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Verdades que matan o Ciudad del silencio de Gregory Nava.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 21 de Mayo de 2008 | Categorias: Cine de Siempre en DVD, Policíaco | Tiempo de Lectura: 13m 20s | Leido 251 veces.

Bordertown es un título con estirpe vieja y respetable en el cine de México y los Estados Unidos, ya desde la formación de la imagen yanqui de lo mexicano con Archie Mayo, que fue el primero en utilizar el título para una cinta poco recordada de Paul Muni en su época de aparente amor por lo mexicano (recuérdese que apareció como Juárez en al cinta de William Dieterle), pero sobre todo es una buen índice de la preocupación que tenemos en el norte del continente por la aparición de un nuevo tipo de ciudadano: el fronterizo, y esto justamente me parece que es el tema de Verdades que matan, de Gregory Nava.

Ante todo apuntar el cambio de título: la película ya circuló en DVD en todo el hemisferio (pirata y no) con el de Ciudad del silencio, que realmente decía poco respecto del tema, y al remitirla con el nuevo título a la profesión del periodista y los continuos asesinatos de colegas en la frontera y en todo el país (y el continente, hay que señalarlo) gana público de mayor educación o más interesado en el mundo real que nos rodea, y creo que esta es la intención de Nava al crear esta cinta, que no solo es de denuncia (evidentemente lo es, como todo el cine militante de los chicanos) sino que también es una cinta de ficción (él al define como un thriller y de veras lo es, aunque muy singular).

El tratamiento de lo “chicano” en el cine tiene una historia que ya hemos tratado en otro sitio, de hecho sucede que el tema en sí constituye un subgénero fílmico en sí por cuanto su tratamiento es de una nueva forma de vida y de conciencia que apunta hacia la universalidad, por cuanto se relaciona con la identidad individual, colectiva y de género en tanto la forma de vida atañe lo mismo a problemas de etnicidad que de diferente forma de enfrentar los problemas a partir de pautas culturales conocidas y aparentemente irreconciliables: las de la cultura anglosajona protestante y la hispanoamericana católica y atávica; son formas que en el instante actual crean cuestionamientos políticos y sociales peliagudos que ya no pueden pasar por alto los grandes intereses económicos y políticos de las grandes potencias.

Para el problema directo de que trata la película (el asesinato masivo de mujeres en la frontera norte de México, concretamente en Ciudad Juárez) la propuesta es común: se mira como un delito común, como un ejercicio de la nota roja donde el profesional (Jennifer López y Antonio Banderas) se juegan la vida ante intereses inescrutables, que, en principio sospechamos, dentro y fuera de la película, que se relacionan con el narcotráfico o el sostenimiento del poder, creemos también que involucran a intereses políticos y económicos pero también están ligados a problemas de racismo y sexismo difíciles de clarificar. Gregory Nava se percibe abrumado por todas estas hipótesis y por la necesidad del compromiso personal con su tema, un compromiso que, sobre todo, está destinado hacia la comprensión de las personas afectadas, pero no de forma abstracta, sino como habitante de esa esfera nebulosa que es la cultura fronteriza.

Porque la frontera representa, tradicionalmente, el límite político y, a veces, cultural entre pueblos que han sido separados por alguna voluntad histórica, y no es que sea una creencia irracional en que la historia tiene personalidad sino la convicción de que la frontera se establece por la voluntad de poder, por la necesidad de mantener la irracionalidad de lo territorial entre los humanos, la necesidad de separar para dominar que comenzó con el final de la edad del oscurantismo que precedió a la modernidad y al Estado Moderno. En el caso de México y los Estados Unidos (aunque también debería considerarse al Canadá como parte del fenómeno) las fronteras se definieron cuando el siglo XX estaba ya muy avanzado, cuando el coloso del norte definió su voluntad de dominar a todo el mundo y definió sus límites vecinales para mantener su hegemonía incólume para las familias dominantes del medio oeste, los grandes propietarios agrícolas e industriales que dictan la política interior de su país.

Esto dio a la zona fronteriza un carácter indefinido en lo político y lo social que convirtió a un territorio enorme en tierra de nadie muy similar a lo que este concepto significa en tiempos de guerra, y de hecho ha sido un territorio de cierto tipo de guerra cultural cuya más violenta manifestación es el feminicidio sistemático en Ciudad Juárez.

Como sea la cinematografía de uno y otro lado de la frontera siempre contemplaron esa zona como nido de criminalidad, sea romantizándole en el western o en las historias de contrabando, de no y otro lado esta visión comparte cierto espíritu de aventura y encierra cierto pathós de tragedia inevitable, cierta maldición de convivencia donde indios, mexicanos, blancos y negros sobreviven gracias a la ley de la selva o del más fuerte (aunque esta fuerza se refugie tras una pistola o un AK-40), pero en la superficie menos inmediata se trata de una zona violenta, cuya mejor expresión ha sido lograda en Sombras del mal, de Orson Welles.

En ella Wells retrata la relación entre México y los Estados Unidos, especialmente en la zona fronteriza de California, donde el tráfico de mercancías, drogas y personas constituye una forma de vida rica en recovecos y dramas interiores; en este caso es el drama de la corrupción generada por la incomprensión e intolerancia.

La tragedia del capitán Quinlan (Orson Welles) es la más común de todas: envejecer, haber dejado atrás todos los placeres del cuerpo e intelecto quedándose tan solo con el resabio del tabaco, la embriaguez y una autoestima furiosa que resulta en una mentira despiadada hasta consigo mismo y quienes le respetan. Quinlan, igual que el ciudadano Kane, se rodea de una inmensa máscara de respetabilidad y eficiencia ocultando un racismo brutal hacia los que ponen en duda su imagen: los mexicanos.

La mayor virtud de la cinta de Welles fue haber introducido estrellas de primera magnitud en papeles de mexicano, desplazando al costumbre de dar a estos personajes un sitio secundario y de poca importancia dramática para las películas, especialmente porque se elude el problema de los indocumentados, aunque el tema central que aborda el director es el de la doble moral oculta en la convivencia internacional, además de que se acentúa la importancia de la zona fronteriza con sus promesas reales de avance económico.

El problema real de los indocumentados comienza entonces a aparecer como creciente, para México no es el chicano sino el mexicano quien es afectado por la creciente actividad económica en la zona fronteriza, y es cuando se filma Raíces de sangre, de Jesús Salvador Treviño, un documentalista que accede al favor del régimen eche verista y cuenta su experiencia en las maquiladoras de la zona Texas-Chihuahua y por primera vez se contempla en ella la realidad social creada por la nueva economía en vías de globalización, presenta in situ la vida y el ambiente creado para los fronterizos, por primera vez establece que no solamente los chicanos sufren de racismo y discriminación, sino también los nacionales y en su propia casa.

De alguna manera Raíces de sangre es una versión de De corazón mexicano, solo que ahora no es Paul Muni, sino Richard Iñiguez quien caracteriza al chicano que se recibe de abogado en Harvard, ni más ni menos, y vuelve a su pueblo para iniciar la carrera profesional, solo que esta vez enfrenta una sociedad apta para el cambio, con la salvedad de que su “comunidad” ya no se reduce al pueblo natal sino involucra al otro lado de la frontera cuando el trabajo para el Centro Comunitario El Barrio Unido incluye la organización de los obreros de México y los Estados Unidos, a más de tener que impedir las provocaciones de violencia y debe unirlos para protestar contra el establecimiento mismo de las maquiladoras.

La cinta tuvo un impacto positivo de público al norte de la frontera, en el lado mexicano apenas si fue exhibida, en parte porque terminaba el sexenio de Luis Echeverría y el resto porque con José López Portillo se inició la introducción masiva de maquiladoras en la zona fronteriza y el “problema Chicano” carecía de interés para el régimen. De alguna forma Treviño recuerda esta situación y aborda valientemente la crítica a la naturaleza de capitalismo caníbal en el establecimiento del sistema de maquiladoras.

Para la realización de De corazón mexicano, de Archie Mayo fueron censuradas, desde el guión, las líneas que podían presentar alguna objeción de imagen, finalmente la película se realizó con Paul Muni como un profesionista mexicano, Johnny Ramírez, que estudia de noche para abogado y es dominado por su temperamento y pierde el derecho a ejercer, hasta que acepta los modos “civilizados” de las cortes de blancos. Desde luego la fórmula de Hollywood para el “Happy ending” reduce el problema a que el mexicano se asimile y someta a la disciplina estadounidense y así sea aceptado en la comunidad, y esto servía para avalar los valores superiores de la cultura al norte de la frontera.

En la cinta de Nava hay una respuesta a esta posición en el personaje de Jennifer López, pero también hay continuidad en el análisis de la vida fronteriza para los habitantes de uno y otro lado y de la aparición de nuevas formas de conducta social debidas a una cultura en dinámica continua, solo que Nava trata de algo más importante: la globalización.

Los crímenes de Ciudad Juárez son algo más que un pretexto, de hecho son el vehículo con que el director nos encamina a una visión de la cultura que resulta caótica, llena de elementos disímbolos y encuentros desafortunados en el plano humano, de hecho oculta una crónica de lo que significa la continua mezcolanza de diferentes conductas, costumbres, lenguas e intereses humanos en la zona que campechanamente llamamos frontera (porque no es frente hacia ninguna parte, sino el “back yard” de los países) que resultan en una nueva actitud desconcertante en la humanidad del siglo XXI, y no solamente en la zona de encuentro de México y los Estados Unidos, sino, sobre todo, en sitios como Hong Kong y los otros focos de la globalización, pero a Nava le importa lo que a todo buen chicano: la tierra natal, la ancestral Aztlán, invadida más que por otra cosa por la desaparición de la identidad original, la desaparición de algún asidero para seguir siendo humanos.

Gregory Nava puede no ser considerado un gran cineasta, tal vez no se le tome en cuenta entre la corriente chabacana del cine chicano que se burla del ser superficial que los estadounidenses designan como chicano (o mejor “Latin”, que es más impreciso), pero es el continuador de una visión del mundo expresada con fuerte militancia cinematográfica en una posición ideológica difícil porque n o ha sido expresada sistemáticamente más allá de los movimientos laborales o civilistas de los años sesenta y setenta, pero que ha generado u cine y una visión del hombre que deberá ser nueva o no será entendida.

Filmografía:

Ciudad del silencio. (Bordertown). D. Gregory Nava. Con: Jennifer López, Antonio Banderas, Martin Sheen. Guión: Hendrik Scheff, Ron Base, Douglas Law. EUA. 2006.

De corazón mexicano. (Bordertown). D. Archie Mayo. Con: Paul Muni, Bette Davis, Margaret Lindsay. Guión: Carroll Graham y Robert Lord. EUA. 1935.

Juárez. D. William Dieterle. Con: Paul Muuni, Bette Davis, Brian Aherne. Guión: Franz Enfield y Bertita Harding. EUA. 1939.

Raíces de sangre. D. Jesús salvador Treviño- Con: Ernesto Gómez Cruz, Richard Yñiguez, Malena Doria. Guión: J. Salvador Treviño. MEX. 1979.

Selena. D. Gregory Nava. Con: Jennifer López, Edward James Olmos, Jon Seda. EUA. 1997.

Sombras del mal. (Touch of evil). D. Orson Welles. Con Charlton Heston, Janet Leigh, Orson Welles. Guión: O. Welles y Witt Masterson, basados en la novela de éste. EUA. 1958.

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