El cine policiaco es una veta que a la industria mexicana le resulta pobre e infortunada; ciertamente algunas películas de la época de oro fueron realizadas con este formato aunque mejor ubicadas dentro del Cine Negro, pero en general la incursión en lo policiaco tuvo mayor fortuna con el cine marginal de narcotraficantes y contrabando en que lo policiaco osciló siempre entre la denuncia de corrupción y el despliegue destructivo utilizando efectos especiales y mucha sangre, este no es el caso de “Sultanes del sur”, de Alejandro Lozano, aunque participa de todas las características del cine policiaco mexicano.
Con cintas como “La noche avanza”, la industria nacional hizo la exploración del inframundo de las apuestas y el gangsterismo deportivo, su héroe, Marcos Arizmendi (Pedro Armendáriz) es el pelotari que imponía cierto carácter cosmopolita, poco usual en nuestras películas, y este parece haber orientado al director Roberto Gavaldón e influir a Alejandro Lozano para la construcción de la banda de asaltabancos de que trata la cinta.
Ubicada en una sociedad globalizada en avanzado estado de corrupción, la película cuenta un exitoso robo a un banco en México y la precisa maniobra de lavado de dinero en la Argentina. El guionista y actor Tony Dalton maneja con agilidad e ingenio el trazo de sus personajes y Lozano sigue el mismo designio para hacerlos encarnar. Lo más asombroso, es que la trama va atrapándonos y llega a un final que debimos esperar desde el inicio y sin embargo nos sorprende, quizá porque en el juego dialectal del español suramericano y mexicano logran que perdamos las pistas visuales que aparecen todo el tiempo.
Mexicanada (o mejicanada) es una palabra despectiva con que los sureamericanos designan una trampa bien trazada para estafar, y éste es el centro de la película; desde el principio resulta chocante la aparición de un personaje claramente mexicano, Silverio Palacios-Leserio Domínguez, pero en la tradición caricaturesca del pancho en Cisco Kid o el Chon Prieto en la historieta “Los agachados”, desde que aparece en la trama es ya un indicio de la condición nacional definitiva.
El trazo caracterológico de este personaje sigue líneas de conducta y actitud ya seguidas por el actor en otras películas, es un resumen del perdedor a la mexicana: hablador, inoportuno, ingenioso y astuto hasta donde se necesita inteligencia, pero cobarde ante la violencia y la muerte; muy a la manera del personaje de la historieta de Rius en su época dorada y sin embargo el Leserio Domínguez no es nada de eso sino al contrario, resulta la encarnación viva del concepto “mexicanada”.
A lo largo de la cinta aparecen personajes cada vez más complejos que compiten por la brillantez de su dominio personal, lo mismo el mafioso porteño Celso Bugallo (a) el tejano, que el jefe de policía corrupto o los pandilleros desubicados en una ciudad extraña en donde su encuentro cultural se ubica en la unidad e ingenio para sobrevivir la globalización por medio de la viveza y la inteligencia orientadas al único punto fuerte frente a la deshumanización del proceso: el crimen.
Extrañamente la película plantea un robo a la alta escuela con empleo de tecnología sofisticada y por segunda vez en el cine mexicano la acción es creíble por bien llevada a la pantalla, su antecedente en este plano lo situaría en “Ver, oir y callar”, de Alberto Bravo García, y esto queda bien en dos sentidos: dar verosimilitud auténtica a la cinta y empatar con la calidad del mercado al que se dirige, aunque éste dependa por entero de los sistemas de distribución, inalcanzables por los talentos de dirección, guión y producción, pero queda esperar algo bueno, porque aún está en cartelera.
Filmografía:
“Ver, oir y callar”. D. Alberto Bravo García. Con: Mauricio Ochmann, Luis Felipe Tovar, Paola Nuñez. Guión: Arturo A. Bravo. MEX. 2005.
“Sultanes del sur”. D. Alejandro Lozano. Con. Tony Dalton, Ana de la Reguera, Silverio Palacios, Jordi Molla, Leserio Domínguez. Guión: Tony Dalton. MEX/ARG/ESPÑ. 2007.