Resulta muy complicado, para los que tenemos el vicio de los cómics, el encontrar la manera de transmitir a un foráneo las sensaciones y las fijaciones que este hobby depara. El seguimiento de historietas, de manera especial en su modalidad de superhéroes (que, no está de más recordar, no es la única modalidad que puede adoptar este medio) produce una clase especial de seguidores que desafían la comparación con los cinéfilos, los melómanos o los simples lectores asiduos de novelas. (aunque, por otro lado, comparten de cabo a rabo rasgos distintivos con entidades tan tenebrosas como los “trekkies”, de los cuales me rehúso a hablar por el momento). Características propias que los hacen objeto de no muy justas, pero tampoco muy erradas mofas y estereotipos (ver al “comic guy” de los Simpsons), mismos que vienen con su propia etiqueta.
El término aplicado, ominoso e indeseable como son al fin las etiquetas, suele ser el de “fanboy” y suele indicar a un aficionado en etapa terminal, pero, como se verá, aún sin llegar a etapas terminales, el seguimiento de los superhéroes plasmados en la gráfica secuencial, tiene muchas peculiaridades. De entrada hay tres características cruciales. Una, el coleccionismo casi compulsivo, los fanboys, friquis o simplemente geeks, tienen (tenemos) que estar juntando (y leyendo) cómics, todos los posibles, de la mayor variedad imaginable, lo que va de la mano con otras dos características; el completismo, que es la necesidad patológica de comprar cualquier cómic en donde aparezca del personaje “X”, porque tenemos todas sus apariciones cronológicas y no podemos darnos el lujo de perder una sola de ellas, así sea en calidad de extra en una batalla campal. Y la tercera, que de hecho es la que prohíja las dos anteriores y que es clave para tratar de entender el mundo como lo ven los friquis y poder entonces, entender como ven estos individuos (entre los cuales me cuento) el transplante de las historias y personajes del cómic a la pantalla grande, lo cual, por si no lo sabían, es al fin de cuentas el propósito de toda esta perorata. Seguir hablando de cine, pero en este apartado, hacerlo desde la perspectiva de quien conoce a estos personajes desde antes que Hollywood les pusiera voz.
La tercera característica, decía, es la obsesión por la continuidad. Verán, supongo que habrá que echarle la culpa a Stan Lee (el viejito que han visto en prácticamente todas las películas que ha sacado Marvel). Antes de él, la mayoría de las historias de superhéroes eran sencillas, estaba el héroe, había un villano (que en no pocas ocasiones era la novia o el mejor amigo del héroe) que iniciaba una situación a la que tenía que llegar el héroe en turno y buscar como solucionarla, cosa que lograba y tan tan. A la siguiente entrega de la historieta, se daba otra situación similar y se repetía la fórmula, a nadie se le ocurría decir “vaya, esto se parece mucho a lo que pasó la semana pasada”, las historias no tenían conexión entre sí, no había una sensación de que el tiempo pasara entre una y otra, simplemente eran momentos que se sucedían y que podían ser perfectamente intercambiables. Esto cambió con Lee, o, se pudiera decir que con la llegada de lo que hoy se conoce como la edad de plata de los cómics (gringos de superhéroes, hay que agregar), a partir de entonces, los superhéroes no sólo tenían un origen, también se casaban, tenían hijos, éstos (horror) crecían, y no sólo eso, recordaban como habían sido sus anteriores combates con el Dr. Maloso, qué armas había usado, quién los había ayudado a derrotarlos.
Ese fue el principio del acabose.
Porque a este pequeño detalle se le sumó otro más, la noción de “universo”, esto es, que todos los personajes de una compañía “vivían” en el mismo espacio físico. Así, los cuatro fantásticos conocían al Hombre Araña y tenían que lidiar con los efectos de una pelea iniciada por los Vengadores. Entonces, no valía que hoy un personaje apareciera en Australia en su cómic y al día siguiente estuviera ayudando en Nueva York a otro sujeto, al menos no sin una explicación (claro, a menos de que el personaje se llame Wolverine, pero eso es otra historia). De hecho, esta necesidad de explicación le ha dado varios dolores de cabeza (pero también mucho dinero) a las grandes editoriales de cómics superheróicos, porque de tarde en tarde, en el manejo de decenas de personajes, aparecían problemas que había que explicar, por ejemplo: ¿por qué había (en el caso de DC) dos personas distintos con el mismo nombre y poderes? (Flash y Linterna Verde) ¿quién fue primero? Y además estaba el hecho de que héroes que no habían desaparecido, como Superman, convivieron con las dos versiones de otros héroes, pero se veían igual de jóvenes. Entonces había que organizar un evento (en el cual los aficionados tenían – tienen – que comprar doce o más números extras) que limpiara la dichosa continuidad y que pudiera, más o menos explicar, cómo estaba ahora la “línea del tiempo” a los exigentes fans.
Porque ahí estaba el asunto, los aficionados se devoraron la idea de la continuidad y la hicieron propia, el seguimiento de hasta décadas de un personaje o personajes favoritos había construido en el seguidor, no sólo un conocimiento enciclopédico de sus héroes, sino también un estricto sentido de control sobre lo que ocurría con ellos. Y es que los personajes de cómic, al ser propiedad de las compañías, y no de los creadores, trascendieron a éstos y obtuvieron vida más allá de sus autores (contrario a lo que ocurre con personajes como Snoopy o Tintin, ligados por completos a sus creadores) desarrollándose con el tiempo y adquiriendo tal personalidad, que los friquis irredentos pueden saber perfectamente bien cuando está actuando “fuera de carácter” o vociferan cuando alguien hace “algo que nunca haría”. Algo similar a lo que ocurre con figuras literarias que se han desarrollado más allá de sus autores, como Sherlock Holmes, de quien podemos predecir cómo se comportaría en una determinada situación, de acuerdo al conocimiento que ya tenemos de él.
El sentido de acompañamiento del héroe durante años y también la inversión monetaria hecha en él, dota al fanboy de un sentido de pertenencia sobre el o los personajes, sentimiento que se puede apreciar con lujo de detalles en los foros de internet sobre los comics, tales como Newsarama o el Foro de Comicastle en México (aunque por lo general en ese foro somos bastante sensatos, claro, si dejamos de lado el hecho de que se discute si un personaje ficticio propiedad de una compañía estadounidense debe de cambiar o no de traje).
Todo esto (espero) puede dar una idea de la clase de recepción que tiene en esta comunidad internacional el anuncio de un película sobre tal o cual cómic. El alborozo y el temor se unen en partes iguales y la discusión (siempre hay que discutir) inicia: ¿quién estaría mejor para el papel? ¿quién para dirigir? ¿quién va a hacer la adaptación? ¿qué partes de la o las historias deben retomar? Recordemos que en la gran mayoría de los casos, muchos de los personajes que apenas ahora están arribando a la pantalla, tienen tras de sí alrededor de cuarenta años de historias casi ininterrumpidas, y que, por lo mismo, han sido de un nivel de calidad más que fluctuante. Salvo contadas excepciones, los geeks tenemos un gran recelo sobre casi todas las producciones cinematográficas que prometen llevar a uno de nuestros héroes de toda la vida a una sala de cine, la dudas, como las comentadas renglones arriba, abundan, pero en general, nuestro mayor temor creo que siempre gira sobre el respeto a esa manera de ser del personajes o personajes en cuestión ¿qué tanto torcerán la historia? ¿meterán a alguien más? ¿sacarán a un personaje que consideramos clave?
Y es que motivos para recelar no faltan, cualquiera que se haya atrevido a ver la inmunda pieza de basura que se llamó Catwoman solo sufrieron un tercio de lo que sufrimos los dolientes friquis que la vimos. No solo es una película mala, es una película mala sobre un personaje con una historia enorme, que durante años ha mantenido su propia revista (hazaña que muchos héroes de papel no han logrado) y cuya trayectoria, origen, motivación, galería de villanos, actitud y hasta su traje fueron vilmente ultrajados por los productores y realizadores de ese filme. No tiene nada que ver con la Gatúbela que todos conocemos, y eso es un gran pero gran insulto en territorio fanboy, se puede tolerar una película mala si se apega al guión histórico y a la continuidad con mayor gracia (como Daredevil) pero el reinventar a un personaje tan bien inventado, es una afrenta mayor.
En fin, esto no es sino un prolegómeno, que se extendió de más, para poder dar cuenta a los fieles lectores de Cine Forever de donde salen y saldrán muchos de mis comentarios y reacciones sobre películas que hacen el siempre azaroso tránsito del noveno arte, la gráfica secuencial, al séptimo, el cine. Y también, ciertamente, para hacerlos leer sobre los cómics con el pretexto del cine, algo de lo que simplemente no puedo dejar pasar la oportunidad.
Bueno ya, mañana les cuento de Iron Man.
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