Los chicanos en Gigante de George Stevens
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 2 de Febrero de 2008 | Categorias: Cine Norteamericano, Cine de Siempre en DVD, Directores, Melodrama | Tiempo de Lectura: 13m 32s | Leido 870 veces.
La espectacular “Gigante” (Giant, 1956) dirigida por George Stevens, con Elizabeth Taylor, Rock Hudson y James Dean en los papeles principales, a partir de una voluminosa novela debida a Edna Ferber, permite diversos acercamientos a la misma, que pueden ir desde destacar su vigencia como un culebrón, el cual logra sostenerse aun en pie, a 52 años de su estreno, con su trama sobre la saga de una familia texana, a través de unos cuarenta años de su existencia; igualmente cabría centrase solamente en las sobresalientes interpretaciones, en su carrera, de los tres protagonistas. Habrá quién se ocuparía de la labor minuciosa de George Stevens, para darle dimensión y grandiosidad a la historia; sin embargo cuando estaba intentando escribir algo sobre “Gigante”, me topé, entre los varios materiales que revise, con el tomo III de la obra “México Visto Por el Cine Extranjero” de Emilio García Riera, en que hace una extensa crítica a la película, con el título de “Las injusticias contra el chicano de Texas en ‘Giant”.
Antes de pasar a ofrecer la versión integra del interesante comentario, quiero señalar que he visto “Gigante” en varias ocasiones, desde su estreno en esta ciudad de Aguascalientes, a finales de 1957, en que se especulaba con su posible prohibición, ya que contenía escenas ofensivas para los mexicanos. Lo cierto es que cuando la ví, en reiteradas oportunidades en cine, entre 1957 y 1980, no encontraba dichas ofensas, aunque el hecho de saber que su duración original era de 201 minutos y que en los Estados Unidos se exhibía una versión aligerada en unos 28 minutos, mientras que la proyectada en México, apenas lograba alcanzar los 165 minutos, nos permitía sospechar que la censura nacional nos había ahorrado la pena del disgusto de hacer un entripado con las “ofensas” al honor nacional. Es por ello que cuando salió hace dos años la versión restaurada e integra de “Gigante”, con sus 201 minutos, en DVD, como parte del 50 aniversario de su estreno en los Estados Unidos, adquirimos una copia que nos permitió -¡por fin!- conocer en su totalidad, un filme, que a pesar de sus momentáneos baches en la fluidez narrativa, se logra mantener en pie, sin envejecer y como los buenos vinos mejorar, quizás porque ya no tenemos el prejuicio de su campaña de estreno como la última película de James Dean y que se trataba de una superproducción hollywoodense, que al estilo de la crítica de la época, había que acercarse a ella con remilgos, por tratarse un producto comercial, que buscaba antes que nada la taquilla.
Vayamos entonces al texto de Emilio García Riera: “Giant (1956), superproducción en colores de casi tres horas y media de duración, al modo megalómano de ‘Lo que el viento se llevó’, se inspiraba en una novela de Edna Ferber, autora que ya en otro ‘best seller’ llevado al cine –‘Cimarrón’- había propuesto un acuerdo entre dos magnitudes: tan grandes eran los territorios colonizados del ‘Far West’ como el coraje y el corazón de quienes los colonizaban. En ‘Giant’, el territorio era el Texas actual, y representaban en primer término a su vehemente población ‘anglo’ el poderoso ganadero Benedict (Rock Hudson), dueño de enormes extensiones (la hacienda Reata), su bella esposa Leslie (Elizabeth Taylor), ‘importada’ del este, y un joven desposeído y neurótico, Jett (James Dean), convertido después por la fortuna en un inescrupuloso y omnipotente magnate pertrolero”.
De hecho, ‘Giant’ puede ser vista como la fábula del ‘tycoon’ bueno y el ‘tycoon’ malo. El bueno (Hudson) representa los valores tradicionales del trabajo esforzado, constante y modesto: cuando le preguntan la extensión de su propiedad ganadera, contesta casui con vergüenza que es de 500 y pico mil hectáreas; el malo (Dean) es un advenedizo, y de ahí que acabe borracho y lamentable precisamente el día en que le rinde homenaje un conjunto muy representativo de texanos millonarios. Claro que el malo no lo es porque sí. Ocurre que una justicia inmanente le ha privado del amor de Taylor; ella, en cambio, se ha casado con Hudson, bendiciéndolo así con la aprobación del este civilizado, del Maryland natal de la mujer. Y diríase que esa bendición es necesaria para liberar a Texas de su barbarie, su espíritu de rapiña y racismo”.
“Dentro del tono exaltado de la película, Stevens se permitió una saludable ironía a costa de la vulgaridad texana: mucha riqueza para tan poca cultura. Pero más sorprendente resultó su clara y fuerte denuncia a la discriminación, el racismo y la explotación que eran víctimas los chicanos en Texas”.
“Vale la pena hablar de eso en detalle. Al comienzo de la cinta, en Maryland, Taylor, enamorada a primera vista de Hudson, decía abruptamente a su futuro marido: ‘Le robamos Texas a México, ¿verdad?’ El ganadero, desconcertado, respondía algo así como ‘es demasiado temprano para bromear’ (la censura cortó esa réplica en México) y mencionaba con enojo las batallas del Álamo y San Jacinto para desmentir –no muy convincentemente- el robo. Ya en Texas, la recién casada Taylor chocaba a los ‘anglos’ por su trato cortés a ala servidumbre mexicana, y aun llegaba Hudson a regañarla por eso. La machorra hermana (Mercedes McCambridge) de Hudson observaba que las criadas mexicanas flojearían de no tratarlas ella con dureza. Dean, aun dependiente de Hudson, confirmaba a Taylor el despojo a los mexicanos; éstos habían tenido que vender su tierra baratísima, a cinco centavos de dólar cada cuatro hectáreas”.
“En su análisis de la novela de Ferber, Arthur G. Pettit dice de Leslie Benedict que es ‘quizá la más ambiciosa figura samaritana de toda la literatura del suroeste’. En la película, esa condición se ilustraba con la visita de Taylor al miserable e insalubre ‘apartheid’ (Villa Vientecito) de los chicanos, donde ella no sólo se escandalizaba ante una madre y su pequeño hijo enfermo y sin atención médica, sino que hacía venir de inmediato a un doctor ‘anglo’; eso, otra vez, contra la opinión de su marido”.
“Más detalles: un grupo de ricos ‘anglos’ (sentados todos) decían al dirigente de los chicanos, Gómez (de pie) por quién debía votar en las próximas elecciones; Dean pedía a Taylor que no lo confundiera con los ‘wetbacks’ (‘espaldas mojadas’) de Vientecito; un niño chicano montaba el caballito rechazado por el pequeño hijo de Taylor y Hudson; un médico chicano, el doctor Guerra (Maurice Jara) se hacía cargo de la gente de Vientecito con el apoyo de Taylor; un joven chicano Angel (Sal Mineo), ‘el mejor trabajador de Reata’, según Hudson, iba de soldado a la Segunda Guerra Mundial y resultaba muerto en ella: se le enterraba con honores, rezos mexicanos y las banderas de los Estados Unidos y Texas sobre su ataúd”.
“Pero ocurrían cosas más fuertes. Al terminar sus estudios de medicina en la Columbia University, Jordan (Dennis Hopper), el hijo de los Benedict, se enamoraba de la joven enfermera chicana Juana (Elsa Cárdenas); la pareja se casaba con un cura mexicano y Jordan declaraba su intención de ejercer la medicina en Vientecito. Los padres del muchacho aceptaban el matrimonio, no sin cierta pesadumbre (a Hudson, incluso, esa boda le confirmaba la ‘debilidad’ de su hijo, reacio desde niño a montar a caballo y a otras pruebas de machismo). Se hacía un contraste entre el regocijo de los Benedict ante su primer nieto ‘anglo’, hijo de su hija Judy, y su seriedad ante el nieto ‘mestizo’ engendrado por Jordan y Juana. Ésta acudía con los Benedict a la fiesta suntuosísima –y vulgarísima- ofrecida por el magnate Dean. Sin embargo, a Juana no la querían atender, por chicana, en el salón de belleza del lugar (la enviaban a la peluquería Sánchez, o sea, la de ‘su gente’). Eso provocaba la ira de Jordan: increpaba a Dean, y éste después de referirse a Juana como una ‘squaw (mujer india), golpeaba al joven, ayudado por dos guardespaldas. Hudson vengaba a su hijo humillando a Dean, ya demasiado borracho para hacerle frente; sin embargo, Jordan dejaba pensativo a su padre diciéndole que no era a Juana a quién el segundo había querido defender, sino a su propio hijo”.
“Al final, Hudson, Taylor y familia viajaban felices en auto, cantando “Down México Way’. Paraban en un restaurante caminero, cuyo corpulento dueño servía de mala gana a Juana y a su hijito (cuando se pedía para el niño un ‘ice cream’, farfullaba el tipo: ‘Yo pensé que un tamale’). Entraban al restaurante unas mujeres y un anciano chicanos y el dueño pretendía sacarlos del lugar (‘Vamos, ándele’, decía en castellano mientras emulaba al viejo). Hudson se levantaba entonces en defensa de los chicanos, y perdía finalmente una violenta pelea a puñetazos con el racista. Sin embargo, Taylor declaraba después a su marido la admiración que su gesto merecía. Las últimas imágenes de la película eran unos grandes primeros planos con los ojos de los nietos ‘anglo’ y ‘mestizo’: se afirmaba así la esperanza de una igualdad racial en el futuro de Texas y se daba buena conclusión a una obra del todo insólita”.
“Llama la atención que George Stevens, un realizador por lo general correcto y mesurado, aun académico, hiciera de ‘Giant’ una cinta desigual, a ratos brillante y espectacular, pero no muy bien equilibrada. Sin embargo, ‘Giant’ es posiblemente su obra más sincera y cálida. Las buenas intenciones liberales y antirracistas del realizador no dejan duda, aun entendiendo que su punto de vista es el del ‘anglo’: los chicanos de la película parecían inermes, incapaces de reaccionar por sí mismos ante la injusticia y la discriminación”.
“El catalán, Jaime Miravitalles (actor secundario, por cierto, de ‘Un chien andalou’, la célebre cinta de Buñuel y Dalí) escribió desde Nueva Gorka, para el semanario mexicano ‘El Redondel’ (21 de octubre de 1956), las siguientes líneas sobre ‘Giant’: ‘(…) Uno de los hijos de Benedict se casa con una india mexicana. Ello da lugar para que aparezcan al desnudo las escenas de discriminación racial más crudas que se hayan interpretado en el cine norteamericano. Es interesante la reacción del público (claro que estamos en Nueva York, ciudad morena) cuando Benedict se pelea con el dueño de un restaurante que expulsa a unos clientes mexicanos. Estalla en la sala una ovación casi unánime”.
“Por su parte , el crítico de origen griego Ado Kyrou escribió para la revista ‘Postif n. 23’ (abril de 1957) lo siguiente a propósito de ‘Giant’: “Stevens no va (muy) lejos, pero (…), su denuncia de la mentalidad racista norteamericana es, por lo que conozco, la más violenta, la más honesta dentro del cine norteamericano de posguerra (en el que sólo las películas de Losey son irreprochables)”.
Sin embargo, la reacción mexicana ante ‘Giant’ fue desconfiada. En el diario mexicano ‘Esto’ (27 de enero de 1957) apareció una carta firmada por Rodolfo Landa (Echeverría), secretario general de la ANDA (Asociación Nacional de Actores) y dirigida a Jorge Ferretis, director de Cinematografía y encargado por tanto de la censura; se decía en ella: ‘Hemos recibido informes en esta Asociación Nacional de Actores procedentes de Estados Unidos de Norteamérica, en el sentido de que la película ‘Gigante’ denigra a nuestro país y nuestro pueblo. Rogámosle muy encarecidamente se sirva solicitar por los conductos debidos a nuestros cónsules en los Estados Unidos, recabar los informes correspondientes para obrar en consecuencia no solamente para impedir la exhibición de la citada película en nuestro país sino para tomar enérgicas medidas contra la compañía productora prohibiéndosele la exhibición del resto de su material en nuestro país, pues resulta absurdo que comercie y lucre en nuestro territorio con sus películas mientras en el resto del mundo nos denigra con una de ellas”.
“Giant’ no fue prohibida en México, ni se tomaron medidas contra la Warner, pero la película fue servida al público con cortes que, entre otras cosas, ocultaban la situación de los pobladores de Vientecito. Lástima, porque eso impidió al público del país del aprecio cabal de una obra muy importante en la historia del cine referido a lo mexicano”.
No creo que el criterio pueril de los censores y sus asistentes espontáneos como Rodolfo Landa, en su momento, haya desaparecido en nuestro país, pues no nos faltan ejemplos de cómo se lanzan a rasgarse las vestiduras, cuando alguien se atreve a señalar alguna lacra o simplemente a mostrar parte de nuestra lacerante realidad, adoptando un criterio de “avestruz” en que suponiendo que “ojos que no ven…” desparece el problema, cuando lo único que se prueba, entre otras cosas, es la inmadurez para asumir nuestros conflictos. Por esas mismas fechas de mediados de los años cincuenta, el director Alejandro Galindo también sufría los estragos de la censura, por atreverse a denunciar, en su muy apreciable película “Espaldas Mojadas”, las amarguras y vejaciones que pasaban nuestros paisanos que trataban de cruzar la frontera, por una oportunidad de trabajo, que les era negada en su propia patria. Las autoridades de entonces, como las de ahora, solo lanzaban “lagrimas de cocodrilo”, en que se lamentaban por la humillaciones que pasaban esos mexicanos, sin crear las condiciones de desarrollo en nuestro país, que les permitiera encontrar en México, lo que tenían que ir a buscar en otra parte.
De ninguna manera “Gigante” es una película super revolucionaria o de gran denuncia social, pero tenía el mérito de mostrar una realidad, con honestidad, sin cargar las tintes con actitudes melodramáticas o exagerando los roles. Inclusive no se atrevía a ofrecer soluciones, salvo el mensaje esperanzador de que en algún momento, tanto los ‘anglos’ como los ‘chicanos’ pudieran integrarse armónicamente, lo cual, si nos atenemos al gran ruido que se hace en estos días al tema de la migración en los Estados Unidos, aún no se alcanza; pero lo que si es cierto que tuvo la virtud de ser un filme que no le daba la vuelta, en su visión panorámica de la sociedad texana, al tema de la discriminación racial y la situación de los trabajadores mexicanos, a pesar de ser una obra que iba dirigida al gran público, corriendo el riesgo de ser mal aceptada por la mayoría blanca de los Estados Unidos, también reacia, a que en el cine, como vehículo de entretenimiento, se le molestara con mensajes de tipo social. Por cierto si usted no la puede conseguir en el mercado de DVD, tendrá oportunidad de verla esta lunes 4 a partir de las 18.00 horas (tiempo de México) en el canal de TCM Classic Hollywood, en donde la están anunciando que la versión que veremos será en inglés con subtítulos en español, para poder constar la vigencia de este film clásico de los cincuenta del siglo pasado, en el cine norteamericano, por la cual Goerge Stevens ganó el Oscar de Mejor Director en la entrega correspondiente a 1956 y fue nominada al de mejor película, habiéndolo perdido ante la sobrevalorada “La Vuelta Al Mundo en Ochenta Días”.
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¿Por qué considera “sobrevalorada” a “La Vuelta al Mundo en 80 Días”? ¿Porque participa Cantinflas que no es de su personal predilección?
Arriesgo en estas líneas,un juicio de contradicción con el difunto Emilio Garcia Riera. Al citarlo para tu crónica de la película Gigante de George Stevens, sostiene el maestro Riera que Elizabeth Taylor en su papel, proviene de Maryland y yo creo recordar que se le atribuye el origen al estado de Virginia que, por más que son vecinos, son distintos.
Hágame usted el favor de determinar -revisando el inicio de la cinta- quien es el equivocado, el occiso don Emilio o su servilleta
Estimado Gilberto:
Efectivamente el excelente crítico Emilio García Riera es quién cometió el gazapo de atribuir el origen del personaje de Elizabeth Taylor como de Maryland y no de Virginia.