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De humor y documentación fílmica: Isla de la Juventud.

Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 6 de Noviembre de 2007 | Categorias: Cine Mexicano, Documental, Testimonios | Tiempo de Lectura: 4m 3s | Leido 319 veces.

El cine documental se caracteriza por una extrema seriedad y un estilo generalmente periodístico que choca normalmente con el público de cine, que acude a las salas con la intensión de disipar el impacto de la avalancha noticiosa y agria acerca del mundo moderno, por ello resulta refrescante ver que algunos de los nuevos cineastas no caen en la trampa del ceremonial docto y abordan los temas de actualidad (o no tanto) con humor, aunque a veces sea involuntario.

Este es el caso del documental “Isla de la Juventud”, en el que campea un ambiente de serenidad y polilla sin igual. Ana Laura Calderón no tiene antecedentes fílmicos reconocidos en concursos, encuentros o muestras de corto, medio o largometraje de algún tipo o de sitio alguno, tampoco hace esta película con pretrnsiones académicas o de taquilla, simplemente nos entrega una visión de la nueva Cuba alejada de los prejuicios a favor o en contra del régimen castrista, tan solo testifica una situación a través de una batería de entrevistas adornadas por la magnífica fotografía de Matheus la Rocha.

El humor se establece desde el instante en que la directora presenta la antigua Isla de Pinos (la más grande del archipiélago cubano) como un enclave del régimen para restablecer en el ánimo de la población los logros del gobierno castrista mediante la renomenclatura de los viejos sitios populares, en este caso la vieja isla de piratas y pescadores que tiene como encanto su soledad, solarización y boscaje (perfecto sitio para que se ocultaran los antiguos piratas de las huestes españolas).

Algún ilustrado colaborador del régimen tuvo la brillante idea de darle el nombre de Isla de la Juventud para situar en ella festivales con los aburridos teenagers cubanos y sus habitantes verdaderos, los viejos pescadores que no tienen más lugar para vivir y ser productivos, y de los nuevos que van legando por impulsos del PCC, otros ancianos que ahí podrán sentir su vejez como productiva y no serán una carga para los habaneros o matanceros que se ocupan de luchar fervorosamente contra el hambre y la escasez que han creado los bloqueos capitalistas contra los, ahora sí bien dicho, pobres cubanos.

En muy poco más que una hora de proyección vemos la vida cotidiana a través de los ojos ancianos de hombres y mujeres que han luchado por la revolución, de seres canosos que han sido desplazados paulatinamente por nuevas generaciones de luchadores que solamente llegan a la Isla de la Juventud para los festejos anuales, para bailar a ritmo de la rumba y los tambores caribeños que se acompañarán con abundancia de ron, para todos, no solo para los jóvenes, y que para efectos de la película son encabezados por el ritmo percutido de William Valdés, como un recuerdo de que no solamente en Miami hay músicos cubanos (no todos se hacen balseros o gusanos ¿verdad doña Celia Cruz?).

El buen humor de Ana Laura estriba en la sorna inevitable de no poder retratar otra cosa que ancianos y quietud de la naturaleza en una isla destinada por el régimen “a la juventud”, de testificar la ausencia de jóvenes pero no de ánimo, de mirar esos rostros vetustos que sin asomo de vergüenza dejan que la cámara los explore, que registre sus palabras sin asomo de tristeza por la vejez o por el olvido, tan solo algo de azoro por la injusticia natural de la vida misma que los hace viejos y con ello inservibles para la vida productiva.

Pero como dice la guía de turistas que lleva a los potenciales nuevos habitantes de la isla: “…porque nos demos cuenta que somos útil a la sociedad donde vivimos a pesar de la edad que tengamos…”; una buena observación en un planeta donde los seres de “la tercera edad” jamás son tomados en cuenta para las funciones de cualquier sociedad, quizá con la excepción de los japoneses, que están utilizando a los “adultos mayores” para labores productivas además de conservarlos como un tesoro de sabiduría en las artes y oficios tradicionales.

Valga para el público nuevo del país, que está cada vez más interesado en los documentales, y para que algún ojo avisor envíe este trabajo a los festivales donde van los privilegiados de la cinematografía (egresados del CCC y del CUEC o la Ibero) o de quienes lograr colocarse en el extranjero como vendedores de imagen turística y no de realidades. Valga para los aficionados al cine que cuando menos van a disfrutar de la fotografía insólitamente preciosa sin preciosismos con que llena el tiempo de exhibición la directora, pero siempre bien ubicado el ojo y el sentimiento que pretende hacernos llegar, que muchas veces resulta una burla delicada, un sardonismo que, creo, no es involuntario.

La isla de la juventud. D. Ana Laura Calderón. DOCUMENTAL. Fotografía de Matheus la Rocha. Montaje Edna Herrera Arjona. Percusiones: William Valdés. Prod. Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes y Escuela Internacional de Cine y Televisión. 2007.

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