Hancock, del cine como nueva iglesia.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 24 de Julio de 2008 | Categorias: Cine Norteamericano, Fantástico | Tiempo de Lectura: 8m 10s | Leido 120 veces.
El héroe es un ser doloroso y solitario, la crónica de sus hazañas, desde las rapsodias de Homero hasta la sistematización de John Campbell, demuestra que en realidad es un mártir que asume y sublima nuestras necesidades físicas y espirituales, cristaliza nuestros deseos y luego desaparece para quedar tan solo como un símbolo, algo así se dice sutilmente en la película Hancock, de Peter Berg.
Cualquier lectura superficial de esta película resulta desconcertante, la forja del personaje solo tiene la ventaja de contar con el actor Will Smith, que se ha erigido en el héroe de ciencia-ficción por excelencia del siglo XXI, sin embargo el personaje de John Hancock es demasiado singular: participa lo mismo de la pasión adolescente que han creado para Kal-El-Clark-Kent los escritores Alfred Gough y Miles Millar en televisión, pero también tiene mucho del Christopher Reeve drogado y brutal del Superman II de Lester, igualmente del despectivo y decepcionado personaje creado por Bruce Willis para el género en Armagedón y en El quinto elemento.
En realidad Hancock es una especie de fruto de la televisión, un engendro derivado de los servidores públicos decepcionados luego del septiembre once en Emergencias urbanas, esos policías, paramédicos y bomberos desconcertados ante la indiferencia de las multitudes que sin ellos están indemnes, un poco el retrato el ciudadano decepcionado frente a todo lo exterior a sí mismo y no muy convencido de su propia valía, aunque no ceje en su quehacer social.
También está emparentado con los desconcertantes personajes de Dr. House, 4400 y Héroes; ese grupo de repulsivos escépticos cuya individualidad sobrevive milagrosamente en una sociedad carnívora y que en Hancock-Smith se acentúa desde su aparición en un despertar alcohólico y paria.
Más brutal resulta la frágil presencia de Charlize Theron como una antagonista natural de carácter involuntariamente destructivo: porque es la naturaleza contraria de la masculinidad, la castradora por naturaleza que todas las viejas supersticiones han ubicado en la mujer, que han consagrado las religiones como factor de dominio sobre la potencialidad reproductiva y reproductora de lo femenino en una sociedad donde al varón se le reserva el papel de proveedor y combatiente, pero la sorpresa que nos depara la cinta es que esta capacidad de fuerza y lucha es mayor y mejor en lo femenino, salvo la conciencia.
En la confrontación de los componentes humanos la película nos enfrenta a la necesidad “natural” de la separación, del individualismo nihilista, porque la pareja es una forma de convivencia que debilita y hace vulnerables a cada uno de los componentes, seres que, por otra parte, no sabemos qué o quienes son, en un diálogo notable Hancock pregunta a la rubia quiénes somos: “…Dioses, ángeles, cada cultura nos llama con diferente nombre; ahora nos dicen superhéroes…”, y nos dejan el la certidumbre de que son especiales, tanto como lo deseamos fervientemente cuando la realidad nos decepciona tanto en lo exterior como en lo interior de ser humano.
Es un producto de cierta línea de lo fantástico que se ocupa de la mitología judeo-cristiana y del Islam, un asunto que ha sido tratado extensivamente como tema de corte marginal en muchas cintas, pero que en Soldados de Dios y en Constantine se abre al público con cierto tipo de propuesta moral ambigua y extraña, aunque no muy lejana de los temas del modernismo, al menos en su fase romántica: la lucha de dios contra los Ángeles caídos.
Esta vieja veta del romanticismo explora la piedad cristiana por Luzbel y sus hermanos en la guerra que propone Milton para su Paraíso perdido, y que en el Corán sirve de trasfondo a la rebelión de Gabriel a favor de Alá y pretendiendo devolver su condición de estirpe divina a Luzbel, reconsiderando las razones del Jehová judaico para condenar la rebelión, esa lucha que según Milton sitúa al ángel rebelde y a sus seguidores en el territorio medio del universo, entre los seres humanos, a los cuales son superiores pero no totalmente; de alguna manera esta es la estirpe donde podemos situar mejor a los superhéroes de historieta, seres de fuerza y poderes por encima de los humano, salvo por el alma, que comparte la inmortalidad (una condición que la televisión de Oceanía ha puesto en duda con las hazañas de Xena, la princesa guerrera, que a lo largo de toda la serie ha destruido a todos menos a los de la mitología nipona, quién sabe por qué).
Pero son unos superhéroes que no se parecen en nada a los dibujados (que al verlos Hancock designa como “mariquita, o mariquita con capa”) y en su juicio caben todas las dudas que hemos tenido los lectores de historietas desde el principio de nuestras lecturas: ¿Cómo es la intimidad de Superman? ¿No se siente mal en esas mallas con los calzones por fuera? ¿No se siente solo y angustiado sin una mujer, sin vida sexual? Pero sobre todo: ¿no se cansan de hacer el bien y destruirlo todo para salvar al mundo?
Afortunadamente Brad Bird ya nos explicó mucho de ello en Los Increíbles, nos hizo evidente la relación de esos superfuertes con el resto de nosotros, los débiles mortales, que estableceríamos una relación de envidia y rivalidad con ellos, desataríamos una fuerte cantidad de demandas contra sus acciones tan solo para compensar la debilidad ante su poder y su actividad.
Y Hancock ha de pagar ese precio, pero voluntariamente, o al menos lo hace convencido por Ray (Jason Bateman) de que su situación social depende de una actitud de aceptación y tolerancia, de amoldarse a las leyes sociales de comportamiento, someterse a terapia como cualquier alcohólico y aceptar una pena en la cárcel local, donde conocerá al conjunto de sus enemigos, aquellos a quienes internó en el penal y buscarán la venganza que nos revele que su “inmortalidad” desaparece como efecto del amor.
Porque aquí nos recuerda a Castaneda y sus enseñanzas de Don Juan, donde señala que las relaciones (los hijos, dice concretamente) son huecos en el poder de un hombre, solo que en este caso lo son también para una mujer: la Theron habrá de morir por la cercanía con Hancock igual que él sufrirá con las heridas de ella. Pero la receta es clara: separados conservan su poder, su inmortalidad, su independencia.
Hay en el guión de Vi Vincent Ngo y Vince Gillian una llamada a reconsiderar el postmodernismo, a replantear nuestra relación decepcionante con el mundo, a observar en la realidad de la vida en pareja una extraña meta de individualismo que reduce la vida sexual a un encuentro fortuito que puede fructificar en reproducirse (Hancock y su “hermana” tienen a Erick, orgullo de Ray) o en la satisfacción de la relación física, pero toda conservación es inútil, desgastante, el verdadero destino del hombre posmoderno es el aislamiento, la individuación y la asunción de la soledad como parte entitativa de existir.
Extraño contenido de un divertimiento que seguramente pasará incólume, pero que bajo la superficie burlesca presenta una enorme carga crítica hacia lo que vivimos cotidianamente en la sociedad del consumo, la abundancia y el aislamiento, del un aburrimiento que exige cada vez más diversificación y se contradice obligándonos a la concentración especializada en lo laboral, lo emocional y hasta en lo fantástico; quizá la más sorprendente novedad de la cinta es la alternativa que da el director a la pregunta de ¿Cómo se rasura el hombre de acero si el acero o le hace nada?: con las uñas, según lo demuestra Smith en una secuencia breve y clarificadora de la autosuficiencia de los inmortales, una autosuficiencia que ninguna iglesia había planteado y que ahora, con esta prédica en favor del individualismo feroz, asumen los realizadores como prédica de un evangelio apócrifo a favor de la desesperanza, de la religión del sí mismo por encima de todo, pero sin dejar de ser porque solo se es en relación de lo que los otros saben y demuestran de lo que somos.
Filmografía:
Hancock. D. Peter Berg. Con: Will Smith, Charlize Theron, Jason Bateman. Guión: Vy Vincent Ngo y Vince Gilligan. EUA. 2008.
Smallville. D.Juan Carlos Castellanos y Francisco Jiménez. Con: Tom Welling, Kristine Kreuk, Michael Rossenbaum, Erica Durance, Allison Mack, John Glover, Annette O’Toole, John Schneyder. Guión: Alfred Goug y Miles Millar. EUA. NBCTV. 2008.
Superman II. D. Richard Lester. Con: Christopher Reeve, Terence Stamp, Margot Kidder, Gene Hackman. Guión: R. Lester y R. Donner. EUA/GB. 1980.
Armagedón. (Armageddon). D. Michael Bay. Con: Bruce Willis, Billy Bob Thornton, Liv Tyler, Ben Affleck. Guión: Tony Gilroy, Shane Salerno, Robert Ray Pod, Jonathan Hensleigh, J. J. Abrams. FX. Pat McClung y Richard Hoover. EUA. Touchstone/Valhalla. 1998.
Quinto Elemento, El. (Fifth Element) D. Luc Besson. Con: Bruce Willis, Mila Jovovich, Gary Oldman. Guión: Luc Bessson. EUA. 1997.
Dr. House. D: David Shore. Con: Hugh Laurie, Lisa Edelstein, Omar Epps, Robert Sean Leonard. Guión: David Shore y Lawrence Kaplow. EUA. 2004-2008.
4400. D. René Echevarría y Scout Pters. Con: Jacqueline McKenzie, Joel grescht, Patrick Fluegger. Guión: Scout Peters y René Echavarría. EUA. 2004-2008.
Héroes. D. David Semel. Con: Santiago Cabrera, Tawny Ciprés, Noah Gray.Cabel. Guión: Tim Kring. EUA. 2006.
Increíbles, Los. D. Brad Bird. Con (voces): Craig Nelson, Holly Hunter, Samuel L. Jackson. Animación por computadora. Guión: B. Bird. EUA/FRAN. DISNEY/PIXAR. 2004.
Soldados de Dios, Apocalipsis final.(The Prophecy II). D. Greg Spence. Con: Jennifer Beals, Brittany Murphy, Steve Hytner, Glenn Danzig y Eric Roberts. Guión: Matthew Greenberg y Greg Spence, basados en los personajes creados por Gregory Widen. EUA/GB.










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