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Luis Buñuel y Los Hijos de Los Olvidados

Escrito por Rafael Aviña | 22 de Febrero de 2008 | Categorias: Cine Mexicano, Cine de Siempre en DVD, Directores, Melodrama | Tiempo de Lectura: 9m 59s | Leido 464 veces.

olvidados-1.jpg1.- Los Olvidados. Muestra de un cine inexistente.

A mediados de los años 40 la ciudad de México padecía los extremos de una modernidad que marcaba de forma tajante la división entre pobres y ricos tal y como el cine nacional de ese momento se empeñaba en documentar. Las ganancias extras para empresarios y políticos en relación a las inversiones extranjeras eran notorias, a su vez, la corrupción gubernamental y la proliferación de nuevos ricos ampliaban la brecha social y los contrastes se hacían evidentes a pesar del surgimiento de una emergente clase media.
A las fastuosas mansiones ubicadas en las Lomas de Chapultepec o el Pedregal de San Ángel, correspondían zonas como la Candelaria de los Patos e infinidad de asentamientos irregulares que conformaban las famosas ciudades perdidas en las orillas de la capital y lo mismo sucedía con las diversiones nocturnas; ese México de noche que tanto furor causó en el alemanismo. Es decir, si los “rotos fufurufos” se daban la gran vida en los cabarets de lujo como el Waikiki, o El Patio, el pueblo tenía a su disposición centenares de antros de mala muerte en las calles de El Órgano o en la zona de Nonoalco y similares para reventarse de manera gozosa y libre.

En ese contexto, una obra como “Los Olvidados” de Luis Buñuel, no sólo rompía con los moldes de una cinematografía que utilizaba las desventuras infantiles como burdo pretexto de una serie de relatos melodramáticos cargados de moralina, sino que planteaba una serie de viñetas que se anteponían a las estadísticas oficiales de la época. En efecto, el cine nacional, principalmente el realizado durante los sexenios de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortinez, dedicó buena parte de su filmografía a documentar las virtudes de niños nobles y heroicos que se aventuraban por infiernos cotidianos muy alejados de las políticas oficiales y sus discursos triunfalistas.

olvidados.jpgSe acercaba 1950 y a instancias del productor Oscar Dancingers, hombre clave en su carrera, quien le confiara la dirección de “Gran Casino” (1946) -su primer trabajo para la industria fílmica mexicana-, Buñuel recorrió junto con el escenógrafo Edward Fitzgerald y su coguionista, el también español Luis Alcoriza, varias de las ciudades perdidas y colonias proletarias del Distrito Federal hurgando en lo que sería la génesis de “Los Olvidados”, un intento por documentar no tanto las causas y consecuencias de la pobreza en la ciudad de México, sino la infancia abandonada. Lo curioso, es que este filme hiperrealista despertó de inmediato enconados comentarios en relación al espectáculo “denigrante” de la miseria en los barrios bajos de nuestro país.

Los problemas se iniciaron desde el inicio del rodaje: el brillante dialoguista Pedro de Urdimalas se negó a poner su crédito en pantalla, la encargada de peluquería renunció luego de la escena en la que Stella Inda rechaza a su hijo Pedro (Alfonso Mejía), alegando que ninguna madre mexicana sería capaz de tal infamia. Parte del equipo técnico no comprendían la insistencia de Buñuel por retratar un horror a todas luces cotidiano: los torpes embates libidinosos del ciego hacia la pequeña Alma Delia Fuentes, o los menores de edad trabajando en una improvisada feria. El estreno llevado a cabo en el Cine México el 9 de noviembre de 1950 provocó indignación al grado que se solicitó la expulsión de Buñuel de nuestro país.
olvidados-3.jpgPara entonces, la zona de Nonoalco donde se había filmado buena parte de la historia, se había convertido ya en el escenario de pobreza, perdición y criminalidad de decenas de filmes como “Vagabunda” (1950), a cuya protagonista, el puente de Nonoalco la separaba de la vida decente, por ejemplo. “A la Sombra del Puente” (1946) de Roberto Gavaldón, adaptada de una obra estadunidense por José Revueltas y Salvador Novo, era una historia de criminalidad filmada en locaciones auténticas de aquellos rumbos, donde tendría lugar a su vez varias escenas del drama doméstico “Del Brazo y Por la Calle” (1955) con Manolo Fábregas y Marga López, “Manos de Seda” (1951) con David Silva como un hábil ladrón, o “Víctimas del Pecado” (1950) del Emilio “El Indio” Fernández, que utilizaba a un niño como melodramático receptor del horror social.

El espléndido fotógrafo Gabriel Figueroa fue el encargado de pintar con luces y sombras esa zona límite de la miseria y el esplendor de un mismo país. Descubría un Nonoalco árido y castigado por un sol calcinante en medio de edificios en construcción; los de un México que se alzaba bajo la miseria de una juventud urbana y desposeída. Y es justo en “Los Olvidados”, donde puede encontrarse a ese otro esteta de la imagen: el Figueroa de la mirada citadina que capturaba el opaco brillo de unas camas de bronce en un cuartucho miserable, los tiraderos de basura donde se reciclan cadáveres, o la fantasmal recreación de una pesadilla con tintes eróticos.

olvidados-2.jpgPor si ello fuera poco, Buñuel mostraba en “Los Olvidados” el éxodo de miles de indígenas que dejaban sus rancherías para probar suerte en esa suerte de espejismo urbano en que se había convertido la ciudad, representado en el personaje del Ojitos (Mario Ramírez), niño indígena abandonado por su padre en la capital. Asimismo, el cineasta exponía una suerte de documento sociológico sobre el crimen, la violencia y la falta de oportunidades para los jóvenes. Sus personajes eran adolescentes, casi niños en una sociedad hostil que crea delincuentes y víctimas sacrificables como lo refiere el ciego Carmelo cuando escucha los disparos que ciegan la vida del Jaibo: “¡Ya irán cayendo uno a uno! ¡Ojalá los mataran a todos antes de nacer..!

Otro elemento a destacar en una obra que inauguraba un tipo de cine inexistente en nuestro país, más adulto y sin fardos melodramáticos, era el asunto de la maternidad. Así, en contraste con las madres buenas y amorosas típicas de nuestra cinematografía, “Los Olvidados” mostró un rostro muy distinto de la imagen materna. Stella Inda, encarnaba a la madre llena de hijos que no había perdido ni su sensualidad ni el deseo y que elige el sexo con El Jaibo antes que los deberes para con sus vástagos. Por ello, al tratarse de una madre tan atípica, nadie quería quedarse con ese papel y fue la propia Stella Inda quien le solicito a Buñuel el personaje, aconsejada por Ernesto Alonso cuya voz se escucha al inicio del filme en su papel de “narrador”.

olvidados-4.JPGEn el cine mexicano previo y contemporáneo a “Los Olvidados”, los infantes eran sometidos a toda clase de vejaciones e injusticias sociales a partir de argumentos extraídos de los más angustiantes relatos de las historietas realistas de un José G. Cruz o similares, mismas que servían a cineastas y a gobernantes para criticar los malos hábitos de la sociedad con el fin de erradicarlos -al menos, eso se suponía-. En ese sentido, un filme como el de Buñuel, no tuvo conmiseración alguna para plantear los problemas de injusticia que involucraban a niños y jóvenes en un país que negaba su existencia. Ahí está para demostrarlo, la escena de la escuela-granja de Tlalpan donde la frustración social de esos adolescentes se exorciza despanzurrando gallinas con un palo, o aquella imagen en la que Pedro, el protagonista, es observado a través del escaparate de una tienda mientras es abordado por un pederasta. La luz difuminada y la barrera del cristal no sólo sirven para encuadrar y separar esa escena de una realidad, prefigura a su vez, una imagen poética de la opresión, la crueldad y la ambigüedad de una sociedad de doble moral capaz de generar víctimas infantiles, las más vulnerables del sistema.

De hecho, se trata del mejor y más fiel documento sobre la iniquidad social y moral cometida contra una infancia desamparada. Una obra maestra de un realismo y una crudeza devastadora, cuyas imágenes parecían opugnar con aquellas otras que proponía la entonces ingenua publicidad de compañías ligadas a la imagen como lo sería Kodak a finales de los 40 y que se erigía como “cronista de los niños”; aquellos que “con su gracia natural presentan mil escenas encantadoras”, muy distintos de aquella niñez mexicana que planteaba Buñuel en “Los Olvidados”.

olvidados-5.jpgCon seguridad, consciente del impacto del cine neorrealista italiano que había otorgado al mundo filmes como: “Roma, Ciudad Abierta” (Roberto Rosellini, 1944), “El Limpiabotas” (Vittorio de Sica, 1947), o “Ladrones de Bicicletas” (Vittorio de Sica, 1948), Luis Buñuel tomó prestados elementos de ésta corriente surgida en los años de la segunda guerra mundial y que se inspiraba en situaciones cotidianas de la Italia de aquella época, no muy distinta de la realidad mexicana de entonces: pobreza, desempleo, hacinamiento, condiciones de insalubridad doméstica, carestía de alimentos, abandono infantil y más.

Al igual que los cineastas neorrealistas, Buñuel, evitó maquillar su relato y recurrió a los lugares verdaderos donde ubicaba su historia (Nonoalco, el pueblo de Tlalpan, San Juan de Letrán), barriadas alejadas, tanto de la mano de Dios como del gobierno, que inspirarían centenares de filmes nacionales desde una óptica totalmente opuesta y paternalista. Con ello, los ambientes realistas donde surcaban por igual payasos callejeros con sus famélicos perros entrenados para hacer suertes baratas o limosneros con todo tipo de discapacidades cuya miseria resaltaba aún más grotescamente su condición, se convertían en escenarios insólitos por su crudeza y su verismo.

olvidados-6.jpgA diferencia del cine de ese momento, cuya producción superaba por lo general los cien títulos al año, “Los Olvidados” resulta un garbanzo de a libra, una suerte de parte-aguas cultural y social en una cinematografía que destacaba lo melodramático por encima de lo realista. La moraleja y los conceptos edificantes por sobre la conciencia social y las injusticias. Un cine, cuyo pintoresquismo y folclor de la miseria ahogaba la posibilidad del testimonio sociológico, sepultando cualquier asomo de crítica o análisis de una cotidianidad imposible de ocultar.

Los personajes de esta magnífica obra buñueliana que conseguiría varios años después despertar una conciencia fílmica creando seguidores e imitadores en México y en el mundo, parecen seres de carne y hueso, creando con ello un gran logro documentalista. No en vano, el cineasta eligió a actores desconocidos sin personalidades excesivas, para dar vida a los protagonistas de su relato, rodeándolos de algunas figuras que se alejaban del encasillamiento y el renombre popular. Y es que el cine infantil y social de aquellos años, estaba ligado a una serie de películas en las cuales los niños surgían como simples comparsas: una suerte de pequeña carne de cañón melodramática en todo tipo de dramas y comedias urbanas o rurales, representada por chamacos de la talla de: Evita Muñoz Chachita, María Eugenia Llamas Tucita, Narciso Busquets, Angélica María, o Ismael Pérez Poncianito, proclives a excesos tan siniestros y delirantes como involuntariamente divertidos.

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