A Través de un Vidrio Oscuro de Ingmar Bergman
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 6 de Agosto de 2007 | Categorias: Directores, Melodrama, Otros países | Tiempo de Lectura: 4m 21s | Leido 759 veces.
“A Través de un Vidrio Oscuro” (Sasom i en spege, 1961l) es la primera de una trilogía que está integrada por “Luz de Invierno” (Nativardgásterna, 1962) y “El Silencio” (Tystnaden, 1963) en las cuales inicia de manera plena Ingmar Bergman su desnudamiento interior y a partir de éstas cada una de sus cintas estará más ligada a la anterior.
Es decir que Bergman comenzará a estar realizando, dentro de la teoría del cine de autor, su filme único, en el cual cada nueva realización serán variaciones sobre un mismo tema.
El título que le han dado en México a “Sasom ien spegel” resulta un tanto confuso para el espectador no advertido, al ser indudable que Bergman tomó este título del pensamiento del apóstol San Pablo, el cual en una de sus epístolas se refiere a aquellos cuyos ojos no reflejan nada y que al verlos estuviéramos mirando como en un espejo oscuro. Igualmente en la película hay otra referencia obvia al apóstol cuando David el padre (Gunnar Björnstrand), expresa que “Dios es amor bajo todas sus formas”.
En “A Través de un Vidrio Oscuro” asistimos a la desintegración de Karin (Harriet Andersson), la cual al consumarse impedirá toda posibilidad de relación con aquellos que la rodean: su padre, su marido (Max von Sydow) y su hermano (Lars Passgård). Desintegración que nos hace asistir al intento desesperado de Karin por lograr la unidad del ser en esa búsqueda angustiosa de Dios.
Es precisamente en “A Través de un Vidrio Oscuro” cuando los personajes se interrogarán en voz alta sobre Dios y su silencio, el cual vendrá a confirmarse en “Luz de Invierno”, para dejar de manifestarse como una preocupación externa en “El Silencio” en donde entraremos a la angustia neurótica de unos personajes que pretenden ligarse y encontrarse a través de un erotismo enfermizo y caótico, conduciéndolos a hundirse más en la desesperación y el aislamiento.
Los personajes de Bergman están aislados, es decir, solos en el mundo en el sentido existencial sartriano de que “el hombre es una isla en medio de otras islas”. Referente obvio reafirmado al situar el director todas sus películas a partir de ésta de “A Través de un Vidrio Oscuro” en una isla o un sitio solitario y aislado.
Si bien el cine del director sueco, recientemente fallecido, se presta para interpretaciones derivadas del conocimiento religioso cristiano, esto no limita el entendimiento de su obra. Al final de cuentas el problema de Karin de no lograr la unidad con el ser, un ateo puede tomarlo o interpretarlo, fácilmente, como la incapacidad de amar. Pues es el amor el que nos permite ligarnos a mejor dicho re-ligarnos con el “otro” o con los “otros”.
Así cuando el padre de Karin, al final pronuncia la frase “Dios es amor bajo todas sus formas”, más allá del sentido irónico inicial que le damos a ésta, subyace la idea de la confesión de la impotencia, por parte del padre, de lograr ligarse y comunicarse con Karin. Durante toda la cinta él asiste a la destrucción de su hija de manera fría e inflexible, de ahí la clave que nos da Bergman con este personaje, al hacerlo un novelista, es decir un creador, el cual cuando inventa sus personajes, goza viendo como estos se aman y se destruyen, pero es incapaz en el plano de la realidad unirse con los “otros”.
El cine de Ingmar Bergman es difícil de encasillarlo y pretender definirlo de forma categórica y cerrada. Es un cine, por principio de cuentas, que nos inquieta y obliga a reflexionar dentro de nosotros mismos, siguiendo el proceso de desnudamiento interno que hace el propio Bergman, por lo que como ya lo dijimos en otra ocasión en relación al cineasta y su obra, esto hace que surjan múltiples niveles de interpretación de sus películas. En rigor estos comentarios son más bien reflexiones en voz alta, sobre el impacto que su obra deja en nosotros, con lo cual no pretendemos ubicar a Bergman, en todo caso es descubrirlo.
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