En los años cincuenta, en Aguascalientes, los jesuitas atendían el Colegio Margil, donde tenían un cinito dominical, al cual solía ir, cuando en los grandes de la Cadena “Circuito Montes” exhibían películas para adultos. El hecho de ser manejado por los jesuitas era ya una garantía para no tener que pasar por la aduana de mi mamá el permiso correspondiente, una vez que se había corroborado la clasificación que tenían las cintas a proyectar en el auditorio del Colegio, ubicado entonces en la calle de Alvaro Obregón. Allí pude ver a los nueve o diez años “Los Sobornados” (The big heat, ‘53) dirigida por Fritz Lang, cuya clasificación debió ser, por lo menos, de “B3” (para mayores con restricciones) o “C1” (sólo para adultos), pero al no tener escenas de sexo atrevido, ya no digamos explicito como ahora se estila, al encargado del cinito debió parecerle solamente un entretenido policíaco con algo de balaceras y violencia, pero nada que no pudieran ver los chiquillos de la época.
Ahora que fue programada en el canal de TCM Classic Hollywood, en el mes de noviembre, como parte de las cintas del ciclo dedicado al “cine negro” (Film Noir), me propuse verla, pues desde aquellos años, en que por única ocasión la ví, me gusto e impresionó por su gran dosis de violencia sugerida, tal y como se estilaba en la época, quedándome fijas en el recuerdo dos escenas, las cuales forman parte de mi catalogo de preferidas y pareciera, por la nitidez con las que podía recuperarlas al evocarlas haberlas visto ayer y no allá por 1958. La primera es cuando el detective Dave Bannion (Glenn Ford) se pone a jugar con su hija en la sala de su casa. La esposa le pide las llaves del auto, para ir al supermercado a comprar algo que se le olvidó para la cena. Hay un acercamiento al switch. Regresamos a la casa, escuchamos una explosión. Bannion sale y ve el auto en llamas y a su esposa atrapada. Es inútil tratar de sacarla. Lang filma la secuencia, casi en su totalidad, como si la estuviéramos viendo a través de los ojos de Ford, estableciendo de inmediato una relación entre los espectadores y el personaje, al sentir prácticamente la misma desesperación e impotencia del personaje, sabedores de que esa bomba ha matado a una persona inocente, al estar dirigida a Bannion.
La otra es más común, al ser compartida por casi todos los cinéfilos y estar referida en cualquier libro sobre cine y violencia. Efectivamente es la escena donde el gangster Vince Stone (Lee Marvin) durante una acre discusión con su amante Debby Marsh (Gloria Grahame) toma una cafetera, con café hirviendo, se la arroja a la chica y le desfigura su rostro.
Javier Coma en su “Diccionario del Cine Negro” nos cuenta en relación a esta película: “La historia de corrupción que relata “Los sobornados” procede de hechos auténticos, acaecidos en Filadelfia y revelados al público por tres diarios al mismo tiempo, puesto que el primero de ellos en obtener la información no se atrevió a difundirla en exclusiva. El novelista William P. McGivern, que trabajaba entonces en uno de aquellos periódicos (el Philadelphia Bulletin), recogió los materiales obtenidos en torno al caso y, desplazado a Italia, escribió allí en tres semanas la novela ‘The big heat’. Se publicó por entregas (siete) en el magazine Saturday Evening Post y fue adquirida por la Columbia para una adaptación cinematográfica cuando aún no había visto la luz el cuarto capítulo.”
“Una característica abstracción de Lang, a comienzos del film, puede sintetizar el sentido de éste. La niña del detective sargento de policía Dave Bannion (Glenn Ford) le muestra un edificio que ha levantado con un juego de construcciones y le dice que es como ‘tu estación de policía, papá’. A Bannion se le cae una pieza del juego sobre el edificio y éste se derrumba.”
“Tal secuencia ha llegado después de aparecer consecutivas anomalías en el ambiente policial. El sargento Tom Duncan se suicidó, y su esposa, indiferente por completo ante el hecho, ocultó a la policía la declaración que aquél había suscrito antes de dispararse. Una amiga del suicida hablaba con Bannion y seguidamente se hallaba su cadáver, con muestras de recientes torturas. El teniente Wilkes, superior de Bannion, ordenaba a éste suspender toda investigación en torno al caso, según decisión del comisionado de policía. Las pesquisas de Bannion le conducían hasta Mike Lagana (Alexander Scoruby), fuerza viva de la ciudad con poder sobre políticos, con una lujosísima residencia y con diez agentes de policía para su protección”.
“La esposa de Bannion fallece en un atentado y la corrupción policial se desencadena: el sargento abandona el Cuerpo y se oculta en un paradero que ignoren incluso las llamadas fuerzas de la ley. El comisionado, que se reúne para jugar al poker en la casa del sádico lugarteniente de Lagana, cuida de que éste, Stone (Lee Marvin), no tenga problema alguno después de que queme con café hirviendo el rostro de su amiga Debby (Gloria Grahame). El propio comisionado retira la custodia policial del hogar donde se ha alojado la hija de Bannion”.
“En estas condiciones la lucha queda establecida entre gente del pueblo y los gangsters que, por medio del comisionado, controlan a la policía. Amigos del matrimonio que cuida a la hija de Bannion acuden para suplir a los agentes de la ley, y comparecen con idéntico fin y de forma particular el teniente Wilkes y un subordinado. Debby se ha convertido en un ángel vengador: sabedora de que en la hipótesis de un fallecimiento de la viuda Duncan la declaración de su marido saldría a la luz pública y destruiría a Lagana y su banda, mata a la mujer; luego se presenta en casa de Stone y le arroja café hirviendo a la cara. La organización criminal se desmorona”.
“Pero se desmorona no gracias a la policía sino a pesar de ella y, según el símbolo propiciado por la hija de Bannion, junto con ella. ¿Qué otra imagen arroja, en caso contrario, ‘The big heat’ sobre la fuerzas de la ley y el orden?. El dilema del sargento Bannion ha quedado muy claro: o continuaba en la policía y se arrodillaba ante la corrupción, o salía de ella para cumplir su compromiso ético”.
En su libro entrevista “Fritz Lang en América” de Peter Bogdanovich nos dice Lang: “Cada film tiene su propio ritmo. Una historia de amor sentimental debe tener un ritmo diferente que una historia de amor apasionado. Una historia de ‘odio, asesinato y venganza’ tiene un ritmo diferente que una historia de alguien que va de casa en casa buscando trabajo. En ‘The big heat’, empezamos con un hombre que se suicida: su mujer entra y roba algo y después empieza a hacer chantaje a alguien. Así que el principio es ya más bien violento y rápido, y esta primera escena marca el ‘el tempo’ de la película”.
Para una buena parte de la crítica “Los sobornados” (The big heat) es la mejor película de las dirigidas por el vienes en su período en el cine norteamericano, y conste que al autor de “Metropolis” y “Dr. Mabuse” obras maestras del expresionismo alemán, realizó en Estados Unidos obras de similar calidad como “Furia” (Fury, ‘36): “Solo se vive una vez” (You only live once, ‘37); “La mujer en el cuadro” (The woman in the window, ‘45); “Mala mujer” (Scarlet street, ‘45); “El refugio” (Rancho Notorius, ‘52) “Tempestad de pasiones” (Clash by night, ‘52) y “El tesoro de Barbaroja” (Moonfleet, ‘55) por mencionar solo a las que se pueden equiparar o de acuerdo al gusto de otros entendidos desbancar a “Los sobornados”.
Para Glenn Ford significó su primer gran éxito taquillero, después de “Gilda” y el estirón definitivo hacia el estrellato, al resultar harto convincente en su rol del sargento Bannion, dándole credibilidad, con sus características maneras tranquilas pero vigorosas, a ese personaje de ciudadano común y corriente, quien por cumplir con su deber se pone ante el dilema de servir al gangsterismo y ser una pieza más en la corrupción policíaca o convertirse en un vengador individual, en su búsqueda de encontrar una especie de paz interior, después de venirse abajo su mundo con el asesinato de su esposa.
“Los Sobornados” (The big heat) es una de las películas más populares de Fritz Lang, sobre la cual se ha escrito infinidad de textos elogiosos, pudiéndome percatar, en esta segunda ocasión en que he podido disfrutar de esta obra maestra de Lang, la enorme influencia de los textos en su servidor, ya que en su proyección del pasado 24 de noviembre, TCM nos la presento en su versión original, sin el doblaje distorsionante al español y a pesar de mi dificultad para entender el inglés en su forma verbal, me fue fácil seguir la trama, pues prácticamente me la sabía al dedillo, por el cúmulo de textos leídos en torno a “Los Sobornados”, lo cual me permitió prestar mayor atención a la puesta en escena de Lang, porque tampoco se contaba con subtítulos, que si bien son menos enfadosos que el doblaje, no dejan de ser un factor de distracción, para el disfrute pleno de las películas, pues no olvidemos que antes que nada el cine es imagen en movimiento.
Evidentemente la secuencia en la cual Stone le arroja el café hirviendo a Debby, la cual ya es una imagen icónica en la historia del “film noir”, sigue siendo impactante y estremecedora por la brillantez de Lang para hacer los intercortes y sin realmente ver el liquido correr o estrellarse en el rostro de Debby, al no estar en una obra de “cine gore”, sino, simplemente con la gran capacidad de sugerencia, nos quedamos los espectadores con la idea de haber visto a Stone lanzar el café. Lang nos muestra, en un primer plano, la jarra de café en la estufa, al tiempo que Stone trata de tomarla con una de sus manos. Corte a un plano medio de los amigos de Stone, que están en su departamento jugando póker. Escuchamos un grito de dolor de Debby, para ir entonces a un corte a Stone con la jarra en su mano y Debby corriendo por la estancia, tapándose el rostro.
Film estremecedor con una serie de personajes violentos y a la vez solitarios, los cuales van transitando amargamente por la vida, aferrados a una serie de relaciones ficticias e interesadas, en que todo presagia que terminarán mal por una u otra causa. En rigor sólo el afán de venganza de Debby Marsh tiene éxito al estar dispuesta a ofrendar su vida y, posible relación sentimental con Bannion, al matar a la viuda del corrupto Duncan, para que se pueda destapar la cloaca de la corrupción policíaca. Y después regresar al departamento de Stone, para en una estremecedora escena en que vemos el frágil rostro de Debby (Gloria Grahame) en sus dos mitades: una tersa y hermosamente bella, mientras la otra vejada por los estragos del hirviente café, disfruta de poder efectuar una venganza “ojo por ojo” arrojándole igualmente café hirviendo a su rostro, para confesarle, cara a cara, que lo ha destruido, al igual que a su compinche Lagana, al ultimar a la viuda de Duncan.
Por su parte Luis R. Aller en su ensayo “Fritz Lang: la sombra de los gigantes” le da una connotación de suicidio, en estos términos: “Debby Marsh, cuya lúcida y violenta reacción tras haberle quemado el rostro Vince Stone, imprime al film una emotividad fuera de toda medida. Perdida su belleza, único apoyo y valor de su vacía vida, se refugiará en unas desconsoladas tinieblas, y tras comprender la imposibilidad de acercarse emocionalmente a Bannion, el único que tal vez podría salvarla, en un magnífico plano en que aquél mira al vacío por la ventana, de espaldas a ella y a la cámara, recordando a su mujer, camina hacia un vertiginoso suicidio aplicando un temible talión. Lang, poco dado a mostrar muertes que frenen su ritmo, detiene su trepidante acción para cantar su muerte lírica y pudorosamente, retocando al personaje con una pincelada difícilmente olvidable: temerosa aún de que la encuentre fea, se tapa sus cicatrices con un visión que Bannion le había puesto como cojín”.
Quién a la postre termina por dominar en “Los Sobornados”, por encima de la sobria actuación de Glenn Ford y por un Lee Marvin en una de sus grandes creaciones de villano, es indudablemente Gloria Grahame, como personaje y presencia inquietante, a la cual simplemente no se le puede olvidar como una de las grandes heroínas del “film noir”, sobre todo una vez que se la ha visto llena de sensualidad y a la misma vez taciturna pasearse en una serie de escenas inolvidables, mas que nada por su capacidad de dominarlas, algunas de ellas con simples gestos como ese de que con una mano se sujeta el cuello del abrigo de visón y con la otra empuñando la pistola da cuenta de la miserable y patética viuda de Duncan.
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Pocos cineastas me interesan tanto como el vienés Fritz Lang. Impresiona que la excelente «Metrópolis» fuera rodada en 1927. Pero «M le maudit», de 1931, es quizá su obra principal. Una pieza condenada a ser siempre moderna.
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