En cuanto a su “Ana de los Milagros”, fue una creación mítica en torno a la maestra Anne Sullivan (Anne Bancroft joven y bellísima) que instruyó a Helen Keller para darle una posibilidad de vivir realmente a pesar de ser sorda, ciega y muda desde el nacimiento, una leyenda del siglo XX que Penn elevó a nivel del mito, pero sin entrar en la vida de la Keller, que como escritora y luchadora tuvo su verdadera oportunidad gracias a la Sullivan.
“Bonny y Clyde” pertenece a una época de la historia estadounidense muy difícil, la misma en que se establece el Código Hayes, de censura, para la cinematografía, y aún más, su establecimiento proviene de películas donde se presentaba el tema que trata “Bonnie y Clyde”: los asaltantes de bancos en los años veinte, que por casualidad acometió Penn justo cuando el citado Código Hayes dejó de aplicarse en Hollywood. A ello Penn dijo que: “No estábamos haciendo historia, no pretendía ser documental esta película; teníamos a los personajes y los presenté como los vimos Newman, Benton (los guionistas) y mi productor, hacíamos entretenimiento…pero eso sí, estábamos concientes de que tendría implicaciones sociales…Es más, lo buscábamos”.
“Little Big Man” (Pequeño Gran Hombre) fue una sorpresa para los amantes del Western, porque contaba la historia de la conquista del oeste exactamente al revés de cómo la conocíamos a través del cine; era el reconocimiento de que cuando los soldados de Custer “murieron con las botas puestas” no fue más que una legendarización de Ford, que la victoria en Little Big Horn (que hoy históricamente no se admite como tal) solo fue un episodio más en la brutalidad genocida con que el ejército de los estados Unidos impuso su ley para despojar a los indígenas a cambio de darles un sitio en el traspatio de la sociedad estadounidense, era la primera vez que el cine reconocía a los nativos americanos como personas (salvo, quizá, por la vida de Jim Thorpe, encarnado por Burt Lancaster en manos de Michael Curtiz para “El hombre de bronce” (Jim Thorpe-All American, 1951).
“El restaurante de Alicia” no pasó comercialmente en los cines de la ciudad de México, jamás se publicó una prohibición para que se exhibiera, pero en las salas comerciales parece que se estimo que hacía un excesivo uso de las drogas entre jóvenes y por eso quedó recluida a los cine clubes que funcionaban por entonces, aunque parece que si circuló en las salas cinematográficas de provincia. El caso de esta cinta es diferente: basada en una canción de protesta de Arlo Gurthie cuenta la relación entre una chica y un chico que tien como fondo el mundo de los basurales suburbanos, y la persecución por parte de una ley que no comprende para nada a los jóvenes y les persigue por el solo hecho de serlo; el pretexto, desde luego, es la droga, pero en el fondo solo es la incomprensión que por la misma época narraría Antonioni en “Zabriskie Point”.
Penn no trató jamás de ser otra cosa que un buen realizador de películas, de ser un “entretenedor” pero lo hizo con una conciencia del ser humano que antes no se veía: fuera de los moldes apologizantes del sistema, de la ñoñez de los finales felices, de la visión plana del hombre y la sociedad que pretendían mantener los grandes estudios en sus cintas (“películas sencillas para gente sencilla”, decía Hayes, el creador del código), introdujo una forma joven (para su época) de ver al mundo y al ser humano que funcionó a la perfección para que los jóvenes de entonces nos amoldásemos a su manera de ver el mundo, porque, sencillamente se amoldaba con la nuestra, y eso, debe bastar para agradecer a Arthur Penn que venga a nosotros y que esté vivo, como su cine.