El martes 9 de octubre estuvo en la ciudad de México Arthur Penn, el autor de muchas películas que nos estremecieron a los miembros de las generaciones que pasamos a través de los movimientos estudiantiles, del hippismo, del yupismo y del vacío actual. Sus obras más sonadas para nosotros fueron, sobre todo, “Bonny y Clyde” (Bonnie and Clyde) y “Jauría humana” (The Chase, 1966), las más famosas de este director son todavía “Ana de los Milagros” (The Miracle Worker, 1961) y “El restaurante de Alicia” (Alice’s Restaurante, 1969).
La primera sorpresa es encontrar que el personaje en marras se parece demasiado a sus películas, o cuando menos al personaje titular de una de ellas: “Pequeño gran hombre” (Little Big Man, 1970), donde Dustin Hoffman nos sorprendió encarnando a un piel roja sobreviviente de las violencia étnica que, al llegar a la ancianidad, aprende lo que es ser americano (estadounidense, pues)y de la imagen de Hoffman ante el fuego de su “tipi” parece un retrato del propio director a sus 85 años: pequeñito, simpático, con mirada ensoñadora y cabello ralo pero muy blanco.
En la UNAM se presentó un ciclo de sus películas, al menos de las más importantes, que inició con, desde luego, “Bonny y Clyde”, y el propio Penn fue parte de los espectadores que volvimos a estremecernos de emoción cuando Clyde Barrows pierde su virginidad con Faye Dunaway y ante su masacre en un automóvil blanco. El propio Penn estaba a punto de las lágrimas (esta película significó mucho para mí en su momento, aunque no todo bueno, dijo en la sala), pero su actitud ante nosotros fue magnífica. Lástima que no dieron tiempo a que hablara más con el público porque tenían que cumplir con las funcione de la sala Revueltas del CCU.
El Director de Actividades Cinematográficas, Iván Trujillo, le entregó públicamente la medalla de la Filmoteca de la UNAM, elaborada con plata rescatada de los trabajos fotográficos en la restauración de películas, y el único comentario de Penn fue que “ojala no sea plata de mis películas en blanco y negro”, pero el propósito del director era conversar con el público universitario, lo dijo expresamente y esperó al final de una proyección triste, porque la copia tenía cortes y faltantes muy evidentes, con el entusiasmo de alguien que sabe la importancia de compartir sus sueños con el público para quien trabajó toda su vida, y en especial el de una universidad como la de México, famosa por su inhospitalidad con los extranjeros.
Hacer un repaso en la obra de Arthur Penn significaría muchas páginas de análisis que ya se han hecho, un ejercicio de nostalgia que solo es valioso para documentos académicos, sin embargo vale la pena recordar la importancia de un cineasta que hizo cine de violencia cuando la violencia era una marca de brutalidad que parecía denunciar al ser humano como bestial y de bajos instintos, Penn en sus cintas nos llevó a comprender que la violencia no procede de los individuos, sino del estado, de los gobiernos y de los intereses que involucran para sostenimiento del poder.
En “Jauría humana” aprovechó al máximo a Marlon Brando antes de que su personaje de golpeador de bajos fondos lo marcara para siempre en el habla y los gestos, como el sheriff Calder se coloca entre los grandes intérpretes de todos los tiempos al pasar por todas las emociones de un hombre sometido a la violencia estatal y que además es instrumento para ella, en oposición a un Robert Redford todavía joven y esplendente como macho de pueblo para seducir a la entonces cálida Jane Fonda.