John Ford, poeta de la imagen*
Escrito por José María Caparrós Lera | 31 de Agosto de 2008 | Categorias: Crítica Perdurable, Directores | Tiempo de Lectura: 8m 41s | Leido 116 veces.
A los ochenta y tres años –no setenta y ocho como indicó la prensa diaria- nos ha dejado John Ford, uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, con 126 filmes en su haber.
Nunca dedicó mi limitado espacio crítico a ofrecer semblanzas de las figuras de la pantalla que van falleciendo (este verano han sido muchas). Pero en esta ocasión el personaje, el artista se lo merece. Y es que John Ford no es un realizador más de la Historia del Cine; es la misma historia. Veámoslo, si no.
Nació con el cine
De nacionalidad estadounidense e inscrito en el registro civil de Cabo Elizabeth el 17 de febrero de 1895, Sean Aloysius O’Fearna nació hacia 1890 en la región irlandesa de Inisfree, donde realizó su obra clave, “El Hombre Tranquilo” (The Quiet Man, 1952) (En México El Hombre Quieto). Cinco años antes de que los Lumiere exhibieran su cinematógrafo.
Ford tuvo una juventud contradictoria: estudiante en Pórtland, cursó Bellas Artes, pensó incluso en el sacerdocio, se decide a trabajar en un negocio de cueros y curtidos, para acabar luego como empleado de publicidad en una fábrica. Pero pronto hallaría su ocupación definitiva: la dirección cinematográfica.
Corría el año de 1912 cuando su hermano Francis vio la posibilidad de que ingresara en la Universal, donde él trabajaba como actor y director. Y Ford –ya con seudónimo- debutó como accesorista y regidor. Tres años fue ayudante de Francis Ford, hasta que fue contratado para dirigir los filmes interpretados por Harry Carey. En el año de 1917, John Ford ya era un realizador del naciente Hollywood.
Consolida el western
John Ford, irlandés, temperamental, católico consecuente, autodidacta, fue un hombre de convicciones firmes, que supo aunarlas coherentemente con su quehacer profesional. Casado con Marcy McBride, en 1920 continuó fiel a su matrimonio hasta hoy. Su fuerte personalidad humana y creadora le han mantenido en forma entre los grandes realizadores del cine mundial. Ford es conocido en cualquier rincón civilizado de la tierra, al igual que Chaplin.
Pero acaso el recuerdo popular esté unido al género cinematográfico por excelencia: el western, del cual fue uno de los pioneros. Pues no sólo fue un maestro del género, sino que consiguió –como dice Jean Mitry- “impregnarle un contenido social y elevarlo al nivel de la antigua epopeya”. Y aún más. Cuando el western tradicional parecía agotado en su inventiva, Ford renovó el género –recuérdese su obra maestra, “La Diligencia” (Stagecoach, 1939)-, dándole un carácter “intimista”; lo que los teóricos llamaríamos después western psicológico y del cual el viejo maestro fue su percusor. E instaurador de sus constantes tradicionales: el arma, la dama, el valor, el caballo…
Enriquece el lenguaje
John Ford es un gran conocedor del oficio cinematográfico. Acaso porque empezó desde abajo. Pero sus películas nunca cobran aire de obras de artesanía; hay en ellas intuición poética, perfección fílmico-estética. Son piezas artísticas; mejores o peores, pero artísticas. La unidad forma-contenido nunca fue tan completa como en el cine fordiano: Quizás porque no había divorcio en sus ideas: convicciones y arte fueron uno.
De ahí que en esa prolija actividad creadora enriqueciera el lenguaje fílmico. Su enorme inventiva, sobre la marcha y en pleno plató, proporcionó un progreso en la consolidación de la sintaxis en la narrativa del entonces incipiente arte de las imágenes. Desde el zoom como antitravelling hasta el plano-secuencia, Ford ha proporcionado grandes lecciones a cineastas posteriores y coetáneos. Tanto es así que, inspirados en la “enseñanza” fordiana, apareció una escuela: Howard Hawks, Raoul Walsh, Henry Hathaway… se reconocen influidos por el arte de Ford y su personal estilo. Un estilo ya propio de un “clásico”: propenso a planos complejos, con perfecta distribución en el encuadre de objetos y personas, utilizando el primer plano con gran mesura y contrastándolo con gigantescos planos generales… y con una gran maestría formal –como insiste su estudioso Mitry-, “mientras se trata de la expresión plástica de las imágenes o de la búsqueda de una atmósfera”. Amante de los espacios abiertos, del aire libre, de la naturaleza: “ese regalo de Dios –dijo- que nos brindó como diciendo: ‘todo esto es vuestro’”.
Crea sus personajes
Ford también tiene sus propios héroes. “Héroes” que le sirven para mostrar su particular concepción del mundo, su universo personal. El héroe fordiano es un hombre que depende de su situación, está inmerso en un ambiente y éste le domina. Pero sin dejar de ser él mismo, de combatir contra las propias miserias.
Por eso siempre ha utilizado una serie de actores que le han servido idóneamente para crear sus personajes. El hombre de Ford es primitivo, fuerte amante de su tierra, exigente con los demás y consigo mismo, bondadoso y sincero, sencillo e idealista. Pero también con un cierto orgullo y agresividad. El crítico de Le Monde, Jean de Baroncelli, en su emocionada elegía al maestro, lo define como “honesto y generoso, justo y respetuoso de la mujer… Romántico a su manera, sentimental en el amor –concluye el prestigioso colega-, él comunica espontáneamente con la naturaleza una obra de Dios ofrecida a los hombres para su felicidad”. Y estos héroes no han sido otros actores de la talla –algunos lanzados por Ford- de Spencer Tracy, Victor Mac Laguen, John Wayne, Henry Fonda, Richard Widmark… y entre los secundarios, Barry Fitzgerald, Ward Bond, Walter Brennan, John Carradine… y tantos otros que se han hecho familiares en sus películas.
Entre sus “héroes-personajes” cabe destacar la mujer fordiana. Esa mujer fuerte, buena madre de familia, hogareña –con grandes delantales y con las manos en jarras en espera de su marido-, sensitiva y fiel y con un gran sentido religioso, no exenta de espíritu de lucha y cierto romanticismo de fondo. Tales heroínas –algunas también lanzadas como “estrellas” por Ford- han sido Maureen O’Hara, Joanne Dru, Linda Darnell, Corine Calvet, Constante Towers…, entre otras.
En todos sus personajes –para terminar con este apartado- se aprecia un sentido del humor no exento de cierta ironía. A la vez que un optimismo, una crítica al abuergesamiento y un cariño especial por los débiles, (Es notorio en sus westerns el afecto rendido que tiene por el hombre “piel roja”. Ford, gran amigo de los indios, fue el primer director norteamericano –antes de Penn, Peckinpah… ¡y de Brando!- que intentó las reivindicaciones del pueblo indio. Recuerden especialmente “El Gran Combate”.(Cheyenne Autumn, 1964, El Ocaso de los Cheyennes en México): ese canto antológico, su gran testamento fílmico como autor.
Valores y humanismo
Como afirma su más destacado teórico, el citado Jean Mitry, Ford fue “mejor creador de imágenes que de texto dialogado”. Por ello supo “hacerse ayudar por sólidos guionistas –Dudley Nichols, Nunally Jonson…-, escogidos en razón de una ‘armonía preestablecida’ con su temática personal”. Cierto, la obra fordiana muestra la vida sin forzarla con “mensajes” ni artificialidades; sino expuesta tal como es, tal como él la ve. Cada filme es como una meditación amorosa sobre un centro de interés que constituye el leitmotiv de su relato. La belleza de su estilo radica en la economía de expresión. A ford le bastan un par o tres de rápida tomas para dar a su narración cierto aire de delicadeza y emoción. Ford es un poeta, poeta de la imagen. De ahí que se hayan definido sus cintas como la actitud de un director hacia su medio y sus normas de conducta. Y ese sentido es el Cine, con mayúsculas. Un medio que le sirve para hacer poesía, poesía de la imagen fílmica.
Pero tales valores cinematográficos no se quedan únicamente en el significante, como es habitual en el cine de hoy. John Ford trasciende lo estrictamente fílmico-estético para pasar a un fondo humano-existencial que rebosa equilibrio. Ese equilibrio surge, precisamente, de la confluencia espacio-tiempo fílmico, que convergen como coordenadas creadoras en un punto clave: el hombre. El hombre corriente y el mundo que le rodea. Una humanidad en la cual permanecen los valores de siempre: trabajo, amor, amistad, valor, justicia, honor, sentido del deber, sencillez, coraje, generosidad, humor, virilidad, folklore, convivencia… Y que se concretan en la historia que narra, en sus personajes. De ahí que acaso se pueda hablar de un humanismo fordiano. Un humanismo auténtico; vertical, no horizontal.
Despedida
No voy a seguir más. Abandonaría el rigor para dar paso al sentimiento. Sólo quiero expresar por medio de estas líneas –posiblemente las postreras que escriba como crítico sobre John Ford- mi adiós a este gran autor del Séptimo Arte. Mi entrañable adiós a este cultivador de los valores más nobles –humanos y cinematográficos-, de la heroicidad de lo cotidiano.
Ciento veintiséis filmes he contado; muchos de ellos estarán en la mente de todos. Películas notable unas, un tanto menores otras, magistrales buena parte de ellas –obtuvo seis “Oscar”, cuatro de largometrajes y dos de documentales, ¡y en unos tiempos que no existían tanto “intereses” en Hollywood!-, más acabadas todas. Sus obras, francamente, transpiraban sencillez; acaso la que él tuvo como persona, como creador cinematográfico. Su cine era arte , y se vendía bien; era comercial porque llegaba a todos los públicos. Sus películas podían ser degustadas –propongo a TVE una revisión de sus filmes más significativos como homenaje- por toda persona que, fuera cual fuese su nivel cultural, hubiera conservado su sensibilidad ante los valores humanos. John Ford era –es- un maestro.
“Encontrar lo excepcional dentro de lo cotidiano es el resorte dramático que me gusta –dijo en una ocasión-. Las situaciones sólo son un punto de partida, hay que sobrepasarlas”. Y decía verdad. De ahí que el viejo Ford, como persona y cineasta, haya sobrepasado el tiempo.
(Nota del editor el crítico catalán José María Caparrós Lera engalana nuestra sección de Crítica perdurable, con una semblanza de John Ford, publicada, originalmente, en el diario Mundo, el 15 de septiembre de 1973, algunos días después del fallecimiento del gran director americano (31 de agosto de 1973) y la cual fue incluida en la recopilación de su excelente libro “El Cine de los Años 70”,










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