Duro de Matar 4.0, los herederos de Max.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 31 de Agosto de 2007 | Categorias: Cine Norteamericano, Estrenos, Policíaco | Tiempo de Lectura: 10m 11s | Leido 679 veces.
Los héroes del cine dejaron de ser lo que eran, nuestros astros violentos de hoy son un reflejo bestial de las formas menos deseables de existencia: decepcionados de la vida, divorciados, reducidos a la supervivencia anónima, sin seguridad social ni pensión, viejos y con una sabiduría de lo cotidiano que no sirve más que para hacer chistes malos acerca de la individualidad; al menos este es el retrato más o menos cercano de John McLaine (Bruce Willis), y se deriva directamente del Mad Max de Mel Gibson.
El cine de nuestros días resulta aburrido por la repetición constante de los mismos trucos cinematográficos: autos destrozados en carretera, construcciones voladas con explosivos, asesinatos sangrientos con nuevas armas de fuero personales (complicados rifles y metralletas con tamaños descomunales que no justifican su tamaño o dar mejor servicio, pero se ven muy bien en manos de los villanos y héroes que las rescatan), es un cine hecho de FX (Efectos especiales) para capturar aburridos, pero solo les aburre; se han dejado atrás las tramas interesantes, los personajes dignos de recordar o imitar, todo se vuelve un minimalismo fílmico donde el hiperrealismo norteamericano juega tan solo el papel de un relleno para taquilla.
El caso de “Duro de matar 4.0” es diferente porque trata de un personaje que todos sabemos inexistente: John McLaine, el policía neoyorkino que ha muerto en cada película anterior, que ha matado sumariamente a los enemigos del “american way of life”, que todavía es un remanente del antiguo héroe individualista del western, el héroe que usa sus manos par alcanzar sus objetivos, que desconoce cualquier tecnología que no sea útil para matar o defenderse, que considera a los científicos y tecnólogos sus enemigos, aunque pueda hacerse desentendido de su existencia; es el “Self made man” de tradición estadounidense; solo que ha evolucionado mucho.
La trama dramática de la película está referida a un nuevo tipo de ciencia-ficción que inventó el propio cine: un derivado de la política-ficción que practicaron en literatura Morris West, Luis Spota y otros grandes del Best-selerismo de los años sesenta y setenta: La suposición de que las circunstancia actuales sean llevadas al extremo y trasciendan a la vida política, o mejor dicho, de los políticos, aquellas noveletas jamás pasaban de los pasillos cortesanos del gobierno y sus enemigos. Los hijos fílmicos de esta narrativa son ilustres: “Siete días de Mayo”, de John Frankenheimer, “Contra el enemigo”, de Edward Zwick y “Enemigo público”, de Tony Scott, como los mejores ejemplos de esta genealogía fílmica.
La línea fundamental de la ciencia-ficción ha sido especialmente el futurismo y el espacio, en el fondo es la reflexión acerca del valor de la modernidad que inauguran las máquinas y la tecnología con la sociedad industrial, así pues el conflicto entre sistemas humanos y tecnología radica en la base del género, pero especialmente enfocados a contemplar las posibilidades del futuro humano en tanto que seres humanos. ¿Que transformaciones devienen con el cambio? ¿Qué cambios fundamentales se dan en el hombre al transformar su medio?
“Duro de matar”, la original, era un buen thriller policiaco que tan solo debió ser una película, la misma que lanzó a Bruce Willis al papel del hombre contemporáneo por excelencia: el policía John MacLaine, trabajador de la seguridad social que tan solo cumple su labor, pero lo hace a cabalidad, sin importar las consecuencias (tiene fe en el sistema), pero la mercadotecnia lo impulsó a tres aventuras más, todas ellas dentro del mundo de la imposibilidad total, hasta que fueron acercándolo a la realidad cotidiana, a los hechos de las noticias.
La que he llamado política-ficción es una variedad de narrativa que se nutre con las inquietudes inmediatas de la opinión pública, del quehacer analítico o informativo del periodismo actual (y de mediados del siglo XX), lo que plantean hechos de trascendencia social o del quehacer político como alternativas ante el cambio vertiginoso de las realidades cotidianas, y, desde luego, cuál es el papel del ciudadano común en ese suceder posible.
Para John Frankenheimer en los años sesenta había dos amenazas inminentes: la tecnología en manos de la milicia y la milicia misma en cuanto conciencia de poder; es así como realiza el golpe de mano militar para “Siete días de Mayo”: la pretensión de tomar el poder mediante el control total de los medios de comunicación y el aprovechamiento de la “ineficacia” de los civiles para la gobernabilidad. Le seguirían obras maestras de la ciencia-ficción como “Dr. Insólito…”, de Kubrick, pero ese es otro orden de cosas, es cine de guerra. Al contrario películas como “Contra el enemigo” y “Enemigo público”, se insertan en esta misma preocupación sobre la tecnología y la política, especialmente el conflicto entre civiles y quienes no lo son (aunque no siempre sean militares), y desde luego el papel de los medios de comunicación en la vida actual y el juego de poder.
La tecnología es considerada por el cine como una panacea que mejora la existencia individual y de toda la sociedad, el manejo de la información resulta crucial para entender la nueva vida civilizada: la defensa de la libertad de expresión ad nauseam es una de sus consecuencias menos deseables, pero también es motivo de propaganda fílmica, pero el control de sistemas informáticos para la defensa y organización de la sociedad son preocupación básicas para definir el futuro, mucho más que la simple proyección futurística, puesto que atañe a la vida cotidiana como prevención médica, como seguridad en las calles y en el hogar, al funcionamiento de servicios como el agua, la electricidad, los sistemas de emergencia, y todo lo demás que garantiza la vida en ciudad y fuera de ella, así pues resulta crucial la informática y, desde luego, las computadoras y quienes las manejan.
Ahora el asunto es que el futuro es una entelequia que no importa en realidad a los espectadores, la ciencia-ficción ha fracasado en ese aspecto al llegar al cine, quizá porque el futuro, en cuanto a mejorar tecnológicamente ya es un hecho (dentro de pronto habrá robots en cada hogar civilizado), lo importante es saber a quién y para qué sirve esa tecnología. Ese es el tema central de estas películas.
Will Smith es un buen abogado laboral que por accidente se ve envuelto en un lío de espionaje electrónico que solo es derivación de la ambición por el poder en los pasillos de la Casa Blanca y el Pentágono, Denzell Washington es un pobre policía privilegiado que de pronto ve sus privilegios convertidos en polvo por la maquinaria del Estado represor, de la milicia (representada, curiosamente, por Bruce Willis) y de la inevitabilidad del conflicto político exterior a la vida cotidiana de su país.
John MacLaine es el desheredado del sistema, el exalcohólico, exmarido, ex padre que sigue trabajado para no morir de hambre y de aburrimiento en la sociedad del ocio, que no comprende los juegos de video ni las computadoras, ni siquiera sabe de la nueva música (se quedó en los Credence, que, a decir de Matthew Farell -Justin Long- no son clásicos sino solamente viejos), pero tampoco sabe de las delicias de envejecer y tener hijos o familia, se tiene a sí y a ese recuerdo orgánico que son los hijos, pero no la relación que sustenta esa existencia; es pues, el ciudadano medio normal.
Los villanos son lo extraordinario de estas películas: Tim Olyphant como el inteligente y ambicioso Thomas Gabriel resulta digno de mejor causa en el drama, porque es un verdadero invencible que cae por fuerza del destino (el bien no puede perder con el mal, para eso tiene a los inocentes como agente ejecutor), igual que John Voight como el político ambicioso que condena a quien sea con tal de llegar al poder dentro del juego secreto de Washington; algo diferente es Denzell Washington como el agente del FBI que está en los círculos del poder y no alcanza a llegar a las verdades supremas de su conservación, tan solo es un peón del ajedrez político que, por buena jugada de maestro, llegará a coronar, a costa de todo lo que cree y ama, pero solamente al vencer al brutal milico Bruce Willis.
MacLaine no llega tan lejos, él es héroe por vocación y sin voluntad de serlo, siempre queda en medio del conflicto como los personajes de Hitchcock: por accidente, por ser individuo en una sociedad masiva donde el poder no tiene miramientos ni sitio para él o cualquier otro, simplemente es un “sistema” que funciona o no, según quien apriete los botones.
La película de Len Wiseman comienza por el anticlímax del policía abandonado, nos recuerda que MacLaine es un desheredado de la tierra, un pobre individuo sometido a sus angustias antes que cualquier otra cosa, como tal es arbitrario, duro e implacable con sus creencias, nos deja ver que los años no han pasado más allá de hacer quedar calvo a Bruce Willis (Y con kilos de más que le estorban menos de lo que creemos), que el personaje sigue siendo el mismo anárquico que se rebela a la autoridad y no se conforma con las órdenes recibidas, sino que las interpreta a su manera; para completar el panorama su esposa ya no figura más que en una foto de archivo y su hija es tanto o más violenta que él, pero es mujer y libre, está fuera de su autoridad y lo hace patente.
A partir del prólogo emotivo y situacional Wiseman nos mete de inmediato en la acción y los efectos especiales, nos permite la contemplación de un mundo informático deslumbrante, con máquinas capaces de todo y con operadores aptos para dirigirlas, así pues el asunto será entre operadores de máquinas, sean choferes, programadores o hackers en acción paralela a los balazos, a la destrucción total del entorno. Porque todo se destruye en busca de lograr sus fines, de uno y otro lado, lo único que queda incólume es la situación de MacLaine, quien seguirá como al principio, pero esta vez tolerando la posibilidad de que su hija sea una persona y tenga derecho de elección.
El nuevo macho de película no tiene escrúpulo en golpear a una mujer, cuando esto es merecido, desde luego MacLaine jamás golpearía a su hija (lo puede demandar), pero sí a quien pretenda hacerla suya, a quien salga con ella sin la aprobación paterna, sin embargo cuando se atraviesa la bella Mai (Maggie Q), duda antes de golpearla, pero la golpiza mutua resulta una defensa del verdadero macho: golpeador justificado, a favor de la justicia, del equilibrio.
¿A poco no es el personaje que falta en una sociedad que ha llegado a tal permisividad con las mujeres que ellas han abandonado el aprecio por los varones y prefieren volverse lesbianas que acompañar a una pareja en las decisiones de la vida? Es MacLaine el varón que ha desaparecido, el que no acepta el mandil para lavar los trastes, el que no se enfrenta a los tribunales por algo tan trivial como el divorcio, el hombre que ya no podemos ser, o que éramos, y el héroe que nos recuerda que en cada uno de nosotros hay un pequeño Mad Max, desplazado por la sociedad para su beneficio, o un MacLaine esperando un sitio para descansar sin que lo importunen.
Filmografía:
Enemigo público. (Enemy of the state). D. Tony Scott. Con: Will Smith, Gene Hackman, John Voight, Regina King. Guión: David Marconi. Productor: Jerry Bruckheimer. EUA. TOUCHSTONE. 1998.
Contra el enemigo. (The siege). D: Edward Zwick. Con: Denzell Washington, Bruce Willis, Anette Bening. Guión: Laure4nce Wright y Menno Meyjes, con E. Zwick. EUA.1998.
Siete Días de Mayo (Seven Days at May) D. John Frankenheimer. Con: Burt Lancaster, Kirk Douglas, Ava Gardner. EUA. PARAM. 1963.
Duro de matar 4.0. (Live free or die hard). D. Len Wiseman. Con: Bruce Willis, Maggie Q., Thimoty Olyphant. Guión: Mark Bomback y David Marconi, basados en el reportaje Adios a las armas, de John Colin., y los personajes de Roderick Thorp. EUA. 2007.
Mad Max. D. George Miller. Con: Mel Gibson, Joanne Samuel, Hugh Keays-Byrna. AUST. 1979.
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