La primavera del octavo ciclo del siglo XXI se llevó al más reciente hereje de la cultura occidental: Arthur Charles Clarke, nativo de Surrey, Inglaterra y ciudadano adoptivo de Sri Lanka (la antigua Ceilán, hasta poco después de la llegada de este personaje) por fobia al racismo, por rechazo al etnocentrismo caucásico y su brutal violencia hacia los otros y a sus propias generaciones.
Como profesional de la escritura difícilmente dedicó alguna línea para criticar abiertamente al gobierno británico o a las acciones de los europeos hacia el resto del mundo, sin embargo como literato destinó largas peroratas en contra de la violencia en sitios como Sudáfrica, especialmente en sus relatos colectados en Viento del sol (accesible en español a través de Alianza Editorial), pero su fama está muy lejos de esta línea narrativa.
Universalmente se le reconoce por uno de sus relatos menos brillantes: El vigía “The Sentinnel” (o El vigilante, según sea la edición argentina o española), matriz que cristalizó en la monumental película 2001. una odisea del espacio, con Stanley Kubrick como director, aunque las nuevas generaciones lo conocerán mejor a causa de su incursión en la Internet con la conversión de su novela Cita con Rama a audiovisual electrónica y la elaboración directa de la novela 2061, odisea del espacio tres en la red.
Como relator Clarke tuvo dos pecados fundamentales: creer en la tecnología y en el ser humano. Pero esto merece revisarse. Como buen británico y egresado del King’s Collage de Londres, se educó en la creencia firme de que los humanos nacen iguales y se distinguen de otros seres por su progreso, cuya manifestación mayor sería, justamente, la conjunción del pensamiento y la acción representada por la tecnología, de la cual es pionero al tener la paternidad del sistema satelital de comunicaciones gracias a que ideó los satélites estacionarios en su libro Voces que nos llegan del cielo (Voices from the Sky) de 1959, que solo era una expansión del artículo Extra-terrestrial relays, publicado en la revista inglesa para radioaficionados Wireless World en 1945; sin embargo fue de los primeros en condenar el poderío atómico en su novela maestra El fin de la infancia, donde para salvar a la humanidad de su autodestrucción revierte los efectos de la tecnología contra los que la usan (“…en la plaza de toros de Tijuana todos los espectadores saltaron de dolor cuando la divisa penetró el lomo del toro…”), y sin embargo creía, como Herbert George Wells, en que la tecnología permitirá al hombre conquistar el mundo natural como promulga el humanismo de Bacon (King’s College al fin y al cabo).
Su creencia en el ser humano le hacía concebir a la especie en una continuidad inusitada del tiempo, parecía ver la evolución como un avance hacia lo ignoto, la del hombre mismo como un viaje hacia la unidad no solo de la especie sino de su materia con el Cosmos, como una entidad privilegiada que llegaría por si sola a ser parte de la energía universal: sus herederos del hombre en El fin de la infancia se unen de las manos y como una ráfaga de luz se van a las estrellas; David Bowman se irá envejeciendo hasta convertirse e un feto cósmico que mira a los espectadores de cine; Frank Poole viajará congelado en el espacio hasta que una raza superior le devuelve la vida y la conciencia para saber que el ser humano forma parte del Todo.
Alguna vez habló del hombre como un contenedor, decía que para aproximarse a nuestro ser había que conocer el complejo mecanismo de nuestro cuerpo y entonces sí poder aproximarse a lo que realmente somos (en alguno de los números agotados de la Revista Minotauro, fuera de circulación por décadas), y es que su pensamiento rompió con el humanismo anglosajón cuando vio que los eruditos del siglo XV francés incluyeron a todos los testimonios mayores del hombre no solo de Europa, sino de Asia y África, para poder entender el humanismo como propio de lo humano y no un patrimonio centrista de los alemanes o de los occidentales caucásicos.
La otra carga que nos dejó como usante del lenguaje fue su lúcida calidad retórica y gramática; conocido como relator de ficciones su uso e imaginación estuvo al servicio del conocimiento y su transmisión, antes que nada escribió de ciencia, como ensayista y divulgador, entendió la función del lenguaje como una manera de aproximar a los hablantes y por ello lo empleó con tanta propiedad como la gramática y el estilo permitían; juzgó y cultivó como precioso el ejercicio del periodismo e hizo su mejor homenaje para ello en la novela Las arenas de Marte, cuyo personaje es el primer reportero enviado al plantea rojo y recibe lecciones de retórica profesional de los científicos de la expedición: reglas para redactar deslizadas como crítica de sus reportes a la tierra.
Si bien es cierto que a su obra de ensayo y de ficción debemos mucho de la construcción para esta sociedad “posmoderna”, la verdad es que como futurólogo Clarke fue un desastre, pronosticó una crisis internacional por el control de Centroamérica en 2010, odisea dos, que jamás tuvo lugar fuera de la versión fílmica, y sus predicciones acerca de la formación de un monstruo de comunicación merced al crecimiento del empleo del teléfono jamás previó la existencia del teléfono celular ( en esta historia al completarse un número de aparatos telefónicos similar al de las neuronas de un cerebro esa telefonía, transportadora del lenguaje y la inteligencia humanas, cobre vida), pero como autor sabía que la ciencia-ficción no es un sitio apocalíptico para prevenir futuros sino una formad e poetizar a la manera aristotélica de lo que el hombre hace de sí y de su planeta.
En el cine tuvo una fortuna irregular, porque el trabajo con Kubrick para transformar El vigilante en 2001, una odisea del espacio, probó las enormes limitaciones del lenguaje escrito que debió transformar el director en un discurso que empatase con el de Clarke (baste cotejar la película y la novelización del guión por el propio Clarke) y lo peor llegó después cuando su personaje favorito, HAL 9000, el computador que aprende, fue acusado de ser fruto de un “síndrome de Frankenstein”(la maldición colocada por James Whale en la novela de Mary Shelley con que toda creación del ser humano se vuelve en su contra) y debió crear a SAL 9000 y al doctor Chandra (Sivasubramanian Chandresgarampillai) para explicar que el comportamiento de HAL (asesinar a la tripulación de la Discovery) solo era resultado de la obediencia en prioridades a sus instrucciones y no una irrupción del “mal” en una máquina, todo ello generó la película 2010, el año que hicimos el contacto, que al llegar al cine en manos de Peter Hyams perdió el hermoso homenaje literario que hizo Clarke al maestro soviético Iván Efremov al escribir la muerte de la tripulación china que llega al satélite joviano Europa, por un símil menos fantástico e igual de misterioso que el monstruo eléctrico que recibe a poscomunistas en la lejana Nebulosa de Andrómeda (ediciones de Cultura Popular, si todavía hay por ahí); desde luego quedó el consuelo de que su novela premiada Cita con Rama fue la primera en convertirse a la nueva forma digital a través de la Internet y está más de acuerdo con el humano del siglo XXI.
Cuando Stephen King decidió escribir directamente en la red sus nuevas novelas (con gran éxito para quien pueda pagar muchos dólares por tan solo unas páginas en cada entrega) solo siguió a Clarke, quien ya irradiaba a la iconosfera su 2061…, y aún no está a la venta en español(a menos que alguien tenga el dolor de cabeza de utilizar los traductores electrónicos), pero sería útil consultar la entrega de los Oscares donde Clarke sostiene un diálogo con Frank Poole-Gary Lockwood para contarnos de qué se trata: porque eso sí, fue el primer escritor de ciencia-ficción que participó a distancia en videoconferencia para la ceremonia máxima de la Academia Americana (estadounidense, mejor) de Artes y Ciencias Cinematográficas.
Hereje como siempre, Clarke abandonó la Academia Real de Astronomía, la de Astronáutica, la Sociedad Británica Interplanetaria y la Biología Marina, para dedicarse a la investigación submarina en el Índico y alejarse de la perniciosa sociedad de consumo occidental, pero no de la tecnología ni de la literatura, aunque en ella nos ha entregado una dedicatoria a su odio por el racismo en la narración Podemos curarlos, donde cuenta un origen extraterreno de la humanidad que, transformada por la molicie en un planeta tropical, se vuelve raza blanca y salvaje. Descanse en paz y en misticismo.