“Jardín del Mal es un filme puramente aventurero, de fuerza física y escenarios espectaculares de impecable reparto y filiación clásica”.
Quim Casas
En el año de 1953 la 20th. Century Fox, dentro de su febril lanzamiento del cinemascope, con la célebre “El Manto Sagrado”(The robe, 1953) rodó ese año tres interesantes westerns que fueron estrenados en 1954, los cuales fueron, en orden de su estreno: “Almas Perdidas” (River of no return), único del género que dirigió Otto Premniger con gran acierto técnico; “Jardín del Mal” (Garden of evil) filmado en escenarios naturales de México y “Lo Que la Tierra Hereda” (Broken lance) de Edward Dmytryck y del cual pueden encontrar en este blog de http://www.cineforever.com/ un comentario sobre el mismo.
Los tres directores, con sus debidas diferencias, dentro de sus características preocupaciones por los encuadres y la puesta en escena, sobre todo en escenarios naturales, supieron manejar adecuadamente el nuevo formato, para ofrecernos tres excelentes westerns, que cualquier aspirante a adentrarse en el mundo de las cintas de “vaqueros”, debe de tener en su videoteca o aprovechar su proyección en televisión, por los canales de TCM classic Hollywood y Cinecanal Classic, donde suelen ser programados, con, cierta regularidad, en esta temporada.
El veterano director Henry Hatahawy, quién se iniciara en la dirección en 1932 con “El legado de la estepa” (Heritage of the desert), primero de una serie de ocho westerns “B”, sobre adaptaciones en obras de Zane Grey, protagonizados casi todos por Randolph Scott, regresó, prácticamente al género de su aprendizaje en la técnica cinematográfica, a mediados de los cincuenta, aunque ahora con gran presupuesto vía “Jardín del Mal”, que fuera su segunda cinta en cinemascope, pues ya se había estrenado, en dicho formato, en la apreciable adaptación de la historieta dominical “El Príncipe Valiente”, utilizando adecuadamente los diversos paisajes mexicanos, en su filme, que como dijera Quim Casas en su libro “El western” es “puramente aventurero”, lo cual de ninguna manera es una tacha, ni en aquellos lejanos años cincuenta en que disfrute de la visión de “Jardín del Mal”, en reiteradas ocasiones desde su estreno en el cine Colonial de Aguascalientes, ni ahora en que puedo disponer de su disfrute en dvd y seguir gozando con su clasicismo y orotodoxia westerniana, con un Richard Widmark en su rol del tahúr “filosofo”, que prácticamente les roba la película a Gary Cooper y Susan Hayward, con sus brillantes diálogos, que van poniendo chispa al viaje de un grupo de hombres, contratados por una mujer, para ir a rescatar a su esposo, atrapado, a consecuencia de un derrumbe, en su mina, localizada en una región inhóspita, donde merodea un grupo de indios, que están a su acecho para darles caza.
En rigor no es nada complicada la trama, pero lo que lo mantiene a uno en el pleno goce, es el como Hathaway, a partir de una historia de Fred Freinberg y William Tunberg, que en esos años iniciaban su carrera, sobre todo de escritores de westerns para televisión y con un sólido guión del veterano en esos menesteres Frank Fenton, conseguía Hathaway, uno de sus westerns más solidos.
Quim Casas en la revista Dirigido en un estudio sobre la obra de Henry Hathaway, publicado en las ediciones de diciembre de 1998 y enero de 1999, respectivamente, en donde amplia su acercamiento al director, con mayor detalle que en el libro citado anteriormente, al referirse al uso del nuevo formato en “El Príncipe Valiente” comenta: “Hathaway, como Ford y Lang, expresó siempre una cierta repulsa hacia el Scope pero, como ellos, consiguió logros de gran plasticidad y economía visual. Nunca en Hathaway los planos horizontales tienen detalles, personajes u objetos de relleno. El cineasta sabe trabajar muy bien la oposición entre las formas del Scope y las líneas verticales del castillo de Camelot, por ejemplo, pero es en el exterior donde se siente más cómodo: la inserción de las formas humanas en picado, aprisionadas entre la arena y el agua de la costa inglesa, o los movimientos de Valiente en lo alto de unos árboles que le sirven de refugio ante las flechas de sus enemigos, o las evoluciones de la embarcación de Boltar en el inicio, o la contemplación del paisaje que circunda el castillo de Arturo en Pendragón a partir de la mirada maravillada de Valiente, son pruebas del saber usar el espacio cinematográfico”. Todo lo anterior tendrá sus equivalente visual en “Jardín del Mal”, con todo y el uso de la lluvia de flechas, en el ataque final de los indios, cuando tienen atrapados a Cooper, Hayward y Widmark, en el angosto camino en el precipicio, con el agregado de un mayor número de escenarios cambiantes, aprovechando la diversa topografía del suelo mexicano.
En España “Garden of evil” pasó con el título de “Jardín del Diablo” lo cual le permite a Casas establecer su comentario sobre el filme, en el citado ensayo de la revista Dirigido en estos términos: “El Jardín del Diablo. Dos conceptos antagónicos en un mismo título, pero perfectamente comprensibles a medida que avanza la película, o lo que es lo mismo, al ritmo que el heterogéneo grupo protagonista transita el silencio de la naturaleza cambiante. El Jardín del Diablo es una película mineral y vegetal, que se inicia en una bahía, al de una pequeña localidad mexicana enclaustrada entre montañas y concluye en lo más alto de las mismas, en el lugar al que acuden pistoleros hieráticos e insondables (Gary Cooper), jugadores de fortuna (Richard Widmark), aventureros (Camneron Mitchell) o mujeres que intentan salvar a su marido (Susan Hayward). Hathaway encuadra a los personajes en una cantina de arcadas de arcilla iluminadas con luz azulada o tapados por una palmera, minimizados en la inmensidad de los montes, acorralados en un estrecho precipicio convertido en trampa mortal, humedeciéndose el corazón en un frondoso bosque, perdidos en el desolador espacio de una vieja iglesia situada en un territorio desolador en el que sólo habitan indios y locos buscadores de oro, el fin del mundo, el jardín del diablo. Vuelta a ver, la película no resiste la debilidad de su guión, aunque aún sorprende la partitura de Bernard Herrman y nos devuelve, agradecida, el reflejo de un western que es a la vez telúrico, épico y reflexivo, un género en sí mismo”. Si por debilidad del guión, entiende Casas, lo previsible de su desenlace, eso sería razón suficiente para desechar infinidad, no solamente de westerns, sino de película de género, las cuales no apuestan a la originalidad o trascendencia de su hipotético mensaje de “compromiso social”, sino simplemente a saber narrarnos una historia, que nos mantendrá sentados en nuestros asientos por espacio de hora y media o dos, sin mayores complicaciones que disfrutando de buen cine.
Por cierto que en la escena de la cantina Rita Moreno hace una sentida interpretación de la canción “La Negra Noche” debida al filosofo Emilio Uranga, con un acompañamiento de guitarra de Antonio Bribiesca. En esa secuencia hace su aparición Víctor Manuel Mendoza, defendiendo a la chica de un tipo que la quiere molestar, advirtiéndole a los “gringos” Cooper y Widmark que es su chica. Eso se da al principio de la cinta y cuando Widmark está admirando embelesado a la Moreno cantar en español, le comenta a Copper: “He descubierto que las mujeres guapas hablan la misma lengua en todas partes”. Cooper le pregunta: “¿Qué lengua hablan las feas?”, para replicar Widmark: “No las he escuchado jamás”, estableciendo así, Frank Fenton, con ese ingenioso dialogo las características que nos harán grato el personaje de Widmark, quién siempre tendrá la frase adecuada para apostillar las diferentes situaciones por las que atravesara el grupo en su excursión de rescate, motivada más por ambiciones pecuniarias y la posibilidad de hacerse fácilmente de una mina, que por ir a auxiliar a un minero (Hugo Marlowe) atrapado en su mina. Codicia que fue seguramente la que llevó al crítico A. H. Weiler del New York Times, a comentar en el estreno de “Jardín del Mal” que veía en su trama “ciertas reminiscencias de “El Tesoro de la Sierra Madre”, aunque le impresionaron más los diversos escenarios de la campiña mexicana, captados a plenitud por el cine fotógrafo Milton R. Krasner. “Jardín del Mal” está programada a ser proyectada en televisión en Cinecanal Classics, este mes de agosto el día 6 a las 18.15 horas (tiempo de México); el 7 a las 9.15 horas; el 19 a la 6.25 horas; el 20 a las 1.10 horas y el 30 a las 3.05 horas; pero también esta disponible en dvd, con la ventaja de que pueden encontrarla en el formato original y disfrutar de un filme en que se hace un buen uso del cinemascope.
Donde dice que esta película se filmó en escenarios naturales de México, bien pudo deceir que los más bellos de estos fueron en Uruapan, estado de Michoacán: El río Cupatitzio, el volcán Paricutín y otros. En esa oprtunidad, paseando por el Parque Nacional donde nace el río, me encontré con Gary Cooper y Richard Widmark y ambos me dieron su autografo. Fueron dos grandes actores sin duda y aunque Widmark generalmente hacía papeles de maloso, alguna vez declaró que Swatcheneguer (o como se escriba) le parecía aversivo.
Señor Bautista:
Le agradezco la puntualización de los escenarios naturales utilizados en “Jardín del Mal” que corresponden a lo filmado en Michoacán. Debo confesarle que salvo lo que corresponde a lo de la iglesia sepulatada por el Volcán Paricutín y algunos en relación a esa zona, los ubicaba, más que nada por fotografias y no por que conozca la zona. Uruapan lo he visitado en sólo dos ocasiones y como no podía precisar exactamente los lugares de filmación, se recurre al expediente facíl de “filmada en escenarios naturales de México”, pero sin ninguna mala intención de omitir los sitios exactos. Pero es con lectores como usted que podemos recuperar esa parte en nuestros comentarios.
atentamente
Don Gus:
Tuve la grata sorpresa de encontrarme el comentario de mi amigo Francisco Bautista Pérez sobre Jardín del Mal. Al respecto, déjame decirte que Pancho Bautista es originario de Uruapán, Michiacán, es ingeniero y reside desde hace como 30 años en Chetumal. Él es lo que en el siglo XIX se llamaba un polígrafo y con ello quiero decir que a su dedicación y estudio le debe haberse convertido además de un buen hombre, en un erudito en una gran gama de materias. Es un acucioso historiador de Chetumal, tema sobre el que ha escrito diversos libros, uno de ellos, una espléndida memoria sobre el Ciclón Janet que devastó aquella risueña ciudad en 1955 y está en la memoria colectiva de varias generaciones. Además, Bautista es experto en el Movimiento Cristero y sabe de aviación y ha ejercido brillantemente el periodismo y ahora veo que también, es aficionado al cine.
Su comentario es oportuno y pertinente y me da ocasión de darlo a conocer ya que él es reacio a la publicidad y de enviarle un cordial saludo
Las trampas de la memoria. Vi esta película hace treinta y cinco años o más. Era poco más que un adolescente. En el resabio de la memoria para mi el film se titulaba La Montaña del Oro. También creí que el protagonista junto a Richard Widmark había sido John Wayne y no Gary Cooper. Por otra parte, resulta extraño que yo creyese que el argumento resultara sustancialmente diferente al del film. Pensé que los protagonistas representaban dos conceptos antogonicos de ver la vida: La del hombre progresista quien necesita capital para su sueño de progreso y desarrollo de una tierra inospita pero propicia para la cria de animales y el cultivo. Mientras que su antogonista vive una vida de efímeros placeres y dinero fácil ganado en las trampas del juego de cartas. La mujer es siempre la representación del amor y la prolongación de la vida a través de los hijos. Ambos hombres se disputan su amor, al tanto que deciden ir en busca del oro, cada uno con su respectivo propósito. El desenlace que implica la inmolación como acción igualitaria a la sublimación para que triunfe finalmente la vida progresista; el renoconocimiento de la hermandad de quien advierte la entrega de su “adversario” y el epílogo y la frase final, que aún con las dudas del caso yo escuche como: “Si el mundo estuviera cubierto de oro, los
hombres se harían matar por un puñado de tierra”, parecía extraida de otro contexto, pero si indicaba con claridad la busqueda humana, siempre insatisfecha. En fin, las trampas de la memoria, pero aún así, durante muchos años conserve como enseñanza en sentido pedagógico del cine americano y comprendi que el western era solo un pretexto y se podía hacer un cine de calidad cualquiera fuera el escenario.
Horacio:
Efectivamente la memoria nos juega malas pasadas a los cinefilos, pero si te dijera que muchas de ellas te las encuentras en libros de cine, escritos por doctos en la materia no te sorprendería. Asi que lo mejor es tratar de volver a ver las películas que nos gustaron y checar si es lo que recordamos de ellas lo que mas nos llamó la atención. Aunque con este afán revisionista también corremos el riesgo de llevarnos chascos sobre películas que nos gustaron y ahora que con el DVD volvemos a ellas, no nos explicamos la razón de nuestro entusiasmo por algunas de ellas.
Gracias por hacer comentarios en el sitio