El Clavel Negro, de lo que puede hacer una industria sin industria.
Escrito por Héctor Enrique Espinosa Rangel | 18 de Agosto de 2007 | Categorias: Cine Mexicano, Estrenos, Melodrama | Tiempo de Lectura: 6m 35s | Leido 577 veces.
El lugar común más grande con referencia al cine de México, consiste en decir que está en crisis, aunque está pasando de moda apuntarse en esta aseveración todavía hay quien crea que la crisis es eterna, pero ya lo dijo hace algún tiempo Rafael Anclan: “la industria de cine mexicana no está en crisis, hace tiempo que no existe”; con todo y la verdad de esta afirmación (no hay estudios en función continua, no hay producciones de largometraje todos los días, no hay exhibición mexicana constante) el cine mexicano se sigue produciendo y llamando al atención incluso de productores extranjeros, como sucedió con Suecia y Dinamarca, que recurrieron a Artecinema para producir la historia del embajador Harald Edelstam y su actuación durante el golpe de Pinochet en Chile.
Y de esto trata la película “El Clavel Negro”, dirigida por Ulf Hultberg, que tan solo nos había entregado antes “La Hija del Puma” y sin embargo se nos va haciendo familiar por su hábito de dirigir actrices latinoamericanas de cine (a Kate del Castillo y Lumi Cavazos, aquí, a Elpidia Carrillo en la anterior), pero que aporta a la imagen una consistencia extraña para quienes no solemos vernos a través de los ojos del extranjero.
Desde luego que el caso de Chile y su golpe de estado antiizquierdista es todo un caso, ya desde antes es un tema inevitable del cine político en el mundo globalizado, pero eso no obsta para que su tratamiento en cine sea un cuestionamiento continuo de la condición humana en el siglo XXI.
El asunto es que algunas aproximaciones de corte “militante”, como la Miguel Littin a través de la indirecta que representó “Actas de Marusia”, no dejan de ser más que una llamada angustiosa a la comprensión de quienes no se pueden ver más allá de su propia y pequeña problemática personal o de grupo, siguen asistiendo a los “cafés cantantes” donde descargábamos la frustración los estudiantes de los ochenta oyendo “música de protesta” latinoamericana (curiosamente una moda que pusieron en boga Simon & Garfunkel al grabar “El cóndor pasa”), y que forjó toda una generación de malos músicos y peores políticos en busca de la democracia como ideal abstracto.
Sería hasta la llegada del maestro del Thriller político, Constantin Costa-Gavras, que el asunto dejara de ser un lugar común de los protestadotes, cuando realiza, también en México, “Desaparecido”, con Jack Lemmon, y convierte el conflicto en una denuncia del engaño del sistema político estadounidense a sus propios ciudadanos, de la situación absurda de una conciencia social apagada por la propaganda y los excesos de la comodidad cívica de los norteamericanos que fructifica en una ceguera estúpida ente el mundo que les rodea. “El Clavel Negro” no es así, va mucho más lejos.
Porque es muy fácil establecerse como creador en el embozo de una ideología y de la crítica abstracta, en hacer de una situación histórica el telón de fondo para dramas desarticulados con la realidad profunda de la conciencia individual (por ejemplo hacer una historia de amor imposible en la revolución soviética, o el drama de un líder nato que termina en el circo romano); pero relacionar los hechos de una vida real, autentificable, con los de la historia y los sucederes sociales, es algo más complicado.
El problema aparece cuando la historia se parece tanto al cine que no podemos creerla, como es el caso de la relación entre el embajador sueco Edelstam (Michael Nykvist) y la asistente de Salvador Allende Ana Contreras (Lumi Cavazos), el increíble juego de la historia personal que liga hechos de una guerra lejana en tiempo y distancia como la de los europeos en los cuarenta y la cercana guerra cotidiana de los latinoamericanos por alcanzar una forma de vida que ya han pagado en oro, en dolor y en esfuerzos políticos y sociales, pero siempre hay algún “gorila” que la interrumpe.
Desde luego que lo más interesante de la cinta es la reconstrucción de Santiago de Chile en el momento del golpe militar, especialmente la destrucción del Palacio de la Moneda, en singular reconstrucción “destructiva” por Peter Hartwig, pero se agradece sobre todo que el ámbito sanguinario de los estadios y cárceles improvisadas no alcanzara la distracción Gore que destruyó la obra de Littin; porque de la tortura lo importante no es la forma física brutal de su ser, sino el terror que provoca en sus víctimas, hacer cine no significa poner en imágenes todo lo que ha sucedido, sino darle significado a la imagen para que nos provoque lo que los especialistas llaman una emoción estética, que es lo que le da sentido el cine.
Y ¿Cómo establecer un puente entre el terror de los sufrimientos latinoamericanos y el dolor en los pueblos europeos? Desde luego no será por paralelismos históricos que no tenemos, sino por lo humano. Si bien es cierto que no hemos sufrido aquende el Atlántico una guerra de devastación material y moral como la Segunda Mundial, lo cierto es que el fascismo ha hecho presa de nosotros muchas veces, y aún no nos abandona, pero aunque socialmente esta realidad nos afecta de manera semejante en lo individual el tiempo es un agente que nos distancia superficialmente pero queda la memoria, y su constatación en los hechos que, al fin humanos, coinciden fuera de la conciencia.
El embajador sueco defiende lo indefendible durante el golpe pinochetista: la racionalidad en el trato humano, su trabajo como diplomático exige del tiento y la delicadeza, pero también la decisión y la solidaridad que rebasan las fronteras de la política, porque la verdadera humanidad, vista por Ulf Hultberg y Asa Faringer, es la salvaguarda de la vida humana y sus convicciones. Solo que para el verdadero Edelstam (y para el de la película) la contradicción de la condición humana es su viso de tragedia y no solo es personal.
Porque el pasado no son nada más los recuerdos y los rostros dejados atrás, tampoco son las acciones olvidadas ni el significado que les ha dado el transcurso de la vida personal, sino como nos van alcanzando, igual que el clavel negro que dejó la mujer amada cuando el diplomático entregó a los nazis un grupo de judíos para salvarla a ella, y que se retrató en el rostro de la hija pequeña y alejada que revive en una magnífica Lumi Cavazos.
De alguna manera las tramas del cine, en especial del melodrama
latinoamericano, justifican esta clase de confrontaciones románticas, por eso es que la película como tal resulta excelente y verosímil, pero ¿Qué tal si los hechos verídicos son iguales? Y esta es la duda que nos deja la cinta, aunque sepamos que el embajador fue real, que regresó a su patria a enfrentar las consecuencias de sus actos (salvó a multitud de personas poniendo en riesgo la relación con un país amigo), que los personajes de Ana Contreras y de Consuelo Fuentes (Kate del Castillo) fueron reales; pero que el cine quede rezagado respecto de la realidad en cuanto a drama, solamente a Emilio García riera se le hubiera ocurrido.
Filmografía:
“Clavel negro, El”. (The black Pimpernel). D. Ulf Hultberg y Asa Faringer. Con: Michael Nykvist, Kate del Castillo, Lumi Cavazos, Daniel Jiménez Cacho. Guió: Bob Foss. MEX/DIN/SUE. 2006.
“Desaparecido”. (The missing): D. Constantín Costa-Gavras. Con: Jack Lemmon, Sissy Spacek, Melaine Mayron. Guión: Thomas Hauser y C. Costa-Gavras. MEX/EUA. 1982.
“Hija del puma, La”. D. Ulf Hultberg y asa Faringer. Con: Nora Aguirre, Elpidia Carrillo, Ángeles Cruz. Guión: Bob Fos y AsaFaringer. MEX/DIN/SUE. 1994.
“Actas de Marusia”. D. Miguel Littin. Con: Armando Acosta, Arturo Beristáin, Diana Bracho, Claudio Obregón. Guión: M. littin y Patricio Manns. MEX. 1976.










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