Este junio se cumplieron ochenta años del estreno de la primera joya en la herencia audiovisual de la humanidad, la película “Metrópolis”, la primera gran producción de ciencia-ficción y la más asombrosa premonición del futuro social.
La obra es fruto del trabajo del director Fritz Lang y la escritora Thea Von Harbou, pero también de dos instantes cruciales de la historia: el final de la Primera Guerra Mundial y del violento cambio en la concepción de la política y la economía así como la concepción del arte y su función.
Con la firma del Tratado de Versalles el orden mundial se despidió para siempre de la mayoría de los valores imperantes, la brutal mengua de población convirtió la vieja Europa en un laboratorio social, especialmente en Alemania donde sucedieron experimentos económicos y sociales que sometieron al caos la cultura germánica, sobre todo estableciendo la confrontación insoluble entre los trabajadores y los jefes de la industria, a la sazón restringida por los ganadores del conflicto. Como una consecuencia directa el mundo intelectual produjo dos respuestas: la creación de la escuela de diseño Bauhaus y la aparición del Expresionismo en el cine, ambas como manifestación de un replanteamiento de la naturaleza humana ante los nuevos avatares de la era industrial y urbana.
El caos social provocado por las presiones económicas y la búsqueda de la democracia durante la República de Weimar hacían de la inseguridad y el miedo la nota dominante en las poblaciones alemanas, la escuela del Bauhaus ofrecía una alternativa de orden y armonización entre los seres humanos y el medio, mientras el expresionismo del cine constituyó el testimonio de la violenta contradicción entre naturaleza humana y los objetos con se rodea el hombre al establecer la vida en ciudad, solamente la intervención del sueño y la imaginería permiten entonces establecer el vínculo racional que les de significado en la realidad circundante.
Como las cosas iban mal entre el individuo y su mundo el movimiento expresionista cambió los valores de la cultura tradicional alemana con una presentación emotiva del desorden en la sociedad, reflejaba especialmente la lucha entre facciones políticas presentada con violencia creciente; a través de sus obras podemos conocer cómo el aparato social hacía trizas las creencias, actitudes y el concepto del mundo entre la población alemana de posguerra.
Este movimiento fílmico aparece como fruto de una serie de cambios sustanciales en el arte de ese principio del siglo XX, cambios que se habían internacionalizado rápidamente a través de los nuevos medios de comunicación, especialmente el cine y la literatura popular, básicamente en los periódicos, puesto que las nuevas condiciones sociales entendidas como el ascenso de la era industrial y el crecimiento desmedido de las áreas urbanas del mundo, transformaban necesariamente la visión de las cosas en el gremio artístico, que rápidamente forjó escuelas contradictorias a la tradición del arte ochocentista como el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo y el propio expresionismo.
Entre 1900 y 1929 surgen las obras cruciales de la literatura y las artes plásticas, es así como aparece la obra de Marcel Proust, de James Joyce, de Bertold Brecht, de Franz Kafka, y el arte de Picasso y Duchamp, pero también obras significativas del pensamiento como las de Ortega y Gasset, Husserl y Heidegger. Al mismo tiempo surgen los movimientos de vanguardia paralelos a los movimientos sociales, el dadaísmo, el cubismo y especialmente el futurismo italiano y ruso, como culminación de rebelión intelectual el surrealismo; de alguna manera Lang incluye en su obra lo más importante de estas escuelas.
La película estuvo a punto de causar la quiebra de los estudios de La UFA por su gigantesco presupuesto y las terribles exigencias de producción, de hecho la crítica más negativa en su contra la realizó Luis Buñuel por estas características “anti proletarias” según su reseña (que podemos conocer gracias a la copia reproducida por la revista española Griffith en su primer número); de otra parte Herbert George Wells también la atacó por su visión catastrofista del futuro y la proposición simplista de la clase obrera.
A pesar de su inserción directa en la escuela expresionista la cinta tiene mucha mayor familiaridad con el futurismo ruso, especialmente en su visión de las máquinas insertas en la existencia humana, con la aventura de futurismo ruso emprendida por Iakov Protazanov en Aelita; dos años antes de esta aventura que cuenta un viaje a Marte en avión y encara las posibilidades de uso de las máquinas para cumplir los sueños del hombre común, y como fondo conceptual terminan por determinar los niveles del drama existencial para los personajes.
Fritz Lang representa para la pantalla grande el empleo inicial del término ciencia en su acepción más avanzada para las primeras décadas del siglo veinte, especialmente con la realización de “Metrópolis” y “Una mujer en la luna”, películas insertas plenamente en el género de ficción donde lo científico ocupa un sitio especial para entender el corazón y la mente humanos.
Pero el caso de “Metrópolis” es de pionero, porque llevará a plantear los elementos científicos con un claro acento expresionista que relacionaba hechos presentes con su origen ancestral, difuso y oscurecido por la superstición y la ignorancia, es así como el científico Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) es al mismo tiempo tecnólogo, mago y alquimista, y para dar animación a la mujer mecánica, Eva (Brigette Helm), procede como Paracelso según “Homúnculus” y como el rabino de Praga en “El Golem”: combina la utilización de matraces y pipetas con líquidos burbujeantes ante un juego de pirotecnia eléctrica para trazar las órbitas de los siete planetas de la alquimia en torno a la máquina y darle vida.
En su propuesta Lang expresa la confusión popular entre ciencia y magia, la persistencia de creer al conocimiento como propiedad de las cofradías, de las elites y sin conexión alguna con la población, excepto a través del poder, de la imposición de sistemas productivos en los cuales se irán transformando cada vez más dependientes el individuo y la masa, de hecho establece la distancia necesaria para el ejercicio del poder y el hombre de conocimiento ocupa el sitio del intermediario e instrumentista, el sitio que ocuparon tradicionalmente los magos y curanderos como promotores de la superstición que establece la cortina que impide a la masa entender los procesos de control.
No resulta extraño que “Metrópolis” fuese la primera cinta seleccionada por la UNESCO para iniciar el Patrimonio Visual de la Humanidad, y en contraste la segunda sea “Los olvidados”, de Luis Buñuel, puesto que ambas representan la polaridad de posibilidades que tiene el cine como testimonio del desarrollo cultural en el siglo XX: “Metrópolis” por su ficción mediatizada en la pretensión racional y denuncia de los peligros de la tecnología, mientras “Los olvidados” desencarna el realismo brutal para quienes viven al margen del conocimiento y sus beneficios.
Su estreno en México sucedió el 28 de diciembre de 1927, la “inocentada” fue de gran éxito, porque en ese día de los santos Inocentes la fantasía involucrada en la cinta tuvo un impacto positivo en la sociedad conservadora que salía del movimiento revolucionario; al parecer no influyó `para nada la exhibición de la cinta en los vecinos de Estados Unidos, que recibieron con frialdad la película, a la que el medio especialista Variety tan solo dedicó algunas palabras de recriminación para Thea Von Harbow por lo cursi de la trama y una recomendación para darle gran publicidad a fin de recuperar el millón 680 mil dólares que había costado producirla (unos 7 millones de marcos alemanes en la época).
La versión original, editada por el propio Fritz Lang, tenía una duración de tres horas y media, de las once variantes conocidas hoy día ninguna alcanza esas dimensiones, y quizá la más cercana al tiempo original sea la restaurada por el Museo fílmico de Munich, que llega a los 150 minutos de proyección, aunque la que parece estar más cercana al espíritu original de Lang es la versión restaurada por la Fundación Friederich Willhelm Murnau en 2002, que restaura las partes suprimidas por la Paramount a mediados de 1927.
Lo que deja muy claro la película es su extracción en tiempo y lugar, la primera cultura auténticamente moderna del siglo XX, durante la república de Weimar, una etapa de intensa actividad creativa, de flaquezas y sombras inquietantes, todo ello reflejado perfectamente en la parábola social de Thea Von Harbow y el manejo de masas y planos visuales de Lang, pero sobre todo la primer visión del futuro plateada por el cine a la posteridad, una visión que se ido convirtiendo en familiar conforme David Butler (“El mundo en 1980”), William Cameron Menzies (“Lo que vendrá”), Riddley Scott (“Blade Runner”) y Luc Besson (“El quinto elemento”) nos lo han ido reforzando con el paso de la historia fílmica.
Una concepción de la vida futura siempre ceñida a las ciudades, siempre en conflicto del individuo ante la masa y el poder,
Mundo en 1980, El. (Just Imagine) D. David Buttler. Con: John Garrick, El Brendell, Maureen O’Sullivan. EUA. FOX. 1930.
Lo Que Vendrá (Things to Come) D. William Cameron Menzies. Con: John Clemens, Raymond Massey, Cedrick Hardwick. Guión, H. George Wells. G.B. LONDON FILMS. 1936.
Blade Runner. D. Riddley Scott. Con: Harryson Ford, Rutger Hauer, Sean Young. Guión: Hampton Francher y David Peoples, basados en el relato “¿Sueñasn los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick. FX. Douglas Trubull. EUA/GB. LADD. 1982.
Quinto Elemento, El. (Fifth Element) D. Luc Besson. Con: Bruce Willis, Mila Jovovich, Gary Oldman. Guión: L. Besson. EUA. 1997.