El Cine Nuevo del Nuevo Siglo (y otras nostalgias)

Escrito por Gustavo Arturo de Alba on Abr 9th, 2008 y archivado en Escritores, Libros de Cine. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

pancho.jpg“Pancho Sánchez, aparte de escritor, periodista, guionista de cine, lector omnívoro y tertuliero heroico, es cinéfilo y cinefilósofo, o sea un loco por tanto sentir, amar y pensar el cine”.

José de la Colina

“Un libro para cinéfilos escrito por un cinéfilo o, para expresarlo de forma más linda (ni modo, a lo Corín Tellado): la obra de un enamorado del cine hecha para enamorados del cine”.

Francisco Sánchez.

Alejado de la publicación de la crítica cinematográfica diaria, pero no del ejercicio de la misma, Francisco Sánchez ha presentado, recientemente, uno más de sus libros elaborado con gran acuciosidad y gozo, pues me niego a usar la palabreja de su “último texto”, porque abrigamos, deseamos y sabemos que vendrán muchos más, aparte de este que tratamos de comentar “El Cine Nuevo del Nuevo Siglo (Y Otras Nostalgias)” editado por la Casa Juan Pablos y el Instituto Zacatecano de Cultura, Ramón López Velarde.

cine-nuevo.jpgNos señala el autor que “Cine y vida van de la mano. Al hablar de películas se habla de uno mismo. Es decir, se hace referencia a todo lo que nos rodea, a todo lo que nos es cercano” y efectivamente a lo largo de su ameno e interesante paseo, por más de un medio centenar de filmes estrenados en el nuevo siglo y unas dos docenas de remembranzas de cintas del viejo siglo, sin dejar de aparecer las evocaciones a diversas figuras y presencias cinematográficas, sobre todo –off course- femeninas, Pancho, haciendo gala, con su acostumbrado desenfado de su erudición, nos va desperdigando su visión, más que del cine, de la vida misma, pues estamos ante “la memoria de una mirada”, cuya manera de entender el mundo y su circunstancia, aunque no sea la única, pero quizás si la primordial, ha sido el cine.

Pancho ha sabido desarrollar un estilo de aparente desparpajo y sencillez, para ejercer, a lo largo de más de cuarenta años el ejercicio de la reseña y la crítica cinematográfica, con un lenguaje coloquial utilizado de forma tan desenvuelta, muy al alcance y comprensión de todos los espectadores, al grado de que ha pesar de incurrir, en muchas ocasiones, al contarnos las películas, en develarnos su desenlace, en lugar de provocarnos el alejamiento de la visión de la misma, se convierte en un aliciente para correr presurosos al cine a verla o en estos tiempos, quizás sea mejor decir acudir al video club más cercano a rentar el DVD. Aunque siempre el cine será mejor verlo en el CINE o sea en el sala oscura, en que cada uno de los cientos de espectadores se sumerge en su soledad a disfrutar con el efluvio de luces que salen del proyector para estrellarse en la pantalla, que a su vez serán percibidas por nuestros ojos, para llevarnos al país de la mágica ensoñación, en donde como diría Emilio García Riera tendremos la sensación o, posiblemente la certeza de que “el cine es mejor que la vida”.

Sencillez en ocasiones confundida con ingenuidad, al no querer reconocer, sus detractores, la honestidad de un crítico, al cual nunca le ha importado ocultar sus emociones, con elaborados tecnicismos o teorías rebuscadas sobre los meta lenguajes y rebuscamientos psicologistas, con aderezo de compromiso político, ante el placer o el impacto que le ha producido una determinada película, sea esta del llamado “cine culto” o del menospreciado, más que nada por pose, el popular o “comercial”.

Y efectivamente el crítico en sus columnas diarias, sobre todo cuando colaboraba en el “Esto”, escribía de todas las películas que pasaban en nuestra raquítica cartelera, no teniendo empacho en recomendar aquellas que le gustaban, independientemente de su origen o genero, por lo cual a quiénes le hemos seguido de cerca en sus andanzas, no nos resulta extraño que al referirse, en su actual libro, a la cinta “La Provocación” (Match Point, 2006) de Woody Allen, nos introduzca a la misma con este largo e interesante párrafo: “En un tiempo vitalmente excitante estuvo de moda sacralizar el cine de autor, hoy, en días de sensatez pragmática, la moda es atacarlo. No creo, la verdad, que esto último sea necesario. Todo artista que tenga una cosmogonía propia (sea de alta o baja definición), plasmará, quiéralo a o no, obra autoral. El nivel en que se ubiquen sus trabajos es ya otro cantar. Por lo que hace al cine, hay de hecho autores, como Ingmar Bergman, que se dirigen a un público letrado, y existen y han existido otros, como Juan Orol, que han briscado dirigirse a una audiencia analfabeta. Derecho de cada espectador será pues el de escoger uno u otro, que, en el caso de los dos ejemplos citados, puede abarcar a ambos realizadores, sólo a uno de ellos o de plano a ninguno. Verá el cinéfilo películas de los mencionados o de otros directores y, en su turno, cada una de ellas le habrá podido parecer buena o mala, sin que en la manifestación de su gusto haya tenido nada que ver la llamada política del cine de autor… mas el autor no desaparecerá por ello”.

Pancho Sánchez colaboraba en el suplemento cultural que dirigía el poeta Juan Rejano, para el diario “El Nacional”, a principios de los años setenta, del “viejo siglo”, cuando mi amigo Humberto Musacchio, trato de convencer a don Juan que me publicara mis comentarios de cine, a lo cual con suma amabilidad se negó el poeta, aduciendo, un compromiso de lealtad con Pancho, al igual que falta de espacio, pero sugiriendo que acudiéramos, en el mismo diario, con Rodolfo de la Rosa, encargado de la sección de espectáculos. Rodolfo tomó mi nota que llevaba sobre la reciente aparición de uno de los tomos de la “Historia Documental del Cine Mexicano”, para revisarla y decidir si la publicaba. A la postre, como se suele decir, no hay mal que por bien no venga, pues pronto, en lugar de entregar una colaboración semanal, estaba publicando de tres a cinco textos a la semana.

Los sábados eran día de pago en “El Nacional” para los colaboradores, los cuales, una vez que teníamos en nuestras manos el estipendio, parte del mismo lo íbamos a “dilapidar” en el “Salón Palacio”, varios de los que colaborábamos, tanto en el suplemento como en el diario, entre los cuales estaban Manuel Blanco, el poeta Benítez, Xorge del Campo, Alfredo Cardona Peña y, varios más, integrándose, en algunas de ellas Francisco Sánchez, aunque él prefería ir a la tertulia formada en la “Librería Libros Escogidos” del siempre bien recordado Polo Duarte, ubicada en la Avenida Hidalgo, a un lado del Hotel de Cortés.

Para esas fechas, como yo vivía en la misma Avenida Hidalgo, pero en la cuadra cercana a San Fernando, también era cliente de Polo Duarte, aunque acudía a otra tertulia establecida los jueves en la tarde, con el Dr. Ismael Cosío Villegas, hermano de Don Daniel, Juan Manuel López, el escultor Heriberto Juárez, Juan Jiménez Patiño, el librero Enrique Tineo y el pintor Adrián Brum, entre otros, los cuales, una vez que cerraba su local el buen amigo Polo, nos íbamos a continuar departiendo en el Restaurante Bar “El Horreo”.

Al poco tiempo me integré a la tertulia sabatina, cuyo eje o mantenedor era el poeta de origen español, refugiado en México, Otaola. Esta era la razón que llevaba a que en el núcleo del cenáculo predominaran una serie de literatos y degustadores de la cultura de dicho origen, como José de la Colina, Enrique Tineo, Valentín Domínguez, Juan Manuel López, el propio Polo Duarte, en tanto, entre los formales asistentes de cada sábado de origen mexicano, por tercera o cuarta generación, estábamos Pancho Sánchez, el poeta queretano Francisco Cervantes y yo, aunque en la peña llegaba a promediar un coro cercano a los catorce o quince asistentes a cada “sesión”, reunidos de las 12 de la tarde a las 2.30 pm en que Polo cerraba el “changarro”, para desplazarnos a la cantina “El Golfo de México”, ubicada a unos cuantos pasos del local o a “El Horreo” y convertir, efectivamente, la reunión en un convivió, en que el banquete de erudición literaria y cinematográfica, se acompañara de ricas viandas y suculentos vinos. La selección del sitio, estaba supeditada a la circunstancia de si en esa ocasión había asistido alguna dama como Anamaría Gomíz o la esposa de Otaola, entre otras, lo cual nos obligaba a ir a “El Horreo”, pues aún no se aprobaba la dichosa ley que les permitió a las mujeres entrar a las cantinas, como “El Golfo de México.

En esas reuniones compartí con Pancho, aparte del gusto por la literatura y la pasión por el cine, se vendría agregar el fanatismo por el béisbol, la cual era una afición que se guardaba en el absoluto secreto, al ser tema vedado, en aquellos conclaves, los deportes, sobre todo el nefasto fútbol soccer.

Nuestra amistad estuvo a punto de naufragar, al haber sido puesta a prueba por mi cuñado Eduardo, pues andando el tiempo me hice novio de Carmen Luz Casillas Rábago (con quién, por cierto, es mi inseparable esposa y compañera) pues cada vez que iba a verla a su casa le llevaba varios ejemplares de “El Nacional”, en donde se habían publicado mis comentarios de cine, lo cual provocaba, una vez sí y la otra también, el comentario comparativo de Eduardo, asiduo lector del “Esto”, entre la prosa diáfana y clara de Pancho, tan al alcance de las masas, con mis rebuscamientos verbales, al tiempo que remataba Eduardo: “tal película dice Pancho que está muy buena y, usted cuñado, dice que le aburrió: voy a ir a verla, pues en el gusto de Pancho si confió. A las que usted recomienda, ni me les acercó por que me resultan aburridas”.

Afortunadamente la relación entre Pancho y yo ya era muy sólida, habiendo aprendido a soportar ese tipo de comentarios del tipo de mi cuñado Eduardo, pues en las batallas sabatinas, ya teníamos “cayo” en eso de disentir en el gusto cinematográfico, aunque eran mayores, eso sí, las coincidencias en el béisbol. Lo cual me lleva a recordar los tiempos en que Pancho trasladó o formó una nueva tertulia dominical en el “Restaurante La Veiga”, a finales de los setenta, en que nos reuníamos a desayunar, acudiendo a la misma Tomás Pérez Turrent, con quién, entre broma y verdad, tanto mi cuñado Jaime, como yo, le solíamos zanjar las discusiones cinéfilas, con la frase: “es más fácil que nos pongamos de acuerdo en la cuestión del tópico de los toros, que en el gusto cinematográfico contigo”.

Pero regresando con el tema de Pancho, cuyo pretexto es el de convencerlos de la lectura de su más reciente libro publicado “El Cine Nuevo del Nuevo Siglo (Y Otras Nostalgias) que en alguna ocasión leí un comentario en el cual alguien señalaba, mas o menos esto: “Sabemos lo que Beatriz significó para Dante ¿pero que le significó Dante a Beatriz?” Y efectivamente en toda interacción humana, es diferente el impacto o la influencia que ella provoca o deja en cada uno de los sujetos. Así, en cuanto a Pancho sé que su omnívoro placer por la lectura, rayando en la omnisciencia me llevó al conocimiento de una multitud de autores, en particular de la “novela negra”, como sería el caso de Boris Vian, pero sobre todo de James M.Cain, pues después de discutir ampliamente sobre la versión de “El Cartero Siempre Llama Dos Veces” con Lana Turner y las bondades del texto literario, sacó a relucir su erudición, no en cuanto a señalar que también Cain era el autor del libro “Double Indemnity” que sirvió de inspiración para el clásico “film noir” “Pacto de Sangre” de Billy Wilder, con Edward G. Robinson, Fred MacMurray y la estupenda malvada Barbara Stanwyck, sino que el “churro” de “Serenata” con Mario Lanza, Sara Montiel y Joan Fontaine, dirigido por Anthony Mann, era una adaptación super censurada y “light” del estupendo libro “Serenade”, el cual, coincidentemente, por esos días llegaron a la librería de Polo Duarte unos cinco ejemplares de dicha novela en una edición auspiciada, si no mal recuerdo por Alianza Editorial, los cuales de inmediato quedaron en las manos de los mismos contertulios, pues la “venta” ya la había realizado Pancho. Para mi infortunio, al poco tiempo de acabarlo de leer, fue uno de los libros que extravié en una de mis mudanzas de casa, sin que a la fecha haya podido reponerlo en mi biblioteca.

Pero regresando a “El Cine Nuevo del Nuevo Siglo (Y Otras Nostalgias) conforme avanzaba en su lectura y se iban mezclando los gestos de asentamiento con su aprecio por determinadas películas o actrices, no dejaban de aparecer las muestras de rechazo o cuestionamiento a determinadas afirmaciones, sin que esto motivara el dejar su lectura, porque si algo tiene Francisco Sánchez, con su búsqueda de hacer de manera diferente la reseña fílmica, cuyo “propósito es que al tratar sobre cine se abarque también lo que va junto al cine, ensayando un procedimiento por medio del cual, aparte del análisis forma inherente a todo texto crítico, se admitan elementos de naturaleza propiamente literaria tales como páginas sueltas de un diario que no llevo o como apuntes diversos de unas memorias que no pienso escribir”, logrando con ello, evidentemente, ser un personaje más en su propio libro. Personaje con el cual es posible ir dialogando, discutiendo y gozando con sus asertos a lo largo de las más de trescientas páginas que lo componen. Sólo me resta esperar que estos deshilvanados apuntes sobre la obra de Pancho Sánchez, logren su cometido de motivarlos a leer ese estupendo libro que es “El Cine Nuevo del Nuevo Siglo (Y Otras Nostalgias)”, el cual ya se encuentra en las librerías. Por cierto a lo de “y otras nostalgias”, achánquele los memoriales sobre la añeja amistad, pero no la falta de objetividad, ante mi afirmación de que efectivamente Pancho Sánchez es un autor para ser leído y comentado..

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