Roberto Gavaldón: el ogro

Escrito por Gustavo Arturo de Alba on Dic 21st, 2007 y archivado en Biofilmografias, Cine Mexicano, Directores. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Tu puedes dejar un comentario o enviar una referencia

gavaldon-1.JPGEl controvertido cine director Roberto Gavaldón Leyva, a quién en el medio se le conocía como “El Ogro”, nació el 7 de junio de 1909, en Ciudad Jiménez, Chihuahua y murió el 4 de septiembre de 1986, en la ciudad de México, en su vieja casona, ubicada en la calle de Ribera de San Cosmé, en la colonia San Rafael. Su padre fue don José María Gavaldón Chávez quién era contador público y su madre se llamó Enriqueta Leyva de Gavaldón.

Conforme a lo que el propio director nos cuenta, sobre su persona, en “Cuadernos de la Cineteca Nacional: Tomo 7”, “Testimonios Para la Historia del Cine Mexicano”, fue el tercero de cuatro hermanos. En 1911 la familia se mudó a Torreón, Coahuila, donde permanecieron 8 años, trasladándose a la ciudad de México. Antes de terminar la preparatoria se fue vivir a los Estados Unidos. Buscó estudiar la carrera de odontología, pero como tenía que trabajar para mantenerse, entró al cine, en Hollywood, un poco por curiosidad y un tanto al tener amigos allí, que le ayudaban a conseguir trabajo de extra en 1926.

gavaldon-2.jpgEn 1932 volvió a México y empezó a trabajar en el cine, debido a que varios de sus amigos, como los Sánchez Tello, habían regresado –igualmente- al país. Dice que en un principio querían que fuera actor, pero fue cuando realmente se inclinó hacia las labores técnicas. Fue utilero, para pasar a ser anotador “script clerk” . Más tarde ayudante de edición y posteriormente asistente de dirección a partir de “Chucho el Roto”, dirigida por Gabriel Soria en 1934, hasta que en 1944 logró dirigir su primera película: “La Barraca”. Antes en 1938, además de ser asistente de Alberto Gout, se inicia como adaptador en “Su Adorable Majadero”, buscando, a partir de allí participar en los guiones de las películas en que colaboraba o dirgía, tuviera o no crédito en los mismos. Incluyendo “Cuando Tejen los Arañas”, realizada en 1977, su filmografía alcanza la cifra de 47 largometrajes y un corto documental “Terminal del Valle de México”, realizado en 1956, para dar cuenta de la inauguración de la ampliación de la Estación Buenavista.

Entre los críticos de los años cincuenta y sesenta, como Francisco Pina, Emilio García Riera, José de la Colina, junto con sus posteriores seguidores, se tornó un lugar común, el considerar a su primer filme “La Barraca”, basada en la novela de Vicente Blasco Ibáñez, como su mejor trabajo, derivado de un criterio, que en cierta medida subvaloraba los méritos de una obra aparentemente localista, en tanto buscaba temas nacionales, que lo mismo sirvió para desdeñar a don Emilio “Indio” Fernández, en aras de poner en un sitial inalcanzable a Luis Buñuel, paladín de los críticos, sobre todo, de origen español o refugiados de la guerra civil, al grado de que alguno de ellos llegó al despropósito de señalar que sin Buñuel, no habría cine de calidad en México. .

Afortunadamente a partir de los ochenta del siglo pasado, se dio una revaloración de Roberto Gavaldón, a partir de la aparición de una nueva generación de críticos, al igual que algunas rectificaciones en sus opiniones anteriores, sobre todo de Jorge Ayala Blanco y Carlos Monsiváis.

Ariel Zúñiga con su libro “Vasos Comunicantes en la obra de Roberto Gavaldón. Una relectura”, aportaba una visión menos prejuiciada del director o, quizás mejor dicho, alejada de las banderías, procurando atenerse a los valores de la obra en sí misma, sin buscar el detrimento de la de otros directores. Igualmente se cuenta con el libro “Roberto Gavaldón: director de cine” de Eduardo de la Vega Alfaro y José María Espinasa”, el cual no he tenido oportunidad de leer, editado en 1996 por “Pronósticos Deportivos”, con un pequeño tiraje. En 2006 salió una reedición auspiciada por Editorial Océano y por comentarios de amigos, tengo entendido que tanto Eduardo de la Vega Alfaro, como José María Espinasa se alejan de los criterios de García Riera y seguidores, para ofrecer un acercamiento a su virtuosismo técnico y la importancia de su cine en la formación de la identidad nacional.

“La Barraca” puede verse como una especie de manifiesto de los recién llegados republicanos españoles de lo que para ellos era la España que habían dejado atrás. Los argumentistas, el músico, los escenográfos y la mayoría de los actores eran españoles. Emilio García Riera en su “Historia Documental del Cine Mexicano”, tomo 2, nos cuenta sobre el filme: “La construcción de esa barraca que el héroe de la historia ve incendiada y perdida para siempre equivalía a la de la España que los españoles emigrados tratan de reinventar en cada uno de sus centros regionales, en todas sus formas de convivencia. Recrear España es pues para el emigrado la más segura forma de seguir siendo español”.

“Frente a tales vehemencias y exaltaciones, Gavaldón guardó una distancia respetuosa, muy conveniente a un temperamento que después se revelaría frío, desapasionado y, lo que es peor, indiferente. ‘Gavaldón, reacio a dejarse arrastrar por el sentimiento, se conservó siempre como testigo adecuado –nunca como intérprete desgarrado- de la realidad que le tocaba examinar’, escribiría Carlos Monsiváis, que vio ‘La Barraca’ como un ‘instante rescatable del naturalismo cinematográfico mexicano’. Preocupado sobre todo por probarse como director, Gavaldón se atuvo a dar a la cinta una estructura dramática que afirmara los valores del naturalismo: la verosimilitud sobre todo. Paradójicamente el alejamiento espiritual determinó las virtudes de una realización que no podía, ni sabía, ni quería separar a los personajes de su contexto”.

gavaldon-3.jpgEsa llamada frialdad y falta de emoción hacia el material con que se cuenta para narrar una historia, por parte de Gavaldón, tendría otro gran momento en la estupenda “Rosauro Castro” (1950) con argumento de Roberto O’Quigley y adaptación de Gavaldón y José Revueltas. En ella se nos muestran las últimas doce horas de vida de un cacique pueblerino; hombre temido e intocable. La propia estructura del personaje hizo necesario un planteamiento alejado de la posibilidad de identificación hacia el torvo cacique, con lo que le funcionó a las mil maravillas, a Gavladón, su capacidad para la narración naturalista, meramente descriptiva y acumulativa. Sin que pretendamos afirmar que Gavaldón y su coguionista José Revueltas, se inspiraron, en cuanto a la concentración de la acción en unas cuantas horas de un mismo día, en películas como el western “Fiebre de Sangre” (The gunfighter, 1950) de Henry King, con Gregory Peck, sobre las últimas horas de vida de un pistolero, en un pueblo al que ha llegado a buscar a su esposa, si es ilustrativa de una moda o vertiente que se dio en el cine norteamericano, en esa época y que influyó en el nuestro, ya que –igualmente- podemos encontrar en varias obras del tandem Gavaldón-Revueltas, un conocimiento e influencia del “film noir” o “cine negro”, en varios de sus interesantes melodramas., como podría ser “La Otra” (1946) con Dolores del Río.

Cintas como “Rayando el Sol”; “La Casa Chica”; “En la Palma de tu Mano”; “El Rebozo de Soledad”; “El Niño y la Niebla”; “Camelia”; “La Escondida”; “Miércoles de Ceniza”; “Flor de Mayo”; “Macario” y “Días de Otoño”, son obras que valdría la pena revisar, más allá del buen recuerdo que se tiene de ellas, pero que la falta de posibilidades de contar con copias de ellas en DVD, no permite, en este momento profundizar en sus virtudes, sobre todo en cuanto a la capacidad de llegar Gavaldón, sobre todo en sus melodramas, a escenas y momentos culminantes que rozan los linderos del desbordamiento delirante, envolviéndonos en su atmósfera de necrofilia, que hablara de ella Jorge Ayala Blanco en su texto, precisamente “Necrofilia es Cultura”, publicado en el Número 10, Invierno 1990 de la Revista “Artes de México”, en su número dedicado a uan revisión del cine mexicano.

copas.jpgHe dejado para mencionar de forma especial las cintas “El Siete de Copas” y “El Gallo de Oro”, porque se trata de dos de los mejores argumentos que sobre el fatalismo del jugador se han escrito para el cine mexicano, los cuales supo aprovechar Gavaldón, dando muestra de su oficio y sin rehuir los lugares comunes del folklorismo nacional, los utiliza como puntuaciones críticas, a una conducta basada en la buena suerte, en que lo importante viene a ser que “lo bailado ya quién nos lo quita”.

gallo_oro.jpgCineasta dado a la búsqueda de la perfección, con una repetición obsesiva de las tomas hasta que quedarán a su gusto, junto con un carácter seco y autoritario, que le llevó a ganarse el apodo de “El Ogro” , fue al mismo el motivo de la admiración y el deseo de las estrellas de trabajar bajo sus órdenes, ya que en cierto sentido era sinónimo de calidad o por lo menos la búsqueda de ella.

En la pagina web http://cinemexicano.mty.itesm.mx/directores/gavaldon.html el autor anónimo atina muy bien en su caracterización del director al decirnos: “Roberto Gavaldón representa uno de los casos más extraordinarios de apreciación ambivalente que haya registrado la historia del cine mexicano. Sus admiradores destacan la refinada calidad de sus imágenes, su impecable manejo de la cámara y su inclinación hacia temáticas oscuras y personajes atormentados. Las mismas características han sido señaladas como defectos por sus críticos, quienes consideran a Gavaldón como un cineasta académico, frío y hasta narcisista, técnicamente correcto pero carente de autenticidad”. Esta aparente contradicción, nos parece lo suficientemente significativa, como para despertar nuestra curiosidad y buscar, como lo decía antes, la revisión de este notable director nacional.

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