Un campeón de mil rostros*
1.- 1973. Un año que iniciaba. Una noticia perdida: simplemente mala suerte.
Arrancaba 1973. El optimismo de un nuevo año era capaz de mantener la fe en los acontecimientos celebratorios de 1972 y asimismo, borrar las imágenes más dolorosas o incómodas del pasado. Para el primer día del año de 1973, los mexicanos habían aprendido a ayudar un poco, aflojando un foco, según rezaba una de las más exitosas campañas del Consejo Nacional de la Publicidad. Asimismo, los mexicanos en edad de merecer, teníamos en los labios, la letra de Carlos Blanco –con la ronroneante voz de Víctor Iturbe El Pirulí-, y en la mente, el hermoso rostro de Verónica (Castro)…: ”Verónica, extraño tu voz, cuando, no estás junto a mi. Verónica, te quiero deciiiiiirrrr. Que te extraño tanto, que no puedo más. Que te quiero tanto…amor. Quiero, tus ojos miraaaaaaaar. Quiero, tu boca besaaaaaar…”…
El anuncio de la Universidad abierta que daría cabida prácticamente a 30 millones de mexicanos, entre obreros, empleados y campesinos que por diversas causas, no tuvieron acceso a cursar estudios superiores en la UNAM, era ya una realidad. La muerte de Francisco Javier Chapa del Bosque, mejor conocido como Profesor Zovek, ocurrida en Cuautitlán, Estado de México, era una tragedia digna de seguirse comentando casi un año después. El mentalista, telépata, acróbata, efímera estrella cinematográfica de 32 años, protagonista de sólo dos películas: El increíble Profesor Zovek y La invasión de los muertos dirigidas por René Cardona, acompañado de Germán Valdés Tin Tan y Blue Demon, respectivamente, había representado sin duda, lo más cercano a un Houdini mexicano.
De su extraño accidente surgieron muchas interrogantes: había caído a 15 metros de altura, ante más de mil quinientos espectadores, niños en su mayoría, mientras se balanceaba en el aire, atado de un cable sostenido por un helicóptero que piloteaba el capitán Merino. Se dijo, que aquello fue un atentado, corrían rumores de que Zovek había sido el entrenador de los Halcones, protagonistas del Jueves de Corpus de junio de 1971. No obstante, lo que nadie olvidaría, serían sus miles de abdominales ejecutadas en vivo en el programa conducido por el extinto Raúl Velasco, Siempre en Domingo.
Para los mexicanos que iniciaban con confianza el año de 1973, los sucesos del frente asiático, la pesadilla de Vietnam que tantas bajas causaba día a día al ejército estadunidense, era algo muy lejano, no así, los destrozos a la estatua de La Piedad obra religiosa de Miguel Ángel, en el Vaticano, por un maniático húngaro de nombre Laszlo Toth, o el asalto terrorista en la Olimpiada de Munich, donde perdieron la vida varios atletas judíos, al igual que la muerte de guerrerense Genaro Vázquez Rojas, a quien la prensa trataba de “gavillero y sanguinario asaltante”. Todo ello, en medio de estrenos cinematográficos como los de: Los diamantes son eternos que marcaba el regreso de Sean Connery al personaje de James Bond, El padrino, La aventura del Poseidón, Cabaret, Teorema, Kalimán el hombre increíble, El fantástico mundo de los hippies o Tacos al carbón.
Temas musicales como los de: Rosas rojas con Massimo Ranieri, Pastelito americano con Don McLean, Sólo otra vez con Gilbert O’Sullivan, Amor infantil con Donny Osmond, No se ha dado cuenta con Roberto Jordán, No tengo dinero con Juan Gabriel, Miénteme con El Pirulí. Telenovelas como La gata con María Rivas y Juan Ferrara y exitosos programas de TV como el de Sube, Pelayo sube que trasmitía el Canal 2 a partir de las 7. 45 de la noche, eran para los mexicanos de ese enero de 1973, asuntos de un pasado inmediato.
Junto con Zovek, se habían ido a la fosa del olvido, otras personalidades del cine nacional como: Yerye Beirute, costarricense afianzado en nuestra cinematografía, que había destacado abriendo tamaños ojotes, e interpretando siempre el papel del loco, el idiota, el villano malvado, o el científico oligofrénico, con su cabello crespo y su mirada penetrante, en El chismoso de la ventana. También, José Torvay, Rodrigo Ampudia de los Tex Mex, el galán español Jorge Mistral y Salvador Carrasco, célebre por su personaje radiofónico de El monje loco, según lo indicaba el periódico Cine Mundial, que incluía un fotorreportaje de la preciosa y bien formada Rebeca Silva, lanzada al estrellato por dicho diario y que en breve escandalizaría por sus desnudos en la pantalla grande.
La producción fílmica nacional de 1972 cerraba el año con una coproducción mexicana-ecuatoriana: Santo contra los secuestradores, dirigida por el artesano Federico Pichirilo Curiel, en la que Rodolfo Guzmán Huerta, el enmascarado de plata se trastocaba en mito del pancracio y en hábil agente de la INTERPOL y del FBI, al lado de la voluptuosa vedette, Rossy Mendoza y la industria reanudaba actividades el ocho de enero de 1973, con El juicio de Martín Cortés, dirigida por Alejandro Galindo, con Juan Peláez, Gonzalo Vega y Soledad Acosta. Justo ese día, la prensa destacaba la inusitada fusión de Telesistema Mexicano S.A. y Televisión Independiente de México, que operarían conjuntamente los Canales 2, 4, 5 y 8, monopolio de la imagen que pronto cambiaría su nombre al de Televisa.
No obstante, ese día ocho de enero, no todos los mexicanos recibían el año con optimismo. Y aunque la fe, el amor, la esperanza, la zozobra, el miedo, los rezos y los desvelos, se habían convertido en una suerte de bálsamo cotidiano para sobrevivir, la ex actriz de teatro y vodevil, Paquita Estrada, retirada hacía más de dos décadas del ambiente, sufría en silencio una espera angustiosa. Su marido, el veterano y extraordinario actor David Silva, protagonista de Campeón sin corona, ¡Esquina bajan! y Espaldas mojadas, se encontraba internado desde días atrás en el cuarto 508 de la Clínica de la Asociación Nacional de Actores, afectado por problemas circulatorios que se habían agravado, no sólo por su fuerte adicción al tabaco, sino debido a unas hemorragias internas provocadas por severos golpes en las piernas ocurridos hacia 1968 y 1971.
A pesar de la gravedad de la situación, del avanzado estado de gangrena que sufría su pierna derecha y lo que parecía un inminente desenlace, David Silva no perdía ni la fe, ni el entusiasmo, ni la sonrisa. Bromeaba con Paquita, con los médicos y enfermeras que le atendían y celebraba que su viejo amigo, el cineasta Alejandro Galindo, quien lo había dirigido en sus mejores películas, empezara el año filmando, al tiempo que revisaba la cartelera de cine para asistir en cuanto lo dieran de alta: Reed, México insurgente, Ángeles y Querubines, en la que había tenido una participación, bajo la dirección del debutante Rafael Corkidi, Melody, Amigos, El boxeador chino, Bikinis y rock, 4 Moscas sobre terciopelo gris, Trash o la polémica El cuerpo, que se exhibía únicamente en la Sala Buñuel.
Cuatro días después, el viernes 12 de enero de ese año de 1973, aparecía una noticia perdida en los diarios capitalinos, una nota a la que curiosamente los periódicos limitaron, sin darle mayor relevancia. El día 10, le había sido amputada la pierna derecha al protagonista de Ventarrón y Manos de seda. No había otro remedio. En Cine Mundial, el único periódico de entonces, dedicado al medio del espectáculo, mostraba un montaje fotográfico con varios rostros del actor, acompañado de una breve declaración del mismo: “Perdí la pierna y salvé la vida”. El 10 de Enero de ese 1973, Paquita Estrada había leído por casualidad la sección de horóscopos de El Universal: Su suerte para hoy. La predicción para David, del signo Libra, decía: “Jornada fácil. Continuaciones, esfuerzos reconocidos, Afectos. Probablemente incurrirá en algunos excesos…”
Días después, David Silva declararía con firmeza y sin lamentaciones: “Simplemente, fue mala suerte” y vaya que la suerte, el azar y el destino, acompañaron en inesperados trayectos al actor. David Silva empezó como extra en 1937, dos años más tarde, se había trastocado en un exitoso galán de la pantalla. En una de sus primeras y brevísimas apariciones figurando entre la bola, en el rodaje de La Zandunga, trabó amistad con la hermosa mexicana afincada en Hollywood y protagonista de la cinta, Lupe Vélez. Gracias a ese azar, logró irse a Hollywood, pero ahí, sólo estuvo unos cuantos meses. De nuevo, la caprichosa fortuna lo colocó estando allá, con una noticia de su querido México: la filmación de Kid Terranova que en breve produciría Raúl de Anda, inspirada en la vida de Rodolfo El Chango Casanova. David no lo dudó y desde Hollywood localizó a De Anda para solicitar el papel que lo consagraría y que ya estaba asignado a Abel Salazar.
¿Fue simplemente suerte? El azar le llevó a arrebatarle a Salazar el protagónico de Campeón sin corona con el que obtendría su mayor triunfo y el Ariel al Mejor Actor. La suerte lo colocó bajo las órdenes de quien sería su cómplice y realizador de cabecera, Alejandro Galindo. El azar lo llevó de galán a villano y de ahí a héroe urbano de un México en ascenso. La suerte lo envió a Cuba y de nuevo a Estados Unidos y otra vez a México. El destino, su entusiasmo y la fe en su profesión, lo llevaron a aceptar todo tipo de papeles, incluso a trabajar con los directores más polémicos y marginados de la industria, como: Alejandro Jodorowski, Juan López Moctezuma, Pablo Leder o Rafael Corkidi y con una nueva generación de cineastas, surgida de las recién formadas escuelas de cine: José Estrada, Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Alberto Bojórquez y Jorge Fons. La suerte le arrebató primero una pierna y luego la otra y ese mismo azar, unido a su esfuerzo, su trabajo y su espíritu de lucha, lo convirtieron en un actor de culto, una leyenda que merece ser rescatada de un injusto anonimato, en una época donde la historia patria y la cultura popular es asunto olvidado, sepultado bajo paletadas de globalización e ignorancia.
2.- Nuevos galanes para un nuevo cine.
En una época en la que los héroes de la pantalla valían por su impacto erótico y su presencia romántica, David Silva supo combinar ambos aspectos con un increíble tono de desdén. A fines de los años 30, los rostros de figuras como: Gary Cooper, Robert Taylor, Ronald Colman, Tyrone Power, Errol Flynn, Clark Gable, Cary Grant, o Charles Boyer, se sumaban a la de galanes de nuestro cine, que quebrantaban la respiración y hacían suspirar a las jovencitas y damas de edad que formaban largas filas en aquellos atrios del espectáculo, donde se veneraba religiosamente a nuevos y viejos Dioses, cuyo impacto místico iniciaba justo en las afueras de aquellas catedrales fílmicas como: el Balmori, Briseño, Rívoli, Edén, Roxy, Alameda o el Encanto, mientras admiraban los carteles y fotomontajes que publicitaban, tal o cual película.
Aquellas mujeres y muchos hombres por cierto, no dudaban en invertir otros 50 centavos más, en magazines como: Cine “Una revista mexicana para la cinematografía mundial”, que dirigía por aquel entonces José Pagés Llergo para Editorial Hoy, como parte de un ritual donde se buscaba comulgar en compañía de nuevos rostros que surcaban el firmamento de sueños ilusorios que duraban poco menos de dos horas. Así, al lado de un Pedro Armendáriz, un Arturo de Córdova, un Emilio Tuero, un Julián Soler, un Tito Guízar, un Ramón Armengod, un Ramón Pereda, o un Raúl de Anda, se sumaba el incipiente galán David Silva, quien se había convertido muy rápido en fulgurante estrella fílmica que impuso primero una personalidad alegre y despreocupada que muy pronto se volvería recia, irónica y seductora.
De hecho, había recibido su primera oportunidad estelar en pareja con Alicia Phillips –esposa del fotógrafo Alex Phillips-, en Viviré otra vez (1939) de Roberto Rodríguez con Adriana Lamar, Joaquín Pardavé y Ramón Armengod. Se trataba de un melodrama romántico que obtuvo buenos comentarios de público y crítica, con el que Cinema Reporter auguraba: “…El galán joven David Silva, va a conquistar muchos corazones…”. Aunque en la misma revista, pero varios años después, el inteligente y obsesivo columnista José María Sánchez García, escribía en su columna Apuntes de crayón: “Desde su indiscutible triunfo en Campeón sin corona, viviendo la parte de un conocido pugilista mexicano, las acciones de David Silva se cotizan más alto, ya que en ese filme reveló insospechadas dotes histriónicas que dieron al traste con su fama de galán frío e indiferente…”.
La primera escena en la que aparece David Silva en Viviré otra vez, donde encarna a José, un joven que es abandonado cuando niño y recogido por una buena y adinerada familia, aparece muy elegante, de traje, haciéndose el gracioso y llevándole dos regalos a la protagonista que se crió con ella, hija de sus padres adoptivos. Se trata de una canción que el mismo compuso y un perrito pequinés. Silva, extrae un violín y toca la melodía. Lleva el cabello ligeramente largo y sin vaselina y en verdad actúa con deficiencia. Masculla entre dientes, luce una sonrisa de sueño. Habla monótonamente, casi recitando y se ve muy jovencito, aún sin el gesto endurecido, o el carácter que vendría con los años, donde se foguearía con notables actores. Parece tan sólo uno más de esos galancitos simpáticos de la época, de los muchos que se quedaron en promesa y se ahogaron en el caudaloso río de una industria fílmica capaz de reinventar o relegar leyendas.
En efecto, a David, al contrario de los comentarios de sus fervientes admiradoras, se le acusó en un inicio, de ser únicamente un galán “Cara de palo”, por su incipiente inexpresividad, que poco a poco fue moldeando y superándose, hasta convertirse en un actor apreciable, precisamente en el momento en que tiraba por la borda los papeles de galán romántico y unidimensional, para apostar por personajes realistas y cotidianos, entresacados de los barrios populares y de profesiones más humildes y diversas, donde resultaba inimaginable lucir carita y estrenar tacuche de casimir. Relata el notable periodista fílmico Enrique Rosado en el prólogo de la revista Somos dedicada al actor (Octubre de 1999), que, David se ganó la fama de conquistador y siempre estaba rodeado de hermosas mujeres.
Al parecer, las jóvenes estudiantes de una escuela muy cercana al domicilio de David, en la esquina de Ramón Guzmán y Edison, desfilaban frente a su casa, “en la que, en el primer balcón de la izquierda, se leía el nombre de “David Silva”, precedido por la leyenda “Maestro de canto”, profesión del papá del joven actor”. Asimismo, “varias admiradoras trataban de conseguir su autógrafo en la cafetería del hotel Regis –situado en Avenida Juárez-, a la que David asistía con frecuencia”… Pero a fin de cuentas ¿Quién fue David Silva?
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*Primer capítulo del libro David Silva: Un campeón de mil rostros de Rafael Aviña, editado por la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, en su colección Miradas en la Oscuridad. Se pública con autorización expresa del autor.
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