El 16 de enero de 1942, la desparpajada y vital estrella norteamericana Carole Lombard encontró la muerte en un accidente de aviación (cerca de Las Vegas), cuando regresaba a Hollywood, a reunirse con el gran amor de su vida Clark Gable, después de haber vendido bonos de guerra por valor de dos millones de dólares, en la ciudad de Indianápolis.
Mientras tanto Clark Gable se encontraba filmando “Somewhere I’ll find you” (en México pasó con el título de “Reportaje Sensacional”), cuya traducción literal refleja una terrible ironía para el actor que estaba pasando por la perdida de su esposa: “En Algún Lugar te Encontraré”.
El filme “Los Ídolos También Aman” (Gable and Lombard, 1976) de Sydney J. Furie se inicia, precisamente, en el momento en que el actor es enterado del accidente y espera en un campamento de rescate noticias sobre la posibilidad de un algún sobreviviente, al tiempo que se da paso a un flash back de Clark Gable (James Brolin), en el cual comienza a recordar la historia de su relación amorosa con Carole Lombard (Jill Clayburgh).
En cierto sentido “Los Ídolos También Aman” no es una cinta sobre las intimidades de la pareja, en términos de búsqueda de los episodios escandalosos, sino de todo lo que significaron para el público norteamericano. Es decir que no se trata de una biografía fílmica, más o menos de la realidad o acorde con la verdad, sino de una visión complaciente y hollywoodesca del idilio mítico de las dos estrellas, conforme ha quedado plasmado en la leyenda y el recuerdo del público.
A partir de dos o tres verdades, por así llamarlas “reales” Sydney J. Furie ha confeccionado una nostálgica historia de amor, sobre dos grandes ídolos, acorde al “glamour” y lo publicitado por los medios de Hollywood, en su papel de “fábrica de sueños”.
Es cierto que tanto para Gable como para la Lombard, su unión significó encontrar, en ese momento, para cada uno el amor de su vida. También es cierto que Gable tenía grandes problemas para poder divorciarse de su segunda esposa Rhea Langham y que el estudio les exigía, a los dos, absoluta discreción sobre su romance clandestino, por temor a las represalias mojigatas de un público harto sensible a las relaciones sexuales de sus actores preferidos. Los demás detalles públicos relatados en la película, obedecen en gran medida a la imaginación o complicidad del guionista Barry Sandler, quién partiendo de verdades a medias, buscó hacer “cinematográfica” tan tierna historia de amor. (Simplemente siempre se ha dicho que en el momento de avisarle a Gable el fallecimiento de Carole, el actor se encontraba compartiendo su cuarto con su coprotagonista del film que estaban rodando, o sea Lana Turner y que este “affair” era una de las razones por las cuales la Lombard había acelerado su llegada a Los Angeles, para poner en orden al “Rey de Hollywood. En el filme lo vemos solo en su cuarto y no se muestra ninguna fricción de celos entre la pareja).
“Los Ídolos También Aman” falla, en gran medida, por su exceso de melcocha en el tratamiento de la historia, resultando, aún para el más ferviente admirador de la pareja, harto falsa la relación, al cuidar en demasía la imagen pública de estos “mitos” cinematográficos, vistos al nivel de semidioses intocados y puros, los cuales vivieron una dolorosa tragedia romántica, digna de los mejores melodramas hollywoodenses.
Inclusive a momentos da la impresión de que “Los Ídolos También Aman”, se va a convertir en un alegato sobre el derecho de las “estrellas” a tener vida privada, en contra de las presiones del público por influir y determinar su comportamiento de sus preferidos, conforme o de acuerdo a la imagen que proyectan en la pantalla. Esto aparece claro, sobre todo, en las apariciones del máximo magnante de la MGM Louis B. Meyer (Alan Garfield) y el supuesto juicio sobre paternidad al que fue sometido Clark Gable.
Cabe recordar que es desde los escándalos sexuales, a finales de los años veinte, cuando aparece la espada de la censura en Hollywood, al tiempo que varias de las grandes luminarias como Barbara LaMarr, Fatty Arbuckle, Clara Bow, entre otras, vieron caer sus pedestales y sus carreras, al perder el favor de sus fanáticos, al enterarse, éstos, de sus escandalosas y nada dignificantes vidas privadas, lo cual llevó a los Estudios a poner en sus contratos una rígida cláusula de moralidad, que en la práctica, de acuerdo al potencial taquillero de sus “estrellas” y el arbitrio del jefe del Estudio, se limitaba a buscar que mostrar una conducta moral intachable en público, que no molestara a la sensibilidad de los aficionados al cine y los mojigatos líderes de las buenas conciencias burguesas, ya que se veía en las “estrellas” a modelos o ejemplos a seguir. En todo caso la esplendida caracterización de Jill Clayburgh, quién sabe recrear el desparpajo y la espontaneidad que hicieron célebre a la Lombard, es motivo para disfrutar esta regular comedia romántica.
(Nota Final: Este texto lo publique en el periódico “El Nacional” de la ciudad de México, el 8 de febrero de 1977, cuando se estreno en nuestro país “Los Ídolos También Aman”. No he tenido oportunidad de volver a ver esta película, pero como el lector Alfredo Guevara Figueroa me sugirió abordar el tema de Lombard y Gable, consideré adecuado a reciclar este comentario, sin una revisión de dicha película).