Montgomery Clift y su mirada*

Escrito por José de la Colina on Jul 23rd, 2008 y archivado en Actores y Actrices, Crítica Perdurable. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

Todo él era mirada. Una mirada de ojos pálidos, grises en la pantalla. Una mirada que venía siempre desde adentro, desde el más allá de los ojos, desde una conciencia que repetía una y otra vez, innumerablemente, el acto de despertar ante un mundo en el que la realidad es otra cosa que el sueño. La mirada del hombre joven a la deriva, frágil aunque voluntarioso, en busca siempre de algo que quizá el mismo desconocía, pero que era lo único por lo valía la pena luchar, vencer o perder… De ahí que al interpretar a Freud, al hacer suyo el personaje y el trayecto inquisitivo de aquel buscador de sombras, toda su actuación se concentraría en la mirada, que era la clave única del film, su motivo central.

Sus comienzos cinematográficos se deben a Howard Hawks, que le dio en “Río Rojo” el papel del hijo adoptivo de John Wayne. En este western mineral de espacios abiertos, Clift aparecía como un huérfano abandonado en la llanura, como nacido de la nada, al que Wayne enseñaría el oficio de cowboy, el uso de las armas, la responsabilidad del conductor de hombres y rebaños: la tarea de vivir, en fin; y Clift terminaría siendo un Telémaco opuesto a su padre, haciendo la misma ruta que él pero con otra intención, portador de una abrumadora responsabilidad de adulto sobre sus magros hombros de adolescente. El personaje al que Clift sería fiel en casi todas sus actuaciones había nacido ya marcado por el ansia de la rebeldía moral y por la afanosa busca.

The Search” (La búsqueda), será el título de su segundo filme dirigido por Fred Zinnemann, en el que ahora el padre adoptivo es él, buscando al pequeño judío Karen Malik a través de una Alemania recién arrasada por la guerra, y así parece producirse una especie de desdoblamiento, porque se diría que lo que el joven de los ojos claros persigue amorosamente en ese mundo desolado, para salvarla del caos y de una mortal indiferencia, es su propia niñez.

Tras una primera infidelidad a su personaje en formación (“The heiress” La heredera, de William Wyler, donde hace el papel de un cínico galán cazafortunas) y de su paso por un film mediocre de George Seaton, encuentra el film en que se reconocerá definitivamente: “A place in the sun” (Ambiciones que matan), adaptación de la novela de Dreiser “Una tragedia americana” que permite al ya academizado George Stevens realizar su mejor obra. Clift es un Phillip Colmes que va de la provincia a la capital en busca de “un lugar al sol”, es decir de una posición, y que en su camino ambicioso pero indeciso encuentra dos mujeres, Shelley Winters y Elizabeth Taylor, que polarizarán respectivamente su mero deseo físico y su sentimiento romántico, colocándolo en un conflicto que lo llevará a ser culpable de un asesinato no cometido pero deseado y enfrentarse, en un alucinante plano final, con una silla eléctrica que no vemos y que adivinamos en su última mirada. Ya está aquí todo Montgomery Clift, con su andar tímido, su encogimiento de hombros, su manera tensa y frágil, su aire de eterno extranjero, al que Elizabeth Taylor dice, en un abrazo: Siempre me abrazas como despidiéndote”. Porque, si, había en su presencia una constante contradicción, una sensación de ausencia que hacia que sus entregas, aún en el amor, parecieran mas bien fugas, deseo de estar en otra parte, siempre en otra parte, como decía no sé que personaje de Pushkin.

Esa su increíble fragilidad que le deperaba todas las derrotas, convirtiéndolo paulatinamente en una de los grandes trágicos del cine norteamericano, se revela aún más dolorosa cuando en el film de Hitchcock “I confess” (Mi secreto me condena) es un joven sacerdote que resulta a ojos de la sociedad, por su acatamiento del secreto de confesión, culpable de un asesinato cometido por otro. El inexorable destino de chivo expiatorio, ya esbozado en sus filmes anteriores, adquiere aquí el carácter de pesadilla tan propio al desarrollo de los filmes de Hitchcock. Clift es el que carga sobre sus espaldas el pecado, la culpa, el destino de los demás, y no precisamente por solidaridad, sino más bien porque su condición de solitario entre los hombres parece señalarlo como involuntario responsable.

Stazioni Termini” (Indiscreción de una esposa), film de Vittorio de Sica y su inseparable Zavattini, nos muestra a Clift como un estudiante italiano que tiene un fugaz amor con una norteamericana casada, a la que buscará y encontrará brevemente en la estación terminal de Roma, poco antes de que ella, Jennifer Jones, parta para siempre. El enamorado quedará solo, en medio de gente apresurada, saboreando el amargor de un amor fugaz, hecho de desencuentros e incertidumbres.

From here to eternity” (De aquí a la eternidad), film realizado por Zinnemann y basado en la áspera novela de James Jones, coloca a Clift en el ejército norteamericano como soldado taciturno, al margen de los otros, antiguo boxeador que carga con el remordimiento de haber dado un golpe falta a un adversario, músico aficionado que emite su angustia en desgarrados solos de trompeta. Rodeado de soldado insensibles, acosado por superiores brutales y crueles, enamorado de una “fichadota” de cantina, amigo de un italiano aún más frágil que él, Clift se convierte en desertor para luego morir, acribillado por una patrulla norteamericana, cuando trataba de reincorporarse a sus filas y combatir, al iniciarse la batalla del Pacífico. Esa muerte absurda, irrisoriamente heroica, en la noche y en el caos, será la primera muerte de Clift en la pantalla, quizá la única (a menos que también muera en “Lonley harts” o Corazones sin destino, que no he visto).

Vienen luego dos filmes del vergonzante Dmytryk: “Raintree County” (El árbol de la vida) que es una especie de morosa y parlanchina copia de “Lo que el viento se llevó”, en la que una vez más Clift representa a un joven compartido por dos amores y en busca de algo, en este caso un mítico “árbol de la vida”; y “The young lions” (Los dioses vencidos), donde con el rostro ya alterado y marcado por un accidente automovilístico ocurrido durante la filmación anterior, se le verá convertido en soldado que sufre los ultrajes de sus superiores y de sus compañeros por llevar un nombre semita. La crítica francesa verá en el Clift de esta época una proclividad a papeles de masoquismo casi intolerable. Esta consideración es abusiva, porque no se ve en el personaje ningún goce del dolor, pero es verdad que Clift ha sido hecho para interpretar los soñadores frustrados, los héroes vencidos, los amantes desgarrados, con una intensidad y un lirismo evidentemente románticos.

Elegido por Joseph L. Mankiewicz, uno de los grandes cineastas malditos de Hollywood, para interpretar en “Suddenley last summer” (De repente en el verano) el papel de un sicoanalista que busca la verdad escondida en una turbia historia de amores “anormales”, pasiones edipianas y aberraciones mentales, Clift se introducido en una especie de jardín depravado, entre flores del mal que intentan asfixiar a una Elizabeth Taylor que se aferra a él para salvarse. Personaje premonitorio del de Freud en “Pasiones Secretas”, el doctor Cucrowitz hurga en el pasado del personajes monstruosos (un esteta homosexual que ha sido devorado por seres primitivos que corrompió; una madre que es a la vez planta devoradora e instrumento de atracción para su hijo, el director venal e inconciente de un sanatorio, dispuesto a confinar a la Taylor en una falsa locura) y ya a través de su mirada fascinada e inquisitiva puede irse leyendo todo el drama.

La vocación heroica del personaje se define en uno de los mejores filmes de Elia Kazan “Wild river” (Río salvaje), donde Clift aparece como un empelado del gobierno rooselvetiano que intenta llevar el progreso a un Sur de los Estados Unidos atrincherado en su pasado inmóvil. El hombre triunfa después de sufrir una atroz paliza, de ser tragado eróticamente por Lee Remick, de luchar penosamente con una vieja “gran dama”.

El masoquismo apuntado por algunos críticos surge, ahora si indiscutible, cuando Montgomery interpreta en “The misfits” (Los inadaptados), de John Huston, a un vaquero que va de rodeo en rodeo y de caída en caída, don Quijote sin causa, tratando de romper el inevitable cordón umbilical que le une a su madre y de suscitar la fácil compasión de Marilyn Monroe. He aquí uno de los filmes más bellos y menos comprendidos de Huston, y también uno de los más desagradable de ver ahora, porque sus tres intérpretes principales (Monrfoe, Gable y Clift) habrían de morir poco después, introduciendo a posteriori en este “canto a la vida” un tono elegíaco, casi fúnebre. Desgraciadamente, sólo hacia el final de su carrera encontró Clift el director para el que estaba predestinado.

Tras su breve pero memorable aparición en Judgment at Nuremberg (Juicio en Nuremberg), de Stanley Kramer, como un sicópata “esterilizado” por los nazis que cuenta en el célebre proceso, reticente y con la mirada perdida, su drama de ser “inferior”, Clift vuelve a encontrar a Huston para lograr el más bello, profundo y maduro personaje de su carrera: el Freud de los años de descubrimiento del psicoanálisis. Un Freud solitario en su busca de la verdad, adentrándose, con una mirada que refleja horror y fascinación, en las honduras cenagosas y sombrías del subconsciente, en busca de unos monstruos de la menta que son también sus propios monstruos. Hay que repetirlo: “Pasiones secretas” es, más que una biografía, más que la dramatización de una serie de casos, la aventura de una mirada por hacer luz en la noche oscura del alma. Mirada de Freud que descubre que el hombre no es dueño de su alma: mirada de Montgomery Clift que se descubre a si mismo en el personaje y que a través de sus pálidos y magníficos ojos nos dice quién es, qué busca, a que implacable destino se enfrenta.

Vienen un film en Francia, al parecer anodino; el proyecto de filmar con Huston un tercer film (“Reflejos en un ojo dorado”), después de cuatro años en blanco (los productores lo consideraban un tipo difícil); y, el 23 de julio de 1966, a los 46 años de edad, tras 18 años de cine y 17 filmes, la muerte súbita, solitaria, durante el sueño en un departamento de Nueva York.

Había terminado su busca: una mirada que nunca se volverá a repetir.

Nota

(La categoría de Crítica Perdurable se utiliza para distinguir textos de críticos e intelectuales, quienes en algún momento se han acercado al cine, con una mirada –diría Francisco Sánchez- “tercamente personal”, al igual que una lucidez, que trasciende la coyuntura de la realización del escrito, para una columna dominical de periódico, las cuales pretendemos ir recuperando para los aficionados de ahora, que van descubriendo, en su aprendizaje de cinéfilos, a directores, actores, guionistas y películas que han quedado como obras señeras del cine. José de la Colina público su acercamiento a la obra y personalidad del actor Montgomery Clift, en el número 137 del suplemento cultural del periódico “El Heraldo de México”, el domingo 23 de junio de 1968).

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1 comentario en “Montgomery Clift y su mirada*”

  1. Anónimo dice:

    Un artículo escrito con gran conocimiento y amor al cine además de una profunda admiración hacia el actor.

    Mis felicitaciones por ese homenaje a Montgomery Clift.

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