La misma luna, diferente patria.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 10 de Abril de 2008 | Categorias: Cine Mexicano, Estrenos, Melodrama | Tiempo de Lectura: 6m 25s | Leido 257 veces.
Si algo debe a México la industria del cine es su singular forma del melodrama, el cine de lágrimas* que estremeció a los hispanohablantes casi todo un siglo. Vale poco hablar aquí de los directores (que son muchos) y de teorías de autor cinematográfico; básicamente fue un cine de estrellas y escritores. Tal vez por esto “La misma luna” (o “Bajo la misma luna”, su título original en inglés) no alcanza los niveles del género original.
De hecho su carácter melodramático no necesariamente es un defecto sino una característica de posmodernidad global. A lo largo de un siglo de cine la industria de todo el mundo logró convertir sus experiencias en fórmulas establecidas a posteriori de cómo lograr efectos en el público mediante recursos de imagen y sonido organizados para dirigir las emociones en el público; sin embargo el verdadero melodrama fílmico basa su éxito en la firme creencia de los guionistas en lo que escriben.
La historia de un niño que viaja en busca de su madre ya era clásica luego del “risorgimento” italiano y especialmente en la obra de Edmundo D’Amicis al final del siglo XIX, pero que un niño desafíe y triunfe sobre el más grande monstruo después de la naturaleza, el aparato represor de la frontera estadounidense, es inédito y esquemático, pero también lo es que ninguna amenaza humana alcance a turbar su inocencia ni ponga en duda su fe, al fin y al cabo estarán Mario Almada, Carmen Salinas, María Rojo y Eugenio Derbez para evitar un verdadero sufrimiento al talentoso Carlitos (Adrián Alonso).
Los personajes infantiles del melodrama se templan en el sufrimiento real (los instantes de hambre y frío en “Remi” son espantosamente inolvidables) cuando surgen del extremo sometimiento físico y todavía deben confrontarse con la inseguridad intelectual de saberse niños (o niñas) y estar fuera de un mundo cultural en que solamente son factores de producción.
Carlotas está conciente de su papel de enano en una maquinaria productiva en la que le urge insertarse, la prueba es su continuo esfuerzo por ser un factor laboral, su adaptación rápida a cualquier trabajo, su aceptación de la inferioridad ante la ley de cualquier parte y su comprensión de que los demás deben hacer lo mismo.
Una de las características del melodrama es que pinta un retrato sensible de alguna sociedad y opone a las maquinarias de la ley y economía la fuerza en la emoción de sus personajes, en La misma luna el retrato social es un foro pequeñito donde no hay señas de identidad que establezcan la distancia entre el individuo y la comunidad, aunque de forma esquemática (y generalmente manipulada para hacer de las emociones un valor deseable) nos describen la sociedad y sus relaciones para hacer del melodrama algo digno de estremecernos. La sociedad de Carlitos y de Rosario (Kate del Castillo) es tan solo una escenografía basada e unos cuantos lugares comunes irreconocibles (la patrona rubia y distante, la calle con graffiti, el cuarto con veladoras de la abuelita, la oficina pueril de la pollera), no justifica nunca el carácter diferente a uno u otro lado de la frontera.
Con los adultos sucede algo peor: Kate del Castillo parece “gata de angora” de la colonia Condesa o turista de Guadalajara, los “chicanos” que la rodean parecen sacados de los suburbios medios de la perla de occidente o de Monterrey y no inmigrantes ilegales, Carmen salinas se quedó afincada en su “corcholata” de “Bellas de noche”, aunque no beba ni una gota, la abuela no convence ni de ternura ni de abnegación, que se la deja toda a Mario Almada, que quién sabe cómo abandonó su retiro hospitalario para salir cargando una caja de muerta, y desde luego queda la soberbia interpretación de Eugenio Derbez como el falaz aventurero seducido por la inocencia, el único a la altura del melodrama y casi en la línea de su inolvidable madre.
El guión se rige por los tiempos emocionales que marcan los esquemas de Hollywood, pero la escritora Lighia Villalobos no tiene el manejo emotivo necesario en el idioma para transmitir la sensiblería tradicional del género, simplemente adató algunos lugares comunes (seguramente tomados de telenovela) tan sobrados que han perdido su efecto, ni siquiera la imagen de la luna y el apoyo del niño y Derbez logran crear una atmósfera sentimental de las que ya se han repetido hasta el cansancio.
Y es que el uno del discurso emotivo es una tradición cultural latina que viene de la época en que la retórica enseñaba las claves (o tópicos) para impactar al público y a los jueces de las cancilleres y poco a poco, en el avance de la sociedad comercializada, separó el discurso legista para la defensa de los derechos de propiedad del alegato emocional hecho para promover la participación popular o el corazón de los jueces en la defensa individual, de ahí proviene el discurso sensiblero que cristaliza en las arengas liberales del México ochocentista en que surgieron el folletón y la crónica popular donde se nutre el melodrama del cine y de la radio, fuente que han bebido lo mismo Caridad Bravo Adams que el “Murciélago” Velásquez y hasta el propio0 Mauricio Magdaleno.
El colmo de la irrealidad consta en los esbozos de retrato estadounidense hecho sin personajes ni personalidades, algún trazo del lugar común referido a los coyotes reclutadores y capataces, a más de algo que parecen patrulleros de migración, pero jamás cuajan el aspecto y otro tanto sucede con el generoso personaje de Maria Rojo, Reyna, que parece un remanente expresionista de sus papeles y la propia personalidad de la actriz, pero la directora Patricia Riggen parece hacer un intento de entender y expresar la visión burlesca y festiva que el cine chicano hace de su propia vida cultural, pero ella no es capaz de rascar más allá del m[as superficial epitelio para encontrar ese aferramiento a la cultura vernácula perdida y cristalizada en manifestaciones como la música, donde la relatoría del corrido se convierte en sonido de Bandas que para la película basta con presentar en una caricatura de la secuencia hecha por Chris Columbus para “Mi pobre angelito” (con John Candy como crooner pueblerino viajando en camioneta y cantando para la madre del perdido(, y para “La misma luna” es una explicación de lo incomprensible con una canción y explicación de los Tigres sobre la función de su música y sus viajes.
Eso si, la película es un gran apoyo del glamour y mentís al programa del presidencialismo panista que establece en menos de un minuto la posibilidad de que los niños emigrantes viajen de mojados con el permiso de sus propios padres, y que además lo dice y presenta la propia Kate del Castillo en un mensaje de un “gobierno federal” que no se llama nacional por razones propagandísticas, no ligar la imagen del nombre del partido con la de la función gubernamental y mantener la ficción de legitimidad por la toma del poder y no por el valor ante la opinión pública.
*El buen amante del cine debería dar una lectura al libro “Melodrama, cine de lágrimas” de América latina, de la brasilo/argentina Silvia Oroz, publicado por la UNAM en 1995, a lo mejor ella es mejor para entender los valores de una tradición audiovisual melodramática que va destruyendo paulatinamente la telenovela.
Filmografía:
Misma Luna, La. (Under the same moon). D. Patricia Rigen. Con: Kate del Castillo, Eugenio Derbez, Adrián Alonso. Guión: Lighia Villalobos. MEX/EUA/CAN. 2007.










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