Edward G. Robinson: arquetipo del gángster en el cine
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 23 de Enero de 2008 | Categorias: Actores y Actrices, Biofilmografias, Cine Norteamericano | Tiempo de Lectura: 16m 32s | Leido 489 veces.
“Algunas personas ofrecían juventud. Otras belleza. Yo representaba amenaza. A la gente le gusta verme en el cine, porque me pueden odiar”.
Edward G. Robinson
Se dice que en enero de 1931eran enormes las largas colas de los aficionados al cine, queriendo entrar a ver en el Strand Theater de Nueva York el filme “Little Caesar” dirigido por Mervyn LeRoy, para ver caer al personaje del asesino sádico, amoral, engreído de Cesar Enrico “Rico” Bandello, el cual se pavonaba en el cenit de su gloria ostentando caros trajes y en su derrumbe vestía uno raído, buscando escapar de la policía, sin embargo era abatido por el honesto sargento Flaherty y, mientras se veía el final, en la pantalla, de “Rico” Bandello, empezaba el encumbramiento al estrellato del actor que lo encarnaba: Edward G. Robinson.
Edward G. Robinson es un claro paradigma de los pocos o escasos actores de carácter, condenados a ser secundarios, según los clásicos criterios de Hollywood, que devino en una de las grandes estrellas, sino la mayor de ellas, entre los hombres, en los años treinta en la Warner Brothers, el cual pudo mantenerse en los primeros planos en activo, hasta el final de sus días, ya que su muerte le sobrevino el 26 de enero de 1973, a escasas dos semanas de terminar el rodaje de la excelente cinta de ciencia ficción “Cuando el Destino nos Alcance” (Soylent Green, 1973) dirigida por Richard Fleischer, en la que interpretaba al simpático anciano Sol Roth, en lo que sería su filme número 90, sin tomar en cuenta sus telefilmes y aquellos en los que no llevó crédito, como “Arms and women” que data de 1916, en donde participo en calidad de extra.
Este extraordinario y versátil actor de 1.65 mts,, quién supo siempre caracterizar magistralmente a hombres violentos, audaces, rudos y temerarios. Personajes que en un inicio estuvieron al margen de la ley. Enemigos públicos de la sociedad como el gangster de “El Pequeño César”y quién, con el devenir de los años y de la fama, pudo pasarse al otro lado de la ley, interpretando a los policías y fiscales encargados de despachar al otro mundo a los gángsteres , al igual que inolvidables personajes trágicos, atrapados por la seducción de mujeres ambiciosas, que sólo provocaban su caída, había nacido el 12 de diciembre de 1893 en Bucarest, Rumania, bajo el nombre de Emmanuel Goldenberg, en el seno de una familia pobre de origen judío.
La situación de miseria en que vivían en su país natal, llevó a su padre, a emigrar junto con su familia a los Estados Unidos, a donde llegó Emmanuel de diez años de edad, a vivir en el Lower East Side de Nueva York. Sus planes iniciales de convertirse en rabino o abogado, tuvo que abandonarlos al no poder pagar una escuela, pero pudo obtener una beca para ingresar a The American Academy of Dramatic Arts, lugar en que aparte de estudiar fue donde adoptó su nombre artístico de Edward G. Robinson, con el cual lograría la inmortalidad cinematográfica. Después de trabajar en compañías de repertorio, pudo debutar en Broadway en 1913, logrando estabilizarse en los escenarios y a partir de 1915, durante 15 años fue uno de los más sólidos y reputados actores, trabajando en infinidad de obras, encabezando los repartos y dadas sus características físicas y raciales, junto con su capacidad para hablar y matizar modulaciones en diferentes idiomas, que también serían aprovechadas, posteriormente, en el cine, pudo interpretar personajes de diferentes nacionalidades: franceses, alemanes, italianos, checos, ingleses, inclusive chinos, pero pocas, muy contadas ocasiones, paradójicamente judíos, si dejamos de un lado los que, por obvias razones, interpreto en los tiempos que trabajo en el Yiddish theatre.
Robinson contaba que cuando llegó a Nueva York, al entrar a la primera escuela pública en que estuvo, para aprender el inglés, le asignaron un pupitre al lado de otro niño inmigrante centroeuropeo, adquiriendo en un principio un acento que delataba su condición de extranjero, razón que le llevó a procurar la amistad, en su barrio y después en la escuela de Arte Dramático, de muchachos originarios de los Estados Unidos, hasta que logró un acento de “auténtico” neoyorkino. Explicando así su facilidad para podar dar las entonaciones correctas a sus personajes de diferentes orígenes raciales.
A finales de 1927 protagonizó la obra “The Racket” de Bartlett Comark, clasificado por los críticos de la época como un melodrama rutinario de corte policiaco, sobre un gángster en Chicago, cuyo modelo parecía ser Al Capone. Era el primer gángster que interpretaba Robinson, quién dijo: “Sabía que arriesgaba mi carrera al dramatizar para el público, a esa clase de malvados, pero resultaba interesante la confrontación. Conforme a la obra, conseguía en cierto momento, una cierta identificación del público con el personaje, al tratar de que entendieran ese mundo de ladrones y matones. En rigor me invente a ese tipo de gángster, pues no conocía a nadie que lo fuera para tenerlo como prototipo”.
Después de 119 representaciones, en marzo de 1928 “The Racket” inició una gira por la Unión Americana y al ser presentada en Los Ángeles, llamó la atención de varios productores la actuación de Robinson, en momentos que los filmes sobre criminales comenzaban a estar en auge, después del éxito de “La Ley del Hampa” (Underworld, 1927) de Josef Von Sternberg, con guión de Ben Hecht, considerada la iniciadora o precursora del género de gángsteres, según la perspectiva del investigador. Lo cierto es que el actor fue contratado por la Paramount para hacer su primer ladronzuelo en el cine en la película “The Hole in the Wall” al lado de Claudette Colbert. Aunque en la siguiente “Night Ride” podemos señalar, en estricto sentido, que su personaje de Tony Garotta, ya tiene algunas de las características de sus célebres gángsteres. Robinson aceptó realizar varias cintas entre 1929 y 1930, más que nada por el dinero, ya que el se consideraba, antes que nada un actor teatral, que no simpatizaba con el cine, así que al concluir el rodaje de “Little Caesar”, se regreso a Broadway a poner la obra “Mr. Samuel” en una adaptación de Winhtrop Ames, de la pieza original del francés Edmond Fleg, hecha especialmente para Robinson, sobre los avatares de un rico industrial francés. La obra fue un desastre y después de ocho representaciones, en noviembre de 1930, el teatro tuvo que cerrar. El golpe para Robinson fue tremendo. No podía explicarse como “después de 18 años de actuar en Broadway, nadie esta interesado en verme en el escenario, teniendo que marcharme a la primera semana”.
Así que cuando en enero de 1931 “Little Caesar” se convirtió en el éxito de la temporada y la cinta modélica para los filmes de gángsteres, sobre historias de chicos marginados, que ascendían desde los barrios bajos, hasta las cumbres del mundo del hampa, consiguiendo dinero, mujeres y reconocimiento, a partir de grandes dosis de violencia, sadismo y multitud de balas para eliminar a los rivales, en su búsqueda de grandeza, hasta que ellos mismos eran atrapados o eliminados por esa misma vorágine, ya fuera por un policía o alguno de sus mismos compinches, que pretendían iniciar la misma escalada, llevó a Edward G. Robinson a aceptar un sustancioso contrato de exclusividad con la Warner Brothers, que lo convirtió en una de sus grandes estrellas. Para ese estudio Robinson sólo había trabajado en dos films: “The Widow From Chicago” y precisamente “Little Caesar”, la cual por cierto cuando se estrenó en México, en febrero de 1932, pasó como “Sentenciado a Muerte”, pero cuando la ví, a finales de los cincuenta, en uno de sus múltiples reestrenos ya se anunciaba, aquí, como “El Pequeño César”, mientras en España se conoce por el título de “Hampa Dorada”, pero independientemente de estas minucias de identidad, “Little Caesar” es un excelente drama, en que no pierde vigencia la actuación de Robinson.
Después de “El Pequeño César” la Warner produjo “El Enemigo Público” (Public enemy, 1931) con James Cagney y “Caracortada” (Scarface, 1932) con Paul Muni, que son las tres películas que marcan los derroteros del género, aunque en rigor es más detectable en la producción de la Warner en los años treinta el llamado “Síndrome del Pequeño César”, en sus dos vertientes, una seria o apegada al original del mensaje de “Pequeño César”, en cuanto a que por mucho que se afanan de salir del arrabal violando la ley, al final de cuentas el crimen no paga y la otra sería la “cómica”que son comedias satíricas y burlonas sobre el mismo tema, llevando de protagonista, en muchas de ellas al propio Edward G. Robinson. Por cierto el actor Paul Muni, junto con el compositor George Gershwin, fueron compañeros de estudios en su juventud, en Nueva York.
Stephen L. Karpf en su ensayo “Las Películas de Gángsteres”, publicado en la “Antología del Cine Norteamericano” de Donald E. Staples, nos señala: “El personaje del ‘Pequeño César’ reaparece a lo largo de la década de 1930-1940 y, en realidad, se convierte en un clásico del cine. El hombrecito de pelo en pecho de Robinson, con su aire de fanfarrón y su infaltable cigarro en los labios, su impecable ropa y su dedo índice amenazador apreció una y otra vez en la pantalla. ‘El Síndrome de César’ se pone de manifiesto en varios filmes de la Warner Brothers. Los personajes de Robinson se relacionan estrechamente, en la línea argumental y en la caracterización, con su papel de Rico bandello. El espectro de ‘Pequeño César’ acecha nuevamente en la pantalla en ‘Rubias y Dinero’ (Smart money, 1932), ‘Golpes de Azar’ (Dark hazard, 1934), ‘El Sindicato del Crimen’ (Bullets or ballots, 1936), ‘Campeón de Nacimiento’ (Kid Galahad, 1937). En todos estos filmes son evidentes los rasgos y las técnicas histriónicas del ‘Pequeño César’ (así como la reafirmación de la filosofía de Rico). El personaje del ‘Pequeño César’ infringe los principios de la sociedad y en todos los casos debe pagar el precio de su errada ambición, a menudo con la vida. Estas películas ni deben compararse con ‘El Pequeño César’ clásico: sólo proporcionan una ‘situación’ para el personaje del ‘Pequeño César”.
“Junto con los filmes rotulados con el ‘Síndrome de César’ hay otro grupo que se puede identificar con el ‘César Cómico’. Tenemos aquí películas como ‘El Gigante’ (Little giant, 1933); ‘Leve Caso de Asesinato’ (A slight case of murder, 1938) y ‘La Tumba de los Gángsteres” (Brother orchid, 1940”.
“Estas producciones reflejan aún las características del ‘Pequeño César’: engreimiento, jactancia, deseo de poder adquirido por medios ilícitos, control de una banda o una pandilla. Los rasgos físicos son también los mismos: el modo de andar, el pavoneo, el índice acusador, el cigarro, la sonrisa maligna, la vestimenta ostentosa. Sin embargo, representan un cambio en el personaje del ‘Pequeño César’: se logra un toque más suave colocando a Robinson en una situación cómica y utilizando al personaje del ‘Pequeño César’ como blanco de las bromas y los comentarios sociales de carácter satírico. Esto se debió en parte a que ciertos grupos de censores cinematográficos que aparecieron en Estados Unidos durante los primeros años de la década de 1930 desalentaron el rodaje de películas violentas que glorificaran el elemento delictivo”.
En un rápido vistazo a su obra, nos encontramos en que no sólo son rescatables sus filmes en que se utilizaba flagrantemente su arquetipo de gángster, sino que también hay otras inolvidables o interesantes como “El Rey de la Plata” (Silver dollar, 1932) en donde era un minero en Colorado que encontraba una mina de plata, llegando a convertirse en un hombre influyente, cuya tragedia era no poder encontrar el amor de una mujer. Al hablarse de “El Ciudadano Kane” (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles, suele mencionarse como antecedentes, por parte del guionista Herman Mankiewicz, en el tratamiento del ‘tycoon’, ciertas semejanzas con “El Rey de la Plata”, sobre el origen de la fortuna de Kane y el uso del dinero, como compensación de su frustración de soledad. “El Tigre Marino” (Tigre Shark, 1932) dirigida por Howard Hawks, sobre un pescador portugués, era una de las favoritas de Robinson, porque le permitió mostrar rápido que podía salirse del encasillamiento de los papeles tipo “Pequeño César”, al obligarlo a transformar su apariencia de duro, por la de un jovial y risueño marino, inclusive cambiando el tono de su voz para hablar con acento de portugues, en este melodrama, el cual también significo el primero, de muchos otros, en que se establecía un triángulo amoroso, en el cual, casi siempre, la peor parte se la llevaba Robinson, quién se enamoraba perdidamente de alguna chica, que terminaba por preferir a otro más joven o, simplemente más atractivo que Robinson.
También de Howard Hawks es el entretenido western “La Reina de la Ruleta” (Barbary Coast, 1935) con Joel McCrea y Miriam Hopkins, completando el triangulo amoroso. Dentro de la onda de la onda del “César cómico” nos encontramos con la simpática comedia”El Enemigo Número 1” (The Whole Town’s Talking, 1935) dirigida para la Columbia Pictures por el maestro John Ford, en ella Robinson hace un doble papel. El de un insignificante oficinista que tiene la desgracia de ser demasiado semejante a un gángster, lo cual le acarrea una serie de divertidos enredos, al ser confundido por la gente, creyéndolo el maleante, inclusive por los propios elementos de la pandilla, que pretenden eliminarlo.
Su tétrico y cruel capitán del barco fantasma de “El Lobo del Mar”
(The sea wolf, 1941) inspirada en un relato de Jack London, dirigida por Michael Curtiz, con John Garfield e Ida Lupino de compañeros de reparto de Robinson, esta entre sus mejores interpretaciones.
“La Mujer en el Cuadro” (The woman in the window, 1944) y “Mala Mujer” (Scarlet street, 1945) dirigidas por Fritz Lang y protagonizadas por Robinson y Joan Bennett, son dos interesantes estudios sobre un oscuro y desgraciado hombre de mediana edad, cuya infelicidad matrimonial, lo lleva a ser presa fácil de la seducción de una atractiva joven, que termina por causar su ruina. A pesar de su aparente similitud argumental, de director y actores, parte de su gran atractivo resulta de la capacidad de hacer variaciones sobre un mismo tema, lo que las convertido en ser dos grandes exponentes del “film noir”.
De las cinco ocasiones en que compartió créditos con Humphrey Bogart, indudablemente “Huracán de Pasiones” (Key Largo, 1948) dirigida por John Huston, es la mejor de ellas, con su recreación del gángster Johnny Rocco.
En los años cincuenta protagonizo varios filmes de los llamados “B”, algunos de ellos con aciertos en su tratamiento, cuya visión resulta entretenida como es el caso de “Pesadilla” (Nightmare,1956) la cual es un “remake” “Una Sombra en el Espejo” (Fear in the night, 1947) corregida y mejorada por el director y guionista de ambos filmes que fue Maxwell Shane. Es la historia de un misterioso crimen realizado por medio de la hipnosis, el cual es finalmente descubierto por el detective Robinson. No es una obra maestra, pero entre sus obras menores merece un lugar destacado esta “Pesadilla”. Pero de esa década destacan el excelente western “Los Malos” (The violent men, 1955) dirigido por Rudolph Mate, con un reparto que incluía a Glenn Ford, Barbara Stanwyck, Dianne Foster y Brian Keith. La Stanwyck era una ambiciosa mujer, que engaña a su rico marido lisiado, el ganadero Robinson, con el propio hermano de éste Brian Keith, para despojarlo de su rancho y el otros miembros de la región, interponiéndose en sus deseos su hija Dianne Foster, ayudada por Glenn Ford. Las escenas de acción y violencia son de las mejores del género, al igual que su composición fotográfica.
Dentro de sus personajes de viejo cascarrabias, pero simpático destacan sus intervenciones en “Un Hombre Sin Suerte” (A hole in the head, 1959) de Frank Capra, con Frank Sinatra y Eleanor Parker, al igual que la aguda farsa sobre el falso mundo de la publicidad “Sam, el Sinverguenza” (Good Neighbor Sam, 1964) dirigida por David Swift, con Jack Lemmon y Romy Schneider en los roles estelares. Otra gran creación de Edward G. Robinson es su veterano e imbatible jugador de poker en “El Gran Desafio” (The Cincinnati Kid, 1965) dirigida por Norman Jewison, con Steve McQueen, como el joven aspirante a destronarlo.
Si bien es fácil recordar veinte o treinta títulos destacables en la filmografía de Robinson, cabe señalar que nunca obtuvo una nominación al Oscar en las categorías de Mejor Actor o Secundario. En 1973, unos diez días antes de su muerte la Academia de Hollywood, anunció que le entregarían, en la ceremonia de los premios correspondientes a 1972, un Oscar Especial, por su memorable actividad como actor, el cual fue recogido por su viuda Jane Robinson, con la cual se había casado el 16 de enero de 1958, después de su divorcio de Gladys Lloyd, en 1956, con la cual se casó el 21 de enero de 1927, con quién procreo a su único hijo Edward Jr. Por cierto que para poder separarse de Gladys tuvo que deshacerse de su enorme colección de obras de arte, que incluían varios Matisse y Picasos.
Según Fabián Cepeda en el portal Hollywood Clásico en relación al Oscar especial nos cuenta: “Se le detectó un cáncer y por todo Hollywood corrió la noticia de que era terminal. Conciente de la absoluta injusticia de jamás haberlo siquiera nominado para un Oscar, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas decidió a fines de 1972 otorgarle un premio especial a su trayectoria. La Academia debió cumplir la desagradable tarea de notificar el premio a su familia, que conlleva la obligación de preguntar si el ganador estará “disponible” para hacer acto de presencia en la ceremonia y recibir su Oscar. Los doctores no podían dar garantías de que sobreviviese 3 meses hasta el evento. Robinson se había mostrado escéptico de este tardío reconocimiento. Pero, temerosa de que el desenlace se produjese antes, la Academia le envió a su hogar una estatuilla sin grabar. Ahí fue que el gran actor, el ‘duro’ del cine, la abrazó contra el pecho, sollozando”.
“Lamentablemente Edward G. Robinson, que se había decidido a asistir a la ceremonia incluso en silla de ruedas, falleció el 26 de enero de 1973. Tres meses después, su viuda recibió el Oscar Honorario, con la siguiente leyenda grabada: ‘A Edward G. Robinson, quien logró la grandeza como intérprete, patrón de las artes y dedicado ciudadano… En resumen, un Hombre del Renacimiento. De parte de sus amigos de la industria que tanto ama’.”
“Jane Robinson leyó su nota póstuma de agradecimiento: ‘No me podría haber llegado en un mejor momento de la vida. Si me hubiese llegado antes, habría despertado en mí profundos sentimientos. Estoy tan agradecido a mis colegas ricos, cálidos, creativos, talentosos e íntimos amigos que han sido mis socios en la vida. ¿Acaso se puede ser más rico?’.”
Más allá de su imagen de duro y hombre violento de la pantalla, todos los que lo conocieron lo califican de hombre liberal, culto, preocupado por cultivarse en el conocimiento del arte, en particular la pintura y la escultura, de carácter bondadoso y tierno. Debido a sus ideas políticas fue hostilizado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas y aunque nunca fue acusado de frente, si se divulgó su supuesta pertenencia o simpatías al Partido Comunista, lo cual le acarreó dificultades para conseguir trabajo en la década de los cincuenta, aunque nunca estuvo realmente en la “lista negra”, este aparente “hombrecillo”, que dejo una honda huella en su paso por el cine, como uno de los grandes actores del siglo XX.
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