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El atracadero o El muelle de Chris Marker

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 8 de Agosto de 2008 | Categorias: Ciencia Ficción, Fantástico | Tiempo de Lectura: 6m 54s | Leido 112 veces.

La ciencia-ficción es un género eminentemente literario y cuando mucho cinematográfico, salvo los trabajos de divulgación hechos por autores como Arthur C. Clarke o Isaac Asimov, sus relaciones con el ensayo son casi inexistentes puesto que los artículos de Clarke y Asimov son justamente formas de anular los elementos fantásticos del género; por esto es tan extraño encontrar una obra como La jetée de Chris Marker, que combina el ensayo cinematográfico y la narrativa fantástica y reflexiva de la ciencia-ficción más avanzada.

Lo terrible del caso es haberla desconocido por 43 años, bien porque no fue programada en alguna sala comercial del país en los años sesenta o por mi reticencia perpetua a convertirme en rata de cineclub y diletante de las vanguardias, el caso es que después de tanto tiempo pude verla en televisión con el título de El muelle.

Desde luego no encontré algo que no supiera ya por referencias de críticos o por haber visto la cinta 12 monos, de Terry Gilliam, de hecho esta pequeña obra maestra del viaje en el tiempo perdió mucho de la estimación que le tenía ante el relato original de Marker.

Más allá de la temática lo importante de esta media hora de proyección cinematográfica es que nunca se presumió película: en sus créditos se autonombra foto novela (Photo-romain), y resulta un producto lógico del fotógrafo, cineasta y antifascista profesional Chris Marker (Christian Francois Bouche-Villeneuve); en términos de lectura su planteamiento es el de un cuento de ciencia-ficción que alterna la tercera y la primera personar de narración, de esta manera su crónica de la sobrevivencia a una Tercera Guerra Mundial adopta un tono documental excepto hacia el final cuando ambos narradores confluyen para convertirla en una aterradora experiencia de amor y paradoja temporal.

De otra parte la narración visual es una sucesión de fotos fijas son pretensiones de generar movimiento visual, sigue la lógica de la historieta para plantear una tensión emocional creciente en la que nos sumerge hasta que deja paso al testimonio externo para que veamos con los ojos del personaje y con él creamos o que se planeta como absurdo, irreal y sin embargo realizable: el viaje en el tiempo a través del mundo onírico, de la acción de la mente sobre el universo y sus leyes.

Para el cine y aún para buena parte de la literatura el viaje en el tiempo ha sido una función de la mente sobre la materia, un efecto de algún tipo de magia parasimpática que hace al viajante sujeto de un sueño cuya realidad interna se impone aún cuando está ya en la vigilia; desde Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, hasta los soñadores de Pide al tiempo que vuelva y aún de la propia Matrix, la realidad del hacer y transcurrir en su existencia está dado en el mundo del sueño, los diferentes despertares tamizarán el significado de esta otra-existencia en la no-vigilia y su ‘planteamiento vital hacia los espectadores, la única diferencia con un acto de fe es que el soñador tiene pruebas materiales de la realidad alternativa donde ha estado.

El personaje de Marker, Davos Hanich: el hombre, es sumido en profundo sueño hipnótico que paulatinamente le hace “viajar” a su propio pasado y finalmente le permite participar vivencialmente del recuerdo como de un mundo alternativo en donde participa de nuevas experiencias, especialmente del enamoramiento; pero todo es un experimento que ha de seguir adelante. El viaje en el tiempo obedece a la necesidad de encontrar respuestas ante la desesperanza por la aniquilación de la Tercera Guerra así que debe ser en todos sentidos y la recepción de futuro es catastrófica. Su desenlace paradójico será el motivo para que muchos años después Terry Gilliam realice 12 monos, pero cambia de signo el viaje en el tiempo y para hacerlo verosímil lo complica con tecnología.

La otra vertiente para viajar en el tiempo dentro del género es la iniciada por Herbert George Wells con La máquina del tiempo, donde este inglés pretende rebasar las propuestas “mentalistas” u oníricas para realizar el viaje (el que patentemente había sido inspirado por la aparición del psicoanálisis, puesto que la mayor parte de lo que llamamos pasado tan solo es la suma de recuerdos contenidos en la memoria individual o constatados por el acerbo colectivo de documentación, artefactos y testimonios, así pues la “materialización” del tiempo según los postulados de Einstein propicia que Wells proponga un viaje físico a través de la cuarta dimensión y con ello haga una apuesta aún más caótica de viaje en el tiempo que la de la mente.

Porque el viaje desde la perspectiva de producto mental puede quedar en planos de alucinación y fenómeno individual, o bien ser atribuido a procesos propios de la fe y la creencia religiosas (como el caso de los postulados de la Cienciología de Hubbard o de los escritos de Jack London en Vagabundo de las estrellas), si acaso como fenómenos paranormales del chamanismo (como los viajes de John Carter en Una princesa de Marte, de Rice Burroughs), pero al pretender una máquina que funcione fuera de las leyes de la física conocidas la problemática es enorme y siempre resulta en paradojas que se aplican antes de ser construida, como respecto a la cantidad de energía necesaria para realizar el viaje, las situaciones de la materia sometida a él, además de los efectos sobre el cuerpo y la mente humanos durante el mismo, y que Wells no planteó, pero han sido materia de discusión en toda la ciencia-ficción posterior, y en este berenjenal es donde William parece perder sitio.

El viaje de James Cole (Bruce Willis) hacia el pasado no es descrito adecuadamente, se supone que existe alguna clase de mecanismo que traslada al viajante a través del tiempo, pero solo al pasado, y ello provoca paradojas sucesivas que enriquecen el desarrollo dramático de su historia (encuentros y desencuentros que formalizan la emotividad de la pareja que será motivo de la historia central), pero carecen de justificación en la medida que ni hay señalamiento de un proceso “mentalista” que propicie el viaje (salvo la alucinación constante de Cole escuchando a interlocutores de otro tiempo en cualquier momento que se encuentre) ni hay una máquina de algún tipo que efectúe el desplazamiento directa o indirectamente.

Ademàs al suprimir el viaje al futuro (quizás por exigencias presupuestales, se inflaría demasiado la producción) suprimió la motivación primordial de la paradoja que ha de aceptar el “hombre” de Marker: la supresión de su posibilidad de amar largamente elaborada durante sus viajes al pasado.

De todas formas, aunque la obra de William conservará su estatus como película, la realización de La Jetèe, que podríamos entender mejor como El atracadero, en el sentido portuario de esta palabra, que indica las escolleras costeras donde se presta refugio a los barcos, mejor que El muelle, creado expresamente para ellos, un estatus debido a su realización como película, mientras que Marker hizo un ensayo narrativo demasiado adelantado para su época, difícilmente puede haber sido entendido a plenitud en una época donde apenas se comenzaba a tomar en cuenta la estética del comic como una forma válida de comunicación estética, y que ahora, en comparación con los nuevos ensayos fílmicos para llevara la pantalla la historieta resulta refrescante y más avanzada que muchos esfuerzos de costo mucho mayor.

Filmografìa:

El muelle, o el atracadero. (La jetée). D. Chris Marker. Con : Jeran Negronì (narrador), Helene Chatelaine, Davros Hanich. Guiòn: Ch. Marker. FRAN/ALEM. 1962.
Pide al tiempo que vuelva. (Somewhere in time). D. Jeannot Szwarc. Con: Christopher Reeve, Jane Seymour, Christopher Plummer. Guiòn: Richard Matheson. EUA/GB. 1980
Matrix. D. Hnos. Warchowsky. Con: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Ann Moss. Guiòn : Andy y Larry Warchowsky. EUA. 1999.
12 monos. (Twelve monkeys). D. Terry Gilliam. Con: Bruce Willis, Joseph Melito, Madeline Stowe, Brad Pitt. Guiòn: David Webb Peoples. GB. 1995.

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