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El Hombre de Dos Reinos: A Man For All Seasons

Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 8 de Mayo de 2008 | Categorias: Melodrama, Otros países, Que ver en TV | Tiempo de Lectura: 7m 6s | Leido 264 veces.

Esta ya lejano el año de 1967 cuando en las Reseñas de Cine que se llevaban a cabo en el Cine Roble de la ciudad de México, tuve la oportunidad de ver “El Hombre de Dos Reinos” (A Man for all seasons) conocida en España como “Un Hombre Para la Eternidad”, dirigida por Fred Zinnemann, en que llevado por los prejuicios o influencias iconoclastas de Andrew Sarris y otro críticos de la época, resultaba fácil tildarla de teatral y academicista, en un tono peyorativo, pues no por nada Sarris, refiriéndose al director lo calificaba como alguien que “…hace antipelículas para antiaficionados al cine”.

Cuando Zinnemann nos presentó, unos años después, su adaptación de “El Día del Chacal” (Tha day of the Jackal, 1973), quede gratamente impresionado de mantenernos atentos, con su supuesto academicismo artificioso, en una trama cuyo desenlace era previsible, habida cuenta de que en esa época ya todos sabíamos que Charles de Gaulle había muerto en su cama y que todos los atentados preparados en su contra habían fallado, así que el handicap de lograr captar el interés del público era muy grande y se sostenía, lo cual le sigo admirando en cada revisión que hago de este estupendo thriller.

A partir de entonces fue cambiando mi valoración sobre Zinnemann y su obra, en particular en relación a las películas “A la Hora Señalada” (High Noon, 1952); “De Aquí a la Eternidad” (From Here to Eternity, 1953); “”Historia de una Monja” (The Nun’s story, 1959); “La Sangre Llama” (Behold a Pale Horse, 1964) y “El Hombre de Dos Reinos”, pues no menciono “Tres Vidas Errantes” (The Sundowners, 1960) ya que esta desde su primera visión, me resultó una cinta harto gratificante y entretenida, con su historia de personajes buscando su lugar en el mundo, errando por las áridas tierras de Australia, en busca de su destino, con las estupendas actuaciones de Deborah Kerr, Robert Mitchum y Peter Ustinov, mientras que las otras mencionadas, conforme pasa el tiempo y las he vuelto ha contemplar, me resultan mejores que en una primera instancia.

El Hombre de Dos Reinos” esta programada para ser proyectada en el canal de TCM Classic Hollywood el 9 a las 20.00 hrs. (tiempo de México), cuya visión recomendamos ampliamente, pues se trata de una excelente adaptación de la pieza de Robert Bolt, centrada en la discusión sobre cuanta fidelidad le deben los súbditos a su rey, cuando éste va en contra de sus principios y creencias morales. El recientemente fallecido Paul Scofield le dio vida a Thomas More con una gran capacidad histriónica que le permitió ganar el Oscar de Mejor Actor, en la entrega correspondiente a 1966.

El filósofo Julián Marías en su faceta de crítico cinematográfico, nos dejo un interesante acercamiento a “El Hombre de Dos Reinos”, recopilado en su libro “Visto y No Visto”, editado por “Ediciones Guadarrama” en 1970. La crítica la público el 31 de diciembre de 1967, titulandola “Un Intelectual”: “Hace poco más de dos meses vi en los Estados Unidos A Man For All Seasons’, la famosa película de Fred Zinnemann; ahora he vuelto a verla en Madrid, doblada –mejor que de costumbre- y con un título bastante inadecuado: ‘Un Hombre Para la Eternidad’. Sin duda el traductor ha pensado demasiado en que Thomas More es desde 1935, en que fue canonizado, Santo Tomás Moro; pero precisamente se trata de que era ‘un hombre para todo tiempo’, y por eso podía serlo también para la eternidad”.

“”A Man For All Seasons es una película de constante belleza; la fotografía es espléndida; el color, finísimo, radiante, incluso en las muchas escenas oscuras: éste es uno de sus mayores méritos, el esplendor cromático de los escenarios con poca luz. El Támesis, por el que van y vienen las barcas, la casa de Thomas More en Chelsea, los interiores de la Torre de Londres, todo adquiere vida y significación en esta película. Los actores son excelentes: Paul Scofield, poco conocido en el cine, hace una encarnación sobria, fina, inteligente de Thomas More, que guarda un convincente parecido con el retrato que de él pinto su amigo Hoblein, Susana York –su hija Margaret, inteligente como el padre, ingeniosa, buena latinista, apasionada- hace aquí uno de sus mejores papeles, aunque breve”.

“La película esta basada en una obra teatral de Robert Bolt, y en esto consiste su limitación principal: el teatro está demasiado cerca. Aunque la dirección de Fred Zinnemann es expertísima, aunque su dirección de actores, en particular, irreprochable, incluso a pesar de la magificencia fotográfica, lo mismo si se trata del río o de la Cámara de los Lores, la película no despega enteramente, y se está echando de menos a cada instante el puro cine que pudo ser. Las escenas son perfectas, pero son ‘escenas’, y falta el sistema de conexiones libres en que consiste la trama cinematográfica”.

“Por otra parte, la historia que aquí se cuenta está limitada a la elevación de Thomas More al puesto de canciller del Reino, como sucesor de Wolsey, su resistencia a prestar el juramento que reconoce a Enrique VIII como jefe de la Iglesia de Inglaterra, a justificar el divorcio de Catalina de Aragón y el matrimonio de Ana Bolena, finalmente su proceso y ejecución. Es la historia de una conducta; de una admirable muestra de valor apacible, inteligente y no agresivo –la forma más difícil e infrecuente de valor-. La figura de Tomás Moro se va dibujando a lo largo de la película y se va imponiendo en su serena virilidad, con un humor que no necesita la ironía, con un fervor religioso que una manera de ‘incardinación’ y no de piedad; nunca aparece como ‘Santo Tomás Moro’, sin duda porque para llamarse así le faltaban cuatro siglos justos desde que su cabeza cayó bajo el golpe del hacha. El valor de Thomas More, tan bondadoso, tan apacible, tan agudo e ingenioso, tan tierno con su hija, se llamaría mejor, con una admirable palabra española ‘entereza’; y le viene a su condición de ‘hombre entero’ –lo que refleja el título inglés: ‘A Man for All Seasons”.

“Thomas More es ante todo ‘un intelectual’ –no un profesional de las letras o de la ciencia, que es lo que son hoy la mayoría de los que se llaman así-; el intelectual esta definido por una ‘manera de ser’, no sólo por una manera de saber o de enseñar o de escribir o de exhibirse; y en esa manera entran dos notas estrechamente conexas: la claridad y la impavidez. Estrechamente conexas, he dicho, hasta el punto de que no son distintas: la una viene de la otra; el intelectual es impávido –y rara vez agresivo- porque ve las cosas claras, porque ve que ‘son así’; ‘y si son así –viene decirse-, ¿que le vamos a hacer?’ Y, a la inversa, ve las cosas claras porque no se deja llevar por la conveniencia, el favor, la moda, el temor; porque es impávido. Dicho en otras palabras, porque no vive sólo de la inteligencia –paradójicamente, esto es lo que diferencia al intelectual de su simulador-, sino de la instalación en la realidad, de la complacencia, de la compasión, del amor. Una vez más, se trata de la entereza, de la condición de hombre entero”.

Efectivamente “El Hombre de Dos Reinos” tiene el pecado menor de mantener un tufo de su origen teatral, pero que logra salvarse o más bien aceptarse, a partir de la inteligente disertación que hace sobre la función del hombre integro, con entereza para enfrentarse al déspota soberano que exige lealtad o mejor dicho complicidad de sus súbditos, al amparo de que su supuesta facultad le permite estar por encima de la ley. Estamos ante un cine de tesis e ideas, cuya vigencia se mantiene intemporal, porque ayer como hoy, sigue habiendo reyes o gobernadores que esperan el sometimiento y el aplauso fácil de sus súbditos o conciudadanos a sus ocurrencias y actuar al margen del imperio de la ley.

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