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El fin de los tiempos, de terrorismo y mitos.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 28 de Junio de 2008 | Categorias: Ciencia Ficción, Estrenos | Tiempo de Lectura: 8m 10s | Leido 135 veces.

El fin de la humanidad es un tema querido por la ciencia-ficción clásica, ya lo hemos notado con el estreno de Soy Leyenda, pero lo que en el cine es más delicado es el pesimismo respecto de este final posible, y proviniendo de un director como M. Night Shyamalan resulta todavía más singular, especialmente cuando es la primera ve que el tema de la religión o la mística no ocupa el centro de atención para esta Fin de los tiempos.

Desde Sexto sentido este director nos confrontaba con los engaños de los sentidos, sobre la falsa naturaleza de la realidad a partir de los fenómenos de la mente infantil y no tanto, la indefinición real entre la vida y la muerte a partir de la relación que establecemos con el entorno, y ya con Mel Gibson como protagonista en señales hacía una reflexión acerca de la fe religiosa, de la necesidad de mística en la existencia cotidiana, y su confusión ante las realidades de la ciencia o del espectro de conocimiento que abre ante nosotros: la posibilidad de vida no terrestre que seamos incapaces de entender o de contactar humanamente.

Básicamente el tema central de este extraño director parece ser la naturaleza y función del misterio, una aproximación insólita al conocimiento a partir de lo que no es, de la incertidumbre ante los fenómenos del mundo que nos rodea, y así en este “acontecimiento” (porque es mucho más explícito el título en inglés, happening), un mundo que para el género de ciencia-ficción es una ilusión en la medida que algún accidente imprevisible puede transformar radicalmente a pesar de toda la buena voluntad que podamos tener, es así que Iserwood Williams (en La tierra permanece)o Francis Lawrence (en Soy Leyenda) enfrentan una catástrofe súbita que aniquila a la humanidad enfrentándolos a la soledad y el deseo de sobrevivir en sociedad, algo así es el centro motor de estas utopías negras donde el individuo se enfrenta a ser verdaderamente aislado y recapacitar sobre el valor de la comunidad. En la cinta de Shyamalan aparece la misma reflexión, aunque con matices demasiado actuales.

La aparición de una especie de síndrome de suicidio comienza a esquilmar a los habitantes del noreste de los Estados Unidos, la primera reacción es sospechar un acto terrorista: una prolongación de la paranoia nacional que después del once de septiembre vio en todas partes ataques con ántrax o cualquier otra arma biológica por todo el territorio norteamericano (incluyéndonos a nosotros y a Canadá); en la película la actitud oficial, o gubernamental si se prefiere, es recurrir a las medidas de evacuación y al consiguiente pánico masivo.

Hasta aquí Shyamalan parece satirizar sencillamente la política de terror que todavía permea la vida cotidiana de los estadunidenses, y lo hace de forma lenta y explícita hasta el punto de que apenas antes de fastidiarnos se convierte en un factor de horror ante la imposibilidad de actuar contra los efectos nocivos del miedo en individuos y en la masa, pero a través de sus personajes nos retiene en lo humano básico, en las pequeñas reacciones que nos permiten identificarnos con la situación y absorber su absurdo como una posibilidad no muy alejada de la realidad cotidiana.

Claro que lo curioso viene después; a diferencia de otras películas de misterio donde el nudo dramático se desliza hacia una solución del misterio, hacia el descubrimiento de las causas del mal presentado, en El fin de los tiempos comienza la acción de la mente humana sobre el medio: la reflexión sobre la naturaleza de la amenaza se transforma en una nueva ilusión, en una especulación gratuita que tiene mucho de pensamiento mágico o místico y poco de mentalidad racional, como promete el oficio del personaje principal, un maestro de ciencias (Mark Wahlberg) que en vez de observar y calificar el fenómeno que enfrenta cuestiona a los demás (sus alumnos) sobre lo que sucede y termina por aceptar las reflexiones ilógicas que hacen más aceptable la incongruencia de la situación.

Así es como nos enteramos de que pueden ser las plantas las culpables, de que el gobierno excluye toda utilización de una sustancia artificial para provocar el síndrome del suicidio, que ha llegado a la conclusión de que es un elemento “natural” el causante y no falta el científico de televisión que explica que las plantas deber ser capaces de emitir la sustancia que daña a los humanos, solo que jamás lo justifica lógicamente, tan solo es una más de las aseveraciones de locutor televisivo.

Para nosotros espectadores tan solo es un soplo de viento que reconocemos por el movimiento de las plantas y el ruido cuando silba entre ellas, o el vuelo de las cabelleras, lo demás es tan solo fruto de una comunicación inacabada entre los individuos, de una utilización del lenguaje equívoca e incompleta, una prolongación de las territorialidades individuales que llamamos reserva o timidez, pero en realidad es una educación que prepara a los individuos para reservarse y mantener la comunicación como un patrimonio útil para el dominio, para la auto conservación ajena a los otros.

El horror se acentúa por la breve utilización del Gore para ilustrar la enajenación por los medios: un noticiario transmite en directo cómo un tipo es devorado por leones en un zoológico y él mismo se entregó a ellos; en la confrontación de las situaciones y lo que de ellas dicen los participantes Shyamalan plantea lo que podría entenderse como una muestra de cual es el contenido del sentido común (dejándolo más con el significado de sensación que con el de razonamiento): una confusión de datos dispersos acerca de todos los sujetos que solo se unen mediante el sofisma de lo semejante.

Shyamalan se burla del ser humano del siglo XXI, de esa individuación furiosa que no concibe más tiem0po que el presente ni más persona que el Yo, que acepta la comunidad no como contrato social sino mercantil, que reserva todo compromiso más allá de la piel a un trato de intercambio, sea utilizando el sexo, los sentimientos, la profesión o las creencias, y todo lo hace con una ceguera de sí que no le ubica con los otros sino ante ellos, que cree a la naturaleza un ser independiente del humano y separada antológicamente de lo que somos, y al mismo tiempo se burla del misticismo porque desde la puerta del razonar anterior solamente es superchería y necesidad de confirmación a sus temores de estar indefenso ante el universo, de que hay que vencer a los demás para, cuando menos, no ser menor que los otros.

Pero también se burla de las creencias en general, de la necesidad de aceptar sin constatación racional acerca de los seres del mundo, de mantener una visión distanciada del universo tan solo porque no quiere comprender que los defectos que encuentra en ese universo están igualmente en sí, es un cine que se desenvuelve lenta y dolorosamente pero no para convencernos, sino para sensibilizarnos acerca de qué es la razón y cómo nos puede servir, es una protesta contra la trampa cerrada del postmodernismo que postula el absurdo como dominio universal y a ciertos hombres (los poderosos, desde luego) como controladores potenciales de todo, aunque el planeta entero esté probando lo contrario), quizá por ello Shyamalan aborda el absurdo de creer a las plantas enemigas del hombre que provocan su extinción.

Filmografía:

Fin de los tiempos, El. (The Happening). D. M. Night Shyamalan. Con: Mark Wahlberg, Zoey Deschannel, John Leguizamo. Guión: M. Night Shyamalan. Fotografía Tak Fujimoto. EUA. 2008.

Señales. (Signs). D. M. Night Shyamalan. Con: Mel Gibson, Joaquin Phoenix, Rory Culkin. Guión: M. N. Shyamalan. EUA. 2002.

Sexto sentido. (The sixth sense). D. M. Night Shyamalan. Con: Bruce Willis, Haley Joel Osmend, Olivia Williams. Guión: M: N: Shyamalan. EUA. 1999.

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