Cine boliviano: Los Andes no creen en Dios
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 1 de Agosto de 2008 | Categorias: Estrenos | Tiempo de Lectura: 7m 38s | Leido 155 veces.
Fuera del llamado Boom Latinoamericano que consagró la obra de los más brillantes talentos de la parte americana al sur del Río Bravo, el quehacer de los escritores consistió en una construcción de la historia no registrada del desenvolvimiento de pueblos con desarrollo extremadamente disparejo entre todos sus componentes; antes de que la cultura criolla de Brasil y el resto del subcontinente impusieran la visión exótica de lo “real maravilloso” que ha sido el principal atractivo pata el mercado mundial (y gran conflicto para el cine, que difícilmente alcanza al estilo literario, salvo , quizá por la obra de Raoul Ruiz y los miembros del “cinema nuovo”).
Esta otra literatura resulta una crónica de “los sin voz”, aquellos para quienes decía escribir el guatemalteco Miguel Ángel Asturias: básicamente los indígenas y los inmigrantes desposeídos. Fue una corriente de gran calidad e impacto que sin embargo se ignoró por un mercado que no admitía el mundo indígena como parte de las realidades del mundo (salvo como curiosidad “científica”), y sin embargo la propia historia de la región ha impuesto esta alternativa y finalmente accede al cine, aunque no a la gran industria sino a manifestaciones modestas auque no por ello menos valiosas, como el caso del cine de Bolivia, que recientemente hizo acto de presencia en un ciclo para la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México.
Quizá la más interesante de éstas películas es Los Andes no creen en Dios, de Antonio Eguino, basado en una novela del boliviano Adolfo Costa Du Rels, autor de exquisito extranjerismo en las letras del país andino (uno tal que lo llevó a tener mejor éxito escribiendo y publicando en francés entre los propios galos) y trata justamente del ascenso de los criollos nacionales cuya influencia sería determinante en la historia sudamericana, solo que para nada hay en la narración, o en la película, apología alguna al criollismo, sino el testimonio de una formación singular por su mestizaje de formas.
La fama mundial de Bolivia se debe principalmente a su enorme riqueza minera y a la docilidad de sus indígenas, dos particularidades de los Andes muy alejadas de la moralidad y el etnocentrismo occidentales que critican el literato y el cineasta con sutil insolencia. Porque la historia del diplomático Alfonso Claros (Diego Bertie) combina la contemplación costumbrista sin paternalismos y la narración de aventuras ochocentista: especialmente la veta que seguía la literatura popular estadounidense respecto de los pioneros del “oeste”, ese solitario singular que descifra la naturaleza, ese Genaro (Jorge Ortiz) que vive en el aislamiento movido por la esperanza de una fortuna permanentemente fugitiva que sería el motor del progreso comunitario.
Pero También se ocupa de los indios, los “cholos”, que forman parte fundamental del trasfondo social constante y de las preocupaciones sociales de los personajes, cuyo nacionalismo fomentado por la iglesia prejuiciosa y autocomplaciente que a favor de su beneficio azuza un nacionalismo irracional (fomentando los rencores por la no lejana guerra del Chaco, en que Bolivia perdió su salida al mar) al mismo tiempo que provoca el prejuicio contra los extranjeros, la chilena de la película ( Claudina- Carla Ortiz) en nombre de una moralidad ambivalente que solamente afecta al sector criollo de las mujeres que no se conforman con su papel doméstico pero se muestran incapaces de la conciencia de sí, una conciencia que se hace aparente en los indígenas que apenas interactúan con los criollos y blancos, pero que permanentemente son las víctimas de su acción.
De una manera diferente Richard Lakani y Kief Davidson van al encuentro de esa conciencia e interacción con su Minero del diablo, un largo reportaje. Encuesta con la familia Vargas, especialmente con el hijo mayor, Bernardino, en su peregrinas del túnel a las aulas escolares, de la mina donde su esperanza de vida es menor a los treinta años y la búsqueda de salida a través de una educación que difícilmente puede alcanzar siendo el soporte de la familia, una educación que formalmente se complementa con las lecciones del capataz que le enseña a manejarse en los fondos de la montaña, que le entr4ega lecciones de una historia vista permanentemente como de explotación, de imposición en la que el indio solo tiene la obediencia como opción y el sueño de emigrar, de irse lejos: “…conocer otros países, Europa…”
En este largo documental basado en entrevistas, los autores engloban el mundo indígena no como una curiosidad científica o como ejercicio de etnología, sino como el testimonio vivo de una situación social e histórica que participa de una conciencia que bulle perpetuamente en busca de salida, que espera la oportunidad de convertirse en alguna forma de acción, la que brevemente narrarán Rodrigo Bellot, Donald K. Ranvaud y Robert Bevan en su loca comedia posmoderna ¿Quién mató a la llamita?, extraño engendro derivado de estilos tan disímbolos como la burlesca hiperrealista de Perdita Durango y la sanguinolenta autoflagelación de México, México, Ra-ra-rá, o El milusos.
Porque este es un cine muy alejado de la tradición romántica del cine boliviano que busca en las raíces indígenas y en la confrontación con los españoles la razón de su actualidad, es una forma de ver el mundo y expresarlo a través de la pantalla mediando la conciencia de un mundo en caos, de una necesidad política que se aleja de las líneas militantes abordadas continuamente por cineastas como Sanjinés, que aborda la perspectiva individual de un proceso colectivo, que no desprecia la burla sangrienta al mirarse a sí mismos como nación y como cultura.
En esta última comedia se retrata con brutalidad las aventuras de una pareja de cholos cansados de ser ellos mismos en un mundo donde no tienen más sitio que el servicio y la humillación, que desafían a la vida para enredarse, no siempre por voluntad, en los procesos de corrupción social irreversibles que sufre en sí todo el continente, y se enredan en la inevitabilidad del sino trazado por los propios errores, pero sin jamás acercarse a la conciencia de su error, sino de la presión externa, de la que se burlan mediante la autoflagelación moral en que están envueltos, con y sin racismo, todos sus coterráneos, incluso en las esferas más altas de la política.
Como nota extra que vale la pena destacar, en la película se critica duramente al diputado Evo Morales, que “viaja cómodamente” mientras los cholos llenan los caminos estorbándolos, y en la crítica que se acompaña de una panorama casi total de Bolivia y sus regiones, presta la explicación de los procesos políticos y sociales que en la actualidad pasa el país: el divisionismo amañado de los poderosos en las regiones agropecuarias del país, donde la droga y el tráfico de armas trazan las líneas de un poder que no se ajusta a la visión del mundo que imponen las comunidades indígenas que, ahora, tienen el poder político y escalan el económico.
Así como en Minero del Diablo Augusto Céspedes hace la crónica de una de la frustración ante el poder económico enfrentado al poder trasnacional, y como en Huasipungo, del peruano Jorge Icaza, se retrata el sufrimiento de los indígenas ante la incomprensión de valores impuestos, en este nuevo cine andino, más que simplemente boliviano, se escala hacia una visión del mundo cuyas directrices se adentran en un cinismo honesto que encara la realidad con menos velos de ideología y más comprensión de las realidades de un mundo que no es ni indígena ni criollo, sino de nuevo cuño con nuevos retos y formas de enfrentar los problemas que no responden a los moldes tradicionales de lo que llamamos “occidente”, pero tampoco es ajeno a las realidades globales de la nueva cultura que se forja apenas, y que debe ser tomada por el yugo antes de que nos arrastre por el surco.
Filmografía:
¿Quièn mató a la llamita ? D. Rodrigo Bellot Donald K. Ranvaud y Robert Bevan. Con: Erika Andía, Miguel Valverde, Cacho Mendieta, Pablo Fernández, Guery Sandoval. Guión: Juan Crisatobal Ríos Violand. BOL/ESPÑ/CHIL. 2006.
Andes no creen en Dios, Los. D. Antonio Eguino. Con: Diego Bertie, Carla Ortiz, Milton Cortéz, Jorge Ortiz. Guión: Antonio Eguino, basado en la obra de Adolfo Costa Du Rels. BOL/CHIL. 2007.
México,México, ra-ra-rá, o La Grilla. D: Gustavo Alatriste. Con: Héctor Suárez, Manuel “Flaco” Ibáñez, Gloriella. Guión: G. Alatriste. MÉX. 1979.
Milusos, El. D. Roberto G. Rivera. Con: Héctor Suárez, Rafael Inclán, Alberto Rojas “el caballo”. Guión: Ricardo Garibay. MÉX. 1981.
Minero del diablo, El . (The devil’s miner). D. Richard Lakani y Kief Davidson. Con : Basilio Vargas, Bernardino Vargas, Vanessa Vargas, Braulio Jancko. DOCUMENTAL . BOL/ALEM/ESPÑ./MEX. 2005.
Perdita Durango. D. Alex de la Iglesia. Con: Rosie Pérez, Javier Bardem, Harley cross. Guión: Barry Glifford conforme a su novela. EUA/MÉX/ESPÑ. 1997
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