La vida en rosa, y entre miserias
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 24 de Marzo de 2008 | Categorias: Biofilmografias, Estrenos, Melodrama | Tiempo de Lectura: 6m 26s | Leido 289 veces.
Una de las grandes dificultades para el cine ha sido la biografía. Desde su aparición ha sido enorme la tentación de hacer retratos vivenciales de los personajes excepcionales de la historia y de la sociedad en general, pero los resultados siempre son disparejos y, generalmente, injustos. Tal es el caso de la biografía de Edith Piaff que se exhibe en nuestro país con el título de “La vida en rosa”.
El asunto es que la cinta llama la atención por dos razones de peso: primeramente porque su estrella ganó el premio de la academia de cine estadounidense, y en seguida porque el personaje en cuestión, el “gorrioncito” francés, resulta ser uno de los más extraordinarios representantes de la cultura popular del siglo XX y en sí misma un emblema de lo que ha sido trascendente de la sociedad francesa aún hoy.
El problema principal consiste en el juicio acerca de si la cinta es comercial o no, y desde luego se descarta cualquier enfoque en ese tono porque toda película es un producto industrial destinado a su venta, es decir, al comercio, pero eso nada tiene que ver con su calidad; de otra parte está el asunto de cómo trata la biografía de la más grande cantante popular francesa, y resulta que ahí empiezan los problemas.
La vida de Edith Piaff estuvo marcada por una enorme dificultad personal y social para subsistir: Es un personaje que surge en una sociedad que acaba de ser derrotada por ejércitos extranjeros (aunque pírricamente “ganó la guerra”) pero también por la historia porque al finalizar la primera guerra mundial Francia jamás recuperó su sitio de dominadora cultural y social en el planeta y todo a favor de los Estados Unidos, una nación a la que directa e indirectamente ayudó para formarse joven y poderosa, y este mundo social encuentra un extraño retrato en la cinta de Olivier Dahan, que nos presenta una Francia devastada no solo en sus grandes ciudades como París, sino en los pueblecillos de Bretaña, en la campiña que las películas nos han señalado como pintorescas, en los habitantes enfrascados en pasiones insondables y oscuras (prostitutas demacradas que se enamoran de la niña y no del cliente, soldados sin guerra que viven en perpetua huída), y en ese duro entorno, fotografiado en claroscuros repelentes, nos entrega la infancia y adolescencia de la Piaff.
Ciertamente es un retrato verosímil de la Francia posterior a la caída de Verdún, y la mirada sobre los compatriotas resulta de una crudeza admirable por cuanto proviene de un habitante del mediodía galo, el cual debe conocer bien esas realidades cercanas de la pobreza y, que debe haber conocido, por las nuevas medidas globalizadotas que despojan al campesino europeo a favor de las corporaciones, así pues resulta una fotografía donde la parafernalia del cine ayudó al director con el trabajo de Olivier Raoux y Beata Brendterová a cargo del diseño de producción y los escenarios, pero desde luego a una historia con diálogos difíciles por el juego en tiempos, que el mismo Dahan con su coescritora Isabelle Sobelman. insertaron en función de una película que se antoja sería más larga y parece recortada para ajustarse a las exigencias del mercado estadounidense.
Pero la cinta no parece haber sido escrita específicamente para el mercado yanqui sino para el global, las referencias directas en contra de los Estados Unidos y su cultura son brutales, incluso como opiniones directas de la Piaff, aunque, como en casi ninguna otra película, se hacen homenajes frecuentes a la cultura popular estadounidense (Edit Piaff en la sala de grabación espera turno para imprimir acetatos sentada entre dos retratos de Billie Holliday, y comenta que ya tiene sus discos para escucharlos).
Y he aquí una buena guía para entender la pasión que mueve al director: el sentimiento profundo que expresa el arte popular del siglo XX, por ello es tan importante la aproximación a personajes como la Piaff y es de lamentar que en el breve tiempo de exhibición (140 minutos, según reporte del DVD) apenas se bosqueje la personalidad y la importancia de la cantante gala. Aunque en verdad le va mucho mejor que sus colegas en el cine, la pobre Holliday recibió un trato brutalmente esquemático gracias a Sidney J. Furie y Diana Ross, cuyo “Lady Sings the Blues” convirtió a la gran dama del jazz-blues en una negra con problemas de identidad resueltos en drogadicción, y al menos Charlie Parker tuvo a bien caer en manos de Clint Eastwood para “Bird”, que con todo y sus posibles defectos, es un gran retrato de un artista y su época, de la tragedia del arte en la sociedad urbana que antepone el utilitarismo al disfrute y la humanidad.
El cine como parte del arte popular resulta una escuela emotiva muy afincada ya en la vida de las ciudades, y hasta fuera de ellas, sin embargo el sentimentalismo es el defecto más grande que suele desbaratar las buenas obras, películas o no, y que en el caso de “La vida en rosa” pasa de lado, Dahan se mueve perpetuamente en la frontera que divide lo visceral y primitivo del sentimiento como expresión de la existencia personal. El director sabe el peso específico de una figura cuya inmortalidad se debe al impacto popular de su arte y lo único que intenta con la película es darnos una guía para entender el origen de ese sentimiento inigualado que evoca el canto de la Piaff, a pesar de que la trama nos lleva de prostíbulo al circo y de ahí a los grandes escenarios, no cae en la trampa de buscar la fácil lágrima de lástima. Nos conduce por el camino de la simpatía, de ver que la voz y la mirada de la Piaff son una clave para entender la sensibilidad cara a la gente de todo un siglo, especialmente los ojos, que en la actuación de Marion Cotillard lucen espléndidos hasta recordarnos las portadas de los viejos acetatos de la Piaff.
Lo imperdonable de la película es la falta de gente, pues aunque su reparto es enorme no aparecen los personajes con que Edith Piaff se codeó para conformar el ambiente cultural de París antes y después de la guerra, tampoco está la intensidad de su vida en el conflicto, cuando se codeó con Sartre y con Camús, cuando se convirtió en emblema de su nación a través de una música que, habiendo salido de las calles, se elevaba mucho más allá del folclorismo que se finca en el acordeón de Jo Basile y los pésimos chistes de Maurice Chevalier. Como una concesión a la memoria de los viejos, Dahan nos entrega un encuentro memorable de la Piaff con Marlene Dietrich (encarnada por Caroline Sihol), y de oídas sabemos que Ives Montad estará en el público del Odeón para escucharla, pero de Aznavour, de Trenet, de Malraux, de tantos otros que compartieron el París de la Rive Gauche y las discusiones filosóficas acompañadas de vino y la voz de ella, apenas si hay lejanas referencias, parece que ese mundo perdió significado para el director y su generación, o bien que lo que parece faltar de cinta dio una concesión de mercado mucho mayor a la evidente.
Filmografía:
Vida en rosa, La. (La Möme). D. Olivier Dahan. Con: Marion Cotillard, Sylvie Testud, Gérard Depardieu. Guión: O. Dahan y Isabelle Sobelman. FRAN/GB/CHEK. 2007.
Bird. D. Clint Eastwood. Con: Forrest Whitaker, Diane Venora, Samuel E. Wright. Guión. Joel Olianski. EUA. 1988.
Lady Sings the Blues. D. Sidney J. Furie. Con: Diane Ross, Billy Dee Williams, Richard Prior. Guión. Chris Clark y Suzanne de Passe. EUA. 1972.










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