Juan Orol cineasta camp
Escrito por Gustavo Arturo de Alba | 4 de Agosto de 2007 | Categorias: Biofilmografias, Cine Mexicano, Directores | Tiempo de Lectura: 5m 37s | Leido 501 veces.
El director de cine Juan Orol García nació el 4 de agosto de 1897, en El Ferrol, La Coruña, en España y murió en la ciudad de México, el 26 de mayo de 1988. Fue hijo de un comandante de la fuerza armada española. Sus primeros estudios los realizó en España, después su familia se trasladó a Cuba y de allí se escapó para Veracruz, llegando a México a la edad de veinte años.
En los años sesenta, en pleno auge de las modas camp, kitsch y pop, se mitificó en grado sumo la carrera cinematográfica de Orol, al extremo de llegar a considerarlo como el gran cineasta Taif por excelencia del cine mexicano, debido a los torrentes de humor involuntario que se encuentra en sus películas. Según la opinión de Emilio García Riera, dicho título lo merece con mayores méritos José Che Bohr, aunque el lugar común sea aceptar como tal a Juan Orol.
Lo cierto es que Juan Orol denota, en su obra, una completa falta de preocupación por respetar, en lo mínimo las más elementales reglas de la ortografía cinematográfica, sin importarle incurrir en los más grotescos errores de montaje, derivados, casi todos ellos, de su precaria economía de productor, que la hacía hacer una sola toma de cada escena, sin importarle el resultado artístico de la misma.
Carlos Monsiváis en el Anuario 1965 del Departamento de Actividades Cinematográficas de la UNAM nos dice: “En ‘Gangsters Contra Charros’ está la que de seguro es la secuencia más gratuita de la historia del cine. Rosa Carmina le ha pedido a Johnny Carmenta (Juan Orol) un carro lujoso. Corte a un reñidísimo Atlas-Atlante. Vemos un buen rato las graderías entusiastas, los avatares del partido, el jubilo popular. Corte a Orol que introduce una ganzúa en un coche. Entonces nos damos cuenta que vimos el juego cerca de cinco minutos, sólo para justificar el robo de Orol de un automóvil cualquiera cuyo dueño (suponemos) se hallaba en el juego. Y todavía regresamos un minuto más al partido. Como es obvio, la lógica y la presión imaginativa que supone le resultan a Orol insoportables. El nunca explica la geografía, la sociología o la psicología de los escenarios y personajes. Le basta con que existan y se siente satisfecho con que amen o mueran, de la manera más libre posible, sin que se enteren de las tediosas unidades aristotélicas, de las exigencias de la trama o del desarrollo consecuente de la acción”.
“En Orol todo es como el primer día, a la salida de las fábricas Lumiere, los actores van y vienen y representan con el desenfado de quién alternativamente, ignora y venera la cámara. Orol, es la perfecta síntesis del cine mexicano: su desconocimiento del cine, de la cultura, del humor, del melodrama, de las convenciones es tan total, que no hay siquiera lugar, posibilidad para la crítica… Un término norteamericano sirve para definir a Orol: camp. Camp es aquello tan malo que termina siendo bueno, lo bodriesco, lo inefable, lo que está más allá de las posibilidades de la crítica”.
Cuando se habla de Orol, aparte de recordar su grata predildección por heroínas exuberantes como Rosa Carmina, María Antonieta Pons, Mary Esquivel y Dinorah Judith, entre otras, se habla, igualmente, de “Los Misterios del Hampa”, cuya trama se supone sucede en Chicago y vemos una escena en que pasa un autobús urbano en el cual se puede leer claramente “Línea Peralvillo-Cozumel”. “Zonga el Ángel Diabólico”, durante una danza ritual de Mary Esquivel en medio de la selva amazónica, se alcanza a distinguir el monumento a Bolívar, cuando estaba cerca del bosque de Chapultepec.
El director Sergio Véjar, quién se desempeño como operador de cámara, precisamente, en “Zonga el Ángel Diabólico”, se desternillaba de la risa cuando contaba la anécdota de haberle advertido a Orol, después de llevar más de hora y media de haber acomodado la cámara en el ángulo, que había solicitado el director de origen español, que había la posibilidad de que se distinguiera la estatua del libertador venezolano, la tajante respuesta dejó atónitos a todos los escuchas: “Mira chico, aquí delante de la cámara voy a poner a Mary Esquivel (que tenía un busto tan voluptuoso y grande como el actual de Pamela Anderson) y si alguien del público, ve en la lejanía una pinche estatua, ese es un puto y yo hago películas para espectadores hombres, así que no me importa la opinión de un acomplejado puto”. Así que la cámara se quedó en su lugar, ya que moverla implicaría un retraso, con su consiguiente costo extra, que el productor Orol no estaba dispuesto a pagar. Obvio que si lo hubiera hecho, hoy en día no tendríamos tema de conversación, sobre el tipo de público a que dirigía sus películas el inefable de Juan Orol.
Otra de sus escenas más desternillantes de risa es aquella que encontramos en “La Mesera Coja del Café del Puerto”, cuando Martha Rams telefonea desde La Habana, Cuba, a Ricardo Santillán que se encuentra en Nueva York, ofreciendo una audición por radio de sus composiciones. El galán interrumpe la interpretación de una canción, para ir a contestar el teléfono. Ella le avisa que la van a operar de su pierna y se desmaya, entonces el galán la supone muerta y con lágrimas en los ojos, regresa al micrófono a terminar la canción, retomándola en el preciso momento en que la había suspendido, explicándole antes al público su tragedia amorosa.
En verdad resulta inútil emitir juicios de valor sobre la obra de un cineasta, el cual con pasmosa ingenuidad se toma en serio los “rollos” o mensajes de sus películas, tal y como lo confiesa en la entrevista publicada en “Cuadernos de la Cineteca Nacional”, tomo 2, Testimonios Para la Historia del Cine Mexicano”: “Yo hacía cine para ganar dinero como cualquier otro negocio; pero además tenía la satisfacción de mostrar a la Humanidad sus propios defectos, sus rasgos inhumanos. Quería terminar con el asesinato mediante la película, porque yo representaba el crimen para luego castigarlo, ya que si no hay delito no puede haber escarmiento. Así, presentaba el delito y después la pena, para que la gente viera que ‘el que la hace la paga’. Siempre en mis películas castigaba al delincuente de un modo atroz: de tal manera que mi público evitara cometer los errores de mis personajes…
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