘El Gabinete de Dr. Caligari’, para fines de efecto parecido); tan sólo con que se piense un poco, la fantástica repetición cíclica del final es mucho más inquietante que todo el proceso en que se han visto envueltos los personajes, y sólo con las trabas y represiones del acomodaticio y falso mundo burgués vigil, rechazará Wanley el embrujo al que no pudo resistir en la total liberación del sueño”.
Por su parte Fernando Méndez-Leite von Hafe en su libro “Fritz Lang” nos señala: “La Mujer del Cuadro’ posee todas las cualidades de las mejore sobras policíacas que han pasado al cine: interés argumental, un desarrollo impresionantemente hábil, interpretación perfecta y una auténtica esplendidez en su postura escénica. Y, sobre todo, un ritmo cinematográfico tan logrado que hace olvidar algunos excesos verbalistas del apasionante relato, que lucha, además, con la nada despreciable dificultad de mantener la emoción, aunque presenciemos el crimen en los primeros encuadres. No se trata pues, de un filme, cuya finalidad consiste en escamotear al asesino, con vistas a la sorpresa final, sino la de hacernos conocer los esfuerzos del circunstancial asesino por escapar de las investigaciones policíacas. Sabido es que mucho más importante que un argumento es siempre el modo de contarlo. La obra de Lang representa un ejemplo más en apoyo de este punto de vista”.
Peter Bogdanovich en su libro entrevista “Fritz Lang en America”, al hablar de “La Mujer del Cuadro” cuestiona a Lang en estos términos: “Por qué decidió hacer que todo resultase un sueño? ¿No acababa la novela de forma diferente?
Lang le contestó: “Sí, creo que sí. Pero mire, ¿que ocurría realmente si no tomamos la historia como un sueño? Un hombre es muy desgraciado porque su mujer y sus hijos, a los que quiere mucho, se han ido de vacaciones; está sólo en Nueva York y hace mucho calor. Va a un club, bebe un poco de más y se ve complicado con una chica que le pide que vaya a su casa. Nada ocurre –no creo ni que se besen siquiera-, hasta que de pronto irrumpe un amante rabioso y trata de estrangularle. Coge lo primero que tiene a su alcance –un gran par de tijeras- y le apuñala. Pero esto no es un asesinato, es matar en defensa propia. No hay verdadera culpabilidad. La culpabilidad empieza quizá cuando intenta deshacerse del cadáver, lo cual era muy plausible en un hombre que está asustado y no sabe mucho de la vida. Entonces aparece Dan Druyea como el chantajista y hay dos o tres asesinatos más, ¿y por qué? No hay motivo verosímil para mostrar algo así. Así que decidí convertirlo en un sueño. Y tuve una tremenda pelea sobre ello con Nunnally Johnson, que escribió el guión y era también el llamado productor. Pero usted sabe tan bien como yo que un truco como el del sueño es tan viejo que prácticamente no debía usarse ya. Pero tuve la idea –y creo que esto lo arregla todo- de mostrar que los personajes del sueño eran personas reales que el hombre conocía, a los que no habíamos visto antes, pero que se nos revelan después de que el tipo se despierte. Luego, cuando mira realmente el cuadro del escaparate, recuerda su sueño y piensa: ‘Dios santo, ¡el sufrimiento que pasé!’ Ahora se le acerca una buscona y le dice: ‘Ven, querido, ¿quieres…? ‘NO! ¡NO!’ Y sale corriendo”.
Lo cierto es que en la revisión de este tipo de cine y vale para el actual, es que el disfrute de una buena película, está, antes que nada, en la capacidad del realizador para contarnos su historia, no tanto en la historia en si misma. En la capacidad del director para envolvernos con su juego de artificio y lograr fascinarnos, tal y como lo alcanza Fritz Lang con “La Mujer del Cuadro”, en donde se me olvidaba mencionar, ayudado por una Joan Bennett que aporta la sensualidad necesaria a su Alice, para creernos el arrobamiento de Wanley, interpretado magistralmente por Edward G. Robisnon.
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