
El director Robert Aldrich nació el 9 de agosto de 1918, hace noventa años, en Cranston, Rhode Island, en el seno de una familia de la alta burguesía norteamericana. Su madre fue Lona Lawson y su padre Edward B. Aldrich, metido en el negocio editorial. Su abuelo fue el Senador Nelson W. Aldrich, a la vez que primo de Nelson Aldrich Rockefeller. Murió el 5 de diciembre de 1983, en Los Ángeles, California, debido a complicaciones e insuficiencias renales.
Estudió Economía en la Universidad de Virginia, pero en 1941 decidió alejarse de ese ámbito académico para trasladarse a Hollywood, aceptando un modesto empleo en el departamento de montaje de la RKO, en donde uno de los principales jefes de esa área era Robert Wise, colaborador de Orson Welles en varias de las primeras cintas que el “enfant terrible” realizó para dicho estudio. Pronto dejó la edición, aunque no la influencia de haber sido “cortador” que se percibe en la manera de planificar sus tomas y manejar la edición de sus filmes, para pasar ha ser asistente de dirección, de una serie de directores de diversas tendencias y preocupaciones en la manera de abordar la realización fílmica, como sería el caso de Lewis Milestone y su clasicismo; la intuición de William Wellman, sobre todo para las escenas de acción, pasando por Jean Rendir, Joseph Losey y sus practicas brechtianas en el cine, o depurados narradores como Robert Rossen. En fin, una variedad de estilos que irá decantando Aldrich, en sus primeros filmes, con la búsqueda de un montaje experimental, juegos retorcidos de luz, encuadres barrocos, con resultados desiguales, pero no exentos de interés a lo largo de su carrera.
En relación a su temática, esta se mueve acorde con el momento que se vive en los Estados Unidos, cuando recibe la oportunidad de convertirse en director, pues salvo en su primer filme, en los demás hará una visión crítica de su entorno, manifestada en la violencia de sus filmes y la búsqueda de historias con personajes individualistas y rebeldes, que luchan contra las estructuras del poder.
La mayoría de los cinéfilos suele olvidar, sino es que ignorar cual fue su primer película que dirigió, lo cual, en varias ocasiones en grupos de amigos aficionados, jugando a la trivia, siempre me dio buenos puntos saber que ni “Apache”, ni “El Beso Mortal”, que suelen ser la respuesta obligada a la pregunta de cual fue su primer película lo son. Esta fue una cinta modesta titulada en México “El Ídolo de las Multitudes” (The big leaguer, 1953), sobre incidencias en el campo de entrenamiento de los Gigantes de Nueva York, en Florida, para sus prospectos de novatos. En rigor la cinta no tiene mayor interés y el propio Aldrich jamás hacia referencia a ella. Pero como se trata de una historia ambientada en el béisbol, con Edward G. Robinson en el rol de un manager cascarrabias, encargado de ver el avance de los novatos, el cual tiene una bella hija (Vera Ellen), que recibe el asedio de algunos jugadores, que creen que ganándose su corazón, ablandarán al manager para que los recomiende al equipo grande, se establece el pequeño drama familiar, cuando Vera se enamora de Jeff Richards, un novato que no le agrada a Robinson, a pesar de sus facultades. Realizada en los años cincuenta, la historia transcurre en un ambiente noño, en que para nada el personaje de Vera Ellen, se anticipa en algo al sensual y carnal de Susan Sarandon en la excelente “La Bella y el Campeón”, también con telón de fondo el béisbol y sus novatos, en la cual Kevin Costner y Tim Robbins, se disputaban las atenciones de la Sarandon.
Más dejemos de lado esas trivialidades y efectivamente la parte interesante y trascendente de la carrera de Aldrich se inicia con su tercer film, el western “Apache” en el cual Burt Lancaster es el guerrero Massai que busca dignificar la lucha de su tribu, contra los voraces blancos. A la cual siguieron “Veracruz”, con su lucha de mercenarios yankies, al servicio, tanto del ejército juarista, como las fuerzas invasoras de Maximiliano en México y el excelente thriller “El Beso Mortal” con sus implicaciones en la guerra fría. Para más tarde tener problemas con el pentágono por su visión fría y descarnada del juego de los oficiales, por ganarse ascensos jugando con la vida de los soldados a su cargo en la dura cinta antibélica “¡Ataque!”. En 1960 filmaría en Aguascalientes el insólito western, por meter el tema del incesto en el viejo oeste, “Ultimo Atardecer”, protagonizado por Rock Hudson, Kira Douglas, Dorothy Malone y Carol Lynley. Recordables son igualmente sus filmes “Intimidades de una Estrella”; “La Leyenda de Lylah Claire”; “La Venganza de Ulzana”; “Dies Segundos al Infierno”; “El Vuelo del Fénix” y “Emperador del Norte”. Aunque para los fans del gore y los excesos de gran guignol, no puede dejar de mencionarse “¿Qué Pasó con Baby Jane?”.
El santón de la crítica norteamericana, Andrew Sarris, en su famoso libro “El Cine Norteamericano”, editado en español en 1970, por Editorial Diana, después de ubicar a Aldrich en el apartado de “Casi el paraíso”, nos señala: “ Robert Aldrich se perfila como uno de lo más vigorosos directores de los últimos cuatro lustros. Su estilo es notable por su violencia incluso en géneros en que la violencia es necesaria. Su obra va del elegante escapismo de ‘Veracruz’ y ‘Tal Como Somos’ a la protesta social explícita de ‘Apache y ‘¡Ataque!’ e ‘Intimidades de una Estrella’; del mobservar tonto del canalón en ‘¿Qué Pasó con Baby Jane?’ y ‘¡Calmate, dulce Carlota!’ al tratamiento genuinamente democrático de los que abandonan la escuela en ‘El Vuelo del Fénix’ y ‘Doce del Patíbulo’, este último filme de tanto éxito comercial que gracias a él Aldrich se compró su propio estudio. ‘El Beso Mortal’ es quizá su obra más desconcertante y reveladora, equilibrada precariamente en el límite más controvertido entre un género pasado de moda y una actitud trascendente hacia las consecuencias morales del género. Él Beso Mortal´ es no sólo la mejor adaptación cinematográfica de Mickey Spillane sino también un legado del espíritu anárquico de Aldrich”.
“A excepción de sus obras barrocas con Bette Davis y Joan Crawford, Aldrich puede ser clasificado como moralista en un mundo que es del hombre. Sus filmes tiene una firma característicamente personal, sobre todo a través de un puñado de personajes que lo siguen de un filme a otro. Al igual que otros estilistas poco apreciados de género como Nicholas Ray, Joseph Losey y Anthony Mann, Aldrich fue descubierto por críticos europeos mucho antes que los cronistas norteamericanos si dignaran fijarse en él. En los últimos años su fama ha variado de un filme a otro, pero ha logrado un buen grado de libertad como productor-director debido principalmente a una feliz combinación en que interviene la combustibilidad química de Bette Davis y Joan Crawford en ‘¿Qué Pasó con Baby Jane?’. Su forma de dirigir a sus actores suele crear una sutil locura en la pantalla; su estilo visual sugiere un mundo inestable lleno de situaciones extrañas y de transiciones difíciles. En sus películas aparecen invariablemente vestigios de decadencia y desorden, Incluso los títulos de sus películas menos importantes –‘Alerta en Singapur’, ‘Tal Como Somos’, ‘Diez Segundos al Infierno’, ‘Ultimo Atardecer’ y ‘Sodoma y Gomorra’- sugieren un estado de ánimo muy propio de la Decadencia de Occidente”.