A principios de los cincuenta la MGM, a través de varias cintas, fue estableciendo a Elizabeth Taylor como la bella representante de la chica americana rica, cuyo padre la consentía en todo, aunque no necesariamente conseguía cuanto deseaba, sobre todo en cuestiones de amor, pues como señala Foster Hirsh en su libro sobre las películas de la actriz: “rica y envidada, protegida y privilegiada, es no obstante una mujer vulnerable e insatisfecha”, para agregar: “en los cincuenta, la Taylor se desliza como un cisne por un mundo de servicio de café de plata y discretos sirvientes, fiestas al aire libre y fines de semana en el campo”.
Uno de esos delirantes melodramas con los cuales la MGM la convirtió en una gran estrella, tan de gusto de los cinéfilos de la época, fue “Rapsodia” (Rhapsody, 1954) dirigida por Charles Vidor, en el cual, obviamente, tratándose de una mujer rica, con aparentemente todo para ser feliz, las contrariedades y avatares en su vida tienen que ser ha causa de conflictos amorosos. La joven Louise Durant (Elizabeth Taylor) cree encontrar el amor en Zurich, donde conoce al ambicioso violinista Paul Bronte (Vittorio Gassman), con el que anhela casarse, pero el muchacho tiene clara su meta de terminar sus estudios en el Conservatorio y convertirse en un gran concertista, antes que en el perrito faldero de la rica heredera: en tanto al virtuoso pianista James Guest (John Ericson) se le cae la baba por Louise, arrojándose a la bebida, a causa de las desidias y menosprecio de la muchacha. A la postre, Louise, tendrá que decidir quién de los dos muchachos permanecerá a su lado, en esta cursi historia de amor, a la cual los excesos de sus diálogos con frases como “para pegar a un hombre levántalo primero y después lo dejas” y una música romántica harto pegajosa, eran (son) “ganchos al higado” a nuestra sensibilidad, que quedábamos arrobados, sobre todo por la bellaza de Elizabeth Taylor, enfundada en sendos vestidos diseñados por Helen Rose, que realzaban su figura, sobre todo uno en rojo.
El director musical de “Rapsodia” fue Johnny Green, quién utilizó, sobre todo, en varios momentos el “Concierto en D Mayor para Violín y Orquesta” de Peter Ilych Tchaikovsky y el “Concierto #2 en C Menor para Piano y Orquesta” de Sergei Rachmaninoff, así como variaciones de los mismos, que suele ser uno de los elementos para que destaque el film por su fondo musical, aunque me resisto a considerar que “Rapsodia” pueda estar catalogada como una comedia musical. Es simplemente un melodrama arrebatado con una destacada banda sonora, grata para los melómanos, resultando un auxiliar eficaz, para tragarnos la sensible historia de amor de Louise.
Cuando el estreno de “Rapsodia” el New York Herald Tribune comentó que “el film es un recurso para mostrar a la señorita Taylor vistiendo prendas atractivas, sollozando en la soledad o radiante en un concierto…Su animación es solo la animación de una muñeca manipulada por alguien que está tras la escena. En estas difíciles circunstancias, sin méritos del libreto o la dirección, incluso su belleza evidente y auténtica, a veces parece falsificada”.
En principio el papel de Paul Bronte sería interpretado por Richard Burton, pero al prolongarse el rodaje de “El Manto Sagrado” (The Robe, 1953) la MGM no quiso esperarlo y lo sustituyó Vittorio Gassman. Así que en el plano del “hubiera”, queda la especulación sobre lo que habría pasado si en esa época entran en estrecho contacto Burton y la Taylor y no nueve años después con el rodaje de “Cleopatra”.
El ya citado Foster Hirsh considera en torno al film y la actriz: “El tema principal en “Rapsodia”, su vehículo estelar de 1954, que inconscientemente la sabotea al mismo tiempo que está construido en homenaje a su belleza”.
“Otra mujer rica y mimada, otra hija rebelde de otro hombre acaudalado, Liz es el elemento destructor de la vida de dos músicos. Por ser una chica con todo su tiempo disponible, anhela atención. Así, mientras Vittorio Gassman practica escalas concertadamente, la pobre muchacha rica le hace cosquillas en los oídos o se reclina lánguidamente en divanes elegantemente tapizados. La chica no es mala, ya lo habrán comprendido, ni mezquina: si es una sangradera se debe a que no ‘hace’ nada más que pedir amor. Es la femme fatale sin proponérselo, la ociosa flirteadota, decorativa pero inútil”.
“Como es habitual, la Taylor interpreta a una mujer que no puede ni tiene que hacer nada. Los genios son los hombres. Gassman, campeón de la tenacidad, no mezclará el trabajo con el placer; para esta mula, el violín es primero –su arte antes que Liz. Pero John Ericson, pianista brillante, no puede resistir tan fácilmente los encantos taylorianos y se rinde, dándose a la bebida, a causa de la excesiva tirantez de una vida con Liz y sus millones”.
“La Metro permitió que la Taylor se autorredimiera. Es la chica díscola que no se ha extraviado de modo permanente sino temporalmente: permanece junto a él el tiempo suficiente para rehabilitar su decaído genio y restablecerle en un lugar de honor en el mundo musical, así como para adquirir sus propias credenciales como persona decente después de todo”.
En tanto Alexander Walker en su libro biográfico “Elizabeth Taylor” nos dice: “Rapsodia, que se estrenó en 1954, fue una película absurda. Sin embargo reveló inmediatamente hasta que punto la maternidad había hecho florecer la belleza de Elizabeth. Además el vestuario de Helen Rose, una de las excusas que tuvo para hacer la película, era perfecto para el papel de la heredera que interpretaba, cuyo amor obsesivo por el músico la hacía seguirlo a través de dos continentes y la lleva a un intento de suicidio cuando él antepone la música al matrimonio. Ahora, haga lo que haga, posee una fuerza total para captar la atención del público. Además la MGM sabe perfectamente que no puede haber interés dramático a menos que alguien, o algo, haga alusión a la chica que lo tiene todo”.
“-Se gana el corazón de los reticentes (los hombres) por la fuerza de su valor más que por sus encantos naturales- dijo un crítico de Look, comentando los amores de ‘Rapsodia’ que la habían rechazado. El público no la veía simplemente como una bella heredera, sino como una voluntariosa cazadora. Nuevamente, como en la última película que hizo para la MGM, tenía un padre playboy (Louis Calhern esta vez) cuyos mundanos consejos suenan como un comentario sobre la naciente personalidad de Elizabeth Taylor”.
“-Tienes la necesidad neurótica de que te necesiten- le dice él, y luego pregunta-: ¿Acaso te privo yo que hagas algo?”.
-No, desgraciadamente –replica ella. Y hay toda una vida condensada en este diálogo”.
La apostilla de Walker es parte de la tesis de su libro, en cuanto que la actriz tomo, literalmente, como parte de su educación sentimental y forma de percibir el mundo, como fuente primaria, muchos de los diálogos y posturas de sus personajes, llegando a confundir o mezclar conceptos y actitudes en su comportamiento en la “vida real”, sacados de la ficción de los sets cinamtográficos.
Pero más allá de estas disquisiciones psicologistas sobre la personalidad de la actriz, nos queda en el recuerdo una de sus inolvidables interpretaciones en “Rapsodia” la cual, por cierto, pasa con cierta frecuencia en el canal de TCM Classic Hollywood, estando programada para ser proyectada este lunes 16 de junio a partir de las 12.00 hrs. (Tiempo de México), en que podrán admirar a Elizabeth Taylor, en un desaforado melodrama, cuya visión, se justifica, entre otras cosas, por gozar de la belleza de la actriz en la plenitud de su juventud.
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Se trata de una de mis pelìculas favoritas, porque tiene de todo, es entretenida, un fondo musical extraordinario, una interesante historia de amor y, sobre todo, una Elizabeth Taylor en la plenitud de su belleza, que cuànto màs se la admira uno se pregunta còmo puede ser tan perfecta.