“El papel de Irene es el más difícil de todos los que he interpretado, porque Irene era complicada y por extraño que parezca, fundamentalmente era una persona trágica”.
Carole Lombard.
Carole Lombard protagonizó “Ángel del Arroyo” (Lady by choice, 1934) dirigida por David Burton, siendo una comedia muy popular, producida por la Columbia, la cual seguía o se inspiraba en la exitosa “Dama por un Día” (Lady for a day, 1933) de Frank Capra, sobre Annie, una vieja y andajosa vendedora de manzanas, la cual siente que su mundo se va a destruir, al recibir la noticia de que su hija Louise, va a regresar a Nueva York, acompañada de su prometido, un principe italiano, junto con su adinerada familia. La pordiosera de Annie, ha mantenido a su hija durante años, en escuelas de lujo en Europa, para hacerla toda una dama, sin que la chica este enterada de la situación y actividades reales de su madre. Annie, es ayudada por un gangster, el cual le compra manzanas todos los días porque considera que le dan suerte y cuando un día no la encuentra, decide auxiliarla, preparando una gran farsa de que es toda una señora de la alta sociedad de Nueva York, para que su hija y los familiares políticos no sospechen nada. Ese cuento de hadas de una moderna Cenicienta que es “Dama por un Día”, aparte de ser una deliciosa comedia, sirvió de base a muchas otras, como fue el caso, señalado líneas arriba, de “Ángel del Arroyo”, en la cual la bailarina Alabama Lee (Carole Lombard), instigada por su agente de prensa O’Malley (Raymond Walburn), montan una campaña, a propósito del “día de las madres”, en el sentido de que la chica adoptara a una madre desamparada, por lo que acude a un asilo, donde encuentra a Patsy (Mia Robson) una simpática anciana alcohólica y desenfadada, a la cual promete regenerar Alabama, sin embargo conforme avanza la comedia y se enreda la vida amorosa de la chica, cada una va asumiendo sus roles, más allá de la mascarada publicitaria, en esta entretenida cinta, cuya visión se ve con agrado, por las vibrante actuación de Carole Lombard y la veterana actriz de teatro May Robson, quién tuvo oportunidad de lucir su talento como la expansiva y metiche Patsy.
Conforme ascendía en el gusto del público y en su status de “estrella”, Carole comenzó a dar muestras de su inconformidad con el Estudio, debido al tipo de películas que le ofrecían protagonizar, así que después de rehusar seis guiones, con objeto de evitar la suspensión de su salario, aceptó ir a la MGM a filmar “La Novia Alegre” (The gay bride, 1934) dirigida por Jack Conway, donde era una ambiciosa bailarina, que trata de convencer a un amigo gangster (Chester Morris) para que le monte un show. El New York Herald Tribune consideró que “es una de las más malas películas de la Lombard, quién actúa desganada y sin convicción”.
A finales de 1934, cuando ya estaba ganando 3,000 dólares a la semana, la Paramount la volvió a emparejar con George Raft en “Rumba” (Rumba, 1935), esperando repetir el éxito de “Bolero”. Aunque la historia era un poco mejor, con un Raft en plan de bailarín arribista, el cual busca conquistar el amor de la rica Diana (Carole Lombard), de vacaciones en La Habana, con todo y su ambiente de sofisticación y elegancia, simplemente “Rumba” no funcionó y paso con más pena que gloria, como una mala copia de “Bolero”.
A pesar de algunos buenos momentos “A Través de la Mesa” (Hands across the table, 1935), resultó una comedia fallida, dirigida por Mitchell Leisen, con Carole Lombard y Fred MacMurray, como un par de timadores caza fortunas, a la busca de una pareja millonaria, los cuales se engañan mutuamente, presentándose como lo que no son. Al final aceptan que más allá del dinero y la posición social, es encontrar el amor verdadero, una vez que han descubierto que ella es sólo una manicurista y él un playboy arruinado.
Fue prestada a la Universal para protagonizar, al lado de Preston Foster y Cesar Romero la previsible y encantadora comedia “Amor en Ayunas” (Love before breakfast, 1935) dirigidos por el eficaz artesano Walter Lang. Carole es pretendida por Cesar Romero, quién es empleado del petrolero Preston Foster, quién también busca el amor de Carole. Foster busca despejarse el camino, enviando a Romero a trabajar a sus oficinas en Japón y haciendo que conozca a una condesa. La Nombrad no aprueba los métodos de Foster y lo rechaza. Después de varios enredos y convencida de que Romero se ha enamorado de la otra chica, Carole termina por aceptar a Foster. Obviamente esta comedia sofisticada resulta visible, merced las excelentes actuaciones de Carole y Preston Foster.
Indudablemente lo que hace rescatable a “La Princesa de Brooklyn” (The princess comes across, 1936) dirigida por William K. Howard, es la obvia sátira a la divina Greta Garbo. La ambiciosa y principiante actriz de Broadway Wanda Nash (Carole Lombard), urde una campaña publicitaria, que supuestamente la llevará a Hollywood, tomando un crucero en Londres, que la llevara a Nueva York, presentándose como la sueca princesa Olga. En el trasatlántico conoce a King Mantell (Fred MacMurray) el jefe de una pandilla y los cuales se enamoran. Olga comienza a ser chantajeada por alguien que viaja en el barco y conoce su pasado. El sujeto aparece muerto, siendo culpada ella de su desaparición. King la ayuda a encontrar al verdadero culpable, al tiempo que se ofrece a seguirle ayudando en su farsa. Pero una vez que llegan a Nueva York, ella prefiere confesarle su amor y olvidarse del “estrellato”. Evidentemente que para disfrutar a plenitud con la divertida caracterización y burla que hace Carole de los gestos y actitudes de la Garbo, hay que verla en su idioma original, para no perder esa parte de la sátira a la gran Greta.
“Hay sólo un axioma para el espectador: los que no recuerdan las viejas películas están condenados a ver refritos” es una sabia frase del gran escritor y cinéfilo Guillermo Cabrera Infante, la cual se encuentra recogida en su crítica a “Muertos Vivientes” (Invasión of a Body Snatchear, 1956), recopilada en su recomendable libro “Cine o Sardina” y que de otra manera solía machacármela mi hermano Manuel, diez y seis años mayor que yo, cuando entusiasmado le comentaba de alguna película que veía en su estreno como “El Incomparable Godfrey” (My man Godfrey, 1957), la cual fue exhibida en Aguascalientes, a mediados de 1958, dirigida por el apreciable artesano Henry Koster, con June Allyson y David Niven como protagonistas. Entusiasmado con lo absurdo y desternillante de sus situaciones cómicas, que me parecían sensacionales, mi hermano se limitó a decirme, al igual que en anteriores y futuras situaciones similares: “espera que veas la primera versión y sabrás lo que es bueno…”. Lo que me volvió a repetir, cuando al poco tiempo disfrutaba, por primera ocasión, de una de las cinco, sino mejor comedia del cine mexicano: “Escuela de Vagabundos”, 1954) de Rogelio A. González, con Pedro Infante y la bellísima Miroslava, en su mejor interpretación, pues ambas cintas son deficitarias de la mejor comedia realizada por Carole Lombard: “La Porfiada Irene” (My man Godfrey, 1936) conocida en España como “Al Servicio de las Damas”, dirigida por Gregory la Cava, la cual sólo pude llegar a ver hasta finales de los sesenta, en la ciudad de México, cuando ya era una joya de cine club, ocupando un sitial de honor entre las comedias clásicas de Hollywood está obra maestra de la screwball comedy y a la cual Pablo Echart en su ya mencionado libro nos dice: “como indica el término ‘screwball’, se trata de comedias en las que los personajes siguen patrones de comportamiento inesperados, impredecibles y poco o nada convencionales: son comedias en las que la pareja conjuga perfectamente valores en apariencia lejanos (si no contrapuestos) como son la sofisticación y la excentricidad”.
En el béisbol el termino “screwball” se utiliza para definir al tipo de lanzamiento, que en México, llamamos de “tirabuzón”, popularizado por Fernando Valenzuela y cuya característica principal es la de parecer un tiro “descontrolado”, en que tanto, el pitcher, el catcher y el bateador, no tienen idea de en donde ira a caer exactamente la pelota, al llegar al home.
Continuando con Pablo Echart nos señala: “La película de 1936 que más contribuyó a impulsar el género ‘screwball’ fue ‘Al Servicio de las Damas’ (La Porfiada Irene), con la que precisamente se acuñó el término ‘screwball’ para etiquetar al género. La comedia de La Cava tuvo en su estreno un enorme éxito de público y crítica, obtuvo seis nominaciones a los Oscar y se convirtió en modelo de numerosas producciones, Carole Lombard, que después de ‘La Comedia de la Vida’ (Esclavos de la Farsa) había encarnado a la heroína ‘screwball’ en ‘Candidata a Millonaria’ (A Través de la Mesa), ‘Love Befote Breakfast’ (Walter Lang, 1936) y ‘The Princesa Comes Across’ (William K. Howard, 1936) se consagra aquí como tal con la interpretación de histérica y estúpida heredera: en esta ocasión su personaje (Irene) invierte el patrón del género que establece que la mujer es más lista que el hombre, pues Irene es más idiota que nadie, con permiso de su madre”.
“El filme se gana la simpatía del público estadounidense al ridiculizar sin mordacidad el frívolo comportamiento de los ricos, a los que de hecho se les tiende una mano en un desenlace que no está lejos del populismo Cipriano. Mientras tanto, el films saca partido cómico de las peculiaridades de esa lunática familia: de la resignación del padre (Eugene Pallette) a la limitada inteligencia de la señora Bullock (Alice Brady), pasando por el comportamiento caprichoso de Irene y por la afectación de ese cruce entre artista inútil y gorrón al que da vida Mischa Auer. También es reseñable el humor cáustico de Godfrey (William Powell), el partido sacada a un humor verbal rico en buenos chistes y en sucesos que acontecen fuera de la pantalla (como ese caballo que alguien ha llevado a la mansión en una noche de borrachera), o la inclusión de guiños cinematográficos que ilustran perfectamente que estamos en un mundo al revés: como si no se explica, por ejemplo, que William Powell (es decir, Nick Charles) pida de primeras una limonada cuando queda con un amigo para tomar algo. En cambio, el paso del tiempo ha perjudicado las pretensiones sociales del filme, sobre todo el afán de mensaje que rodea a la forma de hablar de Godfrey, siendo más ‘disculpables’ sus utópicos proyectos empresariales o la mencionada ayuda que brinda a los Bullock, que tan poco han hecho para merecerla”.
En un momento podría parecer que “La Porfiada Irene” es una sátira cruel a los adinerados, auspiciada por la difícil situación que se pasaba en los Estados Unidos con la depresión económica de los treinta, pero coincido más con la apreciación de Tomás Fernández Valenti, en “Dirigido de abril de 2003”, en su texto sobre la cinta, en que nos plantea: “El hogar de los Bullock está lejos de ser un mundo ordenado y formal. Antes al contrario, la descripción del modo de vida de los adinerados Bullock está presentado por La Cava como algo muy cercano a la locura (todo lo contrario, precisamente, de la comunidad de mendigos que vive en el depósito); Irene se comporta en todo momento como una chiquilla, llorando cuando algo o alguien la contradice y dando saltos de alegría cuando es feliz; Angélica Bullock (una espléndida Alice Brady) saca de sus casillas a su marido Alexander (Eugene Pallette), con sus excéntricos despistes, próximos a la demencia senil; la Sra. Bullock tiene a su cargo a un excéntrico artista Carlo (Mischa Auer), tan sensible y refinado que se pone enfermo cuando oye mencionar la palabra ‘dinero’ (sic)… lo que no le impide devorar con fruición toda la comida de la casa o, a petición de la Sra. Bullock para animar a una decaída Irene, ponerse a imitar a un gorila (¡). Todo resulta menos convencional de lo que su planteamiento podría dar a entender, y además puesto en escena con ese estilo sobrio pero nunca contemplativo; para La Cava, no existe distinción alguna entre la miseria material de las clases pobres, y la miseria emocional de las clases pudientes, y tampoco cree ni en la supuesta ‘dignidad’ de los pobres ni la presunta ‘ruindad’ de los ricos, sino en el realidad de la estupidez humana contemplada en todo su esplendor”. Cabe agregar que en una forma tan divertida, que es imposible parar de reír con la visión de esta comedia que representa mejor que ninguna otra el absurdo por el absurdo, en un género que si algo lo caracteriza es lo alocado de sus situaciones y tramas.
Al estar participando en una fiesta de competencia de hacer o llevar cosas insólitas, como una forma de divertirse, las hermanas Bullock, Cornelia (Gail Patrick) e Irene (Carole Lombard) acuden a un basurero municipal, en busca de un vagabundo, para llevarlo a la fiesta. Cornelia trata con desprecio a Godfrey (William Powell), ofreciéndole de mala forma dinero para que la acompañe a la fiesta. Godfrey la empuja haciéndola caer en un montón de basura. Irene contempla con regocijo la escena, haciendo migas con el vagabundo que acepta acompañarla al Hotel Waldrof, donde se está llevando a cabo la fiesta de beneficencia. En el Hotel Godfrey insulta a los asistentes por su forma tan vacua, como pretenden ayudar a los pobres. Irene se queda admirada por su actitud y lo contrata de mayordomo. Godfrey terminará por convertirse en indispensable de la familia, resolviéndoles multitud de problemas. Godfrey en realidad es un millonario de Boston, que después de una desilusión amorosa se convirtió en vagabundo, pero esto lo ignora la familia, hasta que al final se los revela y se casa con Irene, después de varias situaciones embarazosas y divertidas, ya que Irene ha sufrido la burla de sus conocidos al verla enamorada de un simple vagabundo que, supuestamente, no está a la altura de su alcurnia social. Una de las escenas antológicas de “La Porfiada Irene” y que ha sido después utilizada en muchas variantes es aquella en la cual Godfrey llava a hombros a Irene hasta la ducha, donde la empapa de agua para que se serene, y ella sale corriendo, al tiempo que grita “Godfrey me quiere. Me ha duchado, luego me quiere”.
Carole Lombard salió airosa de la prueba de interpretar a una mujer tan caprichosa e insulsa como Irene, en un tipo de rol que por lo regular era secundario y no el protagonista en estas comedias. Recibió la única nominación al Oscar en su carrera por su interpretación en este film, declarando en una ocasión su apreció por tal personaje: “El papel de Irene es el más difícil de todos los que he interpretado, porque Irene era complicada y por extraño que parezca, fundamentalmente era una persona trágica”.
Hizo una pareja inolvidable al lado de su exmarido William Powell, quién está estupendo como Godfrey. En el momento del rodaje ya estaban divorciados, pero mantenían una gran amistad, llevándose mejor que cuando estuvieron casados.
Al terminar su contrato de exclusiva con la Parmount, firmó otro más ventajoso para ella por tres películas a razón de $ 150,000 cada una de ellas, con derecho a aprobar el guión, el fotógrafo, el reparto y el director, convirtiéndose en una de las actrices más influyentes y mejor pagadas de la época. Inició 1937 filmando “Comenzó en el Tropico” (Swing High, Swing Low”, rutinaria y exitosa comedia dirigida con gran soltura y elegancia por Mitchell Leisen, compartiendo créditos con Fred MacMurray. A la cual siguió “Confesión Sincera” (True confesión, 1937), una apreciable sátira a las cintas de líos judiciales, con todo y sus escenas de tribunal, junto con sus coscorrones a la prensa amarillista. Helen (Carole Lombard) cree poder ayudar a su esposo el idealista abogado Kent Bartlett (Fred MacMurray), aceptando un trabajo con el opulento e influyente Otto Krayler (John T. Murray), el cual aparece muerto, recayendo las sospechas en Helen. Kent, quién presume de no aceptar casos donde no este convencido de la inocencia y honestidad de su cliente, acepta, más por obligación que convicción defender a Helen. Mientras el juicio se va enredando, hace su aparición el excéntrico criminalista Charley (John Barrymore), quién ayuda a desentrañar el misterio de la muerte de Krayler y la inocencia de Helen. Como Kent no queda muy convencido de la solución, decide abandonar a Helen, la cual para retenerlo le dice que esta embarazada. Kent regresa a su lado, cuando descubre que es mentira lo del hijo, no le queda otra que aceptar que no puede vivir sin Helen, a pesar de sus dudas sobre la integridad de su mujer. La farsa funciona, indudablemente, por el encanto y la fuerza de sus tres protagonistas: Lombard, MacMurray y Barrymore, siendo el último film que realizara para la Paramount.
Cerró el año con la estupenda y cáustica comedia “La Divina Embustera” (Nothing Sacred, 1937), producida por David O. Selznick, dirigida por William Wellman, llevando de coprotagonista a Fredric March, siendo su primer film en technicolor, con un guión de Ben Hecht, en el cual destilo toda su capacidad para la sátira, haciendo cera y pabilo de la prensa amarillista y manipuladora, con su historia de la chica provinciana, que supuestamente va a morir envenenada, a causa de una radiación, provocada por unos desechos, lo cual es aprovechado por el reportero Wally Cook (Frederic March) para hacer una cruzada de denuncia en su diario, llevando a la chica a Nueva York, para que pueda ver satisfecho su deseo de conocer la gran ciudad. Cuando volvió a circular en la televisión “Nothing Sacred”, en nuestro país, se le dio el título de “Nada Sagrado” y en España se conoce como “La Reina de Nueva York”.
Para Pablo Echart en su ya citado libro “La Comedia Romántica de Hollywood de los años 30 y 40”: “Es muy importante la participación de Carole Lombard en ‘La Reina de Nueva York’ (La Divina Embustera), una de las comedias ‘srewball’ de mayor contenido satírico. El guión de Ben Hecht alcanza un atrevimiento raras veces conocido, puesto que su mirada ácida se extiende sobre la totalidad de los personajes y las clases laborales a las que pertenecen. Médicos, gobernantes de distinto rango y por supuesto periodistas no escapan a la corrupción, al engaño y a la hipocresía, que parecen males congénitos de la sociedad estadounidense”.
“Las lúgubres tonalidades con las que es presentada la ciudad de Nueva York no empañan el deseo de Hazel (Carole Lombard) de conocerla, pues para ella se trata de un viaje de ensueño que le permitirá romper con la mezquina vida que ha llevado en un pueblo del interior del país, en lo que constituye uno de los ataques del género más demoledores al mito de la América rural: y es que como escribiera Corliss, a los ojos de la protagonista, más vale morir envenenada en Nueva York a llevar una vida moribunda en un pueblo de Vermont. Lombard no cambia como lo hacen otras heroínas ‘screwball’, pero hace que cambien las circunstancias que la rodean; no sólo permanece al margen de la atmósfera decadente que respira (su conciencia es su peor enemigo) sino que redime a la ciudad con su vitalidad y euforia. Con la ayuda del periodista Cook (Frederic March), con quién entabla de partida una relación basada en el aprovechamiento mutuo, Hazel convierte su estancia en la metrópolis en un periodo fantástico, lujoso y mágico. Los encantos de la ciudad y su relación con Cook bien valen el precio de convertirse en una ‘atracción de feria’, en un personaje famoso por el mero hecho de estar (de parecer, en realidad) abocado a una muerte inmediata. La falsa piedad de la prensa y el inconsistente sentimentalismo de los ciudadanos neoyorkinos, reunidos con sus lágrimas de cocodrilo a la joven aparentemente moribunda, invitan a evocar nuestra sociedad actual, donde es la televisión la que en mayor medida se alimenta de las desgracias y miserias de personas que serán condenadas al olvido una vez transcurran sus quince minutos de gloria”.
hola.
vi este post y me imagino que debes conocer a los artistas de la epoca.
yo tengo varias fotos de los treinta en los cuales no puedo identificar a las personas.
crees que me puedas ayudar?
gracias por adelantado