Petróleo sangriento, veneros del diablo.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel on Abr 27th, 2008 y archivado en Cine Norteamericano, Destacado, Estrenos. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

La novela en el cine tiende a perder riqueza, aunque algunos casos son menos dramáticos, especialmente cuando quien las adapta a la pantalla ama el texto, y esto parece ser el caso de Paul Thomas Anderson al dedicarle una película tan brillante como “Petróleo sangriento”, basada en la novela de oscuridades “¡Petróleo!”, de Upton Sinclair.

Quizá el mayor mérito de la película sea que proviene de una ficción hecha por un supuesto comunista de los Estados Unidos, de un escritor que sin ser parte de la “generación perdida” concuerda con ellos en el análisis de los individuos dirigentes del capitalismo y atribuye a su vulnerabilidad humana los defectos generales del sistema. Thomas Anderson usó este criterio parta llevar a la pantalla la vida y pasiones de Daniel Plainview (Daniel Day Lewis), pero especialmente las pasiones.

Desde “2001, una odisea del espacio”, de Kubrik, no había visto una película que soportara tanto tiempo de pantalla sin diálogos (poco más de 14 minutos sin voces) y que entregue un relato coherente e interesante hasta el punto de que la voz de Plainview-Lewis resulta repulsiva y cacofonía al inicio de su confrontación de prospector con la comunidad, y este será el tono elegido por Thomas Anderson para su película, muy lejos de la acelerada persecución que inicia la novela.

Algunos momentos de la cinta nos remiten necesariamente a “Avaricia” de Von Stroheim, cuando los hombres del desierto se confrontan con la tierra y encuentran evidencia del tesoro que buscan, estamos esperando la violencia entre ellos, pero Sinclair y Anderson saben que el hombre no es así, ni los hechos históricos tampoco.. Será la voluntad de poder de alguno (Plainview) la que se imponga y trace una línea de conducta general.

Porque en el camino del poder no hay Estado ni comunidad que se interponga, cuando mucho algunos individuos y hay que suprimirlos aunque no parezcan una amenaza, como podrá comprobar finalmente Plainview ante su hijo H. W. (Dillon Freasier) o el predicador Eli Sunday (Paul Dano), cuya relación nos llevará al clímax de esta película que, sin embargo, trata del origen y función de la avaricia, de la envidia y del vacío de una fe en cualquier cosa.

La visión de Anderson apunta al hombre de la cultura posmoderna, al que ha crecido sin asidero cultural, religioso o emocional que lo ancle a un mundo en los “otros”, el resto del mundo, representan siempre una amenaza, una limitante, como dirá Plainview en su único diálogo humano de la película (sostenido con el falso hermano Henry): con motivo de odio, orillan a tratar de quitarles todo porque cualquier logro parece digno de ser destruido, impulsa a quitárselo.

Este es el hombre actual sin más asidero más allá de si mismo, y Anderson lo presenta con una obsesión brutal por encontrar los valores de que hablan otros, en especial la familia para lo cual se aferra a un hijo solitario que lo decepcionará al quedar sordo como víctima de una explosión que provoca Plainview mismo; pero también al progreso para el que idea tecnologías y sistemas que mejoren la explotación petrolera; retando a los dueños del capital, ese que les dice ha sido logrado sin ensuciarse las manos; y también a una imagen de sí que no encuentra más que decepciones porque ni el amor filial, ni el fraterno (en su caso tan solo es un engaño de oportunismo), ni el divino pueden darle otra cosa que el abandono, la soledad.

La novela procura un retrato de la voracidad personal y gremial de los petroleros de California, que vista desde la perspectiva del siglo XXI parece una crónica de la manera en que llegó a convertirse en sitio loco y millonario el estado más rico del mundo; la película tan solo es una crónica del sufrimiento físico y moral asociado al petróleo, de una riqueza que jamás se concretiza en algún bien personal o social, sino se hace el fantasma abstracto del poder, curiosamente parece una lectura a Sinclair desde la perspectiva de López Velarde.

Day Lewis trabaja con la intensidad a que nos tiene acostumbrados, pero esta vez la mano del director lo disciplina a la sutileza, a la expresión física de lo más profundo de un vacío existencial interno que puede ser dicho con gestos y movimientos, con palabras no siempre bien enlazadas y oportunas. Lo insólito son las situaciones aparentemente inconexas en que se nos presenta, desde el largo prólogo silente en que lo descubrimos por detalles profesionales como buscador de tesoros de la tierra, como prospector, pues; va construyendo una forma de memoria que no se apega al discurso cartesiano, une fragmentos cuyo única lectura es la mente humana o la mirada que la expresa desde cualquiera de los personajes.

Extrañamente la película participa un tanto del hiperrealismo estadounidense que tan solo es una revisión cínica del quehacer cotidiano que el propio cine de Hollywood había transformado en abstracción obtusa, pertenece a una forma de plantear la realidad a partir de todo lo que callaba el cine de producción regular, un intento de recuperar la relación de la estética con el mundo verdadero, recapturar todo cuanto fue ocultado y disimulado por el Star System, que rechaza el glamour de las estrellas y a cambio nos las reentrega con tal crudeza que linda en lo aversivo, pero hace lo mismo con las acciones individuales o sociales y cuando se trata de violencia nos la entrega rayana en el Gore más brutal, es un cine que parece un intento honesto de recuperar la memoria eludiendo la sublimación o, como en este caso, recuperando el valor de la lucidez en una izquierda liberal (la de Sinclair) cuyas premisas sociales y humanas están demostrando su veracidad y vigencia con el advenimiento de la globalización.

Aquellos estadounidenses a quienes Gertrude Stein llamó “generación perdida” nunca definieron una posición política en el momento álgido en que orientó sus perspectivas el que sería (es) el más poderoso del mundo; la inconformidad de Steinbeck, Hemingway, dos Pasos y muchos otros solo se manifestó con el exilio voluntario, la búsqueda de confrontar la identidad con las demás; pero la ebullición vital de la sociedad estadounidense necesitaba de cronistas que testificaran los cambios en lugar de los narradores literarios el testimonio encontró voz en los periodistas, Upton Sinclair fue una de esas voces y sobrevivió a los ataques del gran capital, fue un denunciante del peligro fascista que representaba el desprecio de los propietarios hacia los trabajadores y de la construcción de una nación adormecida que se dejaba atrapar por los Morgan, Rocquefeller y toda la caterva de piratas que convertían paulatinamente a los estados Unidos en un buque con patente de corzo, como sigue tripulando la presidencia del país.

Buena parte de la obra de Sinclair es una denuncia de esta amenaza, una presentación de la carencia de humanidad detrás de los grandes negocios, de la profesión política como parafernalia y simulación del verdadero capitalismo salvaje que ninguna teoría de izquierda previó, mucho menos el comunismo contemporáneo a Upton, que se ocupaba de sus propios fantasmas de Partido y Estado; como liberal el autor presenta cuantas formas de entender la libertad tenía en su época y medio, demuestra sus contradicciones y consecuencias, confronta la voluntad individual con el bienestar colectivo y nos deja que tomemos partido.

Este tipo de visión debe haber sido la que nutrió a Frank Capra y sus guionistas para entregarnos un cine del sueño americano que tenía propósitos morales afincados en cierta honestidad para ver quienes eran los hombres de negocios en realidad (Lionel Barrymore-Henry F. Potter en “¡Qué bello es vivir!” o Edward Arnold como N. B. Norton, en Meet John Doe”, cuyo título en México es el de “El Secreto de vivir”); sin embargo la industria acabó por desaparecer este tipo de personajes, solamente sobrevivieron algunas imágenes melodramáticas del “pobre millonario” que los presentó como solitarios dignos de lástima por ser víctimas del sueño americano que causaba exceso de trabajo a favor de la sociedad y una incomprensión que los dejaba siempre ávidos de amor y afectos, y en la realidad solamente sobrevive en la telenovela de cualquier parte.

Anderson juega peligrosamente con el filo que separa los significados, su relato fílmico parece seguir la idea del pobre hombre rico, pero entre la trama de Sinclair y la actuación de Day Lewis el salto nunca sucede, a lo mejor por eso las dudas a la hora de los Oscares.

FILMOGRAFÍA:

Petróleo sangriento. (There will be blood). D. Paul Thomas Anderson. Con: Daniel Day Lewis, Dillon Freasier, Paul Dano. Guión: P. Thomas A., basado en la novela ¡Petróleo!, de Upton Sinclair. EUA. 2007.

Avaricia. (Greed). D. Erich von Stroheim. Con: Zasu Pitts, Gibson Gowland, Jean Hersholt. Guión: June Mathis, basada en la novela de Frank Norris. EUA. 1924.

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