Enamorada del “Indio”; nostalgia por la cultura
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 1 de Noviembre de 2007 | Categorias: Cine Mexicano, Directores | Tiempo de Lectura: 7m 19s | Leido 445 veces.
Antes de que el cine fuera motivo de negociaciones políticas y sociales como símbolo y avatar de lo nacional, la cinematografía mexicana era la diversión y forma de cultivo emocional e intelectual preferidos de éste país y casi todos los de habla española.
Basta con recordar las cifras de taquilla en toda América para entender la influencia del cine que pintaba una cultura nacional que ya casi nos es ajena: la indiana donde se reflejaba el conflicto racial permanente en una sociedad que abandonaba la estructura rural y se lanzaba a la urbanización globalizada.
Casi todas las películas durante el esplendor de la llamada Época de Oro tuvieron los mismos grandes protagonistas: el charro, la china, el agricultor, la campesina enrebozada, el proxeneta o pachuco, la rumbera, el policía o los ídolos del deporte, artistas ante una sociedad comercializada donde perdían privilegios rápidamente.
Desde el rincón menos esperado de la industria apareció un ex inmigrante (en realidad binacional, porque su pueblo Kikapú lo es): Emilio el “Indio” Fernández, un ex actor, ex doble, ex jinete, ex muchas cosas que se convirtió en director de cine aprovechando cuanto vio e hizo en la industria estadounidense, y que aportó a lo mexicano una visión derivada de cierta oscura concepción indígena del mundo que se aclaraba mediante la utilización de un lenguaje fílmico ajustado a los estándares de la Meca del Cine.
Esta forma de hacer cine, auxiliada de su alianza con el fotógrafo Gabriel Figueroa y el escritor Mauricio Magdaleno, dio como resultado el puñado más brillante de películas con tema nacionalista jamás esperadas por la industria y la cultura nacionales, de hecho una de ella, “María Candelaria” (o “Xochimilco”, originalmente) llamó poderosamente la atención del público europeo que la “descubrió” para el mercado mundial, y en seguida fue “La Perla”, basada en una novela de John Steinbeck, pero con todo y lo extraordinarias que son, de ninguna manera fueron sus más impactantes para las y los mexicanos.
Faltaba la cercanía nostálgica por esos seres jamás retratados en el cine: los mestizos, los campesinos que no participaban ni de lejos de la mítica “pureza racial” del indígena ni la soberbia de la gran tradición hispánica y católica; se trata de esos personajes que fincaron su cultura entre las dos aguas culturales de uno y otro continente, pero que por evolución y número fueron ocupando el sector más importante de la sociedad mexicana. Así es como aparecen “Enamorada” y “Pueblerina”.
Gracias a la necesidad de llevar al cine una visión de la Revolución Mexicana que sirviera como puente de compresión a la ideología del gobierno resultante de ella, Fernández analiza la mística de los líderes durante el conflicto y la realidad rural de los olvidados por el cine anterior, los campesinos a la sombra de los grandes propietarios, y desde luego, la vida emocional de ambos personajes, con una cercanía profunda al sentir romántico de los escritores ochocentistas del México juarista, todo gracias a la sensibilidad y cultura de Magdaleno.
Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial la industria fílmica no salía de las fórmulas exitosas logradas por Fernando de Fuentes y su visión chabacana de la vida campestre y la justicia divina actuando sobre los mexicanos para darles un mundo feliz e indocumentado; la trinca Fernández-Magdaleno-Figueroa abandonará esa visión campechana para intentar un abordaje “realista” según los términos del código del cine, y dotan al mexicano del siglo XX con prototipos de conducta y personalidad que empatan las fórmulas de Hollywood y el Star System, es así como Pedro Armendáriz, María Félix, Roberto Cañedo y Columba Domínguez se convierten en avatares de lo mexicano, tanto física como emocional y racionalmente.
Inicialmente era un encumbramiento de tipos que tuvieron tanto de racional como de ajuste al Star System, quizá por ello la frecuencia de apariciones para Dolores del Río (ex estrella de Hollywood) y Armendáriz (nacido en los Estados Unidos), pero la plástica del “Indio” los fue transformando en un “querer ser” de los mexicanos que partía de cierto espíritu de dignidad y respeto por tradiciones profundas.
Janitzio, Xochimilco, la serranía y hasta la selva de manglares formaron el marco ideal para un retrato de pluralidad unificada en aquellos personajes acosados por le destino pero nunca sometidos, pero será en el marco mayor, la guerra revolucionaria, donde esos prototipos muestren su riqueza interior, su perspectiva histórica y social.
Kilómetro por kilómetro la guerra fratricida había sido un desconcertante movimiento hacia la indefinición nacional, en su marcha por las comunidades fue cayendo el viejo régimen criollo sin que algo sólido se colocara en su lugar, por eso el general José Juan Reyes (Pedro Armendáriz) ha de se la suma cultural del liberalismo juarista contra los privilegios y María Félix-Beatriz Peñafiel la renuncia encarnada a ese pasado.
La historia de un amor nacido del conflicto de clases, de la trifulca social, del encuentro con nuevas formas de ver y vivir el mundo tradicional para comenzar de nuevo a partir de la marcha hacia lo ignoto (María Félix detrás de “su hombre”, como otra despreciable soldadura, por las llanuras de Puebla, en fuga y en construcción al mismo tiempo); así es como nos lo entregan la trinca nacionalista de cineastas que habrían de formar la imagen del mexicano que construye la nueva nación urbana, que deja atrás la campiña para dejarse ver en el mundo.
Magníficos también Columba Domínguez y Roberto Cañedo en la paupérrima producción de “Pueblerina”, película-reto del “Indio” y sus compinches en la que con casi nada, salvo sus talentos fílmicos, crean la historia de dignidad y coraje de una pareja de amantes condenados por la comunidad incomprensiva, por los remanentes del viejo régimen criollo y que enfrentan su soledad de dos igual que enfrentarán un futuro predecible solamente en las manos que den fruto por voluntad propia.
Nada de ambas películas indica independencia de la cinematografía de su época, de hecho la perfección técnica se debe a la adopción de las fórmulas estadounidenses adaptadas a nuestra industria, sin embargo como películas, cada una tiene la virtud de estar completa en cada una de sus partes, la edición de Gloria Schoemann y Jorge Bustos sirvió a la perfección para las ideas de la trinca, cualquier alteración en su orden puede verse en razón de la exactitud de su ensamble, salvo en las copias de televisión.
Otra vez topamos con una falta de respeto suprema cuando el canal oficial de la cultura, el 22 de la ciudad de México, programa cine proveniente de las bodegas de Televisa: copias cortadas e incompletas, fallas de continuidad evidentes y trozos faltantes con remanentes de imagen que ni siquiera disimulan la ausencia de partes sustanciales, y, sobre todo por evidente, las fallas de sonido que cortan la música, los diálogos y los efectos creando un ruido absurdo para la trama y el público.
Parece que la cultura mexicana debe responder al marco criollo que ha defendido siempre la empresa televisora más antigua del país, que si algo no funciona de esa manera será saboteado en función de que las nuevas generaciones no puedan disfrutar o conocer cabalmente el cine que hizo la imagen nacional, y que no trata de alpargatas y morcillas.
Quizá sea una apreciación subjetiva de un espectador doliente que, sin otro atractivo de fin de semana que rescatar una emoción estética guardada con cariño, pero al ver la destrucción de un patrimonio cultural, como lo son las películas de la Época de Oro, es fácil recordar que el propietario original de la empresa televisora, Emilio Azcárraga Vidaurreta, saboteó las exhibición de las películas del “Indio” y todo lo que no estuviese dentro de sus cánones “estéticos” (nada de prietos, nada de pobreza, a la gente no le interesa a los jodidos, solo quieren divertirse), y que hasta la obra de Luís Buñuel fue saboteada por el mismo empresario, hasta que tanto el “Indio” como Buñuel triunfaron en el extranjero. ¿Que esperará ahora la secretaría encargada de cuidar el patrimonio nacional para frenar la depredación de obras que identifican al país en cualquier parte? Tal vez que ya no existan o que el mercado dicte un precio a la cultura de la misma forma que lo dicta para el petróleo que de todas maneras desaparece en presupuestos que enriquecen a unas cuantas familias y no a los dueños de la tierra.
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